Entre sombras y huellas (Agente Anthony García 1) CAPITULO XV #2
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CAPITULO XV #2

A los pocos minutos llegó el doctor: un hombre moreno de unos sesenta años, delgado, con bata blanca y el cabello despeinado.

—Perdonen, agentes, me demoré. Estaba atendiendo algo urgente —se disculpó.

—No se preocupe, podíamos regresar después —aclaró el jefe.

—Me dijo la señorita Silvia que es sobre Madeleine. Estoy dispuesto a ayudar en todo lo que pueda.

—Muchas gracias, doctor, somos los agentes López y Kennedy. ¿Conoce o conoció a Tobías Calbet? —preguntó el jefe, directo al grano.

—Ese nombre no me suena para nada. ¿Se supone que lo conozco?

—Según los reportes que tenemos trabajó con usted como asistente y presentó un poder de autorización para retirar un frasco de etorfina en la Droguería La Esperanza.

También presentó el formulario 222 de la DEA y copia del certificado de registro de la DEA para el laboratorio.

Esos documentos contienen su sello y su firma, y fueron suscritos de manera conjunta con los doctores Hernández y Philips para esa droga.

¿Qué nos dice sobre esto, doctor? —inquirió el jefe.

—Nada puedo decirles sobre eso. Jamás he autorizado a nadie con ese nombre ni le he entregado ninguna copia del certificado de registro.

Mucho menos un formulario 222 de la DEA.

Tampoco suscribí documentos con el director y el jefe de cirugía para retirar una sustancia tan peligrosa.

Solo el personal autorizado puede manipular algo tan potente y mortal para cualquier ser humano.

Aunque siempre la expenden con el antídoto, no deja de ser peligrosa.

Así que puedo asegurarles que, si existen esos papeles, son falsos por completo.

—Eso supusimos, basados en lo que nos informó el doctor Philips —confirmó el jefe.

—Una pregunta, doctor… ¿usted siempre está abajo en el laboratorio y su oficina queda sola? —preguntó Yésica.

—Sí, y siempre se me olvida cerrar la puerta. Y sí, mi sello siempre está allí —dijo, mirando el sello y los talonarios—. Pero de ahora en adelante la cerraré siempre y guardaré esto.

—Nos parece lo más recomendable. Bueno, doctor, sabemos que está ocupado. No le quitaremos más tiempo. Ha sido de mucha ayuda —agradeció la agente.

—Espero que atrapen pronto a ese loco. Hasta otra oportunidad, agentes.

Los agentes salieron. El doctor tomó sus llaves de la gaveta, salió y cerró la puerta.

—López, quiero ver la oficina del jefe de cirugía —indicó el Kennedy.

La oficina del jefe de cirugía, ocupada tras la muerte de la doctora Madeleine Stark por el doctor Rayan Norton, cirujano de tórax, afroamericano, atlético, de rasgos agradables, treinta y ocho años, divorciado; estaba solo y los recibió con amabilidad. A López le pareció muy atractivo.

La oficina era amplia, en el lado derecho estaba el escritorio del jefe de cirugía y a la izquierda el escritorio del abogado del hospital, sobre este había varias carpetas, en una de ellas se leía poderes y autorizaciones.

—¿En qué puedo servirles, agentes?

—Solo queremos ver la oficina. ¿Es esta la misma que ocupaba el doctor Philips?

—Sí. Es la oficina del jefe de cirugía y el departamento legal desde hace unos veinte años. No hay problema, pueden ver lo que deseen, los abogados casi nunca están.

En ese momento sonó su teléfono con una alerta del sistema interno del hospital y, casi enseguida, una voz por los altavoces retumbó por todo el pasillo:

—doctor Norton, diríjase a la sala de emergencias. CÓDIGO AZUL.

—Debo ausentarme. Pueden esperar en el pasillo. La oficina siempre está abierta. Pueden husmear, no hay problema. Me inspiran confianza —dijo, mirando a López.

—Gracias, doctor. Solo queremos observar el movimiento —respondió ella con una sonrisa.

El médico se marchó. Los agentes abrieron la puerta y observaron la oficina sin entrar.

No era tan grande como la del director, pero sí amplia: escritorios de madera pulida, dos sillas frente a cada escritorio, un sofá de tres o cuatro puestos, una gran ventana con vista, una nevera ejecutiva.

Sobre el escritorio había una placa con el nombre del doctor y algunos adornos.

No había fotos de esposa —detalle que López notó de inmediato—. También había un recetario y un sello.

El jefe entró y levantó el sello: era del doctor Norton, cirujano de tórax.

López se acercó a la carpeta de poder y autorizaciones, que estaba en el otro escritorio y la ojeó, revisó algunos documentos y le mostró al jefe uno que se leía: Poder de Autorización para Firmar Formularios de Pedido de la DEA.

—Debemos notificar esto a la DEA es demasiado arriesgado —aseguró el jefe, López asintió.

Durante los siguientes cuarenta y cinco minutos, varias personas pasaron buscando al doctor. Entraban, veían que no estaba y se marchaban. Otros abrían la nevera, tomaban algo y se iban.

El doctor Norton regresó.

—Es una emergencia. Debo ir a quirófano. Espero hayan obtenido lo que buscaban. Voy a cerrar la oficina; puedo demorar algunas horas.

—Muchas gracias, doctor. Ha sido de mucha ayuda —dijo el jefe.

—Éxito en la operación —añadió López.

—Muchas gracias, agente… —respondió él, esperando que ella completara.

—Yésica López —dijo ella, entregándole una tarjeta personal con la mano izquierda, sin soltar la mano del doctor.

Camino al ascensor, el jefe comentó:

—Parece buen tipo.

—¿Qué? Yo no he dicho ni hecho nada, jefe —respondió López, algo sonrojada.

El jefe sonrió.

—Las miradas lo dicen todo. Tranquila, solo bromeo. Pero ya ha pasado bastante tiempo desde lo de Raúl. No estarías cometiendo ningún acto indebido. Y por lo visto no tiene esposa.

López bajó la mirada.

—Sí, lo sé, jefe… pero aún no estoy preparada. Creo que todavía lo amo.

—Siempre lo amarás. Fue tu primer amor. Pero él no va a regresar. Y estoy seguro de que él quiere que seas feliz.

Ella suspiró.

—Sí… estoy segura de que eso quiere. Me amaba de verdad.

—Vamos —dijo el jefe—. Te invito una dona… o a almorzar.

—Sí, ya casi es hora. Vamos. Gracias —respondió ella, mirando el reloj .

* * *

Frank y Alizée llegaron a la antigua dirección de Tobías Calbet: un edificio de cuatro pisos con la clásica fachada de ladrillos del Bronx, desgastada por los años y el abandono.

La puerta principal, sin cerradura ni seguridad, estaba abierta de par en par, revelando un vestíbulo oscuro y silencioso.

Al cruzar, lo primero que llamó la atención de Alizée fue un letrero colgando torcido en las puertas metálicas del ascensor: Fuera de servicio.

Frank soltó un suspiro resignado.

—Nos toca subir los tres pisos por las escaleras —dijo, mirando el hueco sombrío.

La iluminación era pobre. Las paredes estaban marcadas no por grafitis artísticos, sino por insultos grabados con rabia. Subieron los peldaños con cautela hasta llegar al tercer piso. Frente al apartamento 4, Frank golpeó la puerta. Silencio. Insistió de nuevo, más fuerte.

—¡Ya voy! —respondió una voz femenina, cansada.

La puerta se abrió apenas unos centímetros. Una mujer de unos cincuenta años, con delantal y la cabeza envuelta, los observó con una mezcla de sospecha y agotamiento.

—Buenas tardes, señora. Somos del FBI y buscamos a Tobías Calbet. ¿Se encuentra en casa? —preguntó Frank.

—Tobías… aquí no vive ningún Tobías —respondió ella con desdén.

—¿Es usted la dueña de la casa? —intervino Alizée.

—No. El dueño es el señor Joel. Hablen con él.

—¿Podría darnos su dirección? —pidió Frank.

—Ya se la copio. Esperen.

La mujer se alejó. Frank aprovechó para observar el interior: un sofá vencido, una mesa de seis puestos, paredes con pintura descascarada. Dos niños, de unos siete y nueve años, miraban la televisión sin prestarles atención. No había señales de nadie más.

La mujer regresó con un trozo de papel escrito a lápiz.

—Anoten ustedes. No tengo más papel y necesito guardar esta dirección.

Alizée sostuvo el papel mientras Frank copiaba la dirección en su libreta. Luego agradecieron y se marcharon.

Al bajar las escaleras, se cruzaron con dos sujetos —un afroamericano y un hombre blanco— que subían. Al pasar junto a Alizée, lanzaron un piropo cargado de malicia. Frank y Alizée no reaccionaron y siguieron descendiendo.

Ya en la calle, Frank murmuró:

—Deben estar armados… y no con armas registradas.

—Lo más seguro —respondió Alizée, respirando el aire frío como un alivio .

* * *

Mientras tanto, Anthony y Robert llegaron a la Farmacia La Esperanza. Una auxiliar los recibió.

—¿En qué puedo ayudarlos?

—Somos los agentes García y Arlington. Queremos hablar con el farmacéutico responsable de la farmacia —dijo Anthony.

—Un momento, ya le aviso.

La chica entró por una puerta lateral. La farmacia era enorme: unos ciento cincuenta metros cuadrados repletos de estanterías. A la izquierda, un área señalizada como Departamento Veterinario.

Un hombre de unos cuarenta y dos años, con bata blanca e identificación que decía doctor Meléndez, salió a recibirlos.

—Buenos días, agentes. ¿En qué puedo ayudarlos?

—Es sobre un medicamento vendido aquí hace algunos años. Necesitamos verificar unos datos —explicó Anthony.

—Pasen a mi oficina, por favor.

Los condujo detrás del mostrador. La oficina era pequeña y contenía justo lo necesario: un escritorio prefabricado, dos sillas, archivadores, una computadora de escritorio, una fotocopiadora enorme y varias pantallas en la pared.

Tomaron asiento.