CAPITULO XV
A las ocho de la mañana, todos los agentes estaban en la UAC. El jefe preguntó:
—¿Qué tienes sobre la droga, Stuart?
—Solo la distribuye la Droguería La Esperanza.
Y según sus reportes: hace dos años solo el Zoológico de Nueva York la adquirió.
Hace cinco años, el mismo zoológico, un representante del Zoológico de San Diego y un tal Tobías Calbet autorizado por el DICIBIPROC del Big Manhattan.
Hace ocho años, solo el Zoológico de Nueva York. —Stuart prosiguió.
—El representante del Zoológico de San Diego fue el doctor Toni Helmut, veterinario y abogado. Ya tengo su número telefónico.
—Smith y Rousseau, traten de ubicar a este sujeto.
Puede ser nuestro asesino. Vayan a esa dirección —ordenó el jefe—.
Latino y Robert, pasen por la casa del esposo de la última víctima y, una vez que obtengamos la orden judicial para el formulario, la copia del ID y la carta, les aviso para que vayan a la farmacia a buscarlos.
Investiguen todo lo que puedan sobre esos documentos.
López y yo iremos con el juez y después a conversar con los involucrados del Big Manhattan.
—No creo que haga falta la orden judicial. Los documentos con más de cinco años son destruidos, y esos tres ya no existen en la farmacia ni en la DEA. —informó Stuart.
—¿Fueron destruidos? —preguntó Anthony con suspicacia.
—Sí. Hace una semana.
—Hace una semana… —repitió—. Y justo ahora aparece la etorfina.
—Qué mala suerte —dijo Robert.
—Me temo que no ha sido mala suerte. Ha sido otra cosa —afirmó Anthony.
—Smith… avísale a la DEA del uso indebido de la droga y aún no le des nada a la prensa. Y no hables de la etorfina —advirtió el jefe.
—Ok, pero sabe que van a insistir o especular —respondió Smith.
—Déjalos que especulen, pero no quiero que filtren lo de la droga. O dales lo mínimo. Ya todos saben qué hacer —concluyó el jefe.
—Listo —respondió Smith .
* * *
López y el jefe llegaron al Big Manhattan.
En recepción les indicaron dónde estaba el ala administrativa, luego de solicitarles sus credenciales.
Se dirigieron a la oficina del director, donde los recibió su secretaria, Esther Stevens: una mujer blanca de unos cuarenta años, entrada en kilos, pero no obesa, cabello teñido de rojo y bastante amable.
—Muy buenos días, agentes. El doctor ya los va a atender. ¿Les gustaría una taza de café o té? —ofreció.
—Para mí, café con dos de azúcar —dijo el jefe.
—Yo prefiero té sin azúcar —señaló López.
Después de unos minutos, la secretaria recibió la orden de hacerlos pasar.
La oficina del doctor Lewis Philips, ubicada en el quinto piso, tenía una vista impresionante de la ciudad gracias a una ventana panorámica de pared a pared.
El escritorio era de vidrio sobre una base metálica cromada.
Una biblioteca ocupaba una pared completa.
Frente al escritorio había dos sillas, y más allá, dos sofás frente a un televisor de unas cuarenta pulgadas.
El doctor Philips, un hombre blanco de unos cincuenta años, calvo, de contextura obesa y lentes de montura fina, se levantó para estrecharles la mano. El jefe se presentó:
—Mucho gusto, doctor Philips. Somos el agente especial Kennedy y la agente especial López, de la UAC. Quisiéramos hacerle algunas preguntas.
—Encantado, agentes. Estoy a sus órdenes. Ustedes dirán.
—¿Dónde guardan los documentos oficiales para la obtención de drogas controladas? —preguntó el jefe.
—En cuanto al Formulario 222 y el Certificado de Registro que son otorgados y expedidos directamente por la DEA.
Los que corresponden al Hospital se guardan en esta oficina, y en la oficina del jefe de laboratorio, los necesarios para ese efecto.
El Poder de Autorización está en la oficina mixta compartida por el jefe de cirugía y el departamento jurídico.
Todo ello es necesario para la compra de drogas controladas.
—Hace unos cinco años usted suscribió unos documentos al señor Tobías Calbet para una droga llamada etorfina.
—¿Etorfina? Es una droga… ahora mismo no la ubico en mi mente. Pero si la prescribí, debe estar en los registros de mis pacientes. Para esa época yo era jefe de cirugía. Tendría que revisar. El nombre no me suena.
—Se lo agradeceríamos. El formulario 222 y el poder de autorización los suscribió de manera conjunta con el doctor Hernández, director del Hospital y el doctor Andrew Cooper, jefe del Departamento de Investigación —aclaró el jefe—.
Si es posible, necesitamos la dirección de ese paciente y todo lo que recuerde sobre él.
—Agente, usted sabe que no podemos revelar nada sobre un paciente por el privilegio médico-paciente. No recuerdo haber suscrito un poder de autorización para ninguna droga con el doctor Hernández y menos con el doctor Cooper. Pero puedo verificar si es cierto lo del formulario… hasta allí.
—Lo entendemos, doctor —intervino López—, pero esto tiene que ver con el asesinato de la doctora Stark.
—¿Con Madeleine? ¿Cómo es eso? Según entiendo, ha sido obra de un asesino en serie que ya ha matado a otras dos mujeres.
—Sí, es cierto —aclaró el jefe—, pero hay elementos que nos llevan a investigar esa droga y, en especial, esos documentos.
El doctor suspiró, se percibía afectado.
—Es una tristeza lo de Madeleine. Excelente profesional y una gran pérdida para esta institución y para el mundo. En ese caso, puedo hacer una excepción. Verificaré y les avisaré cuando tenga la información.
—Sería de mucha ayuda, doctor. Ahora, en caso de que no estén en sus registros los documentos para esa droga…
¿qué posibilidad hay de que alguien haya sustraído un formulario 222 y el certificado de registro de la DEA, que estaban en esta oficina y el poder de autorización de la oficina mixta? —preguntó el jefe.
—Bueno… hace cinco años, como les dije, era jefe de cirugía.
Muchos cirujanos visitaban mi oficina en el tercer piso.
Es probable que alguien pudiera tomar, sin consentimiento, un poder de autorización.
Por lo general están en el escritorio de los abogados.
Pues, ya que ellos casi nunca están allí, si es posible, pero no lo veo lógico.
—Ok. ¿Puede también darnos una lista de los cirujanos o médicos que pudieron haber tenido acceso a su oficina? —solicitó López.
—Sí, claro, lo más pronto posible. En cuanto al formulario y el certificado, extraerlo de esta oficina es imposible porque siempre se mantiene cerrada. Pero si es etorfina, que creo es para animales, debe haber sido del laboratorio, y esa oficina siempre está sola. —Hizo una breve pausa y preguntó:
—¿Algo más, agentes?
—¿Dónde podemos ubicar al doctor Hernández?
—No van a poder. Él falleció hace dos años.
—Siento mucho escuchar eso. Bueno, por ahora, es todo. Muchas gracias, doctor —respondieron Kennedy y López y estrecharon la mano del galeno.
—Ah, sí, disculpe… ¿dónde podemos encontrar el Departamento de Investigación? —consultó el jefe.
—Está ubicado en el ala norte. Ocupa tres pisos. En el último está la oficina del doctor Cooper. Tomen el ascensor al tercer piso, giren a la izquierda y caminen hasta el final. Allí encuentran la entrada. Su oficina está a la derecha, justo al entrar —explicó el doctor Philips.
—Muchas gracias, doctor.
—Para servirles. Ayudaré en todo lo que pueda. Queremos que atrapen a quien le hizo daño a Madeleine… y a esas otras mujeres.
Saliendo de la oficina, el jefe marcó el tercer piso en el ascensor.
Justo en la entrada del laboratorio se leía:
DEPARTAMENTO DE INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA, BIOTERIO Y PROTOCOLOS CLÍNICOS. DICIBIPROC.
FUNDACIÓN STARK.
El jefe giró el picaporte y la puerta se abrió sin problemas. Al entrar, lo primero que se veía eran dos oficinas a cada lado y un pasillo que daba a un ascensor con un letrero: SOLO PERSONAL AUTORIZADO. El pasillo era amplio, con ventanales a ambos lados y plantas ornamentales.
La oficina de la izquierda decía: «ARCHIVO». La de la derecha: «Dr. ANDREW COOPER — MD-PhD».
Yésica López se acercó a la puerta y se asomó por las persianas y no vio a nadie.
Tomó el picaporte, lo giró despacio y la puerta se abrió.
Enseguida la cerró. Justo en ese momento se abrió el ascensor y salió una chica rubia que se sorprendió al verlos allí.
Vestía un conjunto de falda y blusa en tonos de azul y llevaba una etiqueta: «SILVIA».
—Buenos días, ¿en qué puedo servirles? —preguntó.
—Buenos días Silvia. Estamos buscando al doctor Cooper —explicó Yésica.
—¿Es muy importante? En este momento está muy ocupado —informó ella.
—Podemos venir en otro momento, pero necesitamos hacerle unas preguntas. Somos agentes del FBI y se trata de algo relacionado con la doctora Stark.
—Ah, ok. Un momento, ya me comunico con el doctor.
Entró a la oficina, se escuchaba el murmullo de la voz de Silvia y se logró captar el nombre de Madeleine. Hubo una pausa. Al rato regresó.
—Pasen y tomen asiento. El doctor sube enseguida. ¿Puedo ofrecerles algo de beber?
—Muy amable, pero por ahora no necesitamos nada —respondió Yésica.
La chica salió del laboratorio hacia el ala del hospital.
La oficina era pequeña, con un escritorio de madera, la placa del doctor encima, su sello, una computadora y un talonario federal oficial en el que se lee Formulario 222 de la DEA.
También había hojas con membrete para memorándum interno, dos sillas, un cuadro con fórmulas químicas y en el extremo derecho una fotocopiadora.
—No sería nada difícil tomar un formulario de esos, ¿no te parece, Yésica? —dijo el jefe.
Yésica asintió. Se acercó al escritorio y abrió la gaveta superior; contenía algunos archivos.
Abrió la segunda gaveta y sus ojos se dilataron, fijos en lo que acababa de encontrar…
Extrajo un documento en el que se leía: Certificado de Registro de la DEA junto al nombre del laboratorio.
Se lo mostró al jefe. Este asintió con la cabeza, después, apretó los labios y la movió de forma negativa.