Entre sombras y huellas (Agente Anthony García 1) CAPITULO XVI
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CAPITULO XVI

Anthony y Robert llegaron a la casa del doctor Simón Gray, ubicada en una zona residencial de clase media. La casa de dos pisos tenía un jardín bien cuidado. Tocaron la puerta y abrió el propio doctor Gray.

—Buenas tardes. No estoy comprando nada por ahora… y menos si no puedo verlo —dijo con humor. Era un hombre de unos sesenta y ocho años, cabello canoso y abundante, y un ánimo jovial.

—Buenas tardes, doctor. No estamos vendiendo nada. Somos los agentes García y Arlington, de la UAC del FBI. Queremos hacerle unas preguntas —explicó Robert.

—¿El FBI? UAC, Agentes. Estoy seguro de que yo no cometí ese delito, sea cual sea —respondió con una sonrisa.

Los invitó a pasar. La sala era pequeña pero acogedora: tres sofás, una mesita central y un retrato del doctor con su esposa colgando en la pared.

—¿Quieren tomar algo? Café o té. También tengo cerveza y whiskey… pero no sé si es ilegal ofrecer eso a agentes del FBI —bromeó.

—No, doctor —respondió Robert—. Un delito sería no ofrecérselo a los agentes del FBI. No puede ofrecérselo a los patrulleros, pero a nosotros sí… a menos, que no sea de dieciocho años o, sea de segunda. Eso sí sería un delito federal.

Rieron los tres. El doctor trajo una bandeja con café y se sentó frente a ellos.

—A ver… si no he cometido ningún delito, supongo que necesitan mi sapiencia para resolver uno.

—Se puede decir que sí —respondió Anthony—. Necesitamos su ayuda para aclarar una venta de etorfina que usted realizó hace cinco años, cuando aún trabajaba en la farmacia. ¿Qué recuerda sobre eso?

—La etorfina es un tranquilizante muy poderoso.

Se usa en mamíferos grandes. Se vende muy poco y está muy controlada.

Sí recuerdo haber vendido una dosis baja a un hombre que dijo necesitarla para el Departamento de Investigación del Hospital Big Manhattan.

Parce que tenía que dormir a un elefante de circo... eso es mentira —dijo y sonrió.

—Los documentos suministrados cumplían con el protocolo de ese momento, así que no vi inconveniente, pero fue poco común y por eso aún lo recuerdo. Luego la droga pasó a planificación 1 y el protocolo cambió.

Anthony le mencionó el nombre:

—Tobías Calbet, se llamaba el comprador.

—El nombre no lo recuerdo mucho, pero con lo del laboratorio recuerdo muy bien el momento —confirmó el doctor.

—¿Recuerda al hombre que la compró? ¿Puede describirlo? —preguntó Robert.

—Casi nunca olvido una cara. Era un hombre blanco. Y recuerdo algo muy claro: me pareció mayor de lo que decían el formulario y el ID en ese entonces. Según esos papeles tenía veintinueve años, pero yo le calculé unos treinta y cinco, por lo menos.

—Bueno, eso puede pasar. Hay personas que se ven mayores de lo que son —comentó Robert.

—Sí, es probable —respondió el doctor Gray—, pero casi nunca fallo al calcular la edad de alguien.

Por ejemplo, ustedes dos tienen casi la misma edad, aunque usted —señaló a Anthony— es un poco más joven.

Un año, tal vez. Es más, fácil equivocarse en diferencias pequeñas, pero seis años…

no. No me equivoco, por tanto. Usted debe tener treinta y uno, y usted treinta y dos.

—Vaya, excelente. Ha acertado —lo felicitó Anthony—. ¿Recuerda si tenía alguna seña especial? ¿Algún lunar o marca que pudiera identificarlo ?

—Podría decirles que estaba disfrazado: gorra, lentes y bigote. Pero era idéntico a la foto de su ID, que corroboraba su edad. Aun así, juraría que tenía treinta y cinco. No tenía marcas distintivas en la cara, pero sí unos tatuajes en los brazos: una serpiente en uno y un dragón en el otro.

—Muchas gracias, doctor Gray. Su ayuda ha sido invaluable —agradeció Anthony.

—Sí, gracias. Y por favor, no siga delinquiendo. Y para la próxima, nos da whiskey… si es de veinticuatro años, mejor —bromeó Robert, soltando una carcajada.

El doctor rió también.

—La pensión no da para un whiskey de veinticuatro años, pero sí tengo de dieciocho —dijo con humor—. Ha sido un placer ayudarlos. Si necesitan algo más, pueden venir. Casi siempre estoy solo.

—Lo tendremos en cuenta. Muchas gracias —respondió Robert.

Salieron de la casa.

* * *

Frank y Alizée se presentaron en la embotelladora de 977 E 149th St, en el Bronx.

Era un galpón de unos trescientos metros cuadrados, lleno de maquinaria industrial.

Un supervisor los recibió y los condujo al primer piso, donde los atendió el gerente: Frank Molina, un hombre de unos cuarenta años, rasgos latinos, traje formal.

La oficina tenía un ligero olor a caramelo.

—Buenas tardes, señor Molina. Somos el agente Frank Smith y la agente Alizée Rousseau, de la UAC. Quisiéramos hacerle unas preguntas sobre un trabajador —dijo Frank.

—Buenas tardes, señorita… tocayo —respondió Molina con una sonrisa—. Trataré de ayudar en lo que pueda.

—¿Trabaja aquí el señor Tobías Calbet?

—Denme un momento. —Rodó la silla hasta los archivadores, buscó un expediente y regresó—.

A ver… el señor Calbet trabajó con nosotros hace algunos años.

Ingresó hace seis años y medio, trabajó un año.

Ya pasaron cinco y medio desde su renuncia.

Dijo que estaba estudiando. Se había graduado de la High School y quería ir a una universidad en Miami.

—¿Tiene información sobre antecedentes penales? —preguntó Frank.

—No. Cuando ingresó llenó este formulario —lo mostró— y no declaró nada. Revisamos por nombre y no apareció ningún antecedente.

—¿Tiene alguna dirección o número de teléfono? —preguntó Alizée.

—Sí, aquí hay una dirección: 430 East 141st St, Bronx, NY 10454. Creo que vivía con un pariente. No dejó número. —Hizo una copia del archivo y se la entregó.

—Muchas gracias, tocayo. Has sido de mucha ayuda —agradeció Frank.

—Siempre a la orden —dijo Molina sonriente.

Al salir, Frank le dijo a Alizée:

—Vamos a hablar con ese pariente de Tobías y después vamos a cenar. ¿Qué te gustaría, mi amor?

—Mira, cariño… como el almuerzo no me gustó para nada, sería maravilloso que me consintieras con ese macarrón con queso que tú preparas —respondió Alizée con una sonrisa.

—Pues no se diga más. Será macarrón con queso. Luego pasamos por la tienda.

Llegaron al Bronx, a 430 East 141st St. La casa era pequeña, de una sola planta, con ladrillos deteriorados y un jardín convertido en recuerdo. La puerta estaba tan maltratada como el resto.

Tocaron. Abrieron casi de inmediato, como si los esperaran. Una chica de unos quince años, muy bonita, piel clara, cabello largo con mechas, vestida con una batica azul ajustada y corta, los miró con descaro.

—No es la pizza… pero por lo que veo, está más bueno —dijo mirando a Frank—. Buenas noches. ¿Qué desean? ¿En qué te puedo servir? —dijo sin apartar la mirada de él.

—Buenas noches. Somos del FBI y quisiéramos hablar con tus padres —respondió Alizée.

—¿El FBI? Será con mi mamá. Mi papá no ha regresado desde que salió a comprar cigarrillos hace diez años… acompañado por su secretaria —gritó hacia adentro— ¡Mamá! ¡Es el FBI! ¡Quieren hablar contigo! —Y añadió:

—¿En qué se habrá metido Tobías esta vez?

Frank y Alizée se miraron: lo encontramos.

Apareció una mujer de unos treinta y siete años, blanca, delgada, bastante golpeada por la vida. Los invitó a pasar a una sala tan deteriorada como el exterior. Se sentaron en un sofá estampado. La chica se sentó frente a Frank.

—¿Qué quieren ustedes? Leslie, vete al cuarto mientras hablo con los señores —ordenó la madre.

—Estoy bien aquí —refunfuñó la chica, lanzándole una mirada atrevida a Frank antes de irse.

—Somos los agentes Smith y Rousseau, de la UAC. Queremos hablar con Tobías —explicó Frank.

—Tobías no está. ¿Qué hizo ese muchacho ahora? Siempre es lo mismo con él. Lo he malcriado mucho, supongo que ese es mi castigo —respondió la mujer.

—¿Qué edad tiene Tobías, señora…? —preguntó Frank, dejando el espacio para que completara.

—Nixon. Margaret Nixon. Tiene veintiún años. Lo tuve a los quince.

—Ok, señora Nixon, no se preocupe. No buscamos a su hijo. Buscamos a Tobías Calbet. ¿Sabe dónde está? —aclaró Frank.

Tocaron la puerta. Leslie corrió a abrir.

Ya no llevaba la batica: ahora vestía una blusa ajustada y una falda corta.

Era la pizza. Pagó, abrió la caja, tomó un pedazo y, mirando a Frank, le dio un mordisco lento y sugerente, que muy a su pesar, resulto más bien en una escena cómica.

El exceso de queso terminó pegado en su nariz.

Alizée frunció el ceño.

La madre lanzó una mirada fulminante.

—Deja para tu hermano y para mí. No te la comas toda —ordenó.

—Está bien… pregúntale al agente guapo si quiere una rebanada, que venga a buscarla —respondió Leslie desde la cocina.

—¡Cállate! —gritó la madre, y volvió a los agentes—. No, Tobías Calbet… Calbet… Imagino que hablan de Toby. Así lo conozco. Es primo lejano de mi esposo. Vivió aquí un tiempo mientras terminaba sus estudios antes de irse a Miami.

—Cuando éramos niños hicimos juntos la primaria en la misma escuela; él estudiaba con mi hermano que ya murió y frecuentaba la casa de mis padres, siempre fue muy respetuoso. No recuerdo bien su apellido, pero puede ser ese.

—Se fue a Miami hace unos cinco años. Al principio se comunicaba, pero ya hace tiempo que no sé nada de él.

—¿Sabe si estuvo preso? —preguntó Frank.

—Toby es reservado. Si estuvo preso, nunca me lo dijo. Pero tiene unos tatuajes que parecen de alguien que estuvo en prisión. Nunca le pregunté.

—¿Tiene alguna foto reciente? —consultó Alizée.

—Leslie —llamó la madre.

—¿Qué? ¡Estoy comiendo! —respondió la chica.

—Los agentes necesitan una foto de tu primo Toby.

La chica regresó con el teléfono.

—Activa tu Bluetooth para mandarte fotos —le dijo a Frank.

Frank ni volteó. Alizée activó el suyo. Leslie la envió.

La foto era de un poco más de cinco años atrás: estaba Toby, un hombre blanco de unos veintinueve años, usaba una gorra y lentes de sol.

Lucía un pequeño bigote. Una franelilla permitía ver sus musculosos brazos y en ellos, unos tatuajes de serpiente y dragón.

También estaba la chica, que tenía entonces once años.

—Es todo, señora Nixon. Muchas gracias —dijo Frank.

Ya en el auto, Alizée comentó:

—Vaya niña pasada esa. Menos mal que estaba yo, si no…

Frank sonrió.

—Son cosas de adolescentes. No le hagas caso.

—Sí, es adolescente… pero estaba que te comía.

—¿Estás celosa? No tienes motivos. Solo tengo ojos para ti. —Le dio un beso rápido—. Vamos a la tienda por los ingredientes del macarrón.

—Más te vale —respondió ella, sonriendo.