Entre sombras y huellas (Agente Anthony García 1) CAPITULO XX
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CAPITULO XX

El lunes siguiente después de la gran propuesta de Frank.  A las diez de la mañana, luego de revisar cada cual por separado sus notas y expedientes, se reunieron en la sala de conferencias para determinar el itinerario del día. En ese momento llegó un mensajero y preguntó:

—¿Agente Frank Smith?

—Aquí —respondió Frank, acercándose.

—Tenga usted, agente. Es un correo certificado; necesito su firma, por favor.

—Con gusto, muchas gracias.

Frank metió la mano en el bolsillo, tomó un billete de cinco dólares y se lo entregó. El mensajero agradeció y se retiró.

Todas las miradas se centraron en el sobre; eran miradas inquisitivas y expectantes. Él intuyendo sus especulaciones, comentó:

—Sí, es el expediente de Tobías. Viene de Miami.

Frank dejó el archivo sobre la mesa de conferencias con un golpe seco que pareció retumbar en el silencio de la sala. Con un abrecartas rasgó el sello de seguridad y extrajo una carpeta azul con el escudo del Departamento de Policía de Miami-Dade (MDPD).

—Veamos qué dicen nuestros colegas del sur —murmuró, sacando un fajo grueso de documentos y un disco con archivos digitales.

No era solo un resumen: era la vida y muerte de Tobías Nixon empaquetada en una carpeta de cartón.

—Miami nos envió el archivo completo, Anthony.

Desde el inventario de sus calcetines hasta las fotos de la autopsia en alta resolución.

Todo está aquí: el Informe de Escena del Crimen con las fotos del cuerpo, la posición de la jeringa y la famosa nota de suicidio; también el Inventario de Pertenencias, el Protocolo de Autopsia, Toxicología y los Informes de Campo de los primeros oficiales. No falta nada —puntualizó.

Anthony, con calma, pero sin pausa, se acercó a los documentos. Lo primero que vio fue la foto del pequeño frasco de etorfina sobre la mesita de noche, junto a la cama donde yacía el cuerpo. Buscó con la mirada la fotografía de la jeringa en el brazo de Tobías.

—Frank, ¿qué dice el informe sobre la experticia dactiloscópica en el frasco y la jeringa?

Frank ojeó el reporte de laboratorio.

—Aquí está. El análisis de huellas latentes dio negativo. La superficie de la jeringa y el vidrio del frasco estaban limpios.

—¡Exacto! —exclamó Anthony—. Ahí está el error.

Si Tobías hubiera manipulado ese frasco para cargar la jeringa estando bajo estrés, tendríamos que encontrar, como mínimo, huellas de fricción o grasa natural de los dedos.

Que no haya nada significa que ese frasco fue limpiado antes de ser colocado ahí…

o que el asesino usó guantes. Un suicida no limpia sus huellas antes de morir, Frank. Un asesino, sí.

Anthony miró a todos los presentes y sentenció:

—Señores, Tobías no se suicidó; fue asesinado.

Robert, por su parte, observaba la fotografía del frasco de etorfina. Se fijó en la etiqueta y revisó el número de lote en el informe policial.

—¿Dónde está la descripción de la etorfina obtenida con los documentos del Hospital Big Manhattan?

Frank le pasó el expediente. Robert comparó los datos y casi gritó:

—¡Es el mismo lote! La etorfina que mató a Tobías en Miami salió de la misma caja que se compró con los documentos robados en el Hospital Big Manhattan.

Anthony asintió, con la mirada fija en un punto invisible de la pared.

—Temía encontrar eso —dijo con una frialdad que inquietó a los demás—. El asesino no solo es meticuloso: tiene un sentido retorcido de la logística. Usar la misma droga es su forma de decirnos que controla cada pieza del tablero.

Anthony repasó los datos técnicos del informe de clausura de Miami:

«Informe Policial: Departamento de Policía de Miami-Dade (MDPD)

CASO: #MIA-77421-B

OCCISO: TOBYASHLYN BATES NIXON

LUGAR: HOTEL SUITE MIAMI, SUITE 405

CLASIFICACIÓN PRELIMINAR: SUICIDIO POR SObrEDOSIS

DESCRIPCIÓN DE LA ESCENA:

CUERPO HALLADO EN POSICIÓN DECÚBITO SUPINO. SIN SIGNOS DE LUCHA NI ENTRADA FORZADA. HABITACIÓN CERRADA DESDE EL INTERIOR.

HALLAZGOS:

JERINGA DE 5 ML CON RESTOS DE ETORFINA Y NOTA MANUSCRITA DE CARÁCTER SUICIDA.

CONCLUSIÓN DEL FORENSE:

MUERTE POR PARO CARDIORRESPIRATORIO DEBIDO A SObrEDOSIS DE OPIOIDES SINTÉTICOS. CASO CERRADO.»

Anthony se detuvo en un anexo grapado al final: el reporte de la agente Savannah Reed. Lo leyó en voz alta:

—« Nota de la agente Savannah Reed: La víctima fue hallada en la cama, sin signos de violencia...

detecté la presencia de Roja Parfums Haute Luxe.

Es un aroma inconfundible de sándalo, ámbar y oro.

Alguien que usa un perfume de tres mil dólares estuvo a menos de un metro de la víctima antes de que muriera.

Sugerí no cerrar el caso, pero los superiores lo desestimaron ».

Stuart, busco rápido en la computadora y muy emocionado, intervino:

—Savannah Reed es hija de los dueños de la perfumería más exclusiva de Miami. Ya el nombre me sonaba. ¿Cómo es que una mujer así terminó siendo policía? Con razón hizo esa nota; conoce los perfumes mejor que nadie.

—Excelente olfato el de esa oficial —expresó Anthony, cerrando la carpeta con un golpe seco—. En algún momento que tenga libre me acercaré a una perfumería. Tengo curiosidad por saber a qué huele algo que cuesta tres mil dólares.

—Además —continuó—, la oficial Reed tenía buena razón al sugerir no cerrar el caso.

Al final, esto fue un homicidio, no un suicidio.

No culpo a los oficiales de Miami; se dejaron sugestionar por los antecedentes de Tobías con las drogas y debido al cúmulo de trabajo que manejan, era lo más prudente.

El silencio volvió a caer sobre la sala, hasta que Robert lo rompió con un balbuceo:

—Sí, pero tres mil dólares... no es un perfume que ninguno de nosotros usaría, a menos que se gane la lotería, ¿verdad?

Todos rieron, relajando el ambiente.

Anthony archivó el nombre del perfume en su mente y pasó a la sección de toxicología. Leyó un párrafo que, a su juicio, los patólogos de Florida habían pasado por alto.

—« DETECCIÓN DE AGENTES HALOGENADOS : SE HALLARON TRAZAS DE SULFURO DE HIDRÓGENO EN LA MUCOSA NASAL Y TEJIDO ADIPOSO. HALLAZGO INCIDENTAL. SE PRESUME EXPOSICIÓN AMBIENTAL DERIVADA DE PRODUCTOS DE LIMPIEZA».

Anthony cerró la carpeta de golpe. En su memoria apareció con nitidez el informe de la chica de la laguna en Nueva York.

—Frank, busca el expediente de Greicy Harris. Lee la parte de los análisis de volátiles.

Frank buscó y leyó con incredulidad:

—« ANÁLISIS DE VOLÁTILES : SE DETECTARON TRAZAS DE SULFURO DE HIDRÓGENO EN LAS VÍAS RESPIRATORIAS... SE PRESUME CONTAMINACIÓN ACCIDENTAL POR GASES DE DESCOMPOSICIÓN».

—¿Lo ven? —dijo Anthony—. En la laguna es "gas de pantano" y en el hotel es "limpiador".

Pero es la misma firma. El asesino los duerme con Sulfuro de Hidrógeno para inyectarles la etorfina sin resistencia, por lo menos en dos casos.

Por eso, no hay señales de lucha en Miami.

Estamos buscando a alguien que se mueve en los pasillos de la medicina como si fuera su propio patio de recreo.

Ya mató a cuatro mujeres aquí y silenció a un posible testigo en Miami.

La Subjefa Yésica López, que revisaba otros documentos, llamó la atención de todos.

—Escuchen esto: Tobías cursaba el tercer semestre de Derecho con notas sobresalientes. Había pagado el año completo por adelantado 21.114 dólares y, para cumplir con la exigencia del costo de vida que impone la FIU, presentó un contrato de trabajo en el hotel con un salario de $3.900 mensuales.

—¿Quién en esas condiciones se suicida? Además, el dueño del hotel es su primo, Brooks Willis Nixon. Si hay que ir a interrogarlo, estoy lista y dispuesta —añadió con picardía, provocando algunas sonrisas en el grupo.

—Pero aún hay más —indicó Frank—. Tobías había entablado una demanda para revocar la sucesión por fraude contra la rama de Gregory Nixon.

—A nadie le gusta que le toquen el bolsillo —puntualizó el jefe.

—Se me ocurre alguien de inmediato —expuso Anthony—. Randy Nixon salió para Alemania justo después de la muerte de Rosa Medina. Debe estar por regresar; me gustaría hablar con él…

Por último, Frank extrajo unas cartas de recomendación para Tobías. Una estaba firmada por el actor Brooks Willis, otra por Randy Nixon y la última por el doctor Edmund Miller, M.D., Ph.D., profesor emérito de psiquiatría clínica.

—Un catedrático de ese nivel no pone su firma en cualquier parte —comentó Anthony—. Ese diagnóstico fue la llave que le abrió todas las puertas a Tobías.

—¿Edmund Miller? —preguntó Yésica—. Fue mi profesor. Es una excelente persona, siempre con una mágica sonrisa e inagotable amabilidad —concluyó, con la mirada perdida en sus recuerdos.

Anthony esperó a que la sala de reuniones se vaciara. Robert y Frank salieron discutiendo sobre el precio de los perfumes, mientras Stuart revisaba de nuevo las fotos de Miami. Yésica se quedó recogiendo sus carpetas, con esa expresión nostálgica que le había provocado mencionar al doctor Miller.

—Yésica, ¿tienes un momento? —preguntó Anthony acercándose.

Ella levantó la vista y sonrió.

—Dime, Anthony. ¿Algún cabo suelto con el informe de Miami?

—Más bien un cabo que quiero empezar a atar aquí en Nueva York —respondió él, señalando la carta de recomendación firmada por el doctor Edmund Miller—. Mencionaste que fue tu profesor y que le tienes un gran aprecio. Me preguntaba si estarías dispuesta a acompañarme a visitarlo.

Yésica arqueó una ceja, su instinto de jefa activándose.

—¿Una visita oficial o una de cortesía? Sabes que Miller es una institución en la psiquiatría.

—Digamos que es una visita estratégica —dijo Anthony con calma—.

Si voy solo o con Alizee, se pondrá en modo profesional.

Pero si vas tú… si va la alumna a la que él tanta estima, quizá se sienta bastante cómodo para hablarnos de Tobías con franqueza.

Necesito saber qué vio él en ese muchacho para poner su reputación de por medio.

Yésica guardó silencio unos segundos.

—Quieres que use mi magia para abrir la puerta, ¿verdad? —asintió—. Está bien. Miller es un hombre íntegro, no creo que tenga nada que ocultar, pero entiendo tu punto. El factor humano siempre ayuda. Déjame ver su agenda en la universidad y te aviso.

* * *

Pasaron varios días. Mientras la investigación avanzaba, Yésica llegó a la oficina de Anthony con expresión sombría.

—Tengo malas noticias sobre el doctor Miller —dijo con pesadumbre—. Está al cuidado de una enfermera y de su esposa. Padece Alzheimer. Hay momentos en que recupera la lucidez, pero… es impactante verlo así. Tenía una mente brillante.

—Es lamentable —aseveró Anthony—. Pero podemos ir a visitarlo. Quizá tengamos suerte y te recuerde al verte.

* * *

Luego de dos visitas previas sin resultados, Anthony y Yésica llegaron a la casa de los Miller a las dos de la tarde, la hora en que el doctor podía recibir visitas.

La esposa los recibió con cariño: una mujer de unos ochenta y cinco años, bien conservada, y una mirada dulce reflejada en sus ojos azules que compaginaba con la expresión humilde de su rostro. Los condujo a la habitación del doctor.

La estancia parecía de otra dimensión: una suite VIP de hospital en contraste con la sala sencilla y cálida. Era la segunda vez que lo visitaban allí. La primera vez lo habían visto en el jardín de la casa.

El doctor Miller, de ochenta y nueve años, cabello canoso y abundante, vestía una bata larga de estilo hospitalario.

Veía un documental de medicina cuando percibió que entraban.

Al fijar la mirada en Yésica, esbozó una sonrisa luminosa.

De esas a las que ella llamaba mágicas porque te hacía bajar la guardia.

—Yésica López… mi mejor alumna y mi agente preferida del FBI. ¡Cómo estás! Tanto tiempo sin verte… acércate, dame un abrazo.  —Miró a Anthony y añadió con un guiño:

—Claro, si el caballero lo permite.

Yésica estuvo a punto de llorar, pero se contuvo. Corrió hacia él y lo abrazó; sin que él la viera, dejó caer unas lágrimas que se perdieron en la tela de la bata. Tras presentarle a Anthony y recordar algunas anécdotas, Yésica aprovechó el momento de lucidez.

—Doctor, ¿recuerda haber tratado a Tobías? Un exconvicto en libertad condicional. Usted lo atendió y le extendió una carta de recomendación para la universidad. ¿Lo recuerda?

—Claro que lo recuerdo. Un buen muchacho. “El Dragón y la Serpiente” fue su peor error; eso le iba a afectar el ejercicio del derecho, pero ya no había remedio o quizás sí. ¿Qué hay con él?

—Solo queríamos saber sobre su comportamiento durante las sesiones —dijo Yésica.

—Por lo que sé, se portó muy bien. Cumplía con todo y nunca faltó.

Claro, ya mis años no me permitían atenderlo como se debe y me apoyé en un pupilo que es una eminencia en psiquiatría.

Él fue quien llevó el seguimiento clínico de Tobías —explicó el doctor—, bajo mi supervisión, por supuesto. Yo fungí siempre como médico tratante.

Anthony sintió un nudo en el estómago, reponiéndose, preguntó.

—¿Y quién es ese pupilo suyo, doctor Miller?...