CAPITULO XIII
Rosa Medina, una hermosa mujer de veintiún años y de tez clara; tenía un sedoso cabello castaño oscuro que caía sobre sus hombros. Poseía una figura atlética, pero con curvas bien definidas.
Egresó de la Universidad de Yale con el título de abogada.
Había aplicado hacía dos meses y medio para una vacante en la firma Arrieta ya era cinta marrón y pronto optaría por la negra .
Aquella mañana había preparado un suculento desayuno para ella y su esposo: un omelet con vegetales y tocineta, pan tostado y jugo de naranja.
Lo terminó justo a tiempo. Ya casi eran las siete y diez, y ambos se habían acostumbrado a desayunar temprano porque su esposo debía llegar a la oficina a las ocho en punto si aspiraba a convertirse en asociado. Se sentaron a comer.
Ernesto Medina, su esposo, un latino con veinticinco años.
Su contextura promedio estaba bien distribuida en un metro setenta y tres de estatura.
También era abogado egresado de Yale. Llevaba dos años como practicante en el prestigioso bufete Bale–Baldwin debo apagar el celular en el Palacio de Justicia. Te amo. Hasta luego.
Intentó tranquilizarse.
«Quizás salió a comprar algo… tal vez el celular tenía poca batería y se apagó. Seguro fue por refrigerios y botanas para el partido del fin de semana…»
Pero sabía que ella nunca salía sin avisar.
Ernesto almorzó solo, marcando varias veces al celular de Rosa sin éxito.
—Sí, seguro fue a comprar algo y olvidó el celular o puede estar molesta por algo —se dijo, aunque en el fondo sabía que algo extraño había sucedido.
Sin embargo, no podía abandonar su puesto; hoy era el día de demostrar que estaba listo para ser asociado.
Se concentró en su caso: un accidente confuso antes del Super Bowl donde las cámaras de seguridad, de manera conveniente, estaban en mantenimiento.
El fiscal buscaba un ascenso a costa de su cliente, pero Ernesto fue más astuto.
Presentó el video de un transeúnte que probaba la inocencia de su representado y logró que el juez fallara a su favor, abriendo la puerta a una demanda civil por quinientos mil dólares.
Fue una victoria magistral. Pero al salir de la sala de audiencias, con la adrenalina del triunfo aún en las venas, la realidad lo golpeó de nuevo. Marcó a casa y al celular. Nada. El éxito profesional se amargó de golpe ante el silencio absoluto de Rosa.
Ernesto habló con el Sr. Jonathan Bale III, presidente del bufete, y le explicó la situación. Le dijo que tenía que ir a su casa a ver qué ocurría.
De camino, llamó al 911 y relató lo sucedido.
Le informaron que enviarían a una unidad para verificar.
Al llegar, la unidad 2012 ya estaba estacionada frente a la casa.
Ernesto abrió la puerta y entró con los oficiales.
Todo parecía normal: no había señales de lucha, nada parecía faltar.
Sin embargo, el celular de Rosa estaba sobre la mesa y también los utensilios del desayuno. Ernesto tomó el celular y dijo:
—Algo malo pasó. Ella no saldría sin su celular ni dejando la mesa así.
Revisaron todas las habitaciones y dependencias de la casa. Rosa no estaba en ninguna parte. De regreso en la sala, uno de los oficiales observó una foto de la pareja colgada en la pared y preguntó:
—¿Esa es su esposa?
—Sí, ¿por qué? —respondió Ernesto.
—No, por nada —dijo el oficial, intercambiando una mirada sombría con su compañero.
Salieron a preguntar a los vecinos, pero nadie la había visto salir. Ernesto buscó una foto de Rosa y se la entregó a los oficiales.
—Gracias, oficiales. Este es mi número —les dio una tarjeta—. Cualquier cosa, me avisan. Lucía tranquilo, pero no pudo evitar sentir un vuelco en el corazón tras observar esa mirada entre los oficiales. Sus ojos veían la calle, pero un profundo temor lo estaba carcomiendo….
—Sí, cómo no, abogado —respondió uno. Ya dentro de la patrulla, el copiloto comentó:
—Se parece a las chicas asesinadas por el Estrangulador Numérico. Sería bueno avisar al FBI.
—Sí, buena idea.
Notificaron a la comisaría y les autorizaron llevar la información al FBI. Entregaron la foto, la tarjeta de Ernesto y el acta del reporte en recepción, y se retiraron.
* * *
En la sala de reuniones del FBI, Smith recibió el reporte y lo compartió con el grupo.
—Creo que ya tenemos a la cuarta víctima —dijo, mostrando la foto de Rosa—. Tiene veintiún años y parece que desapareció esta mañana.
—O sea que aún debe estar viva —comentó Anthony—. Todas murieron entre las catorce y dieciséis horas después de desaparecer. Si tiene veintiún, parece haber recomenzado el ciclo. Esto se torna más preocupante. ¿Cuántas veces va a repetirse el ciclo?
—Es cierto. Alerten a la comisaría para montar un operativo. A ver si logramos atraparlo antes de que la mate y deje el cuerpo, y acabar con este ciclo —ordenó el jefe.
Se inició el operativo. Colocaron puestos móviles en vías estratégicas, la orden era detener a todos.
Anthony llamó a Jennifer. Ella aún estaba en la Fiscalía.
—Hola, cariño —respondió ella—. ¿Cómo estás? Ya estoy terminando, iré en un rato. ¿Y tú?
—Estoy bien, mi amor. Desapareció otra chica. Creemos que aún puede estar viva. Vamos a montar un operativo grande. Puede ser que llegue muy tarde… o que no llegue. ¿Cómo estás tú?
—Estoy bien. Qué malo… ojalá lo atrapen. Cuídate, ¿sí? Recuerda cenar.
—Sí, tranquila. En un rato compro algo. Avísame cuando llegues. Te amo mucho.
—Yo te amo más. Chao.
* * *
Los oficiales cumplían con su deber en los puestos de control….
—Ok, puede seguir, informó el oficial a la conductora. Detuvo una van que se aproximaba.
—Buenas noches, por favor muéstreme su identificación.
—¿Qué ocurre oficial? —preguntó Sam mientras entregaba su documento.
El oficial ojeó el ID.
—Es un procedimiento en la ciudad, por favor señor Harris, necesito que abra la puerta trasera. El oficial revisó. Hizo algunas anotaciones y le devolvió el documento y le dijo:
—Puede seguir.
En otra parte de la ciudad. Un oficial detuvo a un conductor en un Bugatti Chiron Super Sport:
—Buenas noches, identificación por favor.
El conductor mostró cara de pocos amigos y, de mala gana, le entregó su identificación.
El oficial leyó el documento despacio.