CAPITULO VII
Fran maniobró con mucha destreza y les dijo:
—Sujétense que vamos a perseguirlos.
A lo lejos se oían sirenas.
Anthony colocó la sirena en el Ford, buscó la frecuencia policial y dio aviso de la persecución. Proporcionó la descripción de ambos vehículos e indicó la dirección que tomaron. Además, notificó que tres agentes del FBI estaban tras el Dodge.
El Charger dobló a la derecha sin reducir velocidad. Frank imitó la maniobra. Los ocupantes del Dodge comenzaron a disparar. Frank esquivaba como podía. Anthony y Alizee sacaron sus armas, pero no dispararon: había demasiados transeúntes.
El Dodge entró en un derrape controlado para confundirlos, pero Frank reaccionó al instante. Volvieron a disparar. Frank esquivó. El Dodge dobló a la izquierda usando el freno de mano. Frank lo imitó.
Tomaron una vía menos transitada. Anthony y Alizee aprovecharon para disparar, acertando en los neumáticos. El Dodge se descontroló, se coleó, volcó y chocó contra una columna del elevado.
Tres hombres huyeron con bolsas de dinero. Anthony y Alizee los persiguieron. Frank se dirigió al vehículo: el chofer estaba muerto; el copiloto herido pero vivo. Lo sacó, lo esposó y recuperó dos bolsas de dinero. Llegaban patrullas. Frank pidió una ambulancia.
Anthony y Alizee seguían tras los fugitivos. Saltaron paredes y rejas. Los hombres dispararon; ellos se cubrieron y respondieron. Alizee aprovechó un buen ángulo y disparó al muslo de uno. Cayó gritando. Anthony acertó al hombro de otro. El tercero siguió huyendo.
Anthony esposó a los heridos. Alizee persiguió al último. Él tomó a una chica como rehén, apuntándole a la cabeza. Alizee se cubrió detrás de un vehículo, a seis metros.
—Ya se acabó. Baja el arma —ordenó.
—No. Baja tú el arma o la mato.
—Solo hay dos formas de salir de esto: vivo si te entregas, muerto si haces una tontería.
Anthony llegó y se cubrió junto a ella.
—Voy a salir y hablarle al descubierto. Si me apunta a mí, ya sabes qué hacer. Veamos esos cien puntos —susurró.
Anthony salió con el arma en alto.
—Tranquilo. Entrégate. Hasta ahora no has matado a nadie. No lo compliques.
El fugitivo seguía apuntando a la chica. Alizee no tenía buen ángulo.
Anthony dejó su arma en el suelo.
—Deja ir a la chica. Tómame a mí. Soy más valioso para negociar. Anda, déjala ir.
—¡No te acerques! —gritó el fugitivo, apuntándole.
Un disparo sonó. El arma del fugitivo cayó. Alizee había acertado en su antebrazo. La chica salió corriendo; Alizee la sostuvo.
—Tranquila, ya pasó. ¿Estás bien?
—Sí —respondió la chica abrazándola.
Anthony esposó al fugitivo.
—Vas a estar bien. Por ahora estás bajo arresto.
Llegaron patrullas. Agradecieron a Anthony y Alizee. Frank llegó con el Taurus.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó.
—Vamos al banco. Necesito cambiar la tarjeta. Luego pasamos por la comisaría a declarar —respondió Anthony.
—¿Crees que estén atendiendo? —preguntó Alizee.
—Puede que no, pero somos clientes especiales —sonrió Anthony.
—Cierto, eres primo del gerente —agregó Smith.
El banco estaba cerrado al público. Harry Marshall, el gerente, los vio y les permitió entrar.
—Gracias, chicos. Ya me contaron lo que hicieron. No sé cómo agradecerles —dijo Harry, emocionado.
—Solo hicimos nuestro trabajo —respondió Anthony.
Harry miró a Alizee.
—¿Y quién es esta increíble criatura? La vi en el bar, pero no me la presentaste.
—Alizee Rousseau —dijo ella, dándole la mano.
—Encantado, preciosa. Soy Harry Marshall. A tu disposición.
—Muchas gracias.
—Creo que alguien quiere ir preso también —bromeó Frank.
—Oh, alguien está celoso —rió Harry.
Anthony intervino:
—Harry, necesitamos nuevas tarjetas. Están por vencerse.
Harry tramitó las tarjetas y se las entregó.
—Gracias, Harry. Hasta la próxima.
Antes de salir, Anthony se giró.
—Sé lo que hiciste —le dijo señalándolo.
Harry sonrió.
—No se te escapa nada, ¿eh? —hizo un gesto como lanzando una flecha.
Anthony negó con la cabeza y salió.
* * *
Al llegar a la oficina los recibieron con aplausos. El jefe llamó a Anthony a su oficina. Este le contó lo sucedido y que sabía que no era un caso para ellos, pero fue la premura del momento y actuaron.
—Está bien. Yo creo que hubiera actuado de la misma manera —dijo el jefe— pero no estaban preparados para esa situación, no llevaban chalecos.
Fue bastante peligroso y tú eras el de mayor jerarquía en ese vehículo.
Lo más importante debe ser siempre tratar de preservar la vida de los agentes y de los civiles; cumplir con el deber, pero sin exponerse.
—Sí lo sé jefe, pero como le dije, vimos que se montaron en el vehículo y los seguimos.
Las patrullas no hubieran visto hacia donde se dirigían.
Ellos le llevaban bastante ventaja; si no los seguimos puede que hubieran escapado.
Tendrían otro vehículo esperando para continuar la huida y luego de cambiar de automóvil no se hubieran podido rastrear —explicó Anthony.
—Sí lo entiendo. Y déjame felicitarlos a los tres, aparte de la falta de los chalecos fue un excelente trabajo.
—Gracias jefe. El mayor mérito lo tienen Frank y Alizee; Smith, por la destreza que demostró durante la persecución, y Rousseau, por la habilidad y contundencia de sus certeros disparos. Ambos fueron fundamentales —respondió Anthony y salió de la oficina.
—Felicitaciones de parte del jefe —les dijo a los otros dos agentes y sonrió, y estos respondieron con un saludo oficial, con la mano a la frente.
Esa tarde, cuando regresaba a casa, Alizee entró en una tienda para hacer unas compras. En el momento de realizar el pago se percató de que tenía la tarjeta de Frank, al parecer Harry se las dio equivocadas y no se fijaron —supuso ella—. Entonces decidió llamarlo; repicó dos veces y Frank atendió:
—Smith —como de costumbre, siempre dice su apellido al contestar el teléfono.
—Hola Frank.
—Hola, Alizee. No vi que era tu número, pero el que debe llamar para una cita soy yo.
—Vaya machista, y ya quisieras tú, revisa tu tarjeta de débito —le sugirió Alizee.
Frank verificó y vio que tenía la de ella:
—Sí, tengo la tuya. No me había fijado, ¿dónde estás? para llevártela —se ofreció él.
—Estoy en el Costco que está al norte.
—Ok, estoy cerca. Nos vemos allá en unos minutos.
—Ok, te espero —respondió ella.
Frank llegó al Costco y la vio en una de las cajas. Mientras caminaba hacia ella pensaba en lo hermosa que era. Se saludaron, le entregó la tarjeta y recibió la suya. Esperó que la chica pagara y le dijo:
—Esto se merece un café o un trago, lo que prefieras. ¿Qué me dices?
—Ok, me anoto con el café —respondió aquella y salieron.
—¿Tu carro o el mío? —consultó Frank.
La chica solo respondió:
—Sígueme.
Se montaron en el carro de Alizee y arrancaron.
Frank le dio instrucciones para la cafetería y a los pocos minutos estaban sentados en una mesa para dos.
«Es un lugar demasiado romántico para la ocasión» —pensó ella— «pero bueno, a ver cómo va.
No le resulta nada indiferente Frank. Siempre le han llamado la atención los hombres con sus características, pero son compañeros de trabajo.
¿Cómo lidiar con eso?» —se preguntaba cuando Frank le dijo:
—Háblame de ti.
—Me llamo Alizee Rousseau. Me encanta la pizza cuatro quesos y trabajo para el FBI —dijo esto y sonrió. Frank podría jurar que es una de las sonrisas más lindas que ha visto en su vida.
—Jamás lo hubiera adivinado —rió él—. Yo soy Frank Smith, trabajo en la UAC. Y… me gusta mucho una compañera de trabajo.
Ella se sonrojó.
—¿Seguro que quieres hacer esto? Trabajamos en la misma unidad. ¿No está prohibido?
—Como regla general sí, pero aquí hubo un precedente. A la Sra. Kennedy y el jefe y les dieron autorización.
—Vaya… es bueno saberlo. Pero me da como un sustico adicional de solo pensarlo —respondió ella mostrando una linda sonrisa.
—A mí también, pero eso lo hace más emocionante, ¿no crees? —y agregó:
—Me alegra saber que lo has pensado —sonrió y acercó su mano a la de ella. Alizee no sabía si quería quitar o dejar la mano; optó por dejarla.
—Y ese nombre y apellido, ¿es francés, verdad?
—Sí, Rousseau. Mis padres son de allá, vinieron jóvenes y se quedaron.
Conversaron toda la noche. Cuando se hizo tarde, Alizee dijo:
—Debemos irnos. Compré carne y se dañará.
Frank pagó y caminaron al carro.
—No me mires tanto. La próxima manejas tú —dijo ella.
—Es que eres tan hermosa que no puedo dejar de verte. Y sí, la próxima manejaré yo… así, tú podrás mirarme —sonrió con picardía.
—Qué engreído —rió ella.
Llegaron al Costco. Ella detuvo el vehículo. Frank se acercó despacio para besarla. Ella lo besó en la mejilla.
—No beso en la primera cita… pero lo compenso en la segunda —susurró, dándole otro beso.
Frank sonrió.
—¿Mañana será muy rápido para la segunda cita?
—No sé… yo pensé que podía ser hoy —miró el reloj.
Frank también miró su reloj.
—Sí… ya es mañana o es hoy como sea. Eso quise decir. El tiempo pasó volando.
—Para mí también. Gracias. Fue una noche maravillosa —dijo ella, lanzándole un beso.
Frank hizo el gesto de atraparlo y guardarlo en el corazón. Ella sonrió y se marchó. Él se quedó pensando:
Hubiera sido maravilloso saber a qué saben esos labios.
A la mañana siguiente, Frank hacía el intento fallido de no mirar mucho a Alizee.
Ella, en cambio, ni siquiera lo intentaba; hasta se acomodó en su escritorio para poder verlo mejor, organizando los artículos de tal manera que no le impidieran la visión hacia el sitio de Frank.
Recordó el momento en que el jefe la había presentado; desde ese primer instante Frank le había parecido un hombre muy atractivo.
Terminado el día, cuando todos se marchaban, Frank llamó a Alizee:
—Te invito a cenar, ¿te parece?
—Sí, está bien. ¿Dónde? —respondió ella.
—En la Quinta Avenida, hay un restaurante francés en la esquina sur.
—Perfecto, nos vemos allá.
Unos minutos después, Frank ya la esperaba sentado en una mesa para dos. Al llegar Alizee, él se levantó, la recibió con un beso en la mejilla y le preparó la silla.
—Todo un caballero —dijo ella sonriendo.
—Cuando la circunstancia lo amerita, por supuesto que sí.
Pidieron una copa de vino y ordenaron la cena. La conversación fluía con una facilidad asombrosa; les resultaba natural hablar de cualquier tema. En un momento de confianza, Alizee le preguntó:
—¿Por qué un hombre como tú está solo?
—No ha llegado la adecuada —respondió Frank con sinceridad—. Además, no es fácil mantener una relación con esta profesión. Las parejas siempre están ansiosas, temen recibir una mala noticia en cualquier momento… por lo general es difícil que dure.
—A menos que ambos tengan la misma profesión —sugirió Alizee—. Así cada uno entiende al otro, ¿no crees?
—Bueno, nunca lo he probado, pero podrías tener razón.
Frank acercó su mano y la colocó sobre la de ella; Alizee respondió entrelazando sus dedos.
—¿No te da miedo que se enteren y podamos perder nuestras carreras? —preguntó ella en voz baja.
—No creo que eso pase en la UAC. Como ya te conté, tenemos una excepción por un precedente: el de la Sra. Kennedy que ahora está retirada, sostuvo una relación con el jefe mientras estaban en la unidad. Se los permitieron y terminaron casándose. De eso ya hace años.
—Vaya… es bueno saberlo, y terminaron casándose es la parte que más me gusta —admitió ella, mientras lo miraba llena de espenza. Él solo sonrió.
Se hizo tarde y, tras pagar la cuenta, salieron del restaurante.
Frank la acompañó hasta su casa en su vehículo.
Al llegar, él se bajó para abrirle la puerta y la ayudó a salir.
Se quedaron frente a frente, tomados de las manos.
Frank la besó. Ella correspondió y pasaron un buen rato entregados a ese beso.
—Sabes que en verdad me gustas mucho —le susurró Frank antes de besarla otra vez.
—Tú también me gustas mucho —respondió ella separándose un poco.
Se miraron con dulzura y ella, con un leve rubor en las mejillas, comentó:
—Creo que este ha sido el beso más largo de la historia… y en serio me gustó.
—A mí me está pareciendo muy corto. Ambos sonrieron. Él la miró con mucha ternura y le dijo: —Esa sonrisa me mata.
—Ah, no, entonces no sonrío más, no quiero que te mueras —bromeó ella tapándose la boca.
Frank regresó para un beso más y sentenció:
—Pues moriría feliz.
Alizee entró a su casa y se quedó recostada de espaldas a la puerta, suspirando. Al percatarse de que su madre la observaba, fue hacia ella y la abrazó con fuerza.
Mirar a la madre de Alizee era como ver un espejo de su propio futuro: una mujer que aún se conservaba hermosa.
—¿Cómo estás, mi niña? —le preguntó su madre mientras la estrechaba.
—Feliz, mamá. Muy feliz. También por que tu estas aquí claro.
Al día siguiente, Anthony revisaba expedientes en la oficina. En cuanto vio llegar al jefe, esperó a que entrara a su despacho y fue tras él.
—Jefe, si dos agentes de la misma unidad tuvieran una relación, ¿qué inconveniente traería eso?
El jefe suspiró y se tomó un momento antes de responder:
—Sabes que es contra las reglas, Anthony.
Es riesgoso. Si un criminal lo supiera, podría usar esa ventaja en un momento crucial.
Además, si uno es sometido en un operativo, el otro dejaría de actuar de manera racional, poniendo en peligro a todo el equipo.
Sin embargo, ya ha sucedido en algunos casos.
Depende mucho de la integridad de los agentes involucrados para decidir si es perjudicial o no. Pero… ¿por qué me preguntas esto?
—Por nada, jefe. Solo para saber su opinión en un supuesto dado.
El jefe lo miró con insistencia, conociendo bien a su mejor agente:
—Tú nunca preguntas algo «por nada», Anthony. Algún motivo debes tener, pero si dices que no es necesario comentarlo, está bien.
—Sí, no se preocupe. Es seguro que no será nada importante.
Anthony salió de la oficina justo en el momento en que Frank y Alizee venían llegando juntos. Su mirada y sus gestos fueron suficientes. Anthony entrecerró los ojos y esbozó una ligera sonrisa, pensó: «Creo que sí era por algo, jefe».
Al bajar las escaleras, su atención se fijó en la cartelera. Su rostro palideció y, en un leve susurro, dijo:
—Ya han pasado tres meses…