CAPITULO XIX
Frank estaba convencido de que Alizee era la mujer de su vida.
Sentía que ya no era suficiente dormir con ella una o dos veces a la semana; quería compartir su existencia hasta que la muerte los separara.
Pero no le pediría matrimonio en un restaurante, escondiendo el anillo en un postre, una bebida o algo parecido.
Quería hacer algo más representativo, sorprendente y emocionante, con la dosis de adrenalina que Alizee necesita.
Pensaba en esto mientras la veía dormida a su lado. Ya casi era la hora de levantarse e irse a su apartamento. Se levantó, se vistió, le dio un beso en la frente y se marchó.
Esa tarde Frank pasó por Alizee para ir a cenar y la esperó en su vehículo, como siempre.
Ella salió de la casa y cuando se acercó para montarse, salió un hombre desde atrás del vehículo de Frank y la sometió apuntándole con una pistola.
Frank se bajó pistola en mano, pero una camioneta se detuvo en seco a su lado.
Dos hombres bajaron de ella, lo desarmaron y lo sometieron.
Lo amarraron con las manos a la espalda y le colocaron una capucha negra.
Entonces, le apuntaron a la cabeza y le ordenaron a Alizee que entregara su pistola o le dispararían.
Ella, a pesar de su entrenamiento en taekwondo, obedeció.
La amarraron también con las manos a la espalda y le colocaron una capucha negra para que no pudiera ver.
Los metieron en la camioneta, les aseguraron los pies y se marcharon.
Rodaron más de una hora. Alizee intentó escuchar algo que le permitiera identificar la zona, pero solo escuchaba el ruido del motor y el movimiento constante de la camioneta.
Después de un rato se detuvo; los bajaron y, sin quitarles las capuchas, los dirigieron hacia el interior de una casa.
Les quitaron sus teléfonos y revisaron que no llevaban más armas.
—Métanlos en cuartos separados. A él lo sacaremos en la mañana, a ella después. Por ahora, vamos a dormir.
La voz estaba distorsionada por algún aparato electrónico. «Lo más probable es que era alguien conocido», pensó Alizee.
Introdujeron a Alizee en un cuarto y a Frank en otro. Un hombre le dijo a ella:
—Te voy a soltar las manos. Tenemos a tu novio sometido; si intentas algo estúpido, lo vamos a matar.
En la mesa tienes algo para comer y agua.
Al lado de la cama hay una bacinilla por si quieres orinar.
De nada vale hacer bulla, nadie te va a escuchar...
y menos tu novio, porque estará muerto. ¿Has entendido bien tu situación? —le preguntó el hombre.
—Sí —respondió Alizee.
Sintió cómo cortaron las ligaduras que ataban sus manos en la espalda y, poco después, oyó dos veces el clic de la cerradura que le impediría salir de allí.
Escuchó los pasos alejarse por el pasillo hasta que una puerta más pesada se cerró a lo lejos.
Entonces se instaló un silencio denso, absoluto; un silencio sepulcral.
Solo podía escuchar su respiración. Enseguida supo que se trataba de profesionales.
Se sacó la capucha y observó el cuarto. La puerta era de metal reforzada y tenía una compuerta pequeña como para pasar comida o algo, pero estaba bien cerrada.
Había una mesa y una silla; sobre la mesa estaba una caja de pizza.
El aroma inconfundible de la salsa y el queso impregnó su nariz; «La dejaron hace poco», pensó.
Había también una jarra plástica con agua y un vaso plástico. La habitación tenía una ventana bloqueada y una cama individual.
Con el mayor sigilo posible se acercó a la ventana.
La forzó en todas direcciones, pero estaba trabada, presionó con más fuerza sin hacer ruido.
No sabía cómo estaba Frank y le preocupaba.
Fue imposible. Debería estar soldada o atornillada desde afuera.
Revisó la caja: había cuatro pedazos de pizza cuatro quesos. Sintió el vapor en sus manos.
«La que más me gusta», —pensó—. «Deben habernos estado vigilando y no nos dimos cuenta en ningún momento. Supieron cómo someternos; seguro están entrenados para esto. Pero, ¿qué quieren de nosotros?».
Escuchó y sintió el ruido de su estómago. Le dio hambre. Antes de comer, se preguntó si Frank tendría comida.
—Seguro que sí, la otra parte de esta pizza. Nos gusta la misma —se dijo.
Vencida por el cansancio, se recostó sobre la pequeña cama, que a pesar del sitio en donde estaba, lucía y olía impecable o quizás el sueño le jugaba una mala pasada.
No durmió, por ratos caminaba, se sentaba, manipulaba la puerta o la ventana.
Aún más cansada, se recostó y cuando estaba a punto de quedarse dormida…
Escuchó el murmullo de voces y el ruido de las puertas. Salto de la cama y en dos pasos llegó a la puerta. Logró percibir que sacaban a Frank. A sus oídos llegó la misma voz distorsionada del día anterior:
—Llévenlo al sitio acordado y tú te quedas vigilándola sin que te vea; si ella no colabora con lo que se le encomiende hacer al pie de la letra, mátenlo... y después a ella.
Alizee se debatía entre el temor y la decepción.
Todo su entrenamiento, toda su puntería, no habían servido de nada.
Imaginó todo lo que pudo haber hecho, pero temía que pudieran matar a Frank.
Hizo lo que tenía que hacer para protegerlo; él estaba sometido por dos hombres.
Expiró despacio el aire que había contenido en sus pulmones.
¿Qué sería lo que estos hombres querían? Había escuchado que tenía algo que hacer o los matarían. La incertidumbre la estaba carcomiendo cuando escuchó que hablaban cerca de la puerta:
—Siéntese en la cama y espere a que entremos para decirle qué debe hacer. Para empezar, colóquese la capucha.
Alizee obedeció; se colocó la capucha y se sentó en la cama.
Oyó que abrían la puerta. Se quedó sentada esperando que entrara alguien y le diera las instrucciones de lo que debía hacer, pero no entró nadie.
Siguió esperando. No sabía cuánto tiempo pasó; sintió que era una eternidad, pero nadie entraba.
Se quitó la capucha y caminó hasta la puerta.
Manipuló la cerradura con cuidado y la puerta se abrió.
Se asomó con cuidado y no vio a nadie. No escuchó voces ni pasos.
Era una sala con pocos muebles; a la derecha estaba la cocina y una mesa de comedor para cuatro personas.
Sobre la mesa había una hoja y unas llaves.
Se acercó y tomó la hoja, que tenía escrito, con letras recortadas de revistas o periódicos, el siguiente mensaje:
« Si quiere volver a ver a su novio con vida no debe comunicarse con nadie de ninguna forma.
La estamos vigilando y si hace contacto con otra persona, su novio morirá en el acto.
Espero que lo entienda, no estamos jugando.
Antes que nada, vamos a verificar sus capacidades para algunas actividades; luego de ello, recibirá la misión final ».
Después de esta amenaza, venían las instrucciones de lo que debía hacer:
« Diríjase a Times Square y, diagonal al Rey y a la Gran M, junto a la base que enarbola, una túnica verde le dará la próxima ubicación ».
—¡¿Qué demonios es esto?! —se preguntó Alizee. «Esto tiene que ser una broma... no entiendo, esto es una locura, no tiene sentido».
Tomó la llave que estaba en la mesa y salió de la casa. Era un rancho alejado de la ciudad. Revisó la zona con la mirada; no se veía a nadie, pero estaba segura de que la estarían observando.
Había un vehículo estacionado frente al rancho. Verificó con la llave y se desactivó el seguro de la puerta. Se montó, lo revisó y no encontró nada fuera de lo normal. Probó a encenderlo y funcionó a la perfección. Había una nota en el asiento del copiloto; la tomó y leyó:
« Debe usar este vehículo en todo momento; debe estacionarlo de frente y a unos diez metros del lugar al que deba ir. Aunque esto por ahora le parezca ilógico y loco, le aseguro que pronto cobrará sentido y verá su razón de ser; además, se convertirá en la heroína que salvará la vida de su novio ».
Alizee se dirigió a Times Square y comenzó a recorrerla despacio. Estaba buscando al «Rey» y la «Gran M». Luego de rodar un rato, observó una tienda del Rey León y, casi enfrente, un McDonalds.
—Debe ser acá —se dijo.
«Ahora la base que enarbola... ¿esto qué será?». Observó que, diagonal a la tienda, había un asta con una bandera izada. Al pie estaba un hombre de origen hindú que vestía una camisa verde muy grande para su talla. Estacionó el carro a unos diez u once metros y se acercó.
—Hola, ¿tiene algo para mí? —le preguntó.
El hombre, sin responder, le entregó una hoja de papel con algo escrito y le dijo:
—Lea eso en el carro.
—¿De qué se trata esto? Yo soy policía.
—Yo no sé nada; solo me dijeron que le entregara esto a la persona que llegaría en ese carro en el que usted llegó.
Ellos tienen amenazada a mi esposa y debo hacer esto que me pidieron o la matarán.
También debía colocarme esta camisa. —Su cara reflejó el disgusto por usarla.
Sin embargo, el hombre lucía en verdad asustado.
—Está bien, gracias —respondió ella.
Regresó al carro, revisó la nota y leyó:
« A la mitad del camino sobre el agua, entre la Gran Manzana y el Barrio B, encontrará lo que continúa; de encarnado estará donde lo encontrará. 'Uno, dos deberá decir y la nota recibir; hasta volver al carro no la abrirá, pues por el camino de agua solo caminará ».
—A la mitad del camino sobre el agua... el camino sobre el agua... debe ser un puente —se dijo Alizee mientras leía la nota—. Un puente entre Manhattan y... Brooklyn. Tiene que ser el Puente de Brooklyn.
Salió hacia el Puente de Brooklyn. Detuvo el vehículo donde consiguió un lugar para estacionar después de buscar por un buen rato.
Caminó por el puente observando la maravillosa vista de la ciudad de Nueva York.
Al llegar a la mitad del camino, encontró a una mujer con un vestido rojo. Alizee se acercó y le dijo:
—Uno, dos.
La mujer la miró con rabia, le dio una nota y le preguntó:
—¿Dónde tienen a mi esposo?