Entre sombras y huellas (Agente Anthony García 1) CAPITULO XII
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CAPITULO XII

Eran las diez de la mañana y el equipo estaba reunido en la sala de conferencias de la UAC. Buscaban estrategias para dar con el asesino. Había pasado un mes desde la muerte de la doctora Stark y no han encontrado nada nuevo.

Tres mujeres asesinadas, ningún sospechoso. El asesino era demasiado inteligente: no dejó pistas útiles. Las huellas que dejó parecían más un gesto de burla que un descuido. El perfil psicológico se mantenía desde la segunda víctima, pero no había arrojado nada concreto.

Mientras debatían, entró una llamada. Smith contestó:

—Smith, UAC.

Hizo una pausa. Su expresión cambió de inmediato.

—¿Cómo dice? ¿Está seguro?… ¿Dónde está ubicado eso? —tomó nota y respondió.

—Entendido. Vamos para allá.

Colgó. Todos lo miraban.

—Encontraron otra chica muerta. Mismas características. Cerca de Rockland Rd, Sparkill, NY 10976.

Anthony frunció el ceño.

—No es posible. Solo ha pasado un mes desde la última víctima. ¿Por qué se adelantaría? No encaja con su patrón.

—Vayan a ver qué pasó —ordenó el jefe.

Salieron en dos vehículos: Anthony y Robert en el Altima; López, Smith y Rousseau en el Taurus. Al llegar, la escena estaba acordonada. Había más curiosos de lo habitual para un lugar tan apartado. «Debe ser por la hora», pensó Anthony.

El cuerpo estaba cubierto con una sábana blanca, cerca de la orilla del río. Anthony pasó bajo la cinta amarilla y señaló:

—Miren las huellas de neumáticos… y las pisadas.

Se acercó al cadáver, lo observó sin destapar.

—No ha sido el Estrangulador Numérico. Es un imitador.

López se agachó y destapó la cabeza de la víctima. Anthony murmuró:

—Verifica con disimulo. Es probable que quien la mató esté entre los curiosos.

López revisó con discreción el lóbulo de la oreja y otros detalles. Luego miró a los demás.

—Tiene razón. No fue él.

Anthony señaló el suelo.

—Vean esas dos líneas paralelas a las pisadas. Arrastró el cuerpo para colocarlo aquí. Y quiere que lo notemos. Seguro está entre los curiosos, esperando ver si caemos en la trampa. Dejemos que crea que sí.

López tomó el mando:

—Smith, hablaba con los curiosos. Hazles creer que fue el Estrangulador y diles que nadie puede irse.

—Y ustedes —les dijo a los forenses—, tomen fotos de todos los presentes.

Anthony añadió:

—Smith, cuando tengas su atención, diles que alguien no autorizado tocó el cadáver… y que esa persona está aquí.

Smith asintió.

Anthony observó al grupo de curiosos. Eran unas veinte personas.

Entre ellos, Bill O'Hara, el reportero local; su fotógrafo; otro reportero desconocido; varias vecinas; tres hombres mayores; varios jóvenes; y algunos hombres dispersos.

Anthony analizó cada reacción mientras Smith habla y los forenses tomaban fotos.

Luego llamó a dos patrulleros:

—Estén atentos a tres personas: el reportero que no conocemos, el pelirrojo con jeans y remera, y la rubia del vestido rojo. No los pierdan de vista.

Los patrulleros se dispersaron.

Anthony regresó con el equipo.

—Tengo una idea para revelar al asesino… o a los asesinos.

Revisaron las pertenencias de la víctima. No había documentos. El celular estaba sin el SIM y reseteado de fábrica. Nada que ver con el modus operandi del Estrangulador.

—Necesito las huellas de la víctima —dijo a los forenses—. Entrégueselas a Smith.

Luego se acercó a Smith:

—Cuando las tengas, envíaselas a Stuart. Que identifique a quién pertenecen. Lo antes posible.

Anthony se dirigió a los curiosos:

—Pasarán de dos en dos a ver una foto de la víctima. Luego los llamaré al azar para conversar.

Cada vez que dos personas observaron la foto, Anthony se movía con discreción unos pasos a la izquierda, observando reacciones y mirando el suelo.

Al terminar señaló al pelirrojo.

—Usted. Acérquese.

El joven se acercó. Anthony lo recibió junto a Robert y Rousseau.

—Soy el agente especial Anthony García. Ellos son los agentes especiales Robert Arlington y Alizée Rousseau.

—Hola —respondió el joven, nervioso.

—Su identificación, por favor.

El joven entregó su ID.

—Mark Taylor. ¿Dónde vive?

—A cinco minutos de aquí.

—¿Conoce a la víctima?

—No, no la conozco.

—¿Está seguro? Creo que ya la había visto antes.

—No, nunca la he visto.

Anthony hizo una seña.

—Smith, llama a los patrulleros. Que se lleven al Sr. Taylor detenido.

El joven se puso pálido.

—¡Está bien! Antes de que ustedes llegaran… Me colé bajo la cinta. Quería verla. Pero le juro que no la conozco.

—Eso es grave. Podría enviarlo a prisión por unos días.

—Lo sé… lo siento. Pensé que era alguien que conocía.

Anthony lo evaluó unos segundos.

—Por esta vez lo dejaré pasar. Pero la próxima lo arrestaremos. Vuelva a donde estaba.

Mark regresó temblando.

Anthony regresó frente al grupo y barrió la multitud con la mirada hasta ubicar al reportero, quien intentaba ocultarse tras los demás presentes. Le hizo una seña clara para que se aproximara, pero el hombre fingió no darse cuenta. Anthony, sin perder la calma, alzó la voz:

—Usted, caballero. El de la cámara y camisa azul. Acérquese.

El hombre vaciló, atrapado entre el impulso de huir y la obligación de obedecer al agente Federal.

Por fin, caminó hacia él con pasos inseguros.

Anthony lo posicionó de cara a la multitud, mientras él se plantó de espaldas a la gente, marcando su dominio sobre el espacio. Entonces, inició el interrogatorio:

—Somos los agentes especiales García, Arlington y Rousseau.

—Hola…

—Su identificación.

El hombre entregó su licencia.

—Albert Sinclair. Vive en el Bronx… lejos de aquí. ¿Es casado?

—Sí. Con Elizabeth Sinclair.

—¿Conoce a la víctima?

—No. No la conozco. Tengo que irme, mi hija me espera.

—Pronto podrá irse. ¿Qué hace en esta zona?

—Estaba de paso. Vi a las personas y me acerqué.

—¿Es reportero?

—No. Me gusta tomar fotos y siempre tengo la cámara cerca. Soy empresario —respondió el hombre.

—Qué bien —dijo Anthony—. ¿Conoce a alguien de los que están aquí?

Anthony puso especial atención a los ojos del hombre.

—No, solo sacaba fotografías —insistió, pero su mirada se desvió de forma intuitiva hacia la multitud.

Anthony siguió ese rastro visual con la mayor discreción posible; tal como sospechaba, el hombre miró en dirección a la chica del vestido rojo.

—¿Está seguro de que no conocía a la víctima? —presionó Anthony—. Ya tomamos las huellas y pronto tendremos su identidad. Es el momento de evitarse un problema mayor; colaborar con la justicia puede evitarle penas muy largas.

El hombre se derrumbó. Comenzó a llorar desconsolado y, entre sollozos, confesó:

—Sí, la conozco... es mi hermana. Pero tengo miedo, puede que el estrangulador quiera hacerme daño a mí también.

—Hizo bien en decir la verdad para poder ayudarlo —asintió Anthony con voz gélida—. Ahora dígame: ¿quién es la chica del vestido rojo? Y no me mienta, no le conviene.

Sinclair miró hacia ella.

—Es mi esposa… Elizabeth.

—No la veo. Señálela.

Cuando Sinclair la señaló, la mujer intentó huir, pero los patrulleros la detuvieron y la trajeron.

Anthony le dijo a Robert:

—Llévate al señor Sinclair —y bajando la voz agregó: —Colócalo de espaldas a nosotros.

—Ok —respondió Robert y se llevó al hombre.

La chica llegó furiosa. Anthony le dijo:

—Está metida en problemas, señora Elizabeth. Su esposo la ha acusado del asesinato de su cuñada, que es la víctima. No nos dio sus motivos, nos informó que él trató de evitarlo, pero ya era tarde. Y según su versión usted es la única asesina y podría enfrentar la pena de muerte.

—¡Qué está loco! Él lo planeó todo, quería hacer que pareciera que fue el estrangulador, yo solo lo ayudé. Fue por la herencia que le dejaron sus padres. Es un desgraciado. La mujer con los ojos enrojecidos por el llanto y la rabia le gritó al esposo.

—¡Sí eres un desgraciado, te voy a matar, fuiste tú, fuiste tú, confiesa poco hombre!

Anthony la sostuvo para que no fuera hasta donde estaba su esposo y le dijo a los patrulleros:

—Llévenselos. Ellos asesinaron a esta chica.

De regreso a los vehículos, Robert preguntó:

—¿Vas a explicar cómo lo hiciste?

Anthony sonrió.

—Claro. No fue tan complicado. Tres personas actuaron de manera sospechosa: el pelirrojo miró al suelo cuando mencionaste que alguien tocó el cadáver; el supuesto reportero miró a la chica de rojo…

y ella a él. Cuando pasé a las personas a ver la foto, me movía para ver sus huellas.

Las del pelirrojo coincidían con unas pisadas cerca del cuerpo.

El reportero se cubría la cara con la cámara.

La chica se escondía detrás del hombre gordo.

Sabiendo que no era obra del Estrangulador, deduje que esos tres tenían algo que ver.

El pelirrojo solo se coló, según su historia, creyó conocer a la víctima. Los otros dos eran los asesinos.

—Wao… muy bueno —dijo Rousseau.

—Gracias. Solo es cuestión de observar. Volvamos a la oficina. Aún tenemos que atrapar al verdadero Estrangulador.

* * *

Esa noche, Alizée y Frank cenaban en un restaurante. Frank tomó su mano y le colocó una pulsera de plata con su nombre en relieve. La besó.

—Feliz mesiversario —le dijo con una sonrisa.

Ella observó la pulsera un largo rato, con los ojos llenos de asombro.

—¿No te gustó? —preguntó él—. Puedo cambiarla, pero pensé que te gustaría.

—No, por Dios, está lindísima. Me encanta —respondió ella todavía sorprendida—. ¿Ya cumplimos un mes?

—Es solo un detalle —aclaró él, restándole importancia.

—Lo siento, no llevaba la cuenta... después te compenso.

Terminaron de cenar. Ya en la puerta de la casa, Alizée le lanzó una de esas miradas que lo derretían y cuando sonrío lo terminó de desarmar.

—¿Quieres pasar?

—Claro. ¿Estás segura?

—Súper segura.

Entraron besándose desde el umbral, avanzando mientras se quitaban la ropa hasta llegar al dormitorio. Se tumbaron en la cama y prácticamente se devoraron el uno al otro, haciendo el amor una y otra vez. Después, abrazados en el silencio, Frank murmuró:

—Debería irme. No es bueno que me vean salir por la mañana.

—Sí, por ahora es lo más conveniente —le respondió ella y lo besó con suavidad.

Él se levantó, se vistió y, ya listo para irse, Alizee le entregó un pequeño estuche. Este medía unos quince centímetros de largo, tres de alto y cinco de ancho, envuelto en papel de regalo. Adherida tenía una tarjeta en la que estaba escrito:

«GRACIAS POR EL MES MÁS MARAVILLOSO DE MI VIDA».

Frank sonrió y le dijo:

—Sabía que no se te había olvidado, eres tremenda. La besó con dulzura. Intentó abrir el estuche, pero ella lo detuvo y le sugirió que lo abriera luego. Él aceptó. Después de otros tres profundos besos se marchó.

Aguantó las ganas de abrir el estuche hasta llegar a casa. Ya había pensado por el tamaño y forma que era una corbata. Abrió el estuche y no pudo ser mayor su sorpresa al ver que dentro estaba otro más pequeño,

—¿Qué será entonces? —se preguntó.

Intentó adivinar: «es un estuche cuadrado». Lo movió y sonó.

—No voy a adivinar. — se dijo— y lo abrió.

Su sorpresa fue aún mayor.

Era una pulsera de plata con su nombre Frank en relieve.

Se quedó viendo la pulsera y no podía creerlo.

Recordó la mirada de ella cuando él le dio la que le había comprado.

«Era eso —Pensó—. Se asombró al ver que me estaba regalando lo mismo que ella me había comprado».

De sus ojos brotaron algunas lágrimas y murmuró:

—Es mi alma gemela —Le escribió un mensaje en el que le dijo:

Frank: Eres mi alma gemela y creo que te… feliz noche.

Ella leyó el mensaje y le contestó:

Alizee: Yo siento igual, feliz noche.

* * *

El calendario había pasado las hojas, pero el frío en la nuca de la ciudad no se disipaba. Noventa días de vigilia, de revisar archivos hasta el cansancio y de patrullas nocturnas que no encontraban nada. Anthony sabía que el silencio no era paz, sino una tregua que estaba a punto de romperse.

Sentía que el tiempo se le escapaba entre los dedos. Cada pista lo llevaba a un callejón sin salida, cada interrogatorio era un eco vacío. La investigación se había estancado en un laberinto donde la verdad se escondía entre sombras y huellas , esperando un error del verdugo. O su próxima víctima…