CAPITULO V #2
—Bien, muchacho. Muchas gracias.
—Por nada, solo hice mi trabajo. Tome, cobre la crema y el jugo.
—No, deja eso así, está bien —le dijo Joe.
—No, tome, cobre. Tenga diez dólares y déjelo así. Gracias, Sr. Joe —respondió Anthony, y se marchó hacia la comisaría.
Luego de narrar lo sucedido, Anthony salió de la comisaría y se dirigió a su apartamento. Se sentó en la sala y se sirvió un whiskey; estaba bastante cansado. Una larga ducha era su único plan y aspiraba a dormir como un lirón. Tomó el celular y marcó a Jennifer. Al segundo repique, ella respondió:
—Hola, cariño, ¿cómo estás?
—Bien, linda. ¿Y tú cómo estás?
—Muy bien... y un poco más sabia.
—Me alegro, esa era la idea. —Anthony esbozó una leve sonrisa—. Y, por fin, ¿vienes mañana?
—Sí, ya tenemos todo listo. Tendremos una reunión en la tarde y luego partimos; a eso de las siete debemos estar llegando. Mi papá me llevará al apartamento.
—Perfecto. Te extraño... voy a tomar una ducha y a dormir, estoy muy cansado.
—También te extraño. Está bien, trata de descansar. Sé que cuando tienes casos como el de ahora casi no duermes, pero ya estaré mañana allá para animarte y mimarte. —Rio ella con picardía al decir esto.
—Exacto, soñaré con eso y seguro dormiré muy bien. —Él también rio—. Bueno, hasta mañana, mi amor. Un beso... te amo mucho.
—Hasta mañana. Yo te amo más —respondió ella devolviéndole el beso.
Terminó de beber el whiskey que se había servido y tomó una ducha. Se tumbó en la cama, centró su mente en los recuerdos de Jennifer y, poco a poco, cayó en un profundo sueño.
* * *
Anthony se levantó con la alarma del reloj.
Pudo dormir un poco; despertó algunas veces, pero había descansado mejor que los días anteriores.
Salió de la cama, se aseó y se puso una franela sin mangas con un mono deportivo para salir a trotar.
Tras unos calentamientos en el apartamento, tomó su celular, su placa y salió a la calle.
Acostumbraba a hacer un recorrido de cinco kilómetros de ida y vuelta para completar los diez.
En su trayecto siempre encontraba a otras personas trotando, a veces jóvenes y niños, pero esta vez vio a una chica de unos dieciocho años que estaba del otro lado de la calle, atemorizada por un perro que le ladraba.
«Es un rottweiler de esos que meten miedo», pensó Anthony.
Cada vez que la chica intentaba moverse, el perro gruñía. Estaban frente a la planta baja de un edificio pequeño de unos cinco pisos, con una cerca de alambre y la puerta abierta. Anthony notó que movían la cortina de la ventana que daba a la calle y la soltaban de inmediato.
La chica gritaba hacia la planta baja preguntando si el perro pertenecía a alguien de allí, pero nadie salía. Anthony vio cómo levantaban la cortina y la dejaban caer de nuevo, pero nadie respondía.
Tomó su celular y llamó a la perrera municipal. Se identificó, dio la dirección y les advirtió que era urgente.
Mientras esperaba la reacción de los ocupantes de la planta baja —aunque sospechaba que el perro era suyo—, vio el camión de la perrera doblando al inicio de la avenida; al parecer, estaban cerca.
Cruzó la calle y le dijo a la joven que se quedara tranquila, que ya se iba a resolver. Recogió un pedazo de madera de la acera y se acercó. El perro lo miró, se volteó hacia él y comenzó a ladrarle y emitir un gruñido profundo.
Anthony notó que el animal llevaba collar. «No es callejero», confirmó para sí mismo.
La chica intentó dar un paso, pero el perro se volvió hacia ella gruñendo e intentando morder.
Anthony hizo un movimiento rápido con los pies para atraer su atención y el perro volvió a encararlo.
En ese momento, abrieron la puerta del apartamento de la planta baja y salieron dos jóvenes, uno de unos quince años y otro de dieciocho.
Se acercaron y Anthony, con un movimiento firme, cerró la puerta de la cerca.
El mayor de los jóvenes llamó al animal: —¡Ven, Nerón!
El perro volteó, pero siguió ladrando y gruñendo a la chica.
El menor entró de nuevo al apartamento. El otro joven volvió a llamar al perro y este se dirigió hacia la reja, pero Anthony le impidió el paso.
En ese instante llegó el camión de la perrera; los funcionarios bajaron con el lazo metálico que usan para capturar animales peligrosos.
El joven de dieciocho años intentó abrir la puerta de la cerca.
—¡Ese es mi perro! —exclamó.
Anthony bloqueó el acceso con firmeza.
—¿Ahora es tu perro? La joven tiene rato llamando, te asomas a la ventana y no respondes. ¿Te parece divertido?
El otro joven salió con un bate y se lo entregó al mayor.
—Mejor te quedas tranquilo —le advirtió Anthony—. Se van a llevar al perro y tú irás a recuperarlo a la perrera.
—Nadie se va a llevar a mi perro —respondió el joven, levantando el bate en un gesto amenazante.
Anthony sacó su placa con calma y sentenció: —Soy del FBI. Si no quieres que te arreste ahora mismo, mejor quédate tranquilo.
El joven soltó el bate de inmediato.
—Lo que sí debes hacer es madurar —agregó Anthony—. Ya no tienes edad para estas estupideces y, además, le das un pésimo ejemplo a tu hermano. Ve a la perrera el lunes, paga la multa y recupera a tu animal.
Los funcionarios capturaron al perro, que se resistía con furia, le colocaron un bozal y lo subieron al camión. Cerraron las puertas y se marcharon. Los jóvenes, impotentes y consumidos por la rabia, no pudieron hacer nada más. La chica miró a Anthony con alivio y le dio las gracias.
—Por nada —respondió él—. Cualquiera en mi lugar hubiera hecho lo mismo.
Luego de cumplir los diez kilómetros, Anthony volvió al apartamento, se duchó y preparó su desayuno.
Pasó el día revisando en su mente, las evidencias del caso, ojeó libros de psicología y un tratado sobre conducta criminal.
Almorzó comida refrigerada, aun sabiendo que a Jennifer no le gustaba que lo hiciera, pero no estaba de ánimo para cocinar ni para salir.
A las siete y veinte escuchó que destrancaban la puerta. Se levantó de inmediato para recibirla; su corazón latía de prisa y sentía un alboroto en el estómago.
—Parezco un chiquillo —se dijo.
Cuando ella entró, se miraron a los ojos. Jennifer soltó lo que traía en las manos y saltó hacia él, rodeándolo con sus brazos y piernas mientras se besaban con pasion. Siguieron besándose hasta acurrucarse en el sofá, donde hicieron el amor de forma desenfrenada.
Permanecieron abrazados, en silencio, durante unos diez minutos. Luego, ella le susurró: —Me encanta cada vez que regreso de alguna conferencia, o cuando tú vuelves de un caso tras varios días separados. Es como la primera vez... me enloqueces, quisiera comerte —y volvió a besarlo.
—A mí también me gusta —respondió él—. Bueno, en realidad me gusta siempre, pero es cierto que es más rico después de varios días sin vernos; es más intenso.
—Vamos a tomar una ducha —sugirió ella.
Lo tomó de la mano y lo guio hacia el baño. Hicieron el amor esta vez bajo el agua. Todo fue despacio con mucha ternura y disfrutando cada momento. —Así también me vuelves loca —dijo ella, con un hilo de voz.
—Sí, lo sé... y tú a mí también —respondió él.
Prepararon la cena entre los dos y pasaron el resto de la noche conversando. Se fueron a la cama, donde se amaron una vez más hasta quedar exhaustos, para luego caer en un sueño profundo.