CAPITULO XXIII #3
Se despidieron y salieron del hospital.
—Uy, qué carácter —le dijo Alizee a Frank, sonriendo.
—Tú sabes que no es así, solo aproveché el momento para que el interrogatorio fuera más agresivo —explicó Frank y agregó: —A pesar de todo, no podemos negar que su actitud es caballeresca.
—Sí, cierto. Y lo sé, tranquilo, solo bromeaba —dijo ella mientras le agarraba la mano.
* * *
Kennedy y López llegaron a la casa del señor Lawrence Grant; según la información que había recabado Stuart, él y Denzel Adams eran grandes amigos y habían trabajado juntos.
—Buenas tardes señor Lawrence, ¿cómo está? Somos los agentes López y Kennedy del FBI y nos gustaría consultarle algo sobre la familia Adams.
—No, agentes, yo no sé nada sobre los Locos Addams... ¿o no es sobre esa familia? —soltó el hombre con una chispa de picardía. Los agentes no pudieron evitar sonreír.
—Ojalá la historia de esa familia fuese la mitad de cómica que la de la televisión, pero no. Su vida fue una gran tragedia —dijo el hombre, y su semblante se ensombreció de inmediato—. ¿Les gustaría tomar café o té?
—Café para mí, por favor. La agente prefiere té, sin azúcar —respondió el jefe.
—Gladys, por favor, trae dos cafés y un té —le indicó Lawrence a su doméstica—. Bueno, agentes, ¿qué quieren saber de la familia Adams?
—En realidad, todo lo que pueda contarnos. Gracias —respondió López mostrándole al señor Lawrence su teléfono antes de colocarlo en la mesa.
—Oh, qué bueno, la agente sí habla —repuso el hombre con una chispa de humor—. Es broma, no se ofenda. La historia no es muy larga, pero sí muy triste.
Lawrence esperó a que la mujer dejara las bebidas y se retirara antes de dar inicio a su relato.
—Los conocí cuando se mudaron cerca de mi casa; estaban recién casados, unos once años antes de la tragedia.
Denzel llegó como gerente del supermercado donde yo trabajaba; yo era el subgerente.
Al principio pensé que sería un déspota, pero resultó ser un pan de Dios.
Todos los empleados lo querían. Como yo era su vecino, una vez se ofreció a llevarme al trabajo y, desde entonces, siempre nos íbamos juntos.
Así creció nuestra amistad... Disculpen si los aburro —añadió, mirando a los agentes.
—No, por favor, adelante. Queremos oír la historia —le animó Kennedy.
—A veces visitaba su casa, a veces con mi esposa, otras solo. Luego nació Michael y después Marilyn. Eran unos angelitos. —A Lawrence se le aguaron los ojos; tomó aliento y continuó:
—Michael adoraba a su padre, era su héroe... eso mismo escribió en una composición para el colegio. ¿Quieren algo de comer, agentes?
—No, estamos bien así, muchas gracias.
—Bueno... así transcurrió todo hasta que un día corrió el rumor de que Elizabeth andaba con otro hombre.
Nadie lo creía, pero era muy evidente y todo se supo.
Al parecer, el otro hombre se asustó y desapareció.
Elizabeth le suplicó perdón a Denzel y él, que estaba muy enamorado, la perdonó.
Grave error —sentenció Lawrence, moviendo la cabeza negativamente— pero ¿cómo iba a saberlo en ese momento?
El hombre miró por la ventana, como si buscara los rostros de sus amigos en el jardín, y continuó:
—El caso es que lo engañó otra vez. En esa oportunidad el amante tuvo un accidente y quedó parapléjico; por supuesto, Elizabeth volvió a buscar a Denzel, quien de nuevo la perdonó. Para entonces, Michael ya era más grandecito y parecía odiar a su madre por lo que le estaba haciendo a su papá.
Lawrence tomó una servilleta para limpiar una mancha inexistente en la mesa, aclaró su garganta y prosiguió:
—¿Y qué creen? Lo hizo una tercera vez. Encontró a otro amante, pero esta vez solo desapareció con él, dejando a los niños atrás.
Denzel pensó que volvería; al principio la esperaba cada noche, pero cuando perdió la esperanza, lo perdió todo.
Se entregó al alcohol. Tomaba todo el día; lo despidieron del trabajo.
Yo traté de ayudarlo, pero fue inútil. Quien más sufría era Michael al ver así a su padre.
Llegó a maldecir a su madre y a todas las mujeres.
Intentamos que Denzel recibiera tratamiento, pero siempre escapaba y despues murió.
Un nudo en la garganta le impidió seguir por un segundo. Se secó los ojos antes de terminar.
—Los niños fueron a un centro de acogida.
Unos médicos quisieron adoptar a Michael; él suplicó que adoptaran también a su hermanita, pero los doctores solo querían a uno.
A la niña la adoptó una familia francesa y se la llevaron lejos.
Hace poco supe que Elizabeth también murió. Es todo lo que puedo decirles.
Los agentes guardaron un silencio pesado, se sentían apesadumbrados.
—Muchas gracias, señor Lawrence. Ha sido muy revelador e importante todo lo que nos ha contado —agradeció Kennedy mientras se ponían en pie.
Ya en el coche, mientras se alejaban de la casa, López rompió el silencio:
—¡Vaya historia! Debió ser un infierno para esos niños.
—¿Tomaste nota de todo? —Preguntó Kennedy.
—Mejor aún, jefe, lo grabé.