CAPITULO VI
Luego de cinco semanas del hallazgo del cuerpo de la segunda víctima, todo sigue igual.
Ya hay certeza de que se trata de un asesino en serie: el modus operandi ha sido el mismo en ambos casos.
Secuestra a las víctimas y, luego de unas horas, las asfixia apretando algo alrededor de su cuello hasta que mueren.
Tiene preferencia por mujeres caucásicas con cabellos y ojos castaños oscuros; ambas víctimas eran casadas y no tenían hijos.
Una víctima de veintiún años y la otra de veintisiete; seis años de diferencia entre una y otra, al parecer el asesino tiene un trastorno obsesivo-compulsivo con el número seis.
Anthony continúa revisando los expedientes a diario a ver si logra ver algo más. Revisa los informes, las fotos; de las huellas, de las chicas y de los lóbulos de las orejas de cada una, con el símbolo dejado por el asesino.
—Epa, latino, ¿no vas a la práctica? No quieres que te ganen —le gritó Smith.
—Claro que voy. Sabes que son obligatorios los ejercicios de tiro, como la clasificación de pistola a la que vamos ahora. Y no es una competencia, es un deber para mantenerte en forma.
—Correcto, eso mismo digo yo, pero es porque sé que no puedo ganarte a ti. Pero mírale el lado positivo: ya no seré más el segundo, ahora soy el tercero… tú me desplazaste —dijo esto y soltó una carcajada.
—Madura, Frank. Sabes que no es importante para mí si soy el primero o no; solo quiero hacerlo bien.
—Ok, está bien, pero no te enojes.
Robert fue el primero en entrar. La práctica constaba de tres niveles de dificultad creciente.
En el primero, quince figuras aparecían de repente desde las paredes, ventanas o techos: delincuentes armados, desarmados y civiles.
Los delincuentes armados debían ser impactados en cabeza o tronco; los desarmados, solo en las extremidades.
Disparar a un civil restaba puntos valiosos.
El segundo nivel se desarrollaba en penumbra.
El agente, con arma y linterna, debía identificar la amenaza por el sonido y decidir en segundos si disparar.
El tercer nivel era el más exigente: con chalecos y pistolas de pintura, debían enfrentarse a diez personas que aparecían de repente; algunos eran atacantes y otros aliados.
La prueba finalizaba en el polígono con cinco disparos de precisión: cabeza, corazón y hombros.
Robert cometió errores típicos: le disparó a un civil confundido por la penumbra y recibió varios impactos de pintura, terminando con ochenta y siete puntos. Le siguió López con noventa y un puntos, luego Smith con noventa y seis puntos, y Stuart, que obtuvo un setenta y nueve y bromeó:
—Y eso que odio las armas.
Incluso el jefe participó, logrando noventa y tres puntos.
Entonces llegó el momento esperado por todos: el turno de Anthony.
Entró con su seguridad habitual. En el primer nivel obtuvo la puntuación máxima de veintisiete; en el segundo, los treinta y tres puntos posibles.
En el último nivel, estuvo a punto de ser perfecto, pero un delincuente desarmado intentó agacharse justo cuando Anthony disparaba, y el impacto le dio en la cabeza en lugar del hombro. Terminó con noventa y nueve puntos.
Todas las expectativas se centraron entonces en Rousseau. Alizee entró al primer nivel y sacó los veintisiete puntos; en el segundo, obtuvo treinta y tres, y en el tercero completó la hazaña con los cuarenta puntos restantes para un resultado perfecto de cien.
—Sí, latino, llegó la horma de tu zapato —dijo Robert sonriendo.
—Ella es excelente disparando, no hay que dudarlo —admitió Anthony con respeto.
—Bueno, chicos, nos vemos en "Encuentros" para celebrar que saqué setenta y nueve —invitó Stuart, rompiendo la tensión.
—Buena idea —dijo el jefe—. Pero recuerden el límite de alcohol si van a manejar.
Minutos después estaban en la mesa de siempre en el bar Encuentros.
—Propongo un brindis por la mejor tiradora de la UAC, Alizee Rousseau… y por la peor, o sea yo —dijo Stuart, provocando risas.
Brindaban y conversaban con entusiasmo. Anthony se quedó mirando la puerta y una sonrisa cariñosa inundó su cara. Todos voltearon. Una joven blanca, de unos veintisiete años, cabello castaño oscuro, delgada, sonreía y saludaba con la mano.
Anthony se levantó de inmediato, la abrazó y la llevó a la mesa.
—Chicos, esta es mi hermana, Natacha García.
—Latino, tu hermana es mucho más bonita que tú —comentó Robert.
—Muchas gracias, eso siempre nos lo han dicho —respondió Natacha con una sonrisa.
—Eso depende del color del cristal con que se mire —dijo Stuart—. Habrá quienes piensen diferente, ¿no creen?
—Mi hermano es lindo, eso nadie lo puede negar… pero yo soy más linda —dijo Natacha, soltando una carcajada. Todos rieron.
—Lo siento, chicos, tengo que dejarlos. Voy por Jennifer para ir a cenar —anunció Anthony.
Ya en el vehículo, Anthony preguntó:
—¿Y eso? ¿Por qué no avisaste? Te hubiera buscado en el aeropuerto.
—Quería darte la sorpresa. Ya los extrañaba. ¿Y cómo está Jennifer?
—Muy bien. ¿Y tú?
—Bien, con ganas de descansar unos días.
—Me imagino. Voy a llamarla.
Marcó. Dos timbrazos.
—Hola, cariño —respondió Jennifer—. ¿Cómo estás, aún con los chicos?
—Bien, mi amor. ¿Quieres ir a cenar?
—¿Y eso qué pasó?
—Nada… te tengo una sorpresa.
—Está bien, ya bajo.
—¡Hola! ¿Cómo estás? —le dijo Natacha a Jennifer al verla entrar en el auto.
Jennifer, muy emocionada, la abrazó y le respondió:
—Yo estoy bien. ¿Tú cómo estás? ¡Y ese milagro!
—Bien, de vacaciones. Voy para Miami —respondió la joven.
—¡Qué maravilla! Hay que visitar a los papás que están solitos. ¿Y cómo va todo con la carrera?
—Bien. Ya culminé, soy pediatra general.
—Me alegro mucho, niña genio —dijo Jennifer con una sonrisa.
—Esto hay que celebrarlo —añadió Anthony.
—Deberíamos acompañarla, hace tiempo que no veo al señor José y a la señora Yuly.
—Ahora no tengo chance, estoy muy ocupado —respondió él con pesar—, pero al terminar este caso, vamos.
—Cierto... un loco matando mujeres que, de paso, se parecen a mí —comentó Natacha con un escalofrío.
—Sí, y la última que asesinó tenía tu edad —asintió Anthony con gravedad.
—¡Wow! Mejor me voy de aquí pronto, aunque sé que tú me protegerás.
—Claro que sí. ¿Qué te gustaría comer, Naty? —preguntó Anthony.
—¡Pizza! —dijeron las dos al unísono.
—Es lo que más le gusta en el mundo —agregó Jennifer, soltando una carcajada.
De camino a la pizzería, Jennifer preguntó: —¿Cómo te fue en la práctica, mi amor?
—Bien, como siempre. Saqué noventa y nueve.
—Y... —Jennifer intentó recordar el apellido de la agente nueva, pero no lo consiguió—. ¿Cómo le fue a la chica nueva?
—Alizee Rousseau —aclaró Anthony—. Sacó cien.
—¡Wow! Sí que es buena —dijo Jennifer.
—¿Es una nueva? ¿Y qué edad tiene? —preguntó Natacha.
—Veintitrés años. Es excelente, tiene un futuro brillante en la UAC.
Jennifer y Natacha se miraron con una mueca de asombro. Al llegar al local, Jennifer le dijo a la joven:
—Ahí tienes, Naty, todo lo que puedas comer.
—Sí, ya vi —respondió ella—, pero tampoco es que yo coma tanto.
—Comes más que yo, y yo como bastante —dijo Anthony—. Es más barato comprarte un traje que invitarte a comer.
Las carcajadas no se hicieron esperar.
—Lo único que te llevas es lo que te comes —respondió Natacha—. Y como no engordo, aunque me coma un elefante… ¡a comer!
La velada transcurrió entre risas y anécdotas.
Al llegar al apartamento, Jennifer ofreció té y todos aceptaron. Mientras ella estaba en la cocina, Anthony se quedó observando a su hermana con nostalgia.
—Recuerdo cuando aún eras una niña y ya jugabas con las muñecas como si fueras la doctora que las curaba —sonrió él.
—Y yo recuerdo cuando tú irrumpías en mi hospital gritando: "¡FBI, FBI! ¡Están todos arrestados!". —Ambos rieron—. Y míranos ahora... por lo menos yo cumplí mis sueños.
—Yo también, no me quejo. ¿Y cómo está tu vida sentimental?
—Mmm… mejor no hablo de eso. He estado muy ocupada y el tonto que me gusta está más ocupado que yo... quizá ni le gusto.
—Tendría que estar ciego para que no le gustes, eres hermosa —la alentó Anthony.
—Puede que esté ciego en lo sentimental. Es un neurocirujano de primera, muy dedicado a su trabajo y es tan lindo... Gilbert se llama. —Natacha suspiró—. Ya les ha dicho a algunas enfermeras que soy la pediatra más linda que ha visto, pero no se lo dice a quién debe.
—Tranquila, que lo que es del cura va para la iglesia —dijo Anthony—. Ya aterrizará y se dará cuenta de que estás ahí.
Jennifer regresó con el té y comentó:
—Los escuché. Ya verás que estos días sin verte harán que se decida a invitarte. Seguro lo que le falta es un empujoncito y estas vacaciones se lo darán.
—¿Tú crees? Ojalá, porque de verdad es lindo.
—Y dime... ¿es soltero, divorciado o viudo? —preguntó Jennifer con curiosidad.
—Es soltero. Tenía una novia, pero terminaron hace años porque él se dedicaba demasiado al estudio. Pero ya es neurocirujano y yo terminé el posgrado, así que ahora tendría mucho tiempo para él. —Natacha soltó una carcajada y todos rieron con ella.
—Bueno, es hora de dormir —dijo Anthony.
Jennifer preparó el sofá cama con sábanas limpias y un cobertor para el frío; sabía que a Natacha le gustaban los cobertores, aunque tuvieran calefacción.
Se dieron las buenas noches y se acostaron pues tenían que madrugar porque el vuelo de Natacha salía a las 5 de la mañana.
En la madrugada, Anthony y Natacha se despidieron de Jennifer.
Natacha los vio darse un beso de despedida, suspiró y les dijo:
—Hacen una linda pareja. Nunca me cansaré de decírselos.
—Gracias —respondieron ambos.
En el camino, Natacha preguntó:
—¿Cómo va el caso?
—Complicado. No hay pistas ni sospechosos. Tenemos un perfil, pero nadie encaja… o todos encajan.
—¿Cuáles son las características?
—Hombre caucásico, entre veintisiete y cuarenta o quizá cuarenta y cinco años. No violento en apariencia y no demuestra apetito sexual por la víctima —expuso Anthony y añadió.
—Además, presenta un trauma o decepción no violenta con su madre o hermana mayor, pero suficiente para odiar a las mujeres. No es musculoso y al parecer, tiene un trastorno obsesivo-compulsivo con el número seis.
—¡Uy, que miedo! Me mantendré pendiente —dijo ella.
En el aeropuerto, se abrazaron largo rato.
—Te quiero mucho, hermanita. Avísame cuando salgas y cuando llegues.
—Yo también te quiero, hermanote. Te aviso. Estaré bien.
Él la vio entrar a la zona de abordaje.
Tras el paso de las horas, Anthony recibió los mensajes de Natacha, escalonados: uno al despegar, otro al llegar, y otro más cuando estaba con sus padres. Anthony llamó, conversó con ellos y les dijo que pronto los visitaría
* * *
Anthony llegó a la oficina antes de las ocho de la mañana y esperaba que arribara el jefe para avisarle que debía ir al banco a cambiar su tarjeta de débito, que estaba por vencerse.
Todos los agentes ya habían llegado.
No han avanzado nada con el Estrangulador Numérico y el tiempo sigue corriendo… Anthony pensaba: «Hay una mujer en peligro, pero ¿dónde? ¿Cuándo? Ya han pasado casi tres meses y no hay rastro del asesino».
Llegó el jefe y Anthony le informó que iría al banco. Smith dijo que lo acompañaría porque estaba en la misma situación y Rousseau se unió también: los tres usaban el mismo banco.
Salieron. Smith se ofreció a manejar. Era un experto al volante; había participado en carreras legales e ilegales. No estaba orgulloso de eso, pero sí de lo que aprendió.
De adolescente estaba obsesionado con los autos y quería manejar como su primo, el rey de las carreras clandestinas, hasta que un accidente lo dejó sin un brazo.
Desde entonces, se convirtió en el maestro de Frank, y como tenía talento natural para manejar, aprendió todos los trucos: derrapes, frenadas inversas, giros de 180 grados y más.
—Está bien, pero en tu carro. El Altima no está hecho para que tú lo manejes —dijo Anthony.
—De acuerdo —respondió Frank sonriendo.
Los tres subieron en el Ford Taurus negro que acostumbraban a usar Frank y López, equipado con motor 3.5 V6 turbo, un vehículo por encima del estándar operativo del Buró.
—¿Cómo te sientes en la UAC, Alizee? —preguntó Frank mientras avanzaban.
—Bien, intentando adaptarme y aprender de los mejores. Estoy segura que será un entrenamiento muy provechoso para mí.
—Gracias por lo que me toca —dijo Frank—. Solo tratamos de hacer lo correcto.
—Estoy de acuerdo —intervino Anthony—. Ya eres parte del grupo. Aquí nos apoyamos todos. Somos una familia.
—¿Y aún no tienes novio? —preguntó Frank.
—No, sigo esperando por…
—Mejor dejen eso para otro momento. Ya estamos llegando. Busca donde estacionar —intervino Anthony.
Frank encontró un espacio para estacionar, pero un Dodge Charger pasó a toda velocidad y se detuvo frente al banco. Cuatro hombres salieron de la institución corriendo, armados, con pasamontañas y chalecos antibalas. Se montaron en el Dodge y arrancaron. Frank no lo pensó y aceleró detrás de ellos…