Entre sombras y huellas (Agente Anthony García 1) CAPITULO XIII #2
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CAPITULO XIII #2

—Señor Nixon, por favor, abra el baúl —dijo mientras se dirigía a la parte trasera. Randy le refutó de inmediato:

—Doctor Nixon. Y el baúl está en la parte delantera.

Procedió a abrirlo. El oficial lo observó y le pareció diminuto. Le regresó el documento y dijo:

—Puede seguir, gracias.

Randy Nixon, al ver la calle despejada, presionó con fuerza el acelerador, haciendo rugir el motor.

En un punto de control diferente…

El oficial detuvo un Lexus LS 500 color negro obsidiana y, ante semejante vehículo, fue lo más cortés posible.

—Muy buenas noches, ciudadano. Por favor, ¿me permite su identificación?

El conductor le entregó su documento y preguntó:

—¿Qué está ocurriendo, oficial?

—Revisiones necesarias —respondió el oficial mientras leía el documento. Observó una bata blanca en el asiento del copiloto y le indicó:

—Puede abrir el baúl, doctor Stark.

Michael Stark abrió el baúl. El oficial revisó el interior, le regresó su identificación y le dijo:

—Puede seguir. Gracias.

—Gracias —respondió Stark y se marchó.

Lejos de la escena anterior...

El oficial detuvo un Toyota Corolla con dos ciudadanos.

—Identificación por favor, ambos —solicitó. Los hombres entregaron sus documentos. El oficial observó cada documento.

—Por favor, señor Bale, ¿puede abrir el baúl? —pidió el oficial. El copiloto descendió del vehículo y el oficial le dijo: —Debe permanecer en el vehículo, señor... —Revisó la identificación—. Medina, por favor.

—Está bien oficial, no se moleste. Creo que este operativo tiene que ver con mi esposa. Soy Ernesto Medina y mi esposa fue secuestrada, la estamos buscando —dijo. Tenía el rostro demacrado y se percibía su desesperación.

El oficial lo observó un momento y le respondió:

—Entiendo, pero por su propio bien debe permanecer en el vehículo y esperar en su casa. Quizás su esposa ya regresó.

Ernesto lo miró con los ojos aguados y regresó al vehículo. El oficial revisó, no encontró nada sospechoso, les regresó los documentos y los dejó partir.

* * *

A las doce de la noche, el Sr. Hyde estaba extasiado con lo experto que se había vuelto en su transformación.

Se contempló en el espejo: su imagen era perfecta.

Avanzó por el pasillo, revisó las pantallas que mostraban el exterior y verificó, como siempre, que no hubiera tráfico de personas ni vehículos.

Salió, cruzó la calle y llegó al galpón.

Entró, asegurándose una vez más que no hubiera sido visto.

Se dirigió al cuarto del fondo, donde Rosa Medina permanecía sujeta a la mesa. Como todas las anteriores, había forcejeado con las correas. Era normal: «Cualquier ser humano intentaría preservar su vida». Pensó, pero él había tomado todas las medidas para impedirlo.

Rosa estaba despierta y aterrada. Sus ojos lo seguían con desesperación. Intentó gritar, pero la mordaza se lo impedía. No podía mover la cabeza, los brazos ni las piernas.

El Sr. Hyde, con guantes y tapabocas, colocó la ropa en la secadora y la programó.

Preparó una jeringa con una dosis muy pequeña de Etorfina diluida en una solución más concentrada.

Se acercó a sus pies y comenzó a acariciarla.

Rosa lloraba. Intentó comunicarse, gimió varias veces, trató de sacarse la mordaza.

Él se la retiró; le interesaba saber qué quería decir.

Rosa habló:

—Suéltame… vamos a hacerlo… quiero hacerlo contigo… suéltame para disfrutarlo…

El Sr. Hyde respondió:

—No es eso lo que voy a hacer contigo.

Rosa insistió, desesperada. Él negó con calma.

—Sé que practicas artes marciales. No voy a soltarte. Yo, por ahora, cultivo otra parte de mi cuerpo… y no voy a perder la ventaja que tengo.

Llorando, Rosa preguntó:

—¿Por qué me haces esto? ¿Qué te hice yo?

—No es nada personal. Solo te tocó, tú sabes lo que has estado haciendo.

Rosa gritó, pidió auxilio. Él sonrió.

—No servirá de nada. Nadie te va a escuchar. Esto pronto acabará.

—No, por favor… no me mates… te lo ruego… soy muy joven… quiero vivir…

—Lo siento, pero debo hacerlo —respondió él—. Hay algo más que debo hacer.

Sonrió, tomó la jeringa que tenía preparada y le aplicó una ínfima parte del contenido.

—Esto será suficiente… debe generar un pico —pensó.

Rosa experimentó un terror absoluto. Nunca antes había estado tan asustada. Sintió que se desvanecía. El Sr. Hyde colocó alrededor de su cuello el listón de siempre y, como con las otras víctimas, lo pasó hacia la parte inferior de la mesa, introduciéndolo por el orificio.

Rosa gritó, pidió auxilio; el miedo la consumía. Cerró los ojos, suplicó a Dios que la ayudara, sintió que se iba a desmayar… y perdió el conocimiento.

El Sr. Hyde revisó sus pupilas y pensó:

«Se ha desmayado. Reacción del cerebro para evitar un trauma severo… o efecto de la minidosis. Aunque no lo creo. Para su talla, esa cantidad solo debió tranquilizarla».

Decidió seguir halando el listón hasta que observó que el cuerpo de la chica yacía sin vida. Sin embargo, mantuvo la presión hasta estar seguro que había muerto. Luego tomó un marcador indeleble, levantó el lóbulo de la oreja izquierda de Rosa y colocó el símbolo, esta vez con dos variantes.

Sonrió.

«Quisiera ver sus caras cuando vean esto… Espero que sean inteligentes para descifrarlo, pero no muy rápidos».

Salió del cuarto, abrió la camioneta y colocó el cuerpo en el compartimiento oculto. También guardó la ropa. Miró las pantallas: todo despejado. Abrió el galpón y salió.

Minutos después, el Sr. Hyde conducía buscando las vías sin controles móviles. Había demorado más de lo previsto, pero cada vez que veía una a lo lejos, apagaba las luces y tomaba una ruta alterna que ya había verificado. No necesitaba ir lejos, solo al lugar adecuado.

Llegó a un sitio cercano a una laguna. Avanzó un poco más, colocó el retroceso y rodó hasta quedar cerca del agua.

Se calzó las botas de siempre, de una talla superior a la suya.

Sacó el cuerpo de Rosa y lo dejó en el suelo, con los brazos recostados al cuerpo y las piernas abiertas.

Colocó sus pertenencias formando una línea al lado izquierdo del cuerpo y verificó que todo estuviera bien.

Regresó a la camioneta, cambió su calzado y se marchó, asegurándose de no haber sido observado.

Tomó las vías alternas, llegó al galpón, verificó que no hubiera curiosos e introdujo la camioneta.

La revisó para asegurarse de que no quedara nada.

Miró las pantallas, cruzó la calle y entró al cuartito diminuto.

Se contempló por largo rato en el espejo, se liberó de su otro yo, sonrió y salió.