CAPITULO XXIII
Anthony estaba en el aeropuerto, desesperado, buscándola entre la multitud.
No lejos de allí, el hombre sacó la mano. Natacha comenzó el grito… pero se detuvo en seco al ver lo que sostenía.
Su teléfono.
—Señorita —dijo con voz tranquila—, se le cayó cuando se levantó en Chicago. Intenté devolvérselo varias veces, pero no pude.
Natacha se quedó sin palabras. Apenas logró murmurar:
—Gracias…
El hombre se alejó sin más.
Comenzó a caminar casi por inercia.
Anthony estaba a punto de pedir ayuda a seguridad cuando la vio. Natacha venía caminando, pálida, con el teléfono en la mano.
Anthony cerró los ojos, exhaló con pausa y corrió hacia ella. La abrazó con tanta fuerza que casi le quitó el aire. Ella, temblando, le contó lo del hombre y el libro de Jekyll y Hyde. Anthony miró alrededor, buscando al hombre del traje, pero ya no estaba.
Aunque sabía que había sido una falsa alarma, algo quedó sembrado en su mente:
El asesino está ahí fuera.
Y ya no puede proteger a los suyos solo con intuición.
Después del susto en el aeropuerto, Anthony y Natacha se encontraron con Jennifer.
—Vamos a comer algo —propuso Anthony, y antes de que las chicas pudieran responder, añadió con una sonrisa: —Ya sé… pizza.
Ellas soltaron una carcajada y, al unísono, contestaron:
—¡Siiiií!
Mientras disfrutaban de la comida, Jennifer no pudo contener su curiosidad y lanzó la pregunta:
—Cuéntame, Natacha, ¿al final qué pasó con aquel médico?
Natacha miró a su hermano y luego a su amiga.
—¿No te contó Anthony?
—¿Qué le voy a contar si yo no sé nada? —refunfuñó Anthony, fingiendo indignación mientras le daba un mordisco a su rebanada.
—Pues... ya hace como un mes que estamos saliendo —confesó Natacha con una nota de timidez—. Todo va de maravilla. Viene a unas conferencias en Nueva York y nos encontraremos aquí.
—¡Qué bueno! —exclamó Jennifer entre risas—. Ya viste que, al final, lo que era del cura para la iglesia fue.
Todos rieron. Por un instante, la calidez del momento consiguió borrar, el mal sabor de boca que había dejado el incidente en el aeropuerto.
* * *
Después de una reparadora noche, Anthony llegó temprano a la oficina.
Se detuvo en la sala de conferencias y observó la cartelera, pero su mente voló de inmediato al despacho del doctor Randy Nixon.
Recordó la pulcritud de aquel lugar y las palabras de Alizee volvieron a resonar en su cabeza con una claridad inquietante:
«Era Madeleine Stark. Estaba muy enamorada de Randy Nixon. En esa foto se ve con claridad que esa mujer amaba a ese hombre».
Aquello le resultaba de vital importancia, aunque aún no lograba desentrañar el porqué. «Tenemos que investigar esto a fondo», pensó, mientras su mirada regresaba a la pizarra frente a él.
Observó otra vez la lista de las ochenta mujeres que podían estar en peligro. Cualquiera de ellas podía ser la próxima víctima; todas estaban casadas y encajaban a la perfección con la tipología del asesino. Eran demasiadas. ¿Cómo protegerlas a todas sin desatar el pánico en la ciudad?
Llegaron Frank y Alizee tomados de la mano y se soltaron al ver a Anthony.
Este los observó, esbozó una pequeña sonrisa y negó con la cabeza con un aire de complicidad; aunque estaban comprometidos, sabía que aún intentaban mantener las formas en la oficina.
"No pueden evitarlo", pensó divertido. Retomó el hilo sobre el posible romance de la doctora Stark y se le ocurrió una idea.
—Alizee, acompáñame al Big Manhattan. Vamos a investigar algo allá… —invitó Anthony y salieron rumbo al hospital.
—Buenos días, enfermera Montgomery, ¿cómo se encuentra hoy? —preguntó Anthony.
—Muy bien, agentes. Y ustedes.
—Muy bien. Nos gustaría hacerle unas preguntas si tienen un momento. —consultó Alizee.
—Sí, díganme.
Si quisiéramos saber sobre algunos hechos ocurridos en este hospital hace años, ¿con quién nos recomendaría hablar?
—Si necesitan saber sobre chismes, amoríos o cualquier otro secreto de este hospital, deben hablar con la enfermera Beatrice Callahan. Se jubiló hace apenas un año y medio, después de trabajar aquí durante cuatro décadas. Los últimos diez años se desempeñó como jefa de Enfermeras.
—Es una mujer encantadora, pero no se equivoquen: conoce la vida de todo el mundo, desde el director hasta el último de los residentes, así como de las enfermeras y hasta del personal de mantenimiento.
—Perfecto, es la persona que necesitamos. ¿Dónde podemos encontrarla? —preguntó Anthony.
La enfermera Montgomery les escribió la dirección en un trozo de papel.
Al salir del hospital, se cruzaron con el doctor Randy Nixon, que venía llegando en ese momento; se saludaron y continuaron su camino.
Como Alizee sabía por qué Anthony quería investigar el pasado del hospital, después del encuentro con Nixon, lo observó como diciendo: «Hablando del rey de Roma... ».
Llegaron a una casa de una sola planta, impecable y rodeada de un jardín pequeño, pero muy bien podado.
Beatrice los recibió con la cortesía de quien ha pasado su vida tratando con personas, y los guio hacia una sala amplia y acogedora, donde el aroma a limpieza se mezclaba con el del café recién hecho.
Se acomodaron en un sofá bastante cómodo. Beatrice sirvió tres tazas humeantes, se sentó frente a ellos con su propio café y los observó con una mirada analítica que no había perdido ni un ápice de su agudeza profesional.
—Y bien —dijo Beatrice, rompiendo el hielo con una sonrisa tranquila—. ¿En qué puedo ayudar a dos agentes tan interesados en el pasado, en un día tan hermoso como este?
—Cuánta razón tiene, querida Beatrice —dijo Anthony con una actitud complaciente—. Pero muchos días venideros son obras de días pasados, ¿no?
Beatrice movió la cabeza afirmativamente, comprendiendo el punto.
—Queremos que nos hable de Randy Nixon —soltó Alizee, yendo directo al grano.
Beatrice guardó silencio un segundo, mirando el vapor que subía de su café.
—El doctor Randy Nixon... Debo preguntarles primero: ¿tienen suficiente tiempo para esta conversación? Porque aquí hay mucha tela que cortar.
—Sí, no hay problema —respondió Alizee con una amplia sonrisa—. Entonces, nos haremos costureros hoy.
Beatrice sonrió, se aclaró la garganta y su expresión se volvió un poco más seria.
—Randy es un hombre muy apuesto y un excelente médico; uno de los mejores del Big Manhattan. Pero tiene un gran defecto... Solo sale con mujeres casadas, y eso le ha traído muchos problemas a lo largo de los años.
Anthony y Alizee se miraron en silencio, procesando la información.
—Espero que lo que les voy a contar no me vaya a meter en problemas y, por supuesto, que se quede entre nosotros —añadió Beatrice, esbozando una sonrisa cargada de complicidad.
—En estos días tiene amores con la esposa del doctor Washington —continuó Beatrice—. Y tan buena gente que es ese doctor, no se lo merece, pero bueno...
Enseguida, Anthony pensó: «Randy Nixon en Alemania y la esposa del doctor Washington en Austria», y movió la cabeza negativamente, asombrado por la audacia del médico.
—Ese comportamiento parece que tiene que ver con su madrastra —explicó Beatrice con un tono de reproche—. Al parecer, ella le era infiel al padre del doctor, pero él, en vez de odiar esa conducta, parece que decidió practicarla.
—¿Y con Madeleine Stark? ¿Tuvieron alguna historia? —quiso saber Anthony, yendo al punto clave.
—Oh, sí —dijo Beatrice, poniendo cara de asombro—. Eso fue hace mucho tiempo, unos nueve o diez años.
—Cuánto sufrí al saber lo que le pasó a la doctora; era un ser maravilloso, una gran médico, filántropa y altruista. Fue una terrible pérdida para la medicina y para el mundo.
—Sí, es verdad —afirmó Alizee—. Pero, ¿hubo un romance entre ellos?
—Sí, un romance bastante intenso. Ella amaba a su esposo, pero Randy la embaucó. Lo peor es que él terminó enamorado de verdad, pero ella regresó con su esposo. —Hizo una breve pausa y prosiguió:
—Michael Stark la perdonó porque la amaba.
Randy pasó mucho tiempo detrás de ella, pero Madeleine nunca volvió a flaquear; estaba muy bien con su marido.
Una vez él le dijo que tenía que volver, que él cambiaría por ella, pero no le hizo caso.
Estuvo molesto un tiempo, pero pronto encontró otra «víctima».
—Su rostro reflejó un dejo de amargura y agregó: —Así les digo yo a las que caen ante sus encantos.
—¿Y el doctor Stark no reaccionó contra el doctor Randy Nixon? —preguntó Anthony.
—Bueno, al principio dejó de venir seguido, y las pocas veces que se encontraron, el doctor Stark no mostraba ninguna emoción. Más bien lo ignoraba —afirmó Beatrice.
—¿Y qué sabe del doctor Stark? —preguntó Anthony, intrigado por la frialdad del psiquiatra.
—Aparte de que era el esposo de Madeleine y un excelente psiquiatra, filántropo y altruista, no se mucho más. Siempre me ha parecido una buena persona —explicó Beatrice, y agregó tras una breve pausa:
—Bueno, me enteré de que fue adoptado por los doctores Stark cuando tenía nueve años, pero eso nunca pareció afectarle, aunque lo sabía desde el principio. A veces cuando hablaba, lo hacía como si los Stark fueran sus padres verdaderos... parece que hubiera borrado a los otros de su mente.
—Adoptado —repitió Anthony—. ¿Y con quién podríamos hablar para averiguar quiénes fueron sus padres biológicos?
—Saben que eso de las adopciones es muy hermético por la política de privacidad. Puede que a ustedes les permitan revisar eso, no lo creo, pero pueden intentar. No sé de nadie más que pueda darles información sobre ello —lamentó Beatrice.
—Está bien, muchas gracias. Ha sido usted de mucha ayuda, nos ha dado información invaluable —agradeció Anthony, y se despidieron.
Al salir, Anthony llamó a Stuart, le soltó la «bomba» y le pidió que investigara quiénes fueron los padres biológicos.
—De acuerdo, enseguida —respondió Stuart.
* * *
Al llegar a la oficina, se encontraron con varias novedades: el doctor Randy Nixon había enviado sus coartadas junto con su dirección, y Stuart ya tenía los nombres que Anthony le había solicitado.