CAPITULO IX
El lunes a las once de la mañana, Anthony y Robert llegaron a la casa del doctor Stark. El consultorio estaba en la misma casa, una vivienda imponente que sugería una buena posición económica.
Al entrar, lo primero que encontraron fue la recepción del consultorio, ubicada a la derecha.
En el centro había un arco de unos dos metros con una puerta de madera que daba a la sala de la casa; a la izquierda, el consultorio del doctor, con la puerta situada en el centro y flanqueada a los lados por varias matas.
En la sala de espera había dos juegos de sillas típicos de consultorio: uno recostado en la pared frente al escritorio y el otro perpendicular, recostado en la pared derecha.
Al fondo, al lado de estas últimas sillas, se encontraba una puerta que daba al garaje; y junto a ellas, una ventana que daba al frente de la casa y al mismo garaje.
Sobre la pared frente al escritorio había tres cuadros: un paisaje muy realista, una obra abstracta y una naturaleza muerta.
En la otra pared, sobre el otro juego de sillas, colgaba una copia de la Mona Lisa —debe ser una reproducción, pensó Anthony—; en el centro, un retrato de los doctores y un cuadro de Los amantes de René Magritte, a lo mejor también es una copia.
En la mesita del centro había tres montones de revistas, con dos revistas por montón.
El escritorio de la secretaria tenía forma de L, con un adorno repetido cuatro veces en el frente y dos en el lateral, ubicado justo al lado derecho de la puerta de entrada.
En la parte de atrás del escritorio, un gran ventanal daba al frente de la casa.
Apenas cruzó el umbral, Anthony se detuvo un segundo. El aire de la recepción estaba impregnado de una fragancia inusual: un olor terroso, profundo, con una nota de madera muy marcada que parecía flotar en el ambiente.
Anthony inició el interrogatorio:
—¿Cómo está, señorita Meléndez? Somos los agentes especiales Arlington y García. Quisiéramos hacerle algunas preguntas. Primero, disculpe, ¿qué es ese aroma en el ambiente?
—Bien, gracias. Claro, espero ser de ayuda. Puede que el aroma que percibe sea incienso Kyara. Es un incienso japonés muy exclusivo —explicó la señorita Meléndez y agregó:
—Lamento mucho lo que ocurrió con la doctora Stark.
—Sí, quizá sea ese aroma. Incienso Kyara japonés y exclusivo… suena muy caro —comentó Anthony con una leve sonrisa.
La chica solo lo miró, triste.
—¿Desde cuándo trabaja para el doctor Michael Stark? —preguntó Anthony.
—Desde hace seis años. Los cumplí justo el lunes.
—¿Cuánto tiempo tiene el consultorio funcionando aquí?
—Cerca de siete u ocho años, desde que construyeron la casa.
—Entiendo, el consultorio es tan antiguo como la propiedad misma —observó Robert—. ¿Y dónde vivían antes? ¿También tenían el consultorio en casa?
—Sí, a los pocos meses de construida la casa empezó el consultorio aquí, según tengo entendido. No sé dónde vivían antes, pero eso se lo puede decir mejor el doctor.
—Está bien, ya conversaremos con él —aseguró Anthony—.
—Dígame, ¿cuándo vio por última vez a la doctora Madeleine Stark?
—El jueves en la mañana, como a las siete y veinticinco, cuando iba saliendo para su trabajo.
—¿A qué hora llega usted acá?
—A las seis y treinta de la mañana, sin falta, todos los días.
—¿La notó diferente? ¿Preocupada? ¿Conversó con ella?
—No conversamos mucho. Nos saludamos, nos tomamos un café —a ella le gusta prepararlo— y me pareció que estaba como siempre: normal, feliz.
—¿Cómo era la relación del doctor con su esposa?
—Muy buena. Se les veía muy enamorados. El doctor es… bueno, era —se corrigió con tristeza— muy atento con ella. Puedo asegurar que la quería mucho.
—¿Nunca los oyó discutir?
—Sí, como toda pareja. A veces no estaban de acuerdo en algunas cosas, pero al final el doctor siempre terminaba complaciendo a la doctora. Yo creo que eran felices.
—¿Cuál es el horario de las consultas?
—El doctor atiende de siete a doce y de dos a cuatro, de lunes a sábado.
—¿Trabaja también los sábados? —preguntó Anthony, sorprendido—. Por lo que sé, los psiquiatras no trabajan los sábados.
—Sí, el doctor trabaja los sábados en el mismo horario. Toma un receso de nueve a diez como todos los días. Termina de atender a las cuatro —explicó la secretaria.
—¿El jueves pasado dio consulta el doctor? —preguntó Anthony.
—Sí, como siempre. Atendió al paciente de las siete y, cuando se fue, tomamos el desayuno. Luego atendió al paciente de las diez.
—¿Desayuna usted con el doctor? —preguntó Anthony, sorprendido.
—Sí, es parte del pago. Siempre me dan el desayuno acá en la casa.
A veces está la doctora y desayunamos los tres juntos —sus ojos se enrojecieron—.
El jueves tomé café con ella. Hoy estaríamos comiendo con la doctora si no hubiera pasado…
—esta vez sí lloró—. Otras veces ella está de guardia hasta el día siguiente y desayuno sola con el doctor.
Anthony continuó:
—¿No salió el doctor en ningún momento entre las siete y las ocho u ocho y media de la mañana?
—No. Ya le dije: atendió a su paciente, luego desayunamos y después vio al otro paciente de las diez. Terminó con ese paciente a las doce. Y para salir tendría que pasar por aquí; es la única salida.
—¿El garaje no tiene salida interna? —preguntó Anthony.
—Sí, es esa —señaló la puerta a su derecha—.
Es la salida al garaje y la que usan los doctores.
Nunca salen por la puerta de enfrente, que es esta por donde ustedes entraron.
Yo lo hubiera visto si hubiera salido por allí.
Por eso le digo: no salió el jueves. Además, como ya les dije, estaba atendiendo a un paciente.
Y el doctor jamás le haría daño a la doctora, si es eso lo que están pensando.
—Solo son preguntas de rutina, no tenga reparo en responderlas —aclaró Anthony.
—¿Cuántos pacientes atiende el doctor en la semana? ¿Y qué paciente atendió el jueves a las siete?
—Atiende a dieciocho pacientes en la semana. Y no puedo informarle sobre el paciente del jueves, ni sobre ningún otro paciente. Eso está reservado y amparado por el privilegio médico–paciente, hasta donde tengo entendido. Mejor pregúntele al doctor —respondió sin vacilar.
—Sí, tiene razón, señorita Meléndez —dijo Anthony—. Quisiéramos hablar con el doctor. ¿Puede avisarle?
—Pero antes, respóndame algo: ¿tiene conocimiento de si la doctora Stark tenía algún seguro de vida?
—Bueno, eso debería responderlo el doctor también, pero puedo decirle que hace unos cinco años recibí aquí una póliza de vida para la doctora por cinco millones de dólares.
—Fiuuu… —silbó Robert—. Un buen motivo —dijo, mirando a su compañero.
—No crea eso —intervino la señorita Meléndez—. También llegó la del doctor por diez millones. Y me parece que fue la doctora quien las sugirió.
—Esta casa es muy elegante y amplia, debe costar una fortuna —dijo Robert.
—No sé su valor, pero es muy hermosa, el doctor trabajó codo a codo con el Arquitecto y el ingeniero, creo que hasta ayudó con algunos diseños, eso se le da —respondió Betty muy satisfecha.
—y debe tener una gran piscina y amplio jardín —especuló Robert.
—La piscina no es muy grande, pero el jardín es una obra de arte, orgullo del doctor.
—Ok, muchas gracias. Ha sido usted de mucha ayuda —agradeció Anthony—. Y por favor, avísele al doctor que queremos hablar con él.
—Lo siento, no puedo molestar al doctor cuando está con un paciente. Me lo tiene prohibido.
—Puede ser así en otra oportunidad. Dígale que somos el FBI y queremos hablar con él, por favor.
La secretaria tomó el intercomunicador:
—Doctor, unos agentes del FBI quieren conversar con usted. Es sobre la doctora.
Una voz respondió:
—Dígales que estoy con un paciente. Que regresen a la una y con gusto los atenderé. Me es imposible suspender esta terapia.
—Gracias, doctor —respondió ella.
—A la orden, Betty.
La secretaria se volvió hacia ellos:
—Ya lo escucharon. Por favor, regresen a la una.
—Sí, está bien. Muchas gracias. Volveremos a esa hora señorita. Ha sido usted muy amable —respondió Anthony.
—De nada. Los espero entonces a la una. Hasta luego.
* * *
A la una de la tarde regresaron y entraron a la oficina del doctor Stark, guiados por la secretaria.
Las paredes estaban revestidas con una boiserie de madera en franjas de dos tonos: la calidez clara del pino amarillo alternaba con la profundidad oscura del roble marrón, creando un patrón rítmico y simétrico que envolvía toda la estancia.
Lo primero que resaltaba eran los diplomas, títulos y reconocimientos del doctor, colgados en la pared detrás del escritorio: el título universitario de médico general, el de psiquiatra, dos diplomas otorgados por la Sociedad Médica de Nueva York y dos reconocimientos de la Sociedad de Psiquiatría.
También destacaba una biblioteca bien organizada, con obras como: Manual Americano de Psiquiatría, Niños psicóticos y sus familias, Curso de Psicología Positiva y Tratado de Criminalística.
En el único esquinero, colocado en la izquierda, había:
• En la parte superior, el símbolo de Psiquiatría.
• En el siguiente, una esfera terrestre de unos quince centímetros de diámetro.
• Luego, el emblema de la Sociedad Anticancerosa.
• Y en el último nivel, una cruz roja, una cruz verde y una estatuilla de Hipócrates.
Sobre el escritorio del doctor había una placa con su nombre. A un lado el péndulo de Newton marcaba el ritmo silencioso junto a la laptop, una libreta, un bolígrafo y un teléfono.
También había dos sillas frente al escritorio. Junto a la ventana, otras dos sillas flanqueaban una mesa con un tablero de ajedrez, y, por supuesto, el infaltable diván.
—Buenas tardes, doctor Stark. Yo soy el agente especial Anthony García, y él es el agente especial Robert Arlington —dijo Anthony, estrechándole la mano.
—Buenas tardes —saludó el doctor—. Trataré de ayudar en todo lo que pueda.
—Muchas gracias, doctor —respondió Anthony—. ¿Cuándo vio usted a su esposa por última vez?
—El jueves a las siete de la mañana, cuando entré a atender a mi primer paciente del día. Ella aún estaba aquí, por salir a su guardia en el hospital.
—¿Y no se comunicó con ella en todo el día?
—No. Lo normal es que, cuando ella está de guardia, no conversamos, salvo que haya una emergencia.
—¿Sabe si su esposa tenía algún enemigo? ¿Alguien que quisiera hacerle daño a ella o a usted?
—No que yo sepa. Era una mujer muy especial, maravillosa, excelente en su trabajo. No creo que tuviera enemigos.
—¿Tenía la doctora una póliza de vida?
—Sí. Ambos la teníamos. Ella por cinco millones y yo por diez millones, que se duplicaba en caso de muerte accidental o no natural.
—Wao… vaya montos —comentó Robert.
—Fue una sugerencia de mi esposa. Yo solo la complací.
—Bueno… y ahora recibirá diez millones de dólares por su muerte.
—No, déjeme informarle que el beneficiario de los seguros es la Fundación Stark. Pero de igual manera, aunque fuese para mí, ella vale más que diez o cien millones de dólares. La prefiero a ella… pero ya no está.
Al decir esto, se le aguaron los ojos.
—¿Tuvieron ustedes alguna pelea hace poco?
—No peleas. Como toda pareja, discutíamos, pero nos amábamos y siempre estábamos bien.
—¿No tienen hijos?
—No. Estábamos ocupados con nuestras carreras y trabajos.
—¿Cuánto llevaban de casados?
—Once años.
—¿Sabe si su esposa o usted conocían a Abigail Miller, a Greicy Harris o a sus esposos Tom y Sam? —preguntó Anthony deslizando muy despacio las fotos de las dos mujeres sobre el escritorio, mientras observaba con mucha atención la reacción del doctor.
El doctor Stark solo miró las fotos y respondió.
—A mí no me suenan los nombres de los caballeros. A las damas creo haber escuchado o leído sobre ellas en la prensa. No sabría decirle si Madeleine los conocía en el hospital, pero aquí no.
—¿Ha visto usted a alguien merodeando por los alrededores?
—La verdad, no he estado pendiente, pero me parece que no.
—Bueno, doctor, muchas gracias por su tiempo —agradeció Anthony. Entregándole una tarjeta le dijo—. Cualquier cosa que recuerde, y pueda ser de ayuda, le agradezco que me llame.
—Está bien. Muchas gracias.
Anthony le mostró las fotos a la secretaria y le preguntó:
—¿Ha visto a estas mujeres acá o las conoce de algún sitio?
—No me parecen conocidas, nunca las he visto.
Salieron de la casa del doctor Stark. Mientras caminaban hacia el vehículo, Anthony murmuró a Robert:
—Parece que en esta casa usan incienso en todas partes...