Entre sombras y huellas (Agente Anthony García 1) CAPITULO III
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CAPITULO III

Anthony y Robert llegaron a la casa de Sam Harris. Él estaba con Ronald, su compañero de trabajo. Al recibir a los agentes, lo primero que Sam preguntó fue si ya habían encontrado a su esposa. Anthony le respondió con la mayor sensibilidad posible:

—Sí… pero lamentamos mucho informarle que fue demasiado tarde. Está muerta.

Sam Harris lanzó un grito desgarrador y comenzó a llorar. Ronald lo abrazó mientras Sam repetía:

—No puede ser… no puede ser… ¿Por qué, Dios mío?, ¿por qué? No puedo vivir sin ella… no puedo…

Ronald trataba de calmarlo.

Anthony le comentó a Ronald, entregándole una tarjeta personal:

—Trate de calmarlo, y cuando crea que esté en condiciones de acompañarnos para la identificación, llámenos. Necesitamos trasladarlo a la morgue y hacerle algunas preguntas.

Los agentes se marcharon. Anthony recibió un mensaje de la oficina.

Stuart: El mensaje de «hola» del teléfono de la chica fue enviado por un joven que tiene un puesto de periódicos y revistas, justo en la esquina norte de la casa de los Harris; se llama Rodolfo.

Anthony agradeció y se dirigieron al puesto.

—Buenos días, ¿es usted Rodolfo?

—¿Quién quiere saber? —respondió el joven, que organizaba algunas revistas.

—Somos los agentes García y Arlington de la UAC y queremos hacerle algunas preguntas —dijo Anthony mientras mostraban las credenciales.

—Ok, pregunten, agentes.

—¿Conoce usted a Greicy Harris?

—A Greicy, sí; es la chica que quiere ser madre.

—¿Qué relación tiene con ella?

—Ninguna, salvo la de cliente. Ella está esperando esta revista y yo le avisé ayer que había llegado; pero aún no pasó a retirarla —le mostró la revista: Cómo ser una buena madre, volumen dos.

Anthony hojeó la revista y le preguntó:

—¿Cuándo la vio por última vez?

—Hace más de una semana. Pasó por la revista volumen uno y me pidió que le consiguiera esta. ¿Por qué? ¿Pasó algo con ella? —quiso saber.

—No podemos darle esa información por ahora. ¿Ha visto a alguien sospechoso por estos alrededores en los últimos días?

—No, pero no debe confiar mucho en mí en cuanto a ver quién viene o va, porque siempre estoy metido en los libros —les mostró dos libros de ingeniería eléctrica—. A veces ni veo los periódicos. —Ok, gracias —dijo Anthony y, entregándole una tarjeta, le pidió:

—Si recuerda cualquier cosa, por favor comuníquese conmigo.

—Ok, está bien, pero no creo que pueda ayudarles más.

Los agentes se dirigieron a la oficina.

Dos horas más tarde, Sam llamó a Anthony y le comunicó que quería ir a ver a su esposa.

Luego de reconocer el cuerpo, algo que para todos fue desgarrador, se trasladaron a la vivienda de Sam: una casa adosada de dos pisos. En el piso superior había una habitación principal, una habitación de visitas, un baño y una pequeña estancia.

En el piso de abajo estaban la cocina, el comedor y una sala pequeña con un sofá y una poltrona. La pared de entrada tenía un retrato de la pareja y en la otra pared había un cuadro de una naturaleza muerta.

También estaba la ventana con vista a la calle y un espacio abierto hacia la cocina-comedor, con una pequeña pared divisora que a la vez servía como mesa; y sobre ella estaba el volumen uno de la revista que habían visto en el puesto de Rodolfo.

Sam, completamente devastado, conversaba con Anthony en la sala, mientras Robert dialogaba con Ronald en el comedor.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó Robert.

—Ronald Gates —contestó.

Ronald era un hombre de 28 años, de contextura obesa, pelo castaño oscuro, casado, con dos hijos. Su esposa se dedicaba al hogar.

—¿Desde cuándo conoce a Sam Harris y a su esposa?

—Desde hace cuatro años.

—¿Dónde vive usted?

—En esta misma calle, como a tres casas.

—¿Dónde trabaja?

—En Contabilidad y Mercadeo, junto con Sam.

—¿Cuándo vio por última vez a Greicy?

—Ayer, como a las seis y cuarenta, cuando pasé por Sam. Ella se asomó y se despidió de nosotros.

—¿Qué pasó luego de eso?

—Nos fuimos a la oficina. Entramos a una reunión y, cuando terminó, como a las diez de la mañana, Sam estaba preocupado porque no sabía nada de Greicy. Habló con el dueño de la empresa y nos dijo que saliéramos a ver qué pasaba. Al no ubicarla, fuimos a la comisaría y él colocó la denuncia.

—¿Conoce usted o su esposa a Abigail y a Tom Miller?

—No, no los conozco. No me suenan esos nombres, y creo que Emily, mi esposa, tampoco.

En la sala, Sam respondía las preguntas de Anthony.

—¿Cuándo vio por última vez a su esposa?

—Ayer, a las seis y cuarenta de la mañana, cuando salí para la oficina con Ronald.

—¿Y su esposa se quedó en casa?

—Sí. Iba a las ocho al consultorio de la doctora Sharpe, una ginecóloga que la trataba para que saliera embarazada.

—¿Cómo se trasladaría al consultorio?

—En taxi, como de costumbre. Ya tenía dos meses con el tratamiento. Nos preparábamos para tener hijos… —al decir esto comenzó a llorar, pero se contuvo.

—¿Cuándo notó que algo estaba mal?

—Al revisar el teléfono como a las diez de la mañana y no tener mensajes de Greicy.

Ayer estábamos en una junta y los teléfonos se dejan en la oficina para no perturbar.

Pero ya a esa hora debió haber enviado varios mensajes: cuando llegó al consultorio y al salir.

Traté de llamarla, pero el teléfono estaba apagado.

Le comenté a Ronald que algo andaba mal.

Hablé con mi jefe y me dijo que me fuera y que Ronald me acompañara.

—¿Y qué hicieron?

—Fuimos al consultorio, pero nunca llegó. Pregunté a los vecinos y la Sra. Ramírez me dijo que la vio salir y tomar un taxi, pero no se fijó en la placa. Luego acudimos a la comisaría y narré lo ocurrido. Llevé una foto de mi esposa.

—¿Cómo se llama la doctora y dónde queda su consultorio?

—Jacqueline Sharpe. Está en la Clínica Sharpe, a unos quince minutos de acá.

—¿Sabe si su esposa tenía algún enemigo?

—No… Greicy es la mujer más dulce que conozco… era… —se corrigió y comenzó a llorar.

—Una cosa más, Sr. Harris: ¿tenía su esposa algún seguro de vida?

—No. Tenemos seguro médico, pero de vida no. ¿Por qué lo pregunta?

—Por nada, solo rutina. Está bien por ahora, Sr. Harris. Después volveremos a conversar con usted.

—De nada, agente… y por favor atrape al que hizo esto. Y deme cinco minutos con él.

—Haremos todo lo posible. Y recuerde: no debe tomar la justicia en sus manos. Déjenos eso a nosotros.

—Una última cosa —agregó Anthony:

—¿Cuánto calza?, ¿y conocían usted o su esposa a Abigail y a Tom Miller? —deslizó poco a poco la foto de Abigail sobre la mesa y lo observaba con atención.

Sam vio la foto y respondió:

—Yo calzo 41. Y no me parecen conocidos los nombres y ella tampoco. ¿Por qué, deberíamos conocerlos?

—Solo preguntas de rigor. Gracias. Estaremos en contacto.

—Pero ese nombre… Abigail Miller… me suena —dijo Sam—. Creo recordar una noticia.

—Sí. Fue una chica asesinada hace tres meses —informó Robert que regresaba del comedor con Ronald.

Montaron en el vehículo y Anthony sugirió hacer el recorrido hasta el consultorio.

—A velocidad normal, el taxi debió demorar quince minutos. Pero está claro que no se dirigió al consultorio —indicó Anthony.

—O bajó del taxi y alguien la interceptó en la calle —dijo Robert.

—Puede ser, pero se estaría exponiendo a ser visto. Y hasta ahora nadie ha visto a ningún extraño merodeando. Lo más seguro el asesino era quien manejaba el taxi. Vamos a la oficina a ver si ya está el informe forense, preparar el nuestro y comenzar con la reunión del grupo.

En la oficina les notificaron que el informe forense estaba listo:

La víctima presenta dos punciones en el cuello, no hay rastros de drogas en sangre, no se encontraron signos de violación ni fluidos corporales ajenos, y la talla de la bota hallada en la escena es 43.

Se detectaron trazas de Sulfuro de Hidrógeno en las vías respiratorias...

se presume contaminación accidental por gases de descomposición.

Con esa información, se dirigieron a la sala de reuniones.

Allí estaban Frank Smith, Axel Stuart, Yésica López y Alizée Rousseau, la nueva integrante del equipo. Aunque aún no la conocen, ya sabían que ese día llegaría alguien nuevo, así que la saludaron antes de tomar asiento.

El primero al mando de la UAC, el agente especial a cargo Oswald Kennedy, o el jefe, como todos lo llaman, entró en la sala.

Era un experto de cuarenta y nueve años, con veintiséis de servicio, abogado, criminalista y perfilador. De ojos castaño oscuro, cabello canoso y contextura atlética, muy bien conservado y siempre impecable en su traje, impone respeto sin necesidad de levantar la voz.

Kennedy se detuvo frente a la cartelera donde estaban las fotos de las víctimas, las huellas encontradas en los lugares donde fueron ubicadas, las direcciones de sus viviendas, la localización de los dos cadáveres y del vehículo de la primera víctima, todo sobre un mapa local.

Encima del escritorio junto a la cartelera había varias fotos adicionales y los informes forenses. El jefe volteó hacia el grupo y dijo:

—Tenemos esto: las dos chicas eran bastante parecidas. Fueron encontradas en lugares a una hora de distancia como máximo de sus casas. Sin nada de ropa.

Al parecer, el asesino no siente pudor ni respeto por la mujer.

Por lo visto, fueron asesinadas por la misma persona pues usa el mismo modus operandi: las asfixia colocando un objeto alrededor del cuello y aprieta hasta que dejan de respirar.

No deja marcas como una cuerda. Solo el cuello enrojecido y luego oscuro.

—Bueno, chicos —continuó—, intentemos encontrar el perfil de este asesino para saber qué vamos a decirle a la policía de Nueva York y a la prensa. Comencemos con los preliminares.

—¿Qué nos tienes, López?

Yésica López, una hermosa morena de treinta y cinco años, de contextura media, el cabello corto y ojos marrones oscuros, se adelanta para responder.

López vestía una blusa color crema con un chaleco negro encima y una falda negra ceñida al cuerpo, bastante corta, pero sin caer en lo vulgar, que dejaba ver sus esculturales piernas. Con su estatura de un metro sesenta y ocho, era imposible que pasara desapercibida.

Era viuda: su esposo, un policía, había muerto de manera brutal a manos de un asesino en serie al que enfrentaron tres años atrás.

A pesar de aquella tragedia, había continuado su carrera con una determinación férrea.

Psiquiatra y doctora en Criminología, acumulaba doce años de servicio en el FBI y nueve en la UAC, donde se desempeñaba como agente especial adjunta a cargo; era la subdirectora.

Respiró hondo y respondió:

—Entrevistamos a la doctora Sharpe y a su secretaria.

La víctima tenía consultas los jueves a las ocho desde hace dos meses.

Siempre puntual. Ayer, cuando no se presentó, intentaron comunicarse, pero no pudieron.

Nadie la conoce en la zona. No era conversadora.

Algunos la recuerdan, pero siempre sola.

En cuanto a la primera víctima, Abigail, la doctora indicó que no la conoció.

—Bien, gracias. Ahora tú, García.

—Entrevistamos al esposo, a un compañero de trabajo y a los vecinos —explica Anthony—. Todas las historias concuerdan. Desde la casa de los Harris hasta el laboratorio hay unos quince minutos. No se puede establecer con claridad la ruta del taxi. Es probable que el asesino lo estuviera manejando.

—Gracias. Stuart, ¿qué nos dice la tecnología?

—No mucho —respondió Axel Stuart—, un chico rubio de veinticinco años, de pelo ensortijado, bien rasurado y ojos azules como el cielo detrás de unos lentes que le lucían espectacular.

Parecía haber nacido para usar esos lentes.

Si solo se miraba su cara podía pasar por una mujer.

Era de contextura delgada, un metro sesenta y cinco de estatura y vestía pantalones bastante ajustados.

Era ingeniero en Informática con una maestría en Redes y Páginas Web.

Con año y medio en el FBI, había salido de la academia directo a la UAC de Nueva York debido a su destreza con las computadoras; era capaz de ingresar en cualquier sitio en la nube por más seguridad que tuviera.

Se podría decir que se había criado con una computadora bajo el brazo.

—En esa zona no hay cámaras y, sin referencia directa del taxi, no hay forma de hacer un seguimiento.

No encontré nada sospechoso con ningún taxi el día del hecho y en ninguno de los vehículos revisados viajaba la víctima.

Quizá circuló por vías sin cámaras; por eso no pude ubicarlo.

El celular dejó de funcionar a pocas cuadras de la casa de la víctima.

—Está bien, agradeció el jefe y anunció:

—Bueno, ahora les presentaré a Alizee Rousseau …