Entre sombras y huellas (Agente Anthony García 1) CAPITULO VIII
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CAPITULO VIII

Michael Stark, eminente doctor en Psiquiatría en la ciudad de Nueva York, de cuarenta años y un gran parecido con el actor Richard Gere cuando tenía esa edad, algo que le habían dicho infinidad de veces.

Cabello apenas canoso, ojos color café. Hombre de contextura media y un metro setenta y cinco de estatura.

Egresado de la Universidad de Harvard, con una maestría en Psicoterapia y autor de dos libros: Efectos de la psicoterapia en los psicópatas y Efectos de la psicoterapia en los sociópatas.

Estaba casado con la doctora Madeleine Stark, neurocirujana con cuatro años de experiencia. Trabajaba en el Hospital Big Manhattan, donde era jefa de cirugía, y además era presidenta de la Fundación Stark para el Control Epidemiológico.

La institución era pionera en la elaboración de estadísticas para la búsqueda, análisis, prevención y control de virus a nivel nacional e internacional y, en el desarrollo de nuevos medicamentos a través del laboratorio denominado Departamento de Investigación Científica, Bioterio y Protocolos Clínicos (DICIBIPROC).

La fundación agrupaba más de quinientos médicos estadounidenses asociados y unos tres mil a nivel mundial.

Madeleine era una hermosa mujer blanca de treinta y tres años. Cabello castaño oscuro que caía sobre sus hombros, grandes y hermosos ojos cafés. De contextura delgada.

Eran las seis y cincuenta de la mañana. El doctor Stark estaba en la recepción de su consultorio, ubicado en su casa, junto a su esposa y su secretaria. Le dijo a Madeleine:

—Bueno, mi amor, nos vemos mañana. Ya está por llegar mi paciente, voy a preparar todo.

Le dio un beso cálido y tierno.

—Hasta mañana, mi amor —respondió la doctora Stark.

«¿Qué tendrá que preparar? Si todo es oír y hablar…», pensó. «Será el té que les da antes de la consulta».

Esa noche le tocaría la guardia en el hospital, como todos los jueves. Aunque no estaba obligada a hacerlas, sentía que era su deber como médico.

Luego se dirigió a su secretaria:

—Cuando llegue el paciente, lo pasas de una vez, como de costumbre, Betty.

—Entendido, doctor —respondió la secretaria.

La doctora tomó asiento en la sala de espera y empezó a hojear una revista. A las seis y cincuenta y nueve llegó el paciente y Betty lo hizo pasar al consultorio. Madeleine se levantó.

—Betty, vamos a tomar café. Ya está listo.

A Madeleine le encantaba preparar café con leche por las mañanas, antes de salir al hospital o cuando estaba en casa. Según ella, hacía el mejor capuchino de Nueva York. Y por lo visto era así: su esposo, la secretaria y todos los amigos que lo habían probado lo confirmaban.

* * *

El Sr. Hyde estaba muy complacido con la apariencia que había logrado.

Se desplazó por el pasillo y, al llegar al final, vio en la pantalla que alguien pasaba por la calle.

Esperó a que esa persona doblara la esquina y salió.

Se dirigió al galpón, entró por la puerta pequeña y revisó que todo estaba preparado para su próxima víctima.

Conforme con todo, recogió algunas cosas, tomó una bici-moto y se marchó.

Luego de desayunar, a las siete y treinta, la doctora Stark se despidió de Betty y salió por la puerta que da al garaje. Encendió su vehículo y se marchó.

En la calle, el Sr. Hyde esperaba en la vía que ella acostumbraba tomar para ir al hospital.

Era una vía poco transitada. Cuando vio el vehículo acercarse, activó un dispositivo adherido a su cuerpo que derramó un líquido rojo semejante a sangre sobre su camisa, empapándola.

En la mano izquierda sostenía una jeringa con etorfina.

La doctora Stark se detuvo de inmediato. Hyde se montó en el vehículo sin darle tiempo a bajar. Ella, sorprendida, intentó revisar la herida y se inclinó hacia él. El Sr. Hyde le inyectó el contenido en el cuello. El efecto fue inmediato: ella perdió el conocimiento.

Con guantes de látex, Hyde la movió sin bajarla del vehículo.

Apagó el teléfono de la doctora. Luego bajó, guardó la bici-moto en la maletera, Se colocó en el asiento del piloto y condujo hasta el galpón.

Introdujo el vehículo, sacó a la doctora y la colocó sobre la mesa del fondo.

La desnudó, la sujetó con correas en cabeza, brazos y piernas, y la amordazó.

Le inyectó otra vez etorfina, para mantenerla dormida por varias horas.

Colocó la ropa en la lavadora y la programó.

Miró su reloj. Se quitó los guantes y el tapabocas, los colocó en un recipiente metálico, les prendió fuego y salió de prisa del galpón a pie.

* * *

A medianoche, el Sr. Hyde estaba frente al espejo contemplando su imagen y quedó conforme con su aspecto.

Avanzó por el largo pasillo, revisó las pantallas exteriores y confirmó que no había tráfico de personas ni vehículos.

Salió, cruzó la calle y entró al galpón.

Verificó de nuevo que no había sido visto por nadie y se dirigió al cuarto del fondo.

La doctora Madeleine Stark estaba allí, sujetada a la mesa. Como las otras, había forcejeado con las correas, pero no logró liberarse. Al verlo, un escalofrío terrible le recorrió el cuerpo. Intentó gritar, pero la mordaza se lo impidió. No podía mover la cabeza, los brazos ni las piernas.

Hyde, con guantes y tapabocas, sacó la ropa de la lavadora, la colocó en la secadora y la programó. Luego se acercó a sus pies y comenzó a acariciarla.

La doctora Madeleine estaba petrificada.

«¿Por qué me pasa esto? ¿Quién es este loco? ¿Qué va a hacer conmigo? Sí, ya lo sabía… ¡me va a matar como a las otras chicas de la prensa!» Intentó gritar, pero era inútil. Ni siquiera podía llorar.

«¿Por qué no presté atención a los anuncios del FBI?

Mujer caucásica, pelo castaño oscuro, entre veintiuno y treinta y tres años…

yo tengo treinta y tres. ¿Por qué me detuve?

Soy médico, no podía ignorar a alguien herido…

y Michael... si pudiera llamarlo» —suplicaba en su interior.

Estaba aterrorizada, quizás él era su única esperanza.

Hyde le quitó la mordaza. Ella gritó, pidió auxilio. Él sonrió y, con una voz ronca, casi un susurro, dijo:

—No servirá de nada. Nadie te va a escuchar. Esto pronto acabará.

—No tienes que hacerlo… soy médico, puedo ayudarte —dijo ella, intentando ganar tiempo.

—¿Por qué me haces esto?

Hyde no respondió. Colocó alrededor de su cuello un listón, lo pasó por debajo de la mesa y lo introdujo por el orificio.

Ella intentó soltarse, fue inútil.

—Puedo ayudarte… déjame ayudarte… —suplicó.

Hyde volvió a colocarle la mordaza.

—Ya no quiero escucharte más.

La miró a la cara mientras tiraba el listón hasta que observó cómo la vida se iba alejando del cuerpo de la mujer.

La doctora Madeleine lo miró a los ojos y sintió un escalofrío mortal.

Ahora sabía que moriría; sentía que la vida se le iba.

Moriría asfixiada, sin aire, como había visto morir a algunos pacientes con paro respiratorio sin poder hacer nada por ellos.

Se fue desvaneciendo poco a poco. ¡Se preguntaba «¡¿Por qué lo hacía? !» y se apagó.

Hyde mantuvo el listón hasta estar seguro de que había muerto. Tomó un marcador indeleble, levantó el lóbulo de la oreja izquierda de la doctora y colocó el símbolo… pero con una pequeña variación.

—Veamos qué tan inteligentes son —se dijo. Salió del cuarto y abrió la camioneta. Colocó el cuerpo adentro junto con la ropa y demás pertenencias de la doctora y los cubrió. Revisó las pantallas y observó las calles desoladas, entonces salió del galpón.

Después de unos minutos, Hyde llegó a un sitio cercano a un río.

Retrocedió hasta quedar cerca del borde.

Se calzó unas botas de talla más grande que la suya.

Sacó el cuerpo y los objetos de la doctora y los dejó en el suelo, con los brazos y las piernas alineados junto al cuerpo.

A su lado colocó todas sus pertenencias formando dos líneas largas. Lo observó por un rato.

Se montó en la camioneta y cambió su calzado.

Comprobó que no había miradas curiosas y se marchó.

Llegó al galpón, verificó que no había nadie alrededor y guardó la camioneta.

Revisó que no quedara nada. Sacó la bici-moto del vehículo de la doctora, observó las pantallas y cruzó la calle hacia su cuartico.

Se detuvo frente al espejo, se contempló por largo rato, suspiró, sonrió… y dejó de ser el Sr. Hyde.

* * *

El viernes en la mañana, luego de terminar la primera consulta, el doctor Stark salió con su paciente, se despidió de él y le indicó que lo esperaría el próximo viernes. Luego le preguntó a su secretaria:

—¿No ha llegado Madeleine?

—No, y es extraño. Siempre llega a más tardar a las ocho y media, y ya son las nueve —respondió la secretaria.

—Intenta comunicarte con ella, por favor. Veré lo del desayuno.

—Está bien, ya la llamo.

Marcó varias veces, pero siempre contestaba el buzón de voz. Se lo comunicó al doctor. Él intentó llamar también desde su teléfono, pero obtuvo el mismo resultado. Llamó al hospital.

Repicó cuatro veces y atendió una voz de mujer:

—Buenos días, Hospital Big Manhattan. ¿En qué puedo ayudarlo?

—Buenos días. Habla el doctor Michael Stark, esposo de la doctora Madeleine. ¿Puede comunicarme con ella, por favor?

—Lo siento, doctor, pero ayer la doctora tenía guardia y no vino a trabajar. Pensamos que estaba en su casa.

—No, acá no está. ¡Dice usted que no fue a trabajar ayer! ¿Por qué no se comunicaron conmigo?

—La doctora es la jefa de cirugía, y las veces que no viene no lo notifica. Por eso solo esperamos a que regrese —respondió la mujer.

—Ok, muy amable. ¿Cuál es su nombre, por favor?

—Soy la enfermera Montgomery.

—Muchas gracias, enfermera Montgomery —agradeció el doctor y colgó.

Se volvió hacia su secretaria.

—No fue a trabajar ayer… algo malo le ha pasado, Betty. Llamaré al 911.

Llamó e indicó que su esposa había desaparecido la mañana anterior. Le informaron que enviarían una unidad para hablar con él.