CAPITULO X
Anthony y Robert llegaron al Buró, se reunieron con el resto del equipo en la sala de conferencias. Anthony se fijó que en la cartelera habían agregado el horario que cumplía la doctora Madeleine en el hospital. Lo miró por un momento y se sentó.
El agente Especial Oswald Kennedy tomó la palabra:
—Ya tenemos tres víctimas. El asesino no ha modificado su modus operandi. El perfil se mantiene: hombre, entre treinta y cinco y cuarenta, quizá cuarenta y cinco años; caucásico; no violento en apariencia; sin motivación sexual evidente.
»Creemos que tuvo una niñez sin agresiones físicas, pero marcada por un trauma emocional no violento relacionado con su madre o una hermana mayor. Algo tan profundo como para hacerle creer que las mujeres merecen morir.
»No es musculoso, pero sí lo bastante fuerte para cargar a las víctimas desde la camioneta para dejarlas en los lugares donde las encontramos.
»Las duerme para someterlas. Tiene preferencia por las mujeres casadas. Quizá vive solo: soltero, divorciado, viudo… o con una mujer demasiado sumisa a la que controla por completo.
Anthony intervino:
—Como determinamos en el segundo homicidio, es muy probable que haya crecido sin su padre desde los nueve u once años. Esto sigue encajando.
»Tiene un trastorno obsesivo–compulsivo con el número seis. Las marcas en manos, pies, cabeza y garganta suman seis.
»Sus víctimas son mujeres casadas sin hijos. Debe vigilarlas durante semanas mientras prepara la estrategia para raptarlas y asesinarlas. Y eso es lo que debemos explorar —añadió—. Alguien debió verlo en algún momento.
»No actúa al azar: las escoge por su apariencia física, estudia sus rutinas, sabe cuándo salen y a dónde van. A la segunda víctima se la llevó en taxi frente a su casa; debió saber que tenía cita médica. Las otras dos tenían vehículo propio: debió seguirlas para conocer sus rutas.
»También debe revisar los lugares donde deja los cuerpos para asegurarse de que no haya demasiada afluencia de personas.
Anthony continuó:
—Las víctimas no guardan relación aparente, pero debemos profundizar. Puede haber un vínculo por mínimo que sea.
»No las asesina donde aparecen los cuerpos: las mata en otro sitio y luego las traslada.
»La señal en la oreja parece que indica cuántas mujeres pretende asesinar: seis, esto coincide con las marcas y con el patrón obsesivo.
El segundo número podría indicar un ciclo, y es probable que, al completarlo, lo reinicie, es decir, seguirá matando.
El símbolo de suma, al parecer, ratifica que habrá otra víctima.
Kennedy asintió y dio instrucciones:
—Bien. Publicaremos los detalles del vehículo de Abigail y de la doctora, con un número telefónico incluido, para recibir cualquier información. Encárgate, Smith. —Luego añadió.
—Volveremos a todos los lugares donde estuvieron o debieron estar las víctimas. Revisemos sus rutas habituales. Veamos lo que el asesino vio mientras las vigilaba. Pongan especial atención en quién pudo haberlo visto sin darse cuenta.
—Pregunten casa por casa, en las zonas donde se encontraron los cuerpos y donde vivían las víctimas.
Smith, llama a la comisaría para que envíen oficiales de apoyo.
Cualquier cosa, por insignificante que parezca, debe investigarse a fondo.
Quiero resultados lo antes posible. El jueves nos reuniremos para revisar avances.
—Stuart, investiga todo lo que puedas sobre los familiares de las víctimas y sus esposos. Envíanos sus números de contacto. Necesitamos verificar si existía alguna relación entre ellas.
—Hecho, jefe —respondió Stuart.
Todos se dispersaron. Cada grupo tomó una víctima como punto de investigación: Kennedy y López con Abigail Miller; Smith y Rousseau con Greicy Harris; Anthony y Robert con la doctora Madeleine Stark.
Kennedy y López llegaron a Philipstown, cerca de Cold Spring, donde fue hallado el cuerpo de Abigail. Recorrieron otra vez el área y visitaron las casas cercanas, acompañados por varios oficiales. Kennedy les explicó:
—Divídanse en grupos de dos. Pregunten si alguien recuerda haber visto algo extraño o a alguien merodeando, al menos un mes antes del hallazgo del cadáver. Procedan.
Lo mismo ocurrió en las zonas donde aparecieron Greicy y Madeleine. Les tomó todo el día y parte de la mañana siguiente recorrer cada casa.
Anthony y el oficial asignado llegaron a una vivienda ubicada al norte del río, algo apartada de las demás. Era una casa de un lujo discreto, con tres vehículos estacionados: dos en el garaje y un BMW en el porche. Aunque había espacio para dos autos más, un Chevrolet permanecía afuera.
Anthony detuvo el Altima detrás del Chevrolet. Notó que las cortinas se movían, como si alguien se asomara con cautela. Se colocó el chaleco y entregó otro al oficial. Al bajar, caminó hasta el frente del Chevrolet y, con discreción, tocó el capó: estaba frío.
Se acercaron a la puerta y tocaron el timbre.
Esperaron. Volvieron a tocar. Escucharon susurros dentro de la casa.
Golpearon la puerta y oyeron cómo se destrancaba.
Era un hombre blanco, de unos cuarenta y cinco años o más.
Mal rasurado, con un cigarrillo en la boca, camisa de cuadros y jeans.
Tenía tatuajes en los brazos, apenas visibles.
—Díganme: ¿qué quieren? —preguntó el hombre con una voz áspera.
—Somos de la policía —aclaró Anthony—. Solo queremos hacerle unas preguntas sobre la mujer que fue encontrada muerta hace unos días en esta zona.
—No sé nada de esa mujer. No la conozco.
—Lo entiendo —respondió Anthony—, pero quizá pueda ayudarnos si intenta recordar; puede haber visto a alguien extraño merodeando por aquí, de día o de noche.
Mientras hablaba, Anthony notó de reojo unas manchas oscuras en el pantalón del hombre. Podían ser sangre. También observó que los nudillos de su mano derecha estaban lastimados.
—No, por aquí nunca he visto extraños —respondió el hombre, nervioso—. Y ya no puedo ayudarlos más.
En ese momento, desde el interior de la casa se escuchó un gemido ahogado. Anthony intercambió una mirada rápida con el oficial. Cuando el hombre intentó cerrar la puerta, Anthony la empujó con fuerza, haciéndolo caer hacia atrás.
—¡Aprésalo! —ordenó al oficial.
Anthony desenfundó su arma y avanzó hacia el interior. Apenas cruzó la sala, vio a otro hombre correr hacia el fondo de la casa. Se asomó con cautela: el sujeto estaba agachado, sujetando a una niña de unos ocho años y apuntándole a la cabeza.
En la sala, un hombre y una mujer mayores estaban atados a unas sillas, golpeados y se veían aturdidos. El hombre estaba consciente; la mujer no.
Anthony habló con calma:
—Suelta el arma y deja ir a la niña. Tu compañero ya fue detenido. Entrégate. No compliques esto.
Le hizo una seña al oficial para que rodeara la casa. Venían llegando dos patrullas.
—¡No! —gritó el hombre—. Suelta tú el arma y salgan de aquí o los mato a todos. Después me mato yo.
Anthony percibió que hablaba en serio.
Mientras intentaba mantenerlo distraído, vio que una adolescente, de unos quince años, avanzaba despacio por detrás del agresor. Estaba desorientada, con la ropa rasgada y signos evidentes de haber sido maltratada. Llevaba un florero pesado entre las manos.
Anthony comprendió lo que intentaba hacer.
—Mira —dijo, levantando las manos—. Voy a soltar mi arma.
Dio un paso hacia un lado para atraer la atención del hombre. Funcionó: el agresor le apuntó a él. En ese instante, la chica golpeó al hombre con el florero. El disparo se desvió hacia el techo. El sujeto cayó al suelo, aturdido y sangrando.
Anthony lo redujo de inmediato.
Desató a los abuelos y pidió una ambulancia. El hombre mayor, temblando, comenzó a explicar:
—Mi hija y mi yerno están de viaje… dejaron a las niñas con nosotros… —rompió en llanto—. Lo hicimos lo mejor que pudimos.
Anthony lo tranquilizó.
—Respire. Cuéntenos lo que pasó.
El hombre relató cómo, la noche anterior, dos sujetos habían entrado a la casa exigiendo dinero.
Al no encontrar suficiente, comenzaron a amenazar y golpear a la familia.
Uno de ellos, el más joven, se volvió cada vez más agresivo y violento, llevándose a las niñas una por una al piso superior para abusar de ellas.
Los gritos y súplicas de las menores resonaron en la casa durante horas.
El hombre mayor continuó, con la voz quebrada:
—Intentamos soltarnos, pero no pudimos. Nos tenían bien atados.
Ya de madrugada, los dos se quedaron dormidos.
Cuando despertaron, querían irse… pero el más joven dijo que “faltaba una”.
Iba a llevarse a la más pequeña, pero Jazmín…
—se le quebró la voz—… Jazmín le pidió que la dejara, que subiera con ella.
Que su hermanita no sabía nada. Que era muy pequeña.
Anthony sintió un nudo en la garganta.
—El mayor no quería seguir. Se asomó por la cortina cuando ustedes llegaron. El otro le dijo que fingiera ser el dueño de la casa. Y… bueno… ya saben lo que pasó.
Los oficiales identificaron a los dos sujetos:
Adam Springfield, cuarenta y ocho años, historial extenso por robo y consumo de sustancias. Fornido, pero fácil de manipular.
John Woods, veintitrés años, dominante en la relación delictiva, con antecedentes por robo y sospechas previas de agresión sexual. Manipulador experto, criado por un padre estafador que murió en prisión.
Esta vez, Woods había sido sorprendido en pleno acto. No tendría escapatoria.
Más tarde, Anthony se reunió con Robert y los demás oficiales para revisar lo recabado durante el operativo. Nadie había visto nada útil. Y en este caso, era posible que fuera verdad: el Estrangulador era muy cuidadoso.
—Hasta ahora ha sido muy meticuloso, y al parecer cada vez perfecciona más su técnica. Pero algún día cometerá un error —decía Robert mientras regresaban a la oficina—. En algún momento algo se le va a pasar, y entonces, lo atraparemos.
—Puede ser —respondió Anthony—, pero debemos buscar sus debilidades. Si no se equivoca, saldrá impune… como tantos casos sin resolver: el Asesino del Zodiaco, JonBenét Ramsey… entre otros. Pero éste no se saldrá con la suya.
Los otros agentes obtuvieron resultados similares en las zonas donde aparecieron los cuerpos. Para el día siguiente, miércoles, revisarían las residencias de las víctimas y sus rutas habituales, según instruyó el jefe.
Todos felicitaron a Anthony por los arrestos de los secuestradores. Él agradeció, pero destacó:
—La actuación del oficial Donovan fue excelente. Sin él, y sin la valentía de Jazmín, no los habríamos detenido. Después de todo lo que pasó, tuvo el coraje de enfrentarse al delincuente… dos veces. Una de ellas para salvar a su hermana de ocho años. Esa chica es valiente.
—Debe ir a terapia —comentó López—. Toda la familia. Lo que vivieron fue muy duro.
El miércoles comenzaron temprano. Cada grupo se dirigió a las zonas residenciales y a las rutas que las víctimas tomaban con frecuencia.
En una de las casas visitadas por Kennedy, una patrulla llegó por un reporte de violencia doméstica.
El jefe aprovechó para preguntar a la pareja si habían visto algo, pero no obtuvo información útil.
Tras varias horas visitando residencias, todos reunieron datos diversos y regresaron a la oficina. El jefe habló:
—Hoy no hubo más suerte que ayer. Pongan todo en limpio.
Mañana, a primera hora, vayan directo a las vías que tomaban las víctimas.
Revisen todo con cuidado. Vean quién transita por esas rutas.
En el caso de Greicy, como no tenía una vía fija, su grupo se dividirá y apoyará a los otros dos para abarcar más terreno.
Nos vemos mañana a las tres. Ya saben qué hacer.
Anthony y Robert se encontraron temprano el jueves.
Seguirían la ruta que, según conocidos, Madeleine tomaba para ir al hospital.
Llegaron antes de las siete para registrar a todos los que pasaran por allí.
A las 7:20 detuvieron el primer vehículo.
El conductor no había visto nada: ni a la doctora, ni su auto, ni nada sospechoso.
Pasaba por allí todos los días y casi nunca veía otro vehículo.
A las nueve ya era evidente que la vía era muy poco transitada. Después de esa hora, no encontrarían a nadie que pudiera haber visto algo.
Kennedy y López hicieron lo mismo en la ruta de Abigail. A las 7:30 detuvieron un vehículo. El conductor pasaba por allí todos los días y no había visto nada extraño. Le mostraron fotos de Abigail y de su auto, pero no los reconoció. Lo dejaron continuar.
Veinte minutos después, otro vehículo se acercó. Lo detuvieron.
—Buenos días, somos los Agentes Especiales Kennedy y López del FBI. ¿Podemos hacerle unas preguntas?
—Claro —respondió el hombre.
—¿Transita usted por esta vía a menudo?
—Sí, cuando estoy en la zona paso todos los días hábiles.
—¿Ha visto a esta persona o a este vehículo en los últimos seis meses?
El hombre revisó las fotos.
—Hace unos meses vi un vehículo parecido.
Lo había detenido un oficial de la policía estatal en un puesto de control móvil1.
Me pareció raro porque esta zona es muy poco transitada.
Pasé despacio. Vi a una chica en el asiento del copiloto.
No vi a nadie más. El oficial me hizo señas para continuar.
Parecía hacerle una prueba de alcoholemia.
Imaginé que estaría ebria, aunque era temprano.
Pero en mi trabajo he visto cosas peores.
Soy conferencista. El domingo siguiente viajé a Seattle para preparar unas conferencias y estuve dos meses allá.
—¿Puede describir al oficial?
—Llevaba lentes de sol, sombrero y un bigote grande. De piel blanca. El cabello no lo vi. Eso es todo lo que recuerdo.
—¿Nos da su número para que un dibujante lo contacte?
—Por supuesto.
Entregó su tarjeta. Kennedy agradeció.
En paralelo, Smith y Rousseau hablaron con el señor Harrison, quien relató que, hace cinco meses vio pasar una bicicleta con motor a la una de la madrugada. Casi no hacía ruido, pero iba demasiado rápido para ser a pedal. Lo recordaba porque tomaba un medicamento justo a esa hora.
A las tres de la tarde, todos se reunieron en la sala de conferencias. Stuart entregó una lista de familiares y conocidos de las víctimas. Tras analizarla, el jefe habló:
—No fue un operativo perfecto, pero obtuvimos pistas importantes.
La última persona que vio a la primera víctima con vida fue un supuesto oficial estatal en un puesto de control móvil.
Stuart, verifica si ese puesto existió y qué oficial estaba asignado.
Ya sabemos que la segunda víctima fue vista por última vez por un taxista.
Dos desconocidos. Y es muy probable que ocurriera igual con la tercera.
Mañana, cada pareja contactará a los familiares y amigos de la víctima que investigó. Busquen cualquier relación entre ellas.
Anthony intervino:
—Es probable que el oficial y el taxista no existan como tal. Puede ser alguien disfrazado para generar confianza. O alguien conocido.
—Bien —cerró el jefe—. Comiencen cuanto antes. El tiempo apremia.