CAPITULO XIV
Ya eran la una y media de la madrugada de ese viernes, y Rosa Medina seguía desaparecida.
El operativo se mantenía activo. Desde las doce se había ordenado la revisión minuciosa de cada van que fuera detenida.
Habían desplegado perros entrenados para rastrear cualquier indicio.
Anthony, agotado pero alerta, comentó a Robert:
—Es más de la una… creo que ya está muerta. Siempre las mata alrededor de la medianoche. Quizás podamos atraparlo cuando intente dejar el cuerpo, o tal vez, para evitar ser capturado, lo deje después. Pero hasta ahora siempre ha actuado igual.
—Sí, ya debe estar buscando dónde dejar el cuerpo —respondió Robert—. Pero seguro no contaba con este operativo. Puede que se acobarde y no lo saque hoy de donde lo tiene.
—Es posible. Y sería bueno que cometiera un error ahora. Ya es la cuarta víctima y hasta ahora no tenemos nada.
El teléfono de Anthony sonó. Respondió de inmediato. Era el jefe: habían encontrado el cuerpo. Estaba en el área sur del New Croton Reservoir, cerca de Croton Gorge Park, Westchester County, NY.
—Ya vamos para allá —respondió Anthony, dando una vuelta en U.
En el camino pasaron por dos puestos de control aún instalados. Robert murmuró:
—Debe ser un mago… ¿cómo hizo para pasar los puestos de control?
—No lo sé —respondió Anthony—. Pero imagino que encontró la forma. Para ser un psicópata, está resultando ser muy inteligente. Esperemos que no contara con que encontraríamos el cuerpo tan rápido.
Llegaron al lugar. López y el jefe ya estaban allí. Smith y Rousseau venían llegando. El jefe se comunicó con Stuart:
—¿Encontraste algo en las cámaras? Tiene que haber algo en alguna parte. No puede hacerse invisible… creo.
—No he encontrado nada aún —respondió Stuart—. Y recuerde que no hay cámaras en todas las calles. Me faltan algunas. Cuando tenga algo, le aviso.
—Ok —respondió el jefe, contrariado.
Reunido con los agentes, preguntó:
—¿Cómo demonios lo hizo? ¿Cómo pasó tantos puestos de control? ¿Qué se les ocurre?
Anthony intervino:
—¿No han retirado los puestos de control aún, ¿verdad?
—No —respondió el jefe—. ¿Qué piensas?
—Que no las retiren. Buscaremos qué vía tomó para llegar aquí. ¿Hay algo diferente esta vez?
—No, todo está como en las otras veces —respondió López.
Se acercaron al lugar donde había sido abandonado el cadáver de Rosa.
El modus operandi era idéntico, y esta vez el cuerpo también formaba un número romano: las piernas abiertas y las pertenencias alineadas al lado izquierdo componían un IV visto desde la calle.
El cuerpo aún estaba tibio; había muerto hacía poco.
Había huellas de neumáticos y las mismas huellas de botas de siempre.
El forense llegó. El jefe le advirtió:
—Necesitamos que revises el cuerpo lo más pronto posible. Debemos saber si el estrangulador usa alguna droga, y cuál.
Anthony se inclinó sobre el cuerpo y revisó el lóbulo de la oreja izquierda. Se sorprendió al ver la inscripción:
—Esta vez cambió la numeración —comentó—.
Colocó un 1 en vez de un 4. ¿Qué puede significar?
—preguntó al aire. Luego añadió: —Esta chica tiene 21 años.
Creo que tiene que ver con las edades. Comenzó el ciclo de nuevo con la de 21.
Ahora debe venir la de 27. También colocó un signo de menos.
¿Qué nos quiere decir con esto? No es un simple símbolo, es algo más.
Se quedó observando la oreja de la chica por un rato; luego dijo:
—Debemos usar esto también para atraparlo y evitar que siga matando.
Todos estuvieron de acuerdo.
—Ahora sí es todo tuyo —le dijo Anthony al forense.
—Ya verifico el cuerpo y lo transportaremos para recabar todo lo necesario —respondió el forense.
—Vamos a tomar las posibles vías que pudo haber usado para traer el cadáver —indicó Anthony— Esquivemos los puestos de control y veamos por cuáles rutas nos lleva. Una de ellas debe ser la que tomó el asesino.
—Ok, procedamos. Nos mantendremos comunicados. Usemos las radios —ordenó el jefe.
Todos salieron en sus vehículos, desplazándose por rutas alternas. Mientras tanto, Stuart, desde la UAC, trazaba un mapa con las posibles rutas viables para que el asesino hubiera transportado el cuerpo sin ser visto.
Tras varias horas, habían establecido muchas rutas: algunas hacia el centro, otras hacia el Hudson. Demasiadas posibilidades. No sería fácil determinar cuál había usado.
Stuart avisó por radio que tenía dos noticias: una buena y una mala.
—La buena es que ya habían enviado el informe del forense.
—Ok, en tiempo récord. Cuéntame. ¿Salió alguna droga? ¿Cuál fue? —preguntó el jefe.
Todos escucharon la respuesta:
—E-T-O-R-F-I-N-A —deletreó Stuart con suspenso—. Es un tranquilizante para elefantes.
—Por fin algo de dónde agarrarnos —dijo el jefe—. Investiga dónde puede comprarse esa droga y quiénes la han adquirido en los últimos tiempos.
—Ya estoy en eso. En la mañana tendré el reporte completo —respondió Stuart.
—Lo imaginé. Como siempre, tan eficiente… el chico maravilla —comentó Robert.
—Y la mala —continuó Stuart— es que no hay nada en ninguna cámara. Debe haber pasado por calles no monitoreadas.
—Bueno, chicos, vayan a descansar. Nos vemos mañana… o mejor dicho, dentro de un rato —dijo el jefe.
Todos estuvieron de acuerdo y se marcharon.
Anthony llegó a su apartamento. No quiso despertar a Jennifer, que dormía como un bebe.
Encendió la computadora y buscó información sobre la etorfina.
Algo no le cuadraba: ¿y el signo de menos qué quiere decir?
, ¿cuál es el mensaje? Reunió toda la información posible. Miró la hora: 5:10 a. m.
Se preparó un sándwich, se sirvió un vaso de jugo, comió, fue al cuarto, le dio un beso en la frente a Jennifer y se marchó a la oficina. Allí se acomodó en su silla ergonómica e intentó dormir un rat o .