Entre sombras y huellas (Agente Anthony García 1) CAPITULO XXI
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CAPITULO XXI

El doctor Miller esbozó una sonrisa y dijo:

—Es raro que no haya venido hoy; viene todos los días. Es el excelentísimo doctor Michael Stark.

Anthony y Yésica intercambiaron una mirada cargada de sorpresa y sospecha. El doctor continuó, ajeno a la tensión:

—Michael aprecia mucho a Tobías, es bastante comprensivo con él. Quizás vengan ambos hoy.

Anthony respiró hondo.

—Doctor, ¿conoce a Madeleine Stark?

—Sí, es la esposa de Michael. Hacen una linda pareja, ellos se quieren mucho —respondió Miller.

De pronto, el anciano volvió la vista hacia la televisión. Pasaron unos segundos. Luego los miró con expresión vacía.

—¿Quiénes son ustedes? ¿Son novios? ¿Viven en esta casa?

Yésica se dio la vuelta y comenzó a llorar en silencio. Anthony, con la voz apretada, respondió:

—No, doctor. Solo somos muy buenos amigos y vivimos en otra parte. Bueno… nos vamos. Cuídese.

El doctor Miller volvió a mirar la pantalla. Los agentes se despidieron de la esposa y se marcharon en silencio.

* * *

En el auto, el silencio era denso. Anthony conducía con la mandíbula apretada, procesando la revelación.

—Lo siento, Anthony —dijo Yésica finalmente—. Verlo así… es como ver una biblioteca incendiándose.

—No te disculpes. Ha sido una de las entrevistas más reveladoras que hemos tenido —respondió Anthony—. Ese nombre, Michael Stark… no es nuevo en este tablero.

Yésica lo miró y dijo:

—Michael Stark es el viudo de Madeleine, nuestra tercera víctima —y agregó—. Y resulta que era quien llevaba el proceso de Tobías.

—Exacto —dijo Anthony con voz sombría—. El mundo es demasiado pequeño para tantas coincidencias.

Stark no solo vivió de cerca el horror con Madeleine, sino que tenía acceso total a la mente de Tobías.

Conocía sus secretos, sus miedos y, sobre todo, su historial clínico.

Si Miller dice que Stark llevaba el seguimiento real, significa que era el hombre que mejor conocía a Tobías.

Yésica se frotó las sienes, tratando de asimilar la nueva dirección de la sospecha.

—¿Estás sugiriendo que Stark sabe algo que no dijo cuando lo interrogaron por la muerte de su esposa? ¿O que Tobías y Madeleine estaban conectados a través de él de una forma que no vimos?

—Sugiero que el doctor Michael Stark está en el centro de un huracán —respondió Anthony—.

Y todavía no sabemos si es una víctima del destino o qué papel juega en todo esto.

Recuerda: Tobías parece que fue quien compró la etorfina, tiene un vínculo con Stark, pero también con el doctor Randy Nixon, quien por cierto ya debe haber regresado de Alemania.

Es hora de entrevistar a ese esquivo doctor.

Yésica sacó su teléfono y marcó a la oficina.

—Stuart, averigua si el doctor Randy Nixon estará hoy en su oficina y si puede concedernos una entrevista.

La voz de Stuart sonó inmediata:

—Okey, jefa, ya me pongo en eso.

—Me avisas en cuanto confirmes —agregó Yésica.

Unos minutos después, recibió un mensaje:

Stuart: Hoy no puede, pero mañana los espera a las nueve de la mañana.

—Bueno, Anthony, mañana a las nueve vas con Robert a visitar al doctor Nixon —indicó Yésica—. Hoy no puede.

Anthony asintió.

* * *

A la mañana siguiente, Anthony llegó temprano a la oficina. Envió un mensaje a Robert para coordinar.

Anthony: ¿A qué hora llegas?

La respuesta llegó enseguida:

Robert: Voy a llegar bastante tarde, tengo una cita con el médico.

Anthony: De acuerdo, que todo salga bien.

Salió de su oficina y caminó hacia los cubículos. Alizee ya estaba frente a su escritorio revisando documentos. Anthony se acercó.

—Alizee, acompáñame a entrevistar al doctor Nixon. Nos espera a las nueve.

—Está bien —respondió ella, levantándose de inmediato. Tomó su bolso y lo siguió.

* * *

En el Hospital Big Manhattan, en una oficina elegante y amplia, el doctor Randy Nixon esperaba.

Una ventana panorámica dominaba la ciudad.

Frente a su escritorio, un inmenso cuadro de Los Amantes de René Magritte imponía su presencia.

La estancia estaba amoblada con un escritorio de madera fina, dos sillas elegantes y una silla ergonómica de cuero negro.

Detrás de él, la pared era un santuario a su ego: diplomas enmarcados en caoba, certificados de Harvard, la Clínica Mayo, y reconocimientos internacionales.

A la derecha, una cartelera impecable exhibía notas manuscritas, horarios de conferencias y varias invitaciones a congresos europeos.

Pero lo que más llamaba la atención eran las fotografías fijadas con chinchetas: Nixon estrechando la mano de un decano, Nixon frente a la Puerta de Brandeburgo, Nixon rodeado de médicos del Big Manhattan.

El doctor Randy Nixon era la viva imagen del éxito.

A sus treinta y ocho años, tenía la complexión de un atleta.

Media un metro setenta y nueve de cuerpo fibroso que ni la bata blanca lograba ocultar.

Su cabello rubio, peinado con precisión quirúrgica, enmarcaba un rostro simétrico y una mandíbula firme.

Pero lo más impactante eran sus ojos verdes: fríos, penetrantes, clínicos. Parecía diseccionar con la mente a cualquiera que entrara en su oficina. Era un depredador en reposo.

El silencio se rompió con el pitido del intercomunicador. Nixon presionó un botón sin apartar la vista del cuadro.

—Dígame, Sandra.

—Doctor, los agentes del FBI están aquí para su cita —respondió la secretaria.

Nixon esperó unos segundos —como si controlara el tiempo mismo— y luego dijo:

—Dígales que pasen.

Giró su silla hacia la puerta.

Anthony y Alizee entraron. Lo primero que Anthony notó fue la vista panorámica; Alizee, en cambio, se detuvo en la mirada penetrante del doctor. Lo evaluó de arriba abajo y pensó: «No se puede negar que es un hombre muy atractivo. Así lo recordaba».

—Pasen, agentes. Tomen asiento, por favor —dijo Nixon, intentando sonar amable, aunque sin dejar de mirar a Alizee—. Dígame, agente… ¿es usted casada? —preguntó con una descarada sonrisa coqueta.

Alizee no se inmutó.

—Casi —respondió, mostrando su anillo mientras tomaba asiento.

Anthony observó a Nixon con atención, analizando qué clase de individuo tenía enfrente.

Nixon arqueó una ceja, divertido.

—Casi… una palabra muy ambigua, agente. Pero supongo que no han venido a hablar de su estado civil.

Anthony se aclaró la garganta, cortando el aire como un bisturí.

—En efecto, doctor. Venimos a hablar sobre algunas interrogantes que surgieron en un caso que llevamos… y donde usted parece estar involucrado.

Sacó su libreta.

—¿Involucrado? —repitió Nixon, con visible sorpresa—. No tengo nada pendiente con el FBI ni con ningún otro cuerpo de seguridad del Estado —aseguró con firmeza.

Anthony sostuvo la mirada gélida del doctor mientras pasaba un par de páginas de su libreta con una parsimonia que tensó aún más el ambiente.

—Nadie ha dicho que tenga cuentas pendientes con la justicia, doctor… al menos por ahora —respondió Anthony con una calma exasperante—. Dije que está «involucrado». Son cosas distintas. Como una pieza que no termina de encajar en un rompecabezas que estamos armando.

Alizee, que no perdía detalle, notó cómo la mandíbula de Nixon se tensó apenas un milímetro. Decidió entrar al juego, suavizando el tono.

—Verá, doctor Nixon —dijo con una voz melodiosa—, solo necesitamos que observe algunas fotografías y responda unas preguntas.

La sonrisa coqueta de Nixon desapareció. Entornó los ojos.

Anthony sacó varias fotografías del sobre de evidencias y las deslizó sobre el escritorio de caoba, justo frente a él. Eran las fotos de las cuatro víctimas y de sus esposos.

—¿Reconoce a estas mujeres? —preguntó Anthony, clavando sus ojos en los del doctor—. ¿O quizás a sus esposos?

Nixon bajó la vista con una frialdad casi clínica. Ni un músculo de su rostro se movió.

—Son casos trágicos. Los vi en las noticias. Mujeres asesinadas por un psicópata. Solo conocía a Madeleine Stark, lo cual ha sido lamentable para este hospital y para la humanidad; era una mujer excepcional —dijo, y añadió con ironía.

—¿Es esto lo que llaman estar involucrado? Claro que conocía a Madeleine, era mi colega y jefa de cirugía. Pero no tengo nada que ver con eso. A las otras jamás las había visto hasta que aparecieron en las noticias.

Mientras hablaba, Alizee se levantó con naturalidad, como si necesitara estirar las piernas. Se acercó a la cartelera de corcho llena de fotos. Nixon la siguió con la mirada; un destello de ansiedad cruzó sus ojos verdes por primera vez.

—Bonitas fotos, doctor —comentó Alizee, ignorando la tensión—. Se nota que en este hospital son como una gran familia.

Sus ojos recorrieron las imágenes hasta detenerse en una foto grupal.

Varios médicos posaban en un pasillo del hospital.

Un doctor mayor estaba sentado al frente, y Nixon tenía una mano sobre su hombro.

Pero lo que atrapó la atención de Alizee fue otra cosa: «Madeleine Stark no miraba a la cámara.

Lo miraba a él. A Nixon. Y no era una mirada casual. Era la mirada de una mujer enamorada».

Alizee sintió un escalofrío. Su intuición no fallaba.

—Doctor, ¿quién es este médico mayor sentado aquí? —preguntó, señalando la foto.

—Fue presidente del hospital por muchos años —respondió Nixon—.

El mejor médico del mundo. Administrador, sí, pero jamás dejó de ser clínico.

Todo lo bueno que tiene este hospital se lo debe a él.

Era como un segundo padre para mí. Odiaba salir en fotos, pero lo convencí.

Esa es la única donde aparece con el equipo médico.

Alizee se inclinó un poco más, fingiendo admirar la imagen.

—Es curioso, doctor —dijo con tono suave—. En las fotos oficiales todos suelen verse tan… rígidos. Pero en esta, la doctora Stark parece muy distraída. Casi como si el centro de gravedad de la habitación no fuera la cámara… sino usted. Tenían una dinámica de trabajo muy cercana, ¿no?

Nixon soltó una risa seca, sin humor.