Entre sombras y huellas (Agente Anthony García 1) CAPITULO XI #2
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CAPITULO XI #2

—Me dio la impresión de que al Sr. Harris no le gusta hablar de sus padres… y eso que dijo que son felices —dijo esto dibujando unas comillas con sus dedos.

Tocaron la puerta. Ronald abrió.

—Somos los agentes Rousseau y Smith. Quisiéramos hacerle unas preguntas.

—Claro, pasen —respondió Ronald, invitándolos a sentarse.

—¿Desde cuándo conoce a los Harris? —preguntó Rousseau.

—Ya se lo dije a los otros agentes: desde hace cuatro años.

—¿Conoce a los padres de Sam o Greicy?

—No. Sé que viven en Miami, pero no los he conocido.

Smith le mostró las fotos de las víctimas.

—¿Conocía a alguna de estas mujeres?

—No. Solo por la prensa.

—¿Sabe si Greicy o Sam las conocían?

—No lo creo. Compartíamos mucho con ellos. Las habríamos visto.

—Perfecto. Muchas gracias —dijo Smith, y se despidieron.

* * *

Anthony y Robert iban camino a la casa del doctor Stark cuando Anthony recibió una llamada del jefe.

—Latino, apareció el carro de la doctora. Lo encontraron, está intacto, igual que el otro. Ya lo tienen los expertos. Avísale al doctor Stark, ya que vas para allá.

—Entendido, jefe —respondió Anthony y colgó.

—Apareció el carro de la doctora Stark —le dijo a Robert.

—¿Igual que el otro? ¿Sin daños?

—Sí. ¿Te has fijado que tanto la víctima como el carro son colocados para que los encuentren?

—Está claro que el asesino quiere que encontremos los cuerpos y los vehículos —respondió Robert.

—Sí. Secuestra a la víctima, la lleva a algún lugar, pasa el día con ella…

pero no maltrata su cuerpo, salvo las ataduras.

La estrangula en la noche. Luego busca un sitio idóneo y coloca el cuerpo.

Si tenía carro, lo deja una semana después.

Quiere que los encontremos, pero no busca publicidad. ¿Qué quiere entonces?

Llegaron a la casa de los Stark. Betty, la secretaria, los recibió.

—Buenos días, agentes. ¿Qué se les ofrece?

—Queremos hablar con usted y con el doctor cuando esté disponible —dijo Robert.

—Claro, pasen. Yo puedo atenderlos ahora. El doctor está con un paciente —respondió ella con amabilidad.

—Sí, ya sabemos —respondió Anthony—. Por eso estamos aquí a esta hora. Mientras conversamos con usted, serán las nueve y el doctor se desocupará. Es breve lo que queremos preguntarle.

—Está bien, díganme —aceptó Betty.

—¿Conoce usted a los padres de los doctores? —inició Anthony.

—Solo los he visto un par de veces y por referencias que he escuchado durante algún desayuno —respondió ella.

—¿Y qué ha escuchado?

—Nada importante. Los padres del doctor Stark viven en Malibú, frente a la playa. Ya están retirados; eran médicos. Viven muy bien. Los padres de la doctora viven en Francia. Vinieron para el funeral, pero creo que ya regresaron.

—Perfecto. Solo queremos ver si existe alguna vinculación con estas mujeres —dijo Anthony, mostrándole las fotos de las víctimas—. ¿Conoce a alguna? ¿Las ha visto por aquí?

Betty observó las fotos con atención.

—No, nunca las había visto, me las mostró la otra vez. ¿Son las otras mujeres asesinadas?

—Sí —respondió Robert—. ¿No las vio en la prensa?

—No. Cada vez que dan noticias trágicas cambio el canal. No me gusta ver esas cosas —explicó—. Por Dios… qué jóvenes eran. Esta se ve muy jovencita —dijo señalando a Abigail y colocándose ambas manos en la boca.

—Tenía 21 años —aclaró Robert—. Y la otra, 27. ¿Cree que la doctora pudo haberlas conocido?

—No lo creo —respondió Betty.

En ese momento se oyó la puerta del consultorio destrancarse. El doctor Stark salió acompañado de un paciente. Se despidió de él y saludó a los agentes.

—¿Cómo están, agentes? ¿Ya tienen buenas noticias?

—Aún no —respondió Anthony—, pero esperamos tener algo pronto. Quisiéramos hacerle unas preguntas.

—Claro, tengo una hora libre. ¿En qué puedo ayudarlos?

Anthony le mostró las fotos.

—¿Conoce a alguna de estas mujeres?

El doctor las observó y respondió.

—Ya les dije la vez anterior que no las conocía. Solo lo que he leído en la prensa. Sé que son las mujeres asesinadas.

—Correcto —dijo Robert—. ¿Sabe si su esposa las conocía?

—No lo creo. A menos que haya sido en el hospital, pero no podría confirmarlo.

—¿Dónde viven sus padres, doctor? —preguntó Anthony.

—En Malibú. ¿Qué tienen que ver mis padres con esto?

—Esperamos que nada. Es rutina —respondió Anthony—. ¿Y los padres de la doctora?

—Viven en Francia. Se fueron hace poco, después del funeral. Emily es muy sensible y prefiere estar con sus nietos allá.

—¿Tiene usted hermanos, doctor?

—No, yo no tengo hermanos.

—¿Y la doctora?

—Sí, un hermano. Es embajador en Francia. Vino al funeral y se marchó el mismo día.

—¿Cómo es su relación con sus suegros y su cuñado?

—Normal. De lejos. Pasamos Navidad allá y Año Nuevo aquí, y al año siguiente al revés. Aunque a los padres de Madeleine no les gusta viajar, siempre venían.

Anthony asintió.

—Muchas gracias, doctor. No le quitaremos más tiempo. Hasta luego, señorita —dijo a Betty.

Cuando ya se retiraban, Anthony se detuvo.

—Ah, doctor, por cierto: apareció el vehículo de su esposa. Le harán las experticias de rigor y le avisarán.

—Entiendo… gracias —respondió Stark.

Robert lo observó mientras se alejaban. «El doctor no parecía contento con la noticia.

Quizá le removió el recuerdo de su esposa», pensó.