Entre sombras y huellas (Agente Anthony García 1) CAPITULO II #2
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CAPITULO II #2

Hace tres meses, el Sr. Hyde frente al espejo en el cuarto dentro del galpón, portaba un uniforme de policía del estado, llevaba unos bigotes frondosos y gafas oscuras, Eran las siete y veinte de la mañana cuando salió del galpón tras el volante de un taxi amarillo; en el auto llevaba los implementos para montar un puesto de control móvil.

Manejó unos minutos y se detuvo en una calle, salió del vehículo y colocó residuos de goma en el pavimento, de tal manera que entorpecían un poco el tránsito, regresó al coche y continuó.

Se estacionó a un lado de la vía e instaló el puesto de control; pocos minutos después un automóvil tomó esa ruta y, al llegar a los residuos los esquivó y continuó, el sr. Hyde con su uniforme de policía le indicó que se detuviera.

La chica que manejaba se detuvo y le preguntó:

—¿Qué paso, que hice?

—Usted sabe que hizo. Permítame su licencia de conducir.

—En verdad no se —le respondió mientras entregaba el documento.

—Srta. Abigail me parece que está conduciendo bajo los efectos del alcohol; la vi realizar una maniobra indebida.

—No yo no he tomado nada y menos a esta hora. Es que hay unos pedazos de goma allá atrás yo solo los esquive.

—Por favor, trasládese al asiento del copiloto para hacerle la prueba de alcoholemia.

—Acá no pasa mucha gente, yo paso acá todos los días —aclaró ella.

—Por favor, obedezca —insistió.

Ella se trasladó y él le dio el medidor de alcohol en sangre; ella sopló. Un coche pasó despacio y el chofer se fijó en Abigail; enseguida miró al policía, pero el Sr. Hyde le hizo señas con la mano para que continuara. Luego le dijo a la chica:

—Siga mi dedo — y mientras lo hizo, le inyectó Etorfina en el cuello; ella reaccionó, pero de inmediato perdió el conocimiento.

Él se colocó guantes de látex, tomó todos los implementos del puesto de control móvil y se montó en el vehículo de la chica.

Buscó el celular, lo apagó y se marchó con ella.

Llegó al galpón y entró con el vehículo de Abigail, se colocó el tapabocas y sacó a la chica del automóvil.

La llevó al cuarto al fondo del galpón y la colocó sobre la mesa.

Comenzó a desvestirla, pero la chica despertó y le dio un puntapié en el estómago; se lanzó de la mesa e intento incorporase para correr, pero el Sr. Hyde le propino un golpe en la mandíbula que la noqueó, la montó otra vez en la mesa y le suministró otra dosis mínima de etorfina «Así pasará unas quince horas dormida, sin hambre y sin necesidades, no quiero sorpresas», pensó.

La terminó de desvestir, la sujetó a la mesa y la amordazó; colocó la ropa en la lavadora y la programó.

Apagó el celular de la chica, se quitó el disfraz y volvió a ser el Sr. Hyde de siempre.

Limpió el vehículo y la licencia de la chica: había sido cuidadoso, pero nunca estaba demás; no quería dejar rastros ni huellas que no fueran necesarios.

Se quitó los guantes y tapabocas, los colocó en un recipiente metálico y les prendió fuego.

Miró el reloj y salió raudo y veloz manejando una bicicleta a motor. Fue hasta donde había dejado el taxi, montó la bici moto —que estaba diseñada para ello— en el baúl y regresó al galpón. Guardó el vehículo y salió enseguida.

Esa misma noche a las once y diez, el Sr. Hyde estaba frente al espejo.

Contemplaba su imagen y no estaba muy conforme con el resultado, pero lo iría mejorando, pensó.

Estaba en el diminuto cuarto. Avanzó por el largo pasillo y revisó las pantallas que mostraban el exterior; verificó que no había tráfico de personas ni vehículos y salió.

Cruzó la calle y caminó unos metros. Abrió la puerta pequeña del galpón y entró. Comprobó que no había sido visto.

Se dirigió al cuarto del fondo en donde estaba Abigail sujetada a la mesa.

Apenas estaba reaccionando. Al verlo se desesperó.

Se vio desnuda. Pensó en lo peor y se preguntaba: ¿quién es este tipo?

, ¿por qué le hacía esto?, ¿cómo podría librarse?

La mordaza que cubría su boca no le permitió articular palabras; menos gritar, pero lo intentó.

Sentía una presión en la frente que le impedía mover la cabeza.

Igual pasaba con sus brazos y piernas. Estaba inmovilizada por completo.

El Sr. Hyde, con guantes y tapabocas, sacó la ropa de la lavadora, la colocó en la secadora y la programó para 15 minutos. Se acercó a los pies de la chica y comenzó a acariciarla mientras avanzaba.

—Con este piecito me lastimaste hoy temprano —comentó.

Abigail pensó: «No lo suficiente», pero estaba asustada. Sabía que no tenía muchas opciones… o ninguna. Mientras el Sr. Hyde avanzó hasta su zona media, acarició su vello púbico. Abigail comenzó a temblar, y se dijo: «Va a violarme, ¿qué hago?, ¿qué hago?».

—Estás muy apetecible —dijo Hyde—. Pudiera pasar un buen rato contigo y luego de tu puntapié te lo mereces; pero no es lo que pretendo hacerte.

Abigail trataba de gritar, pero seguía amordazada, sollozaba. Sintió cómo una corriente eléctrica recorría todo su cuerpo y explotaba en su cerebro. Estaba entrando en pánico: se estremeció de los pies a la cabeza. Hyde avanzó hasta sus senos, los palpó, suspiró y dijo:

—Bastante firmes, claro eres una chiquilla, es un desperdicio, pero te tocó, no es nada personal y tú sabes lo que hiciste —le dijo el Sr. Hyde.

Preparó el antídoto y se lo inyectó en el cuello; esperó un rato para que surtiera efecto.

Le colocó alrededor de cuello el listón.

Lo pasó hacia la parte de debajo de la mesa.

Abigail intentó soltarse. Gritar, pero no podía.

Sentía que iba a morir. Le empezó a faltar el aire, quería pelear.

Hacer algo, pero era imposible, estaba bien sujetada.

Sintió cómo iba desvaneciéndose poco a poco.

Se sofocaba, no podía respirar. Estaba muriendo ¡Sí, estaba muriendo!

El sr. Hyde mantuvo el listón hasta estar seguro de que estaba muerta.

Levantó el lóbulo de la oreja izquierda de Abigail y escribió algo, sonrió al hacer esto.

Salió del cuarto, se acercó a la van y la abrió, colocó allí el cuerpo de Abigail.

Desarrugó un poco la ropa y también la colocó.

Tapó a la chica y su ropa con el sobresuelo y cerró la camioneta.

Miró por las pantallas que todo estaba despejado afuera, abrió el galpón y salió.

Después de varios minutos, el Sr. Hyde llegó a un sitio que estaba cerca de un río en Dales Pond, en la zona de Lane Gate Rd.

Allí se detuvo, se colocó las botas y, junto a la orilla, dejó el cuerpo de Abigail con las piernas cerradas.

Colocó encima de este todas las pertenencias de la chica: comprobó que, a la vista, pudiera entenderse como un número uno romano.

Se montó en la camioneta, cambió su calzado y se marchó.

Vio complacido que nadie lo había observado.

Llegó al galpón, observó que no había curiosos e introdujo la camioneta.

La revisó para estar seguro de que no dejó ninguna evidencia.

Miró las pantallas, comprobó la desolación de la vía y salió.

Cruzó la calle y entró por el lugar de donde había salido antes.

Caminó por el pasillo y llegó al cuarto diminuto.

Se detuvo frente al espejo, se volteó y cambió sus ropas.

Salió por una puerta que se abría pulsando un botón y corría hacia un lado; esta abarcaba desde el suelo hasta el techo y estaba frente al espejo.