CAPITULO V
En el camino hacia su apartamento, Anthony llamó a Jennifer Marshall, su novia.
Era una mujer de piel canela clara de veintiocho años, con un sedoso cabello ensortijado, unos preciosos ojos verde esmeralda resaltaban en un rostro perfecto.
De figura esbelta y un metro setenta y nueve de estatura, Jennifer era abogada egresada de Harvard y asistente del Fiscal de Distrito.
Se habían conocido cuatro años y medio atrás, durante un juicio en el que Anthony participó como testigo experto en criminalística. Desde ese día quedó flechado por aquella diosa, como pensó entonces, y para su sorpresa, él tampoco le resultó indiferente.
Tres días después volvieron a verse en la Comisaría de Nueva York.
Apenas se saludaron, pues ella iba acompañada del Fiscal de Distrito.
La tercera vez fue en el banco donde Anthony tenía su cuenta.
Había ido a solicitar una nueva tarjeta de débito y se encontró con Harry Marshall, subgerente del banco… y con ella.
—Tú como que me estás acosando —le dijo Jennifer sonriendo.
—No —respondió él—, pero lo estoy considerando.
—Hey, hey, hey —intervino Harry—. Mejor no te metas con mi prima.
—¿¡Es tu prima!? Qué pequeño es el mundo… jamás pensé terminar siendo el acosador de la prima de mi banquero —bromeó Anthony, guiñándole un ojo a Jennifer.
Se presentaron de manera formal. Ella recordó haberlo visto en la audiencia.
—No creo que necesites acosarme —dijo Jennifer—. Chao, Harry. Hasta la próxima, acosador.
—Hasta siempre —respondió Anthony.
—Chao —dijo Harry. ¿Qué te trae por acá, Anthony?
—Venía por una tarjeta de débito nueva porque la mía está por vencerse, pero ahora quiero también el número de tu prima y no hay forma de que te niegues, ok —le dijo Anthony mostrándole su pistola.
Harry sonrió y le dijo:
—No deberías portar eso dentro del banco. No tengo su número a mano trataré de conseguírtelo después, voy a buscar tu tarjeta.
Mientras se dirigía a buscar la tarjeta, le escribió a la prima y le preguntó si podía darle su número de teléfono a Anthony que se lo había pedido, Jennifer le respondió:
—Sí, dáselo y si no te lo pidió dáselo también —y agregó un corazoncito.
—Toma tu tarjeta Anthony, firma acá —le dio la tarjeta junto con el número de la prima.
—Gracias —le dijo Anthony—. Te debo una.
—Así es y pienso cobrármela —amenazó Harry.
—No hay problema estoy seguro que lo vale —le respondió Anthony.
—Mucho cuidado es mi primita, aunque ella sabe cuidarse sola, pero… bueno eres un buen tipo yo te conozco.
—No te preocupes por eso serás el padrino de la boda —Le dijo Anthony mientras se retiraba y agregó:
—Hasta la próxima Harry.
—Está bien, no se te olvide es una promesa, hasta otra —respondió sonriendo.
Anthony se sentó en su vehículo, lo encendió y tomo su teléfono, marcó el número de Jennifer y colgó, pensó, «No será muy pronto, qué ira a pensar, le pareceré desesperado» — luego de un rato debatiendo si llamarla o no, se dijo:
—Al diablo, no le caigo tan mal. Por fin marcó, repicó dos veces y respondió:
—Jennifer.
—Hola, soy Anthony, sé que te parecerá pronto, Harry me dio tu número y quería comprobar que era cierto a veces se hace el bromista.
—Sí, es mi número Anthony, me encanta que hayas llamado.
—Bueno ¿me gustaría saber si quieres cenar conmigo algún día?
—Sí, por supuesto tú dime cuándo.
—Mañana ¿te parece bien, a las siete?
—Sí, está bien.
—De acuerdo ¿dónde paso por ti?
—Vivo en la av. 611 en el 4-1.
—No te creo, eso queda a unas dos o tres cuadras de donde yo vivo, allí estaré mañana a las siete.
—Está bien, hasta mañana.
—Hasta mañana.
La espera fue eterna. Anthony se probó medio ropero antes de decidirse por un conjunto elegante. Llegó puntual a las siete con un pequeño y hermoso ramo de rosas rosadas y blancas. Cuando Jennifer abrió la puerta, él se quedó sin palabras solo atinó a decir:
—Eres muy hermosa —le entregó el ramo y preguntó—. ¿Estás lista?
—Gracias. Sí, dejo las rosas y regreso.
La llevó a un restaurante italiano. Hablaron durante horas.
Ella le contó sobre su familia de abogados, su trabajo en la fiscalía y su único novio adolescente.
Él habló de su hermana menor, de sus padres —treinta y seis años de casados—, de su vocación por el FBI desde niño, de su formación en psicología y criminología, y de su propio fracaso amoroso.
La noche fue perfecta. Acordaron una segunda cita.
En la tercera se besaron.
En la quinta decidieron esperar.
En la octava hicieron el amor por primera vez.
Dos años después se mudaron juntos.
Ahora llevaban dos años y medio de relación, más enamorados que nunca.
* * *
El teléfono repicó dos veces y Jennifer respondió:
—Hola, cariño, ¿cómo estás?
—Bien, mi amor, y tú ¿cómo estás?
—Bien, ¿llevas el manos libres, verdad? ¿Vas en el carro?
—Sí, pero lento y sí, con manos libres. No te preocupes que llevo chofer. —Volteó y miró a Robert, este lo vio y le guiñó un ojo—. Y ¿cómo van las conferencias?
—Muy bien, mi padre es un excelente conferencista, he aprendido mucho. Y por allá ¿cómo van las cosas?
—No muy bien, no avanzamos mucho y hubo otro homicidio, otra chica muerta con mismo modus operandi.
—Algo escuché, pero estoy segura que ya lo resolverán, siempre lo hacen.
—Eso espero y cuanto antes mejor, sigue anunciando seis homicidios por lo menos, y ¿cuándo regresas? Te extraño muchísimo.
—Yo también te extraño, el domingo estaré allí si Dios quiere, mañana es la última conferencia. Mi amor tengo que dejarte me voy a reunir con mi padre y otros abogados ya me están esperando.
—Está bien, ya estoy llegando, saluda a tu padre de mi parte. Me avisas cuando vayas a salir para estar pendiente.
—Claro mi amor, en la noche del domingo debo estar llegando, mi padre me lleva. Chao te amo mucho.
—Yo te amo más, chao, cuídate.
—Tú también, besos. —Anthony le envió varios besos y cortó. Ya estaba llegando al estacionamiento, Robert aparcó, Anthony se despidió y subió a su apartamento. Cenó y tomó un baño, se sentía cansado y se acostó.
Despertó a las cinco y treinta, quince minutos antes de la alarma. Había dormido mejor, aunque no del todo. Cada vez que estaba por conciliar el sueño, su mente regresaba al caso: dos mujeres muertas, un asesino que anunciaba seis víctimas, y la presión por impedirlo.
Se levantó por el lado izquierdo de la cama, como si Jennifer aún durmiera allí. La extrañaba con todo su ser.
Se lavó la cara, notó el cansancio reflejado en el espejo y exprimió lo último de la crema dental. «Debo comprar un hoy», pensó. No hizo su rutina de ejercicios; en cambio, tomó un largo baño. Calentó un sándwich en el microondas, se vistió con su chaqueta más cómoda, tomó su Glock 17 y salió.
En la oficina encontró a Alizee observando la cartelera.
—Hola, ¿cómo estás? —saludó Anthony.
—Bien. ¿Y tú?
—Bien, veo que llegaste temprano.
Ella sonrió.
—Sí, me gusta madrugar. ¿Qué opinas del caso?
—Es un psicópata. Se divierte matando mujeres. Eso está claro, ¿no?
Llegaron los demás.
—No es violento en el sentido clásico —explicó Anthony—. No hay violación ni actos sexuales. Solo secuestro, sometimiento y estrangulación.
—Si yo fuera asesino, por lo menos las maquillaría —bromeó Stuart.
Todos rieron.
—Ya te hubiéramos atrapado —añadió Robert.
—A trabajar —ordenó el jefe—. Tenemos que atraparlo.
El día terminó sin nuevas evidencias. Todos se fueron a casa.
Al llegar a su residencia, Anthony estacionó en el garaje que tiene arrendado para su vehículo y el de Jennifer.
Revisó el auto de su novia y salió a la avenida; debía caminar un poco menos de una cuadra hacia su apartamento.
Recordó que tenía que comprar la crema dental y de camino, entró en la bodega que estaba cerca y saludó al dueño:
—¿Cómo está, Sr. Joe?
—Bien, muchacho —respondió este, y agregó:
—Bastante solo y tranquilo está esto hoy.
—Sí, ya lo veo —contestó Anthony.
Se dirigió al final del pasillo a buscar el dentífrico. La tienda es pequeña: tres pasillos de unos cinco metros y medio de largo, separados por estantes y las paredes. Al fondo, en la esquina contraria a la entrada, estaba la nevera de los lácteos y bebidas.
Tomó la crema dental y le apeteció comprar un jugo de naranja; estaba solo y no le provocaba preparar café con leche por la mañana.
Cuando se acercó a la nevera, escuchó la puerta abrirse. Volteó a ver el espejo convexo colocado en lo alto de la pared, en diagonal a la entrada, y vio a dos hombres con pasamontañas. Uno de ellos le gritó a Joe:
—¡Quédate tranquilo! No intentes nada, esto es un asalto. Abre la registradora y dame todo el dinero. Mételo en esta bolsa —le arrojó una bolsa de tela, mientras el otro delincuente giraba el letrero de la entrada a «CERRADO»
Anthony se agachó de inmediato, sin hacer ruido.
Se desplazó poco a poco hasta el inicio del segundo estante.
El hombre que cerró la puerta se acercó al pasillo, alertado por un bulto que se notaba en el reflejo del espejo.
Anthony, que ya estaba preparado, lo tomó por la mano que empuñaba el arma, se la quitó y lo sometió con una llave en el piso, dejándolo noqueado.
El otro asaltante se acercó y, al ver a su cómplice reducido, disparó en esa dirección.
Anthony usó al hombre sometido como escudo y, con la pistola que acababa de arrebatarle, respondió al fuego.
El proyectil impactó en el hombro derecho del atacante, quien soltó el arma por el golpe y retrocedió hasta chocar contra la pared.
Anthony se levantó, sometió también a este delincuente y le dijo al dueño: —¡Joe, llame al 911! Dígales que hubo disparos y que hay heridos.
Minutos después, llegó una patrulla y la ambulancia.
Anthony se identificó de inmediato con los primeros oficiales.
Tras las pesquisas de rigor, uno de los oficiales le preguntó a Anthony si quería acompañarlos a la estación para rendir declaración.
Él les indicó que iría por sus propios medios para encontrarse con ellos en la comisaría.
—¿Cómo se siente, Sr. Joe? —preguntó Anthony antes de salir.