Entre sombras y huellas (Agente Anthony García 1) CAPITULO XVII
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CAPITULO XVII

Era lunes en la mañana y todos los agentes estaban reunidos en la sala de conferencias de la UAC. En la cartelera estaba colocada la foto de Rosa Medina junto a las demás. El informe forense ya estaba en el expediente; el jefe lo tomó, lo colocó sobre la mesa y se dirigió al equipo:

—Vamos a recapitular lo que tenemos hasta ahora.

Hay cuatro víctimas: todas mujeres caucásicas, cabello largo castaño, ojos castaños.

Hay una diferencia de seis años entre ellas.

Por el momento no hemos encontrado ninguna conexión entre las víctimas.

Todas fueron secuestradas. Al parecer utilizó etorfina para drogarlas y poder llevárselas; al menos con la última lo hizo.

López amplió:

—Fueron retenidas entre quince y dieciséis horas en algún sitio donde el asesino entró y salió al menos cuatro veces sin ser visto.

»Las sujetó con correas en varias partes del cuerpo, las amordazó para que no gritaran y por último utilizó algo para estrangularlas. Después de asesinarlas, se deshizo de los cuerpos enseguida, dejándolos cerca de un río o laguna.

—Si tenían vehículo, los abandonaba una semana después del asesinato. Nadie lo ha visto dejar los cuerpos ni los vehículos.

—En los secuestros ha sido visto al menos una vez —continuó López—.

En el caso de Abigail, un testigo asegura que la chica fue detenida por un policía estatal en un puesto de control móvil que nunca existió.

Lo describe con lentes oscuros, sombrero y bigote: un disfraz, en la cartelera está el retrato hablado.

Fue el último que vio a Abigail con vida.

Ante esas circunstancias, es probable que ese fuera el asesino.

»Su modus operandi incluye disfrazarse para ganar la confianza de la víctima.

Además, alguien vio una bici-moto pasar frente a su casa el día antes de que apareciera el vehículo de Abigail.

Ese parece ser el medio que utilizó para abandonar el vehículo y regresar a su lugar seguro.

Debemos investigar si alguien vio esa bici-moto el día que dejó el automóvil de la doctora Stark.

El jefe retomó:

—En el informe forense de Rosa, el estudio toxicológico reveló etorfina, un tranquilizante para mamíferos grandes. Es la primera víctima en la que se encuentra esta droga.

Anthony añadió:

—Esta droga se vende acompañada de un antídoto. Debemos suponer que cometió un error… o que quería que encontráramos la droga.

—Es probable que haya cometido un error —afirmó el jefe—. Y vamos a aprovecharlo para acercarnos a él.

—Escuchen lo que dice el informe forense —sugirió Anthony y leyó:

«Durante el análisis toxicológico inicial se detectó un pico anómalo en el cromatograma, no correspondiente a opioides clínicos habituales.

Debido a esta irregularidad, el sistema activó el protocolo automático de confirmación.

El análisis posterior identificó la presencia de un opioide veterinario de alta potencia, compatible con etorfina. La concentración, aunque mínima, indicaba una administración reciente».

—Una administración reciente —repitió Anthony, hizo una pausa y consultó.

—Robert, necesito que me aclares algo —dijo Anthony, revisando el informe—. Debemos suponer que todas las víctimas recibieron la misma sustancia, ¿cierto?

—Sí. Lo más seguro una microdosis administrada alrededor de las ocho de la mañana, hora en la que sabemos que fueron secuestradas. Fue suficiente para mantenerlas inconscientes muchas horas, pero demasiado baja para dejar un rastro duradero.

—Entonces ¿por qué en las primeras tres no aparece nada y en esta sí? —preguntó Anthony.

Robert respiró hondo y señaló el cromatograma.

—Por el tiempo, Anthony. Las primeras tres víctimas fueron encontradas más de veintidós horas después de la inyección. En ese lapso, la microdosis se metaboliza por completo. El cuerpo la degrada y no queda nada detectable.

—¿Y esta? La encontraron a la una de la mañana —repuso Anthony.

—Exacto. Diecisiete horas después. Ya eso es menos tiempo… pero, aun así, con la microdosis inicial, tampoco debería aparecer nada.

Anthony levantó la mirada.

—Entonces ¿qué cambió?

—Que esta recibió una segunda microdosis —respondió Robert—. Muy pequeña, pero reciente, según lo que leíste en el informe. Lo suficiente para que circulara por la sangre antes de que él la estrangulara. Esa segunda dosis es la que generó el pico que ves aquí.

Anthony cerró el informe despacio.

—Así que no fue un error.

—No. Fue deliberado —dijo Robert—. Si solo hubiera usado la primera dosis, como con las otras, también habría desaparecido. Esta segunda aplicación es lo que permitió detectarla.

—Entonces, que sepamos de la etorfina debe ser importante para el asesino. ¿Por qué? —Lanzó la pregunta al aire.

—Bueno, ya lo averiguaremos. Los esposos tampoco tienen conexión entre sí —continuó el jefe—.

Ninguno conocía a las otras víctimas. Esto es común en asesinos en serie: casi nunca conocen a sus víctimas.

Solo buscan un perfil: blancas, pelo largo castaño oscuro, ojos cafés, casadas sin hijos y, en este caso, de una edad específica.

Y como este tipo de asesino rara vez mata a una mujer mayor que él, es casi seguro que tiene más de treinta y tres años, la edad de la mayor de las víctimas.

El jefe señaló la cartelera:

—Entonces, tenemos a un sospechoso: hombre caucásico, treinta y cuatro años.

Tobías Calbet. Hasta ahora sin rastro en el sistema.

Esta es su foto de hace unos cinco años.

—Señaló la imagen junto al retrato hablado—.

No coincide con el boceto del testigo, pero estaba disfrazado.

Así engaña a las víctimas para acercarse lo suficiente e inyectarles la droga.

Necesitamos investigar todo sobre Tobías: ¿dónde está?

, ¿dónde estuvo durante los secuestros y asesinatos?

, ¿tiene algún inmueble en Nueva York donde retenga a las víctimas?

, ¿cuál es su pasado? Debemos verificar si encaja con el perfil y si es el asesino.

Es una pista; vamos a seguirla. Un familiar dijo que se mudó a Miami para estudiar.

—Stuart —ordenó el jefe—, verifica en la Universidad de Miami si estudió o estudia allí.

Revisa cámaras de peajes entre Miami y Nueva York desde el hallazgo de la primera víctima.

Busca camionetas tipo van. Ubica a Tobías en cualquier vehículo.

Revisa listas de pasajeros en aeropuertos y terminales.

Si vive en Miami, debió viajar varias veces para investigar a sus víctimas y luego secuestrarlas.

No creo que viaje con ellas en la camioneta; sería muy arriesgado.

Ya sabemos que no toma riesgos innecesarios.

El jefe notó que Anthony parecía atrapado en un conflicto mental, asintiendo y negando a la vez.

—¿Qué piensas, Latino?

Anthony respiró hondo.

—No sé… Primero: mata por matar, sin motivos aparentes.

Solo mujeres parecidas, edades diferentes, sin conexión entre ellas.

Parece al azar. Las mata sin mucha violencia, sin fetichismos, sin aberraciones, sin actos sexuales, sin apasionamiento.

Pensábamos que las mataba inconscientes para no hacerlas sufrir.

Ahora sabemos que les inyecta etorfina en una dosis muy pequeña para que duerman unas quince o dieciséis horas y la droga no se detecte.

Así que cuando las asesina están conscientes.

Saben que van a morir. Quizás eso le da morbo.

Anthony continuó:

—Todo indica un asesino en serie… pero entonces recopila información sobre las víctimas para asegurarse de que no se conozcan.

Las acecha. Conoce sus movimientos. Pasa días vigilándolas.

¿Cómo las ubica en primer lugar? ¿Solo va por la calle y las encuentra de casualidad, justo con las características que busca? No lo creo.

»Luego las secuestra, las retiene horas y las mata. Entonces no es al azar. Selecciona con cuidado a la víctima. La edad debe encajar en su patrón de seis años. De algún modo consigue la información.

El silencio en la sala era absoluto.

—Además —siguió Anthony—, les inyecta algo en el cuello al menos dos veces: etorfina y antídoto.

Lo ha hecho tres veces sin errores. Pero en la última víctima no suministró el antídoto.

Al parecer se equivocó. Sin embargo, el informe indica que la etorfina encontrada era ínfima.

Si se equivocó, lo lógico es pensar que al final lo que le suministró fue la droga creyendo que era el antídoto.

Entonces debió haber una dosis suficiente para causar el efecto…

pero eso no concuerda con lo hallado en la sangre de Rosa.

»Yo creo que quería que supiéramos qué droga usaba.

¿Para qué? Eso es lo que debemos investigar.

Algo no encaja con un asesino en serie típico.

¿Será un nuevo estilo de asesino? ¿O alguien con un motivo definido que intenta desviar la atención con una obra teatral?

Creo que cometió un error… pero no el que quiere que pensemos.

Tengo una corazonada. Voy a descubrir qué es.

Robert intervino:

—Si es un asesino en serie convencional, podría tener un desorden leve o un trauma infantil reprimido. Pero si lo que dices es cierto, es raro. No encaja con ningún patrón, a pesar de los patrones numéricos.

—Es válida tu apreciación, Anthony —dijo el jefe—. Pero de momento, el único sospechoso viable es Tobías. Debemos encontrarlo.

—Sí, puede que sea él. No lo descarto. Está implicado. Pero creo que tiene un motivo distinto al simple hecho de matar. Solo que lo está camuflando.

—Bien. Latino y Robert, vayan a hablar con el esposo de la víctima. Veamos qué obtenemos.

—Smith —ordenó el jefe—, comunícate con la comisaría de Miami. Averigua si tienen algo sobre Tobías. Puede que haya delinquido allá.

* * *

Anthony y Robert llegaron a la casa de Ernesto Medina, esposo de la última víctima. Al tocar la puerta, Anthony notó una calcomanía del censo epidemiológico realizado quince meses atrás por la Fundación Stark.