Entre sombras y huellas (Agente Anthony García 1) CAPITULO XI
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CAPITULO XI

Al día siguiente, el jefe Kennedy y López visitaron a Tom Miller en su taller para investigar si existía alguna relación entre Abigail y las otras víctimas. Tom estaba inclinado sobre el capó de un vehículo cuando uno de los mecánicos le avisó que los agentes habían llegado.

—Termina tú, Ernesto —le dijo, limpiándose las manos con un trapo.

Ernesto asintió. Tom se acercó a los agentes. Llevaba un botón de luto en la camisa y su rostro reflejaba un cansancio profundo.

—Hola, agentes… ¿traen buenas noticias? —preguntó con una mezcla de esperanza y resignación.

—lo lamentamos, pero no, Sr. Miller —respondió Kennedy—. Solo queremos hacerle unas preguntas.

Tom asintió, derrotado. Los condujo a la oficina.

—Está bien… díganme.

—Háblenos de sus padres. ¿Qué relación tenían con su esposa? —preguntó López.

Tom frunció el ceño, sorprendido.

—¿Mis padres? Bueno… una relación normal. Ellos viven en Miami, casi no nos vemos. ¿Y eso cómo ayuda a encontrar al asesino de mi esposa?

—Es rutina —explicó López—. Cualquier detalle puede servir. Estamos buscando conexiones entre su esposa y las otras víctimas. ¿Sus padres están vivos?

—Sí, gracias a Dios. Siguen juntos, felices.

—¿Tiene hermanos?

—Sí. Uno. Vive en Japón desde hace cinco años. Es mayor que yo.

—¿Y los padres de su esposa? —preguntó Kennedy.

Tom bajó la mirada.

—Abigail era huérfana. Sus padres murieron cuando tenía catorce años. La crió una tía que tampoco tenía hijos… y ya murió. —Hizo una pausa, con los ojos llenándose de lágrimas—. Abigail era la última de su familia.

López habló con suavidad:

—¿Cómo era su relación con ella?

—Perfecta… —respondió Tom, con la voz quebrada—. Teníamos dos años y medio de casados. Todavía estábamos en luna de miel.

—¿Qué lugares acostumbran frecuentar? —preguntó Kennedy.

—Lo de siempre… el zoológico, algún parque, un restaurante de vez en cuando. Cosas normales.

—¿Qué restaurantes visitaban? —insistió López.

—Variados. Italianos, chinos… a ella le encantaba la comida china. —Tom apretó los labios—. Creo que nunca más podré comer comida china.

López lo miró con empatía.

—Sé que ahora es difícil creerlo, Sr. Miller, pero ese dolor… con el tiempo disminuye.

Tom negó con la cabeza, llorando.

—No lo creo. Nunca olvidaré a Abigail. Ya han pasado más de seis meses y sigo como el primer día. A veces siento que quiero morirme… ¿cómo podría saberlo, agente?

López respiró hondo.

—No la olvidará. Pero el dolor cambia. Yo… también perdí a mi esposo. Fue asesinado.

Tom se sorprendió.

—Lo siento… no lo sabía.

—No se preocupe —respondió ella—. Fue hace mucho tiempo.

Kennedy retomó la entrevista.

—¿Alguna vez usted o su esposa se cruzaron con estas mujeres? —preguntó, mostrándole las fotos de Greicy y Madeleine.

López lo observaba con cuidado para ver su reacción. Tom las observó.

—No… solo las vi en la prensa.

—¿Cree que Abigail pudo haber conocido a alguna de ellas?

—No lo sé. Trabajaba en la universidad. Tal vez las vio alguna vez, pero no estoy seguro.

—¿A qué hospital acudían?

—Íbamos muy poco a hospitales. Pero supongo que al Big Manhattan.

Kennedy asintió.

—Gracias, Sr. Miller. No le quitaremos más tiempo. Lo mantendremos informado. ¿Podemos hablar con alguno de sus mecánicos?

—Claro. ¿Con quién quieren hablar?

—Con Jorge, por favor.

Tom se retiró y envió a Jorge.

—¿Cómo está, Jorge? Somos el agente especial Kennedy y la agente especial López.

—Mucho gusto, agentes. ¿En qué puedo ayudar?

—¿Conoce a alguna de estas mujeres? —preguntó López, mostrándole las fotos.

—No. Solo las vi en la prensa.

—¿Sabe si la esposa de Tom pudo haberlas conocido?

—No sabría decirles. Quizá por su trabajo.

—¿Cómo era la relación entre Tom y Abigail?

—Muy buena. Él siempre decía que estaban en luna de miel… y así parecían. Se amaban mucho.

—Gracias, Jorge. Eso es todo —dijo Kennedy.

Los agentes se despidieron y salieron del taller.

—Vamos a la Universidad Estatal de Nueva York en New Paltz —indicó Kennedy—. Quiero hablar con los compañeros de Abigail.

Ya en la universidad, entrevistaron al Sr. Hopkins, jefe directo de Abigail.

—¿Cómo está, Sr. Hopkins? —saludó Kennedy—. Somos el agente especial Kennedy y la agente especial López. Quisiéramos hacerle unas preguntas sobre Abigail Miller.

Arthur Hopkins, un hombre de cincuenta y dos años, calvo y de contextura promedio, los recibió con gesto serio.

—Fue una tragedia —dijo—. Abigail era una chica excelente. Puntual, amable, muy dedicada. No merecía lo que le pasó.

—Sí, tiene mucha razón, Sr. Hopkins. ¿Conocía usted a alguna de estas mujeres? —preguntó Kennedy, mostrándole las fotos de las víctimas.

Hopkins las observó con calma.

—No las conocí. Solo las vi en la prensa, pero claro que he oído hablar de la doctora Madeleine Stark, presidenta de la Fundación Stark, aunque nunca la conocí en persona. Solo sé que murieron igual que Abigail; quien hace eso es un demente —dijo, mientras arrugaba la nariz y fruncía el ceño.

—¿Sabe si Abigail alguna vez mencionó a Greicy Harris o a Madeleine Stark?

—No que yo recuerde. En el área administrativa no creo que haya tenido contacto con ellas.

—¿Vio a alguien que no encajara con la universidad? ¿Algún extraño muy pendiente de Abigail antes de lo ocurrido?

—La verdad, no. Siempre vienen personas a pedir información sobre la universidad, pero nadie que llamara la atención.

—¿Hay alguien aquí con quien pudiéramos hablar sobre Abigail?

—No era de hacer amistades. Era muy amable con todos, pero de confianza… no sabría decirles quién. Podrían hablar con Frederick, de contabilidad; él siempre venía y conversaba mucho con ella, a veces en la cafetería.

—Muchas gracias, Sr. Hopkins. Lo haremos, y si recuerda algo, por favor, comuníquese con nosotros —dijo Kennedy, entregándole una tarjeta.

—Lamento no haber sido de ayuda. Buenos días.

—No se preocupe, sí nos ayudó. Gracias —respondió López antes de marcharse.

Se dirigieron al ala sur y ubicaron a Frederick.

El joven permanecía sentado con la espalda recta, las manos juntas sobre las piernas. No miraba de frente a los agentes.

—¿Frederick? —preguntó López.

—Sí.

—Queremos hacerte unas preguntas sobre Abigail. ¿La conocías?

Al escuchar el nombre, Frederick no respondió de inmediato, pero algo cambió en su rostro. Una sonrisa leve y honesta, de esas que nacen sin permiso, le iluminó las facciones por un segundo. Fue como si, por un instante, hubiera olvidado que estaba frente a dos agentes del FBI.

—Sí —dijo con un tono de voz que perdió su rigidez—. La conozco. Abigail es... amable.

El agente notó el uso del tiempo presente, como si para Frederick, ella aún estuviera allí. Hubo un silencio breve en el que Frederick pareció perderse en sus pensamientos.

—Trabajaba en el ala administrativa. Norte… creo.

—¿Tú dónde trabajas?

—Contabilidad. En el ala sur.

López asintió.

—¿Cómo empezaron a hablar?

Frederick tardó unos segundos en responder mientras apretaba un poco más sus manos sobre las piernas.

—En la cafetería. Ella habló primero.

Se quedó callado un momento, mirando un punto fijo en la mesa.

—Después… fui a verla en mis descansos.

—¿Con qué frecuencia?

—No siempre. Cuando tenía tiempo —respondió Frederick, y volvió a repetir casi para sí mismo: —Era amable.

López tomó nota.

—¿Cuándo fue la última vez que la viste? —preguntó Kennedy.

Frederick no respondió de inmediato. Frunció un poco el ceño, concentrado en tratar de recuperar la fecha exacta.

—Miércoles. Antes de que desapareciera.

—¿Estás seguro?

—Sí —afirmó con seguridad—. Porque el jueves no fui a la cafetería.

—¿Recuerdas algo de ese día?

Frederick negó con suavidad moviendo la cabeza.

—No. Hablamos poco.

—¿Sobre qué?

—Cosas normales.

—¿Cómo qué?

Frederick pensó un momento.

—Su esposo. —Kennedy levantó la mirada—. Que lo quería. Y que querían tener un hijo.

Hubo un silencio breve en la sala.

—¿Notaste algo diferente en ella ese día? —quiso saber López.

Frederick tardó más en responder, como si estuviera repasando la escena en su mente.

—No. Estaba normal.

Kennedy deslizó dos fotografías sobre la mesa.

—¿Has visto a estas mujeres?

Frederick las observó durante varios segundos, sin tocarlas.

—No. Creo que no.

—¿Te suenan de algo? ¿Noticias, televisión?

Frederick pareció reflexionar.

—Tal vez las vi en la televisión de la sala común. Pero no presto mucha atención.

Devolvió las fotos con cuidado, empujándolas despacio hacia los agentes.

—No las conozco.

López cerró la libreta.

—Han pasado seis meses, Frederick. ¿Volviste a ese lugar después?

—No —respondió él con sencillez—. Ya no tenía sentido.

Tras un momento de silencio, Frederick preguntó:

—¿Puedo irme?

—Sí.

El joven se levantó y salió sin prisa. Cuando la puerta se cerró, Kennedy suspiró.

—Nada.

López apenas negó y dijo:

—No. Solo alguien que… la extraña a su manera.

* * *

Smith y Rousseau entrevistaban a Sam Harris en su casa. Tras los saludos, Smith preguntó:

—Sr. Harris, ¿dónde viven sus padres?

Sam frunció el ceño.

—¿Mis padres? ¿Eso es importante?

—Es rutina, pero todo puede ser relevante —respondió Smith.

Sam suspiró.

—Viven en Miami. Gregory y Melissa Harris. Están… felices.

—¿Tiene hermanos? —preguntó Rousseau.

—No. Soy hijo único.

—¿Algo más que quiera decirnos sobre su familia?

—No mucho. Mi padre es contador retirado. Mi madre, ama de casa.

Smith le mostró las fotos de las víctimas.

—¿Conoce a alguna de estas mujeres?

Sam negó con la cabeza.

—No. Solo las vi en el periódico cuando las encontraron.

—¿Cree que su esposa pudo haber tenido contacto con alguna de ellas?

—No lo creo. Greicy casi siempre estaba en casa.

—¿Qué sitios frecuentaban usted y su esposa?

—Nos gustaba el béisbol. Íbamos a partidos de vez en cuando.

—¿Comían fuera con frecuencia?

—Muy poco. A Greicy le encantaba cocinar. Pero a veces salíamos por comida china.

—¿Dónde vive su amigo Ronald?

—En la casa número 126.

—Gracias por recibirnos, ha sido muy amable —dijo Smith.

Los agentes se dirigieron a la casa número 126. Rousseau comentó mientras caminaban: