Entre sombras y huellas (Agente Anthony García 1) CAPITULO XXI #2
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CAPITULO XXI #2

—La medicina de alto nivel es casi un deporte de contacto, agente.

Madeleine y yo compartimos muchas horas en quirófano.

Muchas crisis. En este hospital, la lealtad se confunde con la admiración.

Ella me respetaba como profesional, y yo a ella.

Si su mirada parece «distraída», con seguridad era el cansancio de una guardia de treinta horas.

Alizee sonrió sin revelar nada.

—Por supuesto. El cansancio hace cosas extrañas con la mirada —dijo, regresando a su asiento—. Gracias por la aclaración, doctor. Es fascinante lo que una simple fotografía puede decir… o callar.

Anthony captó la señal invisible de su compañera.

—¿No conoce a esta persona? —preguntó señalando al doctor Stark?

—Solo sé que es el esposo de Madeleine.

Anthony Guardó las fotos y tomó otra: la de Tobías. La colocó boca abajo frente a Nixon, la giró despacio y preguntó:

—¿Conoce a este hombre?

Nixon miró la foto. Luego miró a Anthony. después volvió a la foto. Su mirada era una mezcla de cálculo y cautela.

—Sí, lo conozco. Es un primo lejano, Tobyashlyn Bates.

—¿Y sabe dónde está ahora ese hombre? —interrogó Anthony.

—Debe estar en Miami. Le di una carta de recomendación para la universidad pública de esa ciudad. Seguro está estudiando y trabajando —concluyó Nixon.

—¿Cuándo fue la última vez que lo vio? —insistió Anthony.

—Hace algunos años, cuando se fue a Miami. No lo he vuelto a ver —respondió el doctor.

Alizee intervino:

—Pero supimos que usted estuvo en una conferencia en Miami hace casi dos años. ¿No vio a su primo en esa ocasión?

Nixon negó con la cabeza.

—No. La conferencia fue demasiado larga y regresé apenas terminó. Tenía varias operaciones pendientes. Además, tampoco es que fuera un primo muy cercano o querido. Por cierto, en quince minutos tengo una operación y debo prepararme. Lamento no poder continuar atendiéndolos.

—Está bien, doctor, no le quitaremos más tiempo por ahora —dijo Anthony.

Le entregó una hoja—. Pero voy a dejarle estas fechas y horas para que nos indique dónde estaba en cada una de ellas y con quién.

También necesitamos saber dónde se hospedó en Miami durante aquella conferencia y su dirección de habitación en la ciudad. Es importante. Se lo agradezco.

La hoja contenía las fechas y horas de los homicidios, incluido el de Tobías.

—¿Y eso por qué? ¿Acaso soy sospechoso de algo? ¡Eso es ridículo! —vociferó Nixon.

—No, doctor. Es solo protocolo. Pero es necesario. Debemos descartar —respondió Anthony con calma.

—Está bien. Ahora deben irse —replicó Nixon, muy molesto.

—Muchas gracias, doctor Nixon. Quizás nos veamos pronto.

—Espero que no. Les haré llegar mi respuesta con las fechas y horas, incluida mi dirección.

Anthony echó un último vistazo a la ventana panorámica y al cuadro de Los Amantes de Magritte. «Los doctores tienen gustos similares», pensó. Ya casi fuera de la oficina, se detuvo, se volvió y dijo:

—Doctor… lamento informarle que su primo Tobyashlyn Bates está muerto. Según el reporte parece que se suicidó en Miami hace dieciocho meses.

Anthony observó con cuidado la reacción del doctor. Nixon mostró un asombro que parecía auténtico.

—No puedo creerlo. Sé que tenía problemas con drogas… o los tuvo. Pero parecía reformado. Bueno, siempre fue la oveja negra de la familia. ¿Qué se podía esperar?

Anthony no pestañeó.

—Una última cosa, doctor. En su práctica como cirujano… ¿qué tan familiarizado está con la etorfina?

El silencio que siguió fue distinto a los anteriores. Alizee notó que, por primera vez, Nixon no respondió con arrogancia. Frunció el ceño, confundido o fingiendo estarlo.

—¿Clorhidrato de etorfina? —repitió Nixon, usando el término técnico—.

Es un sedante para grandes mamíferos. Diez mil veces más potente que la morfina.

A menos que haya decidido operar a un elefante en mi quirófano sin avisarme, no tengo ninguna razón para usarla.

Es una sustancia controlada, de uso veterinario extremo. ¿Por qué me pregunta eso?

Anthony esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Curiosidad, doctor, ¿hay alguna posibilidad de que pueda ser administrada a un ser humano?

—Imposible desde el punto de vista ético. En humanos solo podría usarse en escenarios experimentales controlados de manera estricta y administrada en un coctel de medicamentos y aun así sería muy peligroso.

—Claro, entiendo. Muchas gracias doctor —finalizó Anthony.

Los agentes se marcharon.

Anthony y Alizee caminaron por el pasillo del hospital en un silencio sepulcral, sintiendo el peso de las miradas y el brillo clínico de las paredes.

No fue hasta que las puertas del vehículo se cerraron, aislándolos del mundo, que Anthony soltó un largo suspiro y golpeó el volante con la palma de la mano.

—Ese tipo es una pieza de hielo —gruñó, encendiendo el motor—. Ni un parpadeo, Alizee. Le dije que su primo estaba muerto y lo despachó como si le hablara de una receta mal escrita. Y sobre la etorfina… sabe muy bien lo que es.

Alizee no respondió de inmediato. Miraba por la ventanilla, viendo cómo el imponente edificio del Big Manhattan se hacía pequeño en el retrovisor.

—No fue la reacción ante la muerte de Tobías lo que más me inquietó, Anthony —dijo por fin, girándose hacia él con una expresión sombría—. Fue la foto.

Anthony frunció el ceño mientras maniobraba para salir del estacionamiento.

—¿La del anciano? Nixon dijo que era su mentor. Pero sé que hubo algo más que te llamó la atención. Cuéntame.

—Era Madeleine Stark —bajó la voz Alizee—. En esa foto, ella no miraba a la cámara. Lo miraba a él. Y no era admiración profesional, te lo aseguro. Estaba enamorada de Randy Nixon. En esa foto se ve con claridad que esa mujer amaba a ese hombre.

Anthony frenó en un semáforo y la miró fijamente. El silencio en la cabina se volvió denso.

—Si ella estaba enamorada de él, ¿será que tuvieron un romance? ¿Quiénes se habrán enterado? ¿Cómo terminó la historia? Y ella terminó muerta… —Anthony dejó la frase suspendida, conectando los puntos—. Entonces, quizás había más de uno con motivos.

—Exacto —asintió Alizee, cruzándose de brazos—. Quizás ella terminó la relación porque el esposo se enteró; eso le daría un motivo a Nixon, pero el esposo también tendría el suyo.

Anthony aceleró con fuerza mientras la ciudad de Nueva York se desplegaba ante ellos, llena de sombras.

—Y las otras mujeres… —murmuró—. ¿Será que también tenía algo con ellas? No hay pistas al respecto y él niega haberlas conocido. Claro, si es el asesino no lo va a admitir. Pero, ¿y Stark? ¿Qué motivos tendría para matar a esas mujeres si, al parecer, tampoco las conocía?

—Mira, Anthony —dijo de repente Alizee, señalando hacia la izquierda—. Una perfumería. ¿No ibas a buscar la colonia Roja Parfums Haute Luxe para ver cómo huele? Vamos, te acompaño.

* * *

Al cruzar el umbral de la perfumería, el aire cambió. No era el olor a alcohol del hospital, sino una bruma sofisticada: sándalo, jazmín y algo que olía a dinero antiguo. El suelo de mármol negro reflejaba las luces como diamantes.

Alizee se detuvo frente a un estante de cristal con frascos tallados a mano. Al ver la etiqueta dorada, sus ojos verdes se abrieron de par en par.

—¡Por los clavos de Cristo, Anthony! —susurró—. Mira los precios… Si se me cae un frasco de estos, tengo que trabajar para el FBI hasta que me jubile.

Anthony soltó una media sonrisa.

—Te dije que era una zona exclusiva. Aquí no se viene a buscar una colonia cualquiera. Pero tienes razón… seguro que la tienen. Vamos a preguntar.

Se acercaron al mostrador. Una joven de unos veintitantos los atendió con extrema amabilidad.

—Muy buenos días, ¿en qué puedo ayudarles?

—Busco Roja Parfums Haute Luxe —respondió Anthony—. Solo quiero saber a qué huelen tres mil dólares en un frasco de perfume.

La chica regresó con un secante impregnado de la fragancia. Anthony lo tomó y lo acercó a la nariz.

El aroma lo golpeó como un recuerdo enterrado. Ya lo había olido antes. ¿Dónde? Miraba la estantería, pero su mente estaba en otro universo. Cerró los ojos, intentando atrapar la memoria esquiva.

Al rato dijo:

—Está bien, muchas gracias, señorita. Pero esta fragancia no es para mí.

—¿Puedo sugerirle otra? —ofreció ella.

—No, está bien. Volveremos en otra oportunidad. Gracias —respondió Anthony.

Salieron de la perfumería y caminaron hacia el vehículo. Todo el trayecto Anthony permaneció en silencio, luchando por recordar dónde había percibido ese aroma.

Al llegar a la oficina, vieron a Yésica entrando. Anthony murmuró:

—Ya lo recordaré. Por ahora no lo logro.

Y añadió:

—Ahora que veo a Yésica… —murmuró Anthony—, mañana iré con Robert a visitar al doctor Stark. Necesito entender su relación con Tobías…