CAPITULO IV
Robert, como de costumbre, silbó:
—Fui–fui… vaya que es hermosa.
—Sí, y puede darte una paliza con relativa facilidad; practica Taekwondo —replicó el jefe, y continuó con la presentación:
—Viene directo de la academia, pues ha ganado todas las competencias de tiro en las que participó. Su puntaje es de cien, es decir, nunca ha fallado. Tiene una excelente agudeza visual para detectar irregularidades en el ambiente y un instinto bien desarrollado.
—Ya te ganaron, latino —intervino Robert, soltando una carcajada burlona.
Alizee volteó a ver a Smith. Los demás voltearon a ver a Anthony. Este hizo un gesto de aceptación con el pulgar arriba.
«Ese no tiene nada de latino; en cambio, aquel espécimen apenas bronceado y muy atractivo sí parece latino» —pensó Alizee, con los ojos clavados en Smith.
—Desde adolescente se inclinó a la investigación de la conducta criminal, y era tanta su pasión que logró egresar summa cum laude de la Universidad de Harvard en Criminología; y ahora está cursando una especialización en psicología criminal —informó el jefe.
—Wow, impresionante. Lo tiene todo —comentó Frank Smith.
Frank era un hombre de rasgos latinos muy atractivo.
Su segundo apellido era Castillo: de madre mexicana y padre norteamericano.
Tenía veintinueve años, era de contextura media y unos ojos color miel que lucían más grandes ya que usaba lentes.
Medía un metro setenta y dos; como era bastante musculoso acostumbraba a vestir ropa casual.
Estuvo en la policía de Nueva York por tres años. Era muy diestro con el volante, excelente en persecuciones. Una vez que obtuvo la licenciatura en Psicología, aplicó al FBI. Se especializó en negociaciones y relaciones públicas y hacía tres años que pasó a formar parte de la UAC.
—Pueden darle la bienvenida —finalizó el jefe.
—Bienvenida —dijeron todos.
—Bueno, ahora sí vamos a lo nuestro —dijo el jefe. Acto seguido expuso:
—Hombre joven, de treinta, treinta y cinco o cuarenta años.
Puede ser caucásico. No parece que sea violento, lo que refleja una infancia con poca violencia.
Probable maltrato de la madre, pero no exagerado.
Sin embargo, debe haber un trauma no violento con su madre o una hermana mayor que le hace pensar que las mujeres merecen morir.
—No es musculoso —agregó López—. Duerme a las víctimas para someterlas, las mata atadas y muy bien sujetas. Asesina mujeres casadas. Vive solo, parece ser soltero, divorciado o viudo… o tiene una mujer sumisa que maneja a su antojo.
Prosiguió Anthony:
—Es Probable que haya crecido sin su padre, por lo menos desde los nueve u once años.
Tiene rasgos obsesivo-compulsivos con el número seis.
Las marcas en manos, pies, cabeza y garganta, analizadas una por una, son seis: dos en las piernas, dos en los brazos, una en la garganta y una en la cabeza.
Sus víctimas son mujeres casadas sin hijos.
Debe pasar un tiempo vigilándolas mientras prepara la estrategia para raptarlas y luego asesinarlas.
No las mata donde se encuentran los cuerpos; debe llevarlas a un sitio privado, asesinarlas y luego abandonarlas.
»La señal que deja en la oreja parece un aviso de la cantidad de mujeres que pretende asesinar: por lo visto puede ser seis.
Lo cual concuerda con las marcas corporales.
El segundo número puede indicar un ciclo; es probable que, al cumplirlo, lo vuelva a iniciar.
Esperemos que no, de lo contrario no sabemos cuántos —seis— vendrán.
Además, el signo de suma debajo del número podría significar que habrá más muertas tras completar el ciclo.
—El estrangulador numérico —dijo Robert—. Le queda el nombre, ¿no? Por lo de los números y el método de ejecución.
Frank puntualizó:
—Al parecer utiliza, dos vehículos. Usa uno o alguna estrategia para ganarse su confianza y raptarlas, y otro para dejarlas en el sitio donde son halladas. Este último es una camioneta, según las huellas de neumáticos encontradas en ambas escenas.
—Por último —concluyó Anthony—, este asesino no es muy hablador. Más bien reservado. Muy inteligente. No deja ningún tipo de pistas y las huellas de los neumáticos no ayudan mucho; ¿cuántos miles de camionetas hay en Nueva York?
»La próxima víctima probable será raptada en tres meses. Una mujer casada sin hijos, de entre veintiuno y treinta y tres años. Será abandonada cerca de un río o una laguna. Si no logramos evitarlo…
»¿Dónde será raptada? Con respecto a esto no tenemos mucho. Los domicilios de las víctimas no nos dan un patrón claro. Solo que será en los alrededores de Nueva York. Eso es un área extensa, pero a la vez ubica al asesino: o es residente o escogió esta zona exclusiva para matar.
»No mata por un impulso incontrolable de un viernes por la noche. Él selecciona, acecha, prepara el terreno y espera el momento perfecto. Es un cazador, no un animal herido.
—Puede que el olor a detergente muestre un purificador o limpiador, alguien que cree que está purgando a esas mujeres al matarlas por algún pecado que cometieron —dijo Alizee.
—Sí, es probable que esté reflejando alguna venganza sobre esas mujeres por algún supuesto pecado que cometieron —concluyó Anthony.
—Smith —dijo el jefe—, encárgate de hablar con la prensa.
Ya saben del segundo homicidio. Antes de que empiecen a especular, démosles algo real pero comedido.
Y también con el Departamento de Policía de Nueva York.
Dales el perfil del asesino y las características de la posible próxima víctima.
Esto va para todos: no debe salir de esta oficina la marca en el lóbulo de la oreja de las víctimas: los números que deja el asesino.
—Stuart —continuó—, busca camionetas vans, registradas con domicilios cercanos a estas zonas. Los demás, investiguen cualquier cosa sospechosa que escuchen. Busquen informantes. Alguien que haya visto u oído algo. Es todo —Luego agregó: —Son las siete y treinta. Nos vemos en un rato, donde siempre.
—Ok —respondieron y comenzaron a salir.
—Vente conmigo, Alizee —invitó Frank. Ella aceptó.
—Ya sabemos quién se va a llevar la paliza —dijo Robert, señalando a Frank. Todos rieron.
—Deja los celos, Arlington —respondió Frank.
Los primeros que llegaron al bar Encuentros, donde a veces se reúnen los agentes del buró de Nueva York para desestresarse, fueron Robert Arlington y Anthony García. Se sentaron en la mesa de costumbre. Los otros llegaron al rato. Más tarde llegó el jefe Kennedy y se sentó con ellos.
—¿Y el latino no vino? —preguntó el recién llegado mientras tomaba asiento.
—Sí, está en el baño —respondió Arlington, señalando un llavero sobre la mesa.
—Alizee, ¿qué te parece si hacemos una prueba? —propuso Arlington.
—¿Qué prueba, Robert? —preguntó ella, interesada.
—¿Ves aquellos dos tipos al inicio de la barra, frente al televisor? ¿Qué me puedes decir de ellos con solo verlos?
La mesa quedaba a unos tres metros del inicio de la barra, en diagonal, con buena visibilidad.
Alizee los observó un rato.
—El primero es más guapo que el segundo. Mejor dicho, es muy guapo.
—Estamos de acuerdo —dijeron Axel y Yésica, sonriendo.
—Trabajan en oficinas —continuó Alizee—. Están en sus treinta y les gusta ver TV. Vaya coraje para estar en un bar y pendiente de la TV. ¿Bueno cómo lo hice?
—Ya lo verás —dijo Arlington—. Ahí viene Anthony.
Anthony se acercó, se sentó y saludó al jefe.
—¿Todo bien?
—Todo bien —respondió Kennedy.
—Anthony, ¿qué opinas de aquellos dos tipos sentados al inicio de la barra? —preguntó Arlington.
Anthony los tenía casi de frente. Los observó un momento, tomó un sorbo de whisky y luego expresó…
—El primero tiene veintisiete, es banquero, soltero y maneja un Mustang. El segundo tiene treinta años, es corredor de bolsa, casado, maneja un BMW y tiene problemas en la pierna derecha.
—Bueno… algunas acerté, ¿no? —dijo Alizee—. ¿Cómo sabes eso, Anthony?
—Bueno, el primero no tiene alianza de boda ni la sombra de haberla llevado.
Tiene cerca un maletín típico de banquero y, en su bolsillo, se ve el llavero de un Mustang.
El segundo sí tiene alianza, está viendo un canal de economía con gráficos de barras, que seguro pidió que colocaran, hace anotaciones, revisa a menudo su celular, y en su bolsillo tiene un llavero de BMW.
Además, el zapato derecho está desgastado del lado interno del tacón.
—¡Wow! —exclamó Alizee, bastante impresionada—. Vaya ojo que tienes. Con solo verlos sabes todo eso… pero ¿cómo demonios supiste la edad de cada uno, si es que de verdad tienen la edad que dices?
—Ah, bueno… es más, puedo decirte sus nombres.
—¡Te pasas! Eres un genio, por Dios. Ya había oído sobre ti, pero se quedaron cortos. ¿Cómo lo haces?
—Este… porque el primero es banquero en el banco donde tengo cuenta y es primo de mi novia Jennifer. Y el segundo es amigo nuestro —dijo, soltando una carcajada.
Todos rieron, y Alizee añadió:
—Puedes presentarme al banquero. Yo estoy soltera también —dijo con una sonrisa perfecta que cautivó a más de uno.
—Creo que ahora sí me enamoré —dijo Frank, mirándola a los ojos.
—Ya somos dos —respondió ella, guiñándole un ojo.
Frank se sonrojó, y todos rieron.
Más tarde, Anthony fue al baño. Robert tomó sus llaveros y le dijo a López:
—Escóndelos.
La doctora los guardó en su cartera. Cuando Anthony regresó, se sentó y dijo:
—Bueno… vean aquel hombre que está casi a la mitad de la barra.
Todos voltearon. Era un hombre de unos cincuenta años.
Anthony continuó:
—Tiene entre cuarenta y nueve y cincuenta y un años.
Se está divorciando, aunque no está seguro de querer hacerlo.
Aún está enamorado de su mujer. Está tratando de dejar la bebida —quizás esa es la razón del divorcio—.
Tiene dos hijas y varios nietos. Trabaja en construcción, en carpintería, en la empresa Construcciones Nueva York y Compañía.
Maneja una camioneta pick-up blanca de la empresa.
—¿Qué, es tu carpintero? —preguntó Frank.
—No. Cuando llegamos vi una camioneta blanca afuera con el emblema de la empresa y su dirección.
Ese señor tiene el mismo emblema en la camisa.
En las mangas y en los pantalones tiene residuos de aserrín.
Sobre la barra tiene los papeles del divorcio, aún sin firmar.
Está tomando sodas a esta hora, y mañana es sábado.
Tiene el aro de matrimonio fuera del dedo, frente a él.
Su billetera está al lado del anillo y la abre de vez en cuando.
Tiene fotos de una mujer de unos cuarenta y tantos —su esposa —, y al lado fotos de dos mujeres jóvenes —sus hijas— y varias fotos de niños —sus nietos.
—Vaya… de verdad que eres asombroso. Tremendo poder de observación y retención —lo felicitó Alizee—. Ya es hora de irnos.
—Sí, ya es tarde —dijo Anthony—. Dame los llaveros, López.
Ella sonrió, los sacó de su cartera y se los entregó.
—¿Y eso? ¿Cómo lo hiciste? —preguntó Alizee.
—Fue la única que cambió de puesto su cartera mientras fui y regresé del baño.
—No, yo la puse en el mismo sitio —refutó López.
—No. Estaba unos centímetros más a la derecha. Desde donde estoy, antes tapaba aquel tornillo del respaldar, y ahora no lo tapa —aclaró Anthony—. Hasta mañana, chicos.
—Vaya sí que es bueno de verdad —comentó Alizee.
—Sí, es muy bueno en esas cosas. Tiene memoria fotográfica y una excelente retención —dijo el jefe.
Culminó la velada y cada uno se marchó para sus respectivas residencias. Frank ofreció llevar a Alizee y ella aceptó. Axel se fue con Yésica, que nunca bebe y Anthony con Robert, ya que eran los choferes de turno. El jefe como siempre se fue en taxi.
Como de costumbre, en la casa del jefe de la UAC ya estaba la primera edición del periódico local del día siguiente.
En primera página aparecía el segundo homicidio, ilustrado con una foto en vida de Greicy y otra del cuerpo cubierto encontrado cerca de la laguna.
El reportero Bill Ohara describía con algunos detalles el lugar donde se halló a la segunda víctima y destacaba la diferencia entre este cadáver y el de la primera.
El jefe observó de nuevo el encabezado:
Tomó el teléfono y llamó a Smith.
—Smith.
—Dígame, jefe —respondió Frank.
—¿Ya viste el periódico? —preguntó Kennedy.
—Sí. Yo le sugerí el nombre. Le dije que así lo manejamos nosotros. En realidad no tiene relevancia… pero si el asesino se siente ofendido o halagado, puede que nos lo deje saber de alguna forma. ¿No lo cree?
—Puede ser… —respondió el jefe, pensativo—. Bueno, hasta mañana. Llega temprano, ¿sí, Smith?
—Eata bien, jefe. Nos vemos temprano en la oficina. Hasta mañana. Feliz noche.
—De acuerdo.
Kennedy colgó, volvió a mirar el titular en primera plana y se quedó un momento en silencio. El caso apenas comenzaba.