Entre sombras y huellas (Agente Anthony García 1) CAPITULO XXII
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CAPITULO XXII

El agente especial Oswald Kennedy se dirigió a todos los reunidos en la sala de juntas con un tono solemne. En la pared, un mapa de Nueva York mostraba cuatro marcas rojas que parecían latir sobre la ciudad.

—Ya tenemos cuatro víctimas y el asesino no ha modificado su modus operandi —comenzó el jefe—.

El perfil se mantiene: hombre caucásico, entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años.

No es violento al inicio ni ha mostrado apetito sexual.

Lo más probable tuvo una infancia sin violencia física, pero marcada por un trauma o una decepción profunda con una figura femenina: madre o hermana mayor.

Alguien que lo hizo creer que ciertas mujeres merecen morir.

Señaló el mapa con la punta de un bolígrafo.

»No creemos que sea musculoso, pero sí lo bastante fuerte para cargar a las víctimas desde una van hasta la orilla del agua.

Las duerme para someterlas y las asesina atadas en un lugar seguro aquí mismo, en Nueva York.

Busca mujeres casadas; él puede ser soltero, viudo o vive con alguien a quien puede manipular.

El silencio que siguió fue roto por Anthony.

—Se aproxima la fecha de su próxima víctima y debemos impedirlo. Ya sabemos cómo las selecciona: usa el censo que hackeó de la Fundación Stark. La siguiente tendrá veintisiete años, será caucásica, de cabello largo castaño oscuro, casada y sin hijos.

Anthony se giró hacia Stuart.

—Verifica en el censo todas las posibles candidatas. Vamos a intentar montarle una trampa.

—De acuerdo —respondió Stuart—, pero habrá cientos de mujeres con esas características. ¿Cómo pretendes que las vigilemos a todas?

Yésica tomó el control.

—Por ahora enfócate en los números. Veamos cuántas potenciales víctimas hay antes de decidir el siguiente paso.

La marca que deja en la oreja confirma que pretende asesinar a seis.

Eso concuerda con las señales en los cuerpos y con su rasgo obsesivo-compulsivo.

El segundo número indica que el ciclo volvió a empezar con la cuarta víctima, la de veintiún años.

Lo que no sabemos es si, al completar las seis, se detendrá o reiniciará el ciclo.

Frank intervino:

—Es bastante meticuloso. No deja pistas ni comete errores… salvo el de la etorfina.

Anthony habló en voz baja:

—Si es que fue un error. Tengo mis dudas sobre ese «descuido» y sobre lo serial de este asesino.

Todos lo miraron. Había incredulidad en sus rostros: cuatro cadáveres con un ritual idéntico eran la definición de un asesino en serie.

Anthony continuó:

—Lo que digo es que el modus operandi es demasiado perfecto como para cometer un error así.

Y el rastro del hackeo a la Fundación Stark…

dejar esa pista sobre cómo ubica a las víctimas me parece demasiado conveniente.

Es como si quisiera que centráramos nuestra atención en la fundación.

por ejemplo, supongamos que sospechamos de algún doctor, no le sería más fácil ir y copiar la base de datos directamente y no dejar el rastro del hackeo.

Stuart apartó los ojos de la computadora y le dijo: —No, Anthony. Si lo hubiera hecho así ya estaría tras las rejas, porque debería entrar con su credencial y dejaría un rastro imposible de ocultar. —Volvió a la computadora.

Unos minutos después, Stuart, agotado por horas frente a la pantalla, se frotó los ojos. Luego, con una chispa de triunfo, hizo un último clic y giró su silla hacia Anthony, que caminaba como un león enjaulado.

—Anthony, ya lo tengo —anunció—. Apliqué todos los filtros. Crucé el censo con los registros civiles y de salud.

Anthony se detuvo en seco.

—Dime que la lista es corta.

—Mucho más de lo que esperaba —respondió Stuart—.

Mujeres de veintisiete años, caucásicas, cabello castaño oscuro a la altura de los hombros, casadas y sin hijos.

Luego apliqué la triangulación geográfica: sector suroeste, entre la Fundación y la zona de los primeros hallazgos. El sistema arrojó ochenta nombres.

En la pantalla comenzaron a desfilar fotografías y direcciones.

—Ochenta mujeres que encajan a la perfección en el perfil del sujeto —continuó Stuart—. Ochenta blancos potenciales que no tienen idea de que un depredador las está midiendo.

Anthony se acercó a la pantalla, observando los rostros. En ese momento, su teléfono vibró. Era un mensaje de Natacha:

Natacha: Anthony, ya estoy en el aeropuerto. Salgo para Nueva York en breve. ¡Te veo pronto!

Un frío gélido le recorrió la espalda. Miró el mensaje.

Revisó la lista de las ochenta mujeres.

Y la realidad lo golpeó como un puñetazo: Natacha no estaba en la lista.

Pero una vez que aterrizara en Nueva York… Para el asesino, ella podría ser la candidata número 81.

Si el asesino lo conocía a él, si sabía quién era su familia…yoga

Su hermana podría estar en peligro.

* * *

Natacha estaba en el aeropuerto de Chicago, esperando para abordar su vuelo a Nueva York.

Le escribió a Anthony y a Gilbert para avisarles que ya estaba por salir.

Se sentó a esperar, pero minutos después anunciaron un retraso.

Suspiró, tomó un periódico y hojeó una noticia sobre un asesinato reciente en Chicago.

No pudo evitar pensar en los crímenes que investigaba su hermano en Nueva York. Cuatro víctimas… y un asesino suelto.

Un hombre se sentó cerca de ella. Traje oscuro, maletín como único equipaje. Natacha lo observó de reojo. Recordó el perfil que Anthony le había explicado meses atrás.

Un hombre así podría encajar… aunque yo no soy detective, pensó, intentando quitarse la idea.

El hombre abrió el maletín para sacar un libro, y Natacha alcanzó a ver algo que parecía un pequeño kit médico. Un escalofrío le recorrió la espalda. Sacó el teléfono y le escribió a Anthony:

“Se acaba de sentar un hombre cerca de mí. Tiene algo médico en el maletín.”

Anthony respondió casi de inmediato:

“No te asustes. Estás en Chicago. Pero muévete de ahí. Avísame cuando abordes y cuando aterrices.”

El hombre levantó la vista justo cuando ella guardaba el teléfono. Natacha lo metió en el bolsillo del lado contrario casi sin mirar para que él no pudiera ver la pantalla. El hombre volvió a su lectura: El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde .

El corazón de Natacha dio un vuelco.

Se levantó y se alejó. En ese momento anunciaron el abordaje. Caminó hacia la puerta sin darse cuenta de que el teléfono había caído de su bolsillo.

Volteó. El hombre venía detrás, entre la multitud. ¿La estaba siguiendo? Aceleró el paso. Buscó su teléfono para llamar a Anthony… y descubrió que no lo tenía.

Mejor me escondo hasta que pase, pensó, desviándose hacia los baños.

El hombre la vio cambiar de dirección. La siguió.

Natacha salió por otra puerta y se apresuró hacia el abordaje. El hombre la perdió entre la gente, pero alcanzó a verla entrar al avión.

Será en Nueva York, pensó él, y abordó el mismo vuelo.

Anthony llamó varias veces a Natacha. No respondía. El vuelo debía haber salido ya.

¿Y si ese hombre era el asesino? ¿Y si cambió el patrón? ¿Y si quiere atacarme usando a mi hermana?

Anthony, que rara vez se dejaba dominar por el miedo, sintió un nudo en el estómago y salió directo hacia el aeropuerto.

El hombre casi no esperó el aterrizaje del avión para bajar antes que los demás. Pasó los controles y se colocó en un punto estratégico desde donde vería a todos los pasajeros salir. No había otra vía.

Natacha descendió pendiente de todo, buscando al hombre. No lo veía.

Quizás se quedó en Chicago… quizás imaginé todo.

Avanzó entre la multitud… y se quedó petrificada.

El hombre estaba allí, más adelante. Y ella tenía que pasar por ese punto.

Hay mucha gente. No creo que pueda hacerme nada, se dijo, aunque el pulso le temblaba.

Cuando estuvo cerca, el hombre caminó hacia ella. Metió la mano en el bolsillo del traje.

Va a sacar una jeringa, pensó Natacha, paralizada, a punto de gritar.

El hombre sacó la mano.

Natacha abrió la boca para grita r …