Entre sombras y huellas (Agente Anthony García 1) CAPITULO XV #3
52%

CAPITULO XV #3

—Se trata de una venta de etorfina de hace cinco años, realizada al señor Tobías Calbet —dijo Anthony.

—Entiendo. ¿Qué necesitan saber?

—¿Quién realizó la venta? ¿Y tienen alguna descripción del comprador? Veo que tienen cámaras. ¿Tendrán los videos de esa fecha? —preguntó Robert.

El doctor Meléndez negó con la cabeza.

—De hace cinco años no. Las cámaras aún no funcionaban. La farmacia recién se estaba mudando a este local.

—Entendemos que ahora son la única farmacia que distribuye esa droga —comentó Anthony.

—Ahora sí. Pero hace cuatro años y medio había varias farmacias autorizadas.

Luego salió una resolución de la Superintendencia: solo una distribuidora por estado.

Nueva York fue seleccionada por la cantidad de habitantes y por el zoológico.

Y nos correspondió a nosotros por antigüedad: esta farmacia tiene más de ciento cincuenta años.

—¿Podría mostrarnos los documentos de la compra? Y si es posible, darnos una copia —pidió Robert.

El doctor buscó en la computadora y les informó:

—Lo siento, esos documentos fueron destruidos hace poco, ya se había cumplido con el protocolo de reserva.

—Está bien, no hay problema —le aseguró Anthony.

—¿Quién hizo la venta?

El doctor revisó la computadora.

—El doctor Simón Gray. Fue mi mentor. Era el regente anterior. Está jubilado.

—¿Tiene su dirección? Necesitamos hablar con él —solicitó Anthony.

—Sí, enseguida se las doy.

Mientras anotaban la dirección, Anthony preguntó:

—¿El comprador dejó alguna dirección o número de teléfono?

—Sí, es East 134th St y Brown Place, Bronx, NY 10454, Apt 4 —leyó el doctor Meléndez.

Robert iba a revisar su libreta, pero Anthony lo detuvo con un gesto.

—Es la que tenemos.

Robert sonrió.

—Qué memoria.

—Bueno, no le quitaremos más tiempo, doctor. Ha sido de mucha ayuda —agradeció Anthony.

Se marcharon rumbo a la casa del antiguo regente .

* * *

Frank y Alizée arribaron a la dirección del señor Joel Sullivan, una zona residencial de clase media alta.

La casa, de tres pisos, era amplia y lujosa.

Tocaron la puerta y los recibió una señora que dijo ser el ama de llaves.

Tras mostrar sus credenciales, la mujer se retiró y regresó para invitarlos a pasar a la sala.

El interior era tan elegante como el exterior: muebles finos, decoración impecable, un ambiente de comodidad y dinero bien administrado.

Frank murmuró a Alizée:

—Así será nuestra casa. ¿Qué te parece?

—Muy linda y muy lujosa… pero tendrás que ganarte la lotería. Esto debe valer una fortuna, y yo soy pobre, ¿ok? —respondió ella con una sonrisa.

—Yo también soy pobre, pero tengo aspiraciones.

En ese momento entró un hombre de unos cuarenta y cinco años, de contextura promedio. Vestía una bata estampada con apariencia de alta costura. Se levantaron, se presentaron y lo saludaron. El ama de llaves les ofreció café, jugo o té; ambos aceptaron café.

—Bueno, agentes, ustedes dirán —dijo el señor Joel.

—Necesitamos cualquier información que pueda darnos sobre Tobías Calbet. Fue inquilino suyo en East 134th St y Brown Place, Apt 4, hace ya algún tiempo —explicó Frank.

—Sí, recuerdo a “Tobías”, aunque no su apellido. No lo he olvidado por el destrozo que hizo la policía en la puerta del apartamento cuando lo arrestaron. Fue un proceso traumático lograr que la repararan.

»Sé que estuvo preso por algo relacionado con drogas. Cuando salió, pasó por sus cosas, que el conserje había guardado. Me avisaron para ver si tenía alguna deuda conmigo, pero les dije que no.

»Después me llamó para ver si podía arrendarle de nuevo, pero no tenía vacantes. Y aunque su estancia no fue muy grata, el muchacho no me cayó del todo mal.

»Me dijo que trabajaba en una embotelladora en 977 E 149th St, en el Bronx, y que siempre fue puntual. Le dije que me llamara en unos meses, pero nunca más supe de él.

—¿Hace cuánto tiempo fue lo del arresto? —preguntó Alizée.

—Más de diez años… unos doce. Y hace como cinco años, un poco más tal vez, fue cuando pasó por sus cosas. Debió estar preso cerca de unos seis o siete años.

—¿No le dejó algún número para contactarlo? —preguntó Frank.

—No. Le dije que me llamara él, pero nunca lo hizo.

—Muchas gracias. Esta es mi tarjeta. Si recuerda algo o llega a saber de él, por favor avísenos —dijo Frank, entregándole una tarjeta.

—Con gusto. Y disculpen mi indiscreción… si lo busca el FBI, ¿debe ser algo grave?

—No, él no tiene problemas —respondió Alizée con naturalidad—. Solo podría ser de ayuda en un caso que estamos investigando. Muchas gracias por su tiempo, señor Sullivan.

—De nada. Si sé algo, los contacto.

Ya en el auto, Frank comentó:

—Tiene antecedentes. Veamos qué consigue Stuart.

Marcó su número.

—Hola, chico maravilla. El tal Tobías tiene antecedentes por drogas. Fue detenido hace unos doce años y pasó entre cinco y siete años preso. Ve qué averiguas.

—¿Doce años atrás? Eso es prehistoria digital —respondió Stuart—. Tendré que meterme en los archivos digitalizados de Sing Sing o Rikers Island. —Sonrió y agregó—. Ya me pongo en eso .