CAPITULO XVII #2
—Este censo también estaba en la casa de las primeras víctimas. Por eso me sonaba el apellido Stark —comentó Anthony.
—Cierto, creo que también lo vi —respondió Robert.
Ernesto Medina abrió la puerta, los saludó y los invitó a pasar.
—Sabemos que no es el mejor momento, pero necesitamos hacerle algunas preguntas —dijo Robert.
—No hay problema. Sé que tienen que hacerlo —respondió Medina.
Robert le mostró la foto de Tobías.
—¿Ha visto a este hombre merodeando por aquí o en alguna parte?
—No me parece conocido. No creo haberlo visto. ¿Este fue el maldito que asesinó a mi esposa? —preguntó Medina, furioso.
—Aún no lo sabemos. Estamos investigándolo —respondió Anthony.
—Pues les diré que es un delincuente. Ha estado en la cárcel. He visto esos tatuajes antes.
—Puede ser un exconvicto, pero no tenemos pruebas de que haya sido él. Solo seguimos una pista —aclaró Anthony.
—Entiendo. Pero nunca lo he visto.
Robert mostró las fotos de las otras víctimas.
—¿Conoce a alguna de estas mujeres?
—Las he visto en la prensa. Sé que son las chicas asesinadas. Uno nunca piensa que algo así le va a pasar… pero no, no las conozco. Y Rosa tampoco las conocía —respondió con tristeza.
—¿Rosa no estaba trabajando? —preguntó Anthony.
—No. Estaba esperando una vacante en una firma de abogados.
—¿Cuál era su rutina?
—Ella siempre estaba en casa, salvo los martes y sábados: iba al instituto de karate. Era cinta marrón.
—O sea, sabía defenderse —comentó Robert.
—Sí. Me imagino que no le dio tiempo a reaccionar. Tuvo que sorprenderla y someterla con algo… o ser bastante fuerte. De lo contrario, ella lo habría reducido.
—O fue alguien que conocía —sugirió Anthony.
—Es posible. Ella estaba en casa y no había planeado salir.
—¿No hay cerraduras o ventanas forzadas? ¿No falta nada?
—No. La puerta estaba cerrada sin seguro. Imagino que salió contra su voluntad y no pudo asegurarla. No he revisado a fondo, pero no parece faltar nada.
—Gracias, ha sido muy amable. Aquí tiene una tarjeta. Si recuerda algo más, llámenos —dijo Anthony.
—Lo haré. Quiero saber cómo avanza la investigación.
Se despidieron y comenzaron a visitar a los vecinos. Una señora no había visto nada extraño. Otro vecino creía haber visto una camioneta de algún servicio técnico, pero no recordaba el día ni el servicio. Otra vecina que estaba con su esposo comentó:
—A veces he visto a un joven que llega a esa casa y se queda un buen rato, pero no sé quién es.
El esposo la corrigió: —No andes inventando, Gertrudis; ese debe ser familia, pero no sabemos quién es en realidad.
—¿Pueden describir al joven? —preguntó Anthony.
Le ofrecieron una descripción y Robert tomó nota. Nadie más vio nada sospechoso. Todos coincidían en que los Medina eran excelentes personas.
Ya en el vehículo, Anthony llamó a Stuart:
—Necesito que averigües dónde queda una oficina de la Fundación Stark. Envíame la dirección.
—Enseguida —respondió Stuart.
Regresaron a la casa de los Medina y le preguntaron a Ernesto Medina si conocía al joven que describió la vecina.
—Sí, por la descripción que me dan debe ser el hermano de Rosa. Ya debe andar la señora Gertrudis con sus chismes; esa mujer no cambia. Pero seguro no vio a nadie extraño entrar a la casa, seguro que no —lamentó Ernesto.
—Ok, gracias, no le quitamos más tiempo. —Se despidieron los agentes.
Poco después, Anthony recibió un mensaje:
Stuart: Fundación Stark, planta baja del Hospital Big Manhattan, al lado de la farmacia, oficina 2.
Anthony le dio las gracias y se dirigieron al hospital.
Encontraron la oficina enseguida. Tocaron y escucharon el pitido de apertura.
La recepción era pequeña, con carteles médicos, avisos de censos y varias sillas.
En la taquilla atendía una joven de unos veinticinco años, piel muy blanca, pecas cerca del cuello, cabello castaño y unos sorprendentes ojos violetas. Robert quedó deslumbrado.
Anthony los presentó:
—Buenos días, señorita. Somos los agentes García y Arlington, del FBI. Necesitamos hablar con quien esté a cargo de la Fundación.
—Rorobert, yo me llamo Robert —casi tartamudeó—. ¿Y usted?
—Alicia, un momento, por favor —respondió ella con una voz dulce, y llamó por teléfono.
Anthony murmuró a Robert:
—Está linda. Puede que tenga el síndrome de Alejandría… pero no creo que tengas tanta suerte.
—El síndrome de Alejandría es un mito, Latino —respondió Robert—. Pero sí tiene los ojos lindos, bueno, toda ella es linda.
La chica les indicó:
—Pueden pasar. El doctor Charles Fisher los recibirá en la primera puerta del pasillo.
Robert sintió que la voz de la joven era casi angelical.
Entraron y tocaron. Una voz respondió:
—Pasen.
El despacho tenía un escritorio prefabricado, dos sillas y una placa con el nombre del doctor Fisher y el título «PRESIDENTE».
A la izquierda, otra placa con el nombre de la doctora Stark, también «PRESIDENTA».
En las paredes había cuadros sobre virus, bacterias y afiches de censos. Archivadores llenaban la pared derecha.
Anthony se presentó:
—Buenos días. Somos los agentes García y Arlington. Necesitamos hacerle unas preguntas.
—Está bien —respondió el doctor.
—Entendemos que la Fundación realiza censos físicos, de puerta en puerta. ¿Por qué no virtuales?
—Los censos físicos son más confiables. Mucha gente no participa en los virtuales. Pero si un censista te explica que es para evitar enfermedades, cooperan más.
—¿Cada cuánto los realizan?
—Cada dos años los físicos. Los virtuales, según necesidad.
—¿Qué buscan en esos censos?
—Características de la población. En los epidemiológicos, nos permiten prevenir y controlar virus según su propagación.
—¿Qué aspectos son importantes?
—En el último censo, hace un año y seis meses, buscábamos rasgos físicos específicos.
Un coronavirus afectaba de forma distinta a blancos, afroamericanos y latinos.
También influían edad, sexo, color de cabello y ojos.
Los rubios y los de ojos claros eran más vulnerables; también los de cabello castaño y ojos castaños.
—¿Quién tiene acceso a esos datos? —preguntó Anthony.
—Solo los científicos, los médicos y los asistentes que vaciaron la información.
—¿Qué tan seguro es su sistema?
—Muy seguro. Aunque… hace unos meses hubo una intromisión. Después reforzamos todo.
—¿Fue después del último censo?
—Déjeme revisar… —consultó en la computadora—. Sí, un mes después del censo.
—¿Podría entregarnos una copia de la base de datos? Y permitir que un agente nuestro intente determinar desde dónde se realizó la intromisión.
—Los técnicos no encontraron nada. Pero consultaré con la junta. Creo que no habrá problema, en especial si ayuda con lo de Madeleine. Déjeme su tarjeta.
Anthony se la entregó.
—Muchas gracias, doctor. Esto puede ayudarnos mucho.
—Hasta pronto, Alicia —se despidió Robert.
—Hasta pronto —respondió ella, lanzando una mirada que reflejaba aceptación y esperanza, adornada con una sonrisa.
De vuelta en el vehículo, Anthony comentó:
—Ya sabemos de dónde obtuvo la información sobre las características de las víctimas. Estoy casi seguro de que quien realizó la intromisión es el asesino. ¿Para qué más querría alguien esos datos? El estrangulador sí les dio uso. Ojalá Stuart pueda ubicar desde dónde se hizo.
De regreso en la oficina, organizaron la nueva información. Stuart tomó la palabra:
—No encontré a ningún Tobías Calbet detenido hace doce años.
Pero encontré a un Tobyashlyn Bates Nixon.
Cuando fue apresado tenía veintidós años.
Puse fotos en la cartelera. No tenía tatuajes.
No se parece mucho a Tobías, pero es el primo lejano de la señora Margaret Nixon.
Estudió parte de la High School en prisión.
Salió hace cinco años y medio y ya tenía los tatuajes, hay una fotografía de antes de salir de prisión y es nuestro sospechoso.
Desapareció un tiempo. Reapareció en Miami. Fue encontrado muerto …