CAPITULO II
Un día antes, Sam Harris, un contador de veintinueve años, moreno, de ojos negros y de contextura y altura promedio, tomó su maletín al oír la bocina del vehículo de Ronald, su compañero de trabajo que siempre pasa por él a las seis y cuarenta de la mañana.
Debian viajar unos cuarenta minutos para llegar a la oficina.
Se despidió de su esposa Greicy con un tierno y dulce beso. Antes de salir, le preguntó:
—Podemos dejarte cerca del consultorio, ¿no quieres que te llevemos?
—No, cariño, es que llego muy temprano y abren a las ocho. Por allí no hay mucho que ver, prefiero irme en taxi como siempre.
—Ok, está bien, mi amor. El próximo jueves será el último tratamiento ¡y por fin podremos ser padres!
La besó y se marchó. Ella se quedó en el umbral de la puerta observándolo hasta que se montó en el vehículo. Le lanzó un beso con la mano, saludó a Ronald y se dirigió a la mesa. Recogió los platos y los colocó en el lavaplatos. Desconectó su teléfono del cargador y lo encendió, ya estaba al 100%.
Después de seis años de matrimonio era justo que pudieran tener a su bebé —pensó—.
«Qué malo tener que someterse a ese tratamiento, pero no había sido tan traumático como creía y por fin solo quedaban dos aplicaciones» —Su mente la llevó a recordar que, tras dos años de matrimonio, Sam y ella sentían que estaban preparados para tener familia; luego de tres años de intentarlo sin éxito decidieron buscar ayuda.
Algunos conocidos le recomendaron a la doctora Jacqueline Sharpe, gineco-obstetra especialista en fertilidad, que había tenido mucho éxito con un tratamiento revolucionario no invasivo. Se aplicaba en una clínica modesta a unos quince minutos de su casa y les pareció bien probarlo.
Greicy volvió a la realidad a las siete y veinte de la mañana cuando recibió un mensaje de Sam. Le avisaba que ya estaba en la oficina y que estaría en una junta hasta las diez; le pedía que lo mantuviera informado. Ella le respondió:
Greicy : Gracias a Dios. Está bien, cariño.
Minutos después, revisó un mensaje del joven del puesto de revistas de la esquina, que contenía una sola palabra:
Chico de la esquina: Hola…
Y le envió como respuesta:
Greicy : Hola…
A las siete y treinta y cinco, tomó su cartera y salió de su casa. Cerró la puerta y, al voltear, vio un taxi que de casualidad venía pasando por delante. Le sacó la mano y el vehículo se detuvo. Greicy pensó:
«Qué suerte tengo, a veces espero hasta cinco minutos».
Se montó en la parte trasera del vehículo. El chofer abrió la ventanilla del medio que comunica con la parte trasera y la chica le indicó a dónde ir. Él cerró la ventanilla y arrancó. Luego de pocos minutos, Greicy comenzó a sentir un adormecimiento general. Estaba mareada. Le dijo al taxista:
—Por favor, pare, que no me siento bien.
Pero este no respondió. Ella intentó abrir la puerta, pero estaba trabada.
Sacó el teléfono de la cartera, lo que le costó más de lo normal, e intentó desbloquearlo, pero no pudo.
Siempre metía el código incorrecto. Estaba nerviosa, desesperada, pero el adormecimiento y el mareo la dominaron hasta que perdió el conocimiento.
El Sr. Hyde como le gustaba llamarse a sí mismo, observó por el retrovisor que la chica que llevaba en el taxi estaba rendida, sin embargo, mantuvo la mascarilla otro rato más.
Se había cerciorado de colocar el seguro de infantes en el vehículo antes de pasar por ella, esto evitaría que cuando liberara el potente gas somnífero la joven pudiera salir.
Luego de un breve momento, el Sr. Hyde se estacionó en una calle que parecía no tener cámaras, descendió del taxi, buscó el celular de la chica y lo apagó.
Continuó transitando por varias calles. Después de algunos minutos se detuvo frente a un galpón que abrió con control remoto e introdujo el vehículo.
Provisto de guantes de látex y tapabocas sacó a la chica del taxi y la colocó sobre una mesa que estaba en un cuarto al fondo del galpón. Al lado de la mesa había una lavadora y una secadora de ropa.
La desnudó, la sujetó a la mesa con correas en la cabeza, los brazos y las piernas, la amordazó para que no pudiera gritar y le inyectó Etorfina en el cuello.
Colocó las ropas de Greicy en la lavadora agregó detergente y la programó.
Miró su reloj, se quitó los guantes y tapabocas, los depositó en un recipiente metálico y les prendió fuego, observó que el taxi descansaba en la penumbra del galpón como una bestia en su madriguera y a pie, pero con prisa salió del galpón.
* * *
A las diez y cinco terminó la junta con los demás ejecutivos de la empresa y Sam fue a su cubículo a revisar los mensajes de Greicy para saber cómo le había ido. No tenía ningún mensaje de su esposa.
Verificó que la señal de su teléfono estuviera bien, lo reinició, pero igual no tenía mensajes. Intentó llamarla, y cada vez le salió la contestadora. Se preocupó y fue a hablar con el jefe. Ronald lo vio salir y lo acompañó.
—¿Qué pasa? —le preguntó.
—Greicy no me ha escrito y no responde el celular.
Parece que está apagado. Voy a hablar con el Sr. Rudy, porque algo malo debe haber pasado.
Ella jamás ha ido al médico o a cualquier parte sin avisar.
El teléfono estaba recargando; la batería hoy en la mañana iba por 99% cuando yo salí.
Es decir, tiene el teléfono cargado. ¿Por qué lo apagaría? Nunca lo apaga, solo para cargarlo.
Le explicó a su jefe lo acontecido y este le dijo que fuera a ver qué pasó.
Le pidió a Ronald que lo acompañara porque lo vio muy nervioso, y ambos hombres salieron a buscar a Greicy Harris, después de verificar que no acudió a su cita en la clínica y al no encontrarla, se trasladaron a la comisaria para reportar su desaparición.
* * *
A las doce de la noche el sr. Hyde estaba frente al espejo contemplando su imagen, el resultado de su transformación y estaba conforme.
—Mejor que esta mañana —se dijo.
Se encontraba en un diminuto cuarto, de unos ochenta centímetros cuadrados, luego avanzó por un largo pasillo; diminuto, lúgubre y claustrofóbico, al final había unas pequeñas pantallas que mostraban el exterior a través de mini cámaras espías, colocadas a propósito, en la parte externa del sitio donde se encontraba.
Verificó que no había tráfico de personas ni vehículos, destrabó la pequeña puerta, salió, cruzó la calle y caminó unos metros, abrió la puerta pequeña del galpón y entró verificando no haber sido visto por alguien.
Se dirigió al cuarto del fondo en donde estaba Greicy sujetada a la mesa, había estado forcejeando con las correas, pero no había logrado liberarse.
La chica al verlo intentó gritar sin éxito pues estaba amordazada, intentó mover la cabeza los brazos y las piernas, pero estaba bien sujetada.
El Sr. Hyde, con guantes y tapabocas, sacó la ropa de la lavadora y la colocó en la secadora, la encendió y programó quince minutos. Se acercó a los pies de la chica y comenzó a acariciarlos, avanzó muy despacio sobre sus piernas. Greicy solo lloraba y sintió que se ahogaba mientras pensaba:
«No puede ser, me va a violar, no, no —suplicaba dentro de sí, estaba aterrorizada—. «Pronto tendré mis hijos, esto no puede estar pasando».
El Sr. Hyde le quitó la mordaza, y Greicy gritó, pidió auxilio, él le dijo:
—Eso es inútil nadie te va a escuchar —Tenía la voz ronca, casi parecía un susurro—. Cálmate esto pronto acabará. —Preparó la jeringa verificó que era el antídoto y se lo colocó en el cuello.
—¿Por qué me hace esto?, ¡déjeme ir por favor! —suplicó la chica.
—Nada personal, de mi parte, tú sabes lo que has hecho —le respondió el Sr. Hyde mientras le colocaba alrededor del cuello una cinta de las que usan las mujeres para amarrarse el cabello, la pasó hacia la parte de debajo de la mesa por un hoyo que parecía estar destinado para eso.
Greicy intentaba sin éxito soltarse y gritaba desesperada, mientras el Sr. Hyde halaba el listón hasta que observó como la vida se iba alejando del cuerpo de la chica, mantuvo el listón hasta estar seguro de que había muerto, tomó un marcador indeleble, levantó el lóbulo de la oreja izquierda de Greicy y colocó el símbolo.
Salió del cuarto y se acercó a una van que estaba dentro del galpón y la abrió.
La camioneta solo tenía los asientos de adelante, la parte trasera estaba despejada.
El Sr. Hyde movió el fondo de la camioneta que se abrió dando lugar a un espacio de algunos centímetros capaz de albergar un cuerpo.
Colocó allí el cuerpo de Greicy, también colocó la ropa de la chica, luego de desarrugarla un poco, lo tapó con el sobresuelo y cerró la camioneta.
Miró por las pantallas que todo estaba despejado afuera, abordó la camioneta abrió el galpón y salió.
Algunos minutos después el Sr Hyde llegó a un sitio que estaba cerca de una laguna, avanzó un poco más, al comprobar que estaba desierto regresó y se detuvo.
Calzó unas botas de una talla superior a la de él, sacó el cuerpo de Greicy y lo dejó en el suelo cerca de la laguna, colocó a su lado todas sus pertenecías de tal manera que se percibía el número dos romano.
Se montó en la camioneta cambió su calzado y se marchó; comprobó la soledad del lugar para no dejar rastros. Llegó al galpón, verificó que no había curiosos e introdujo la camioneta, la revisó para ver que no dejó ninguna evidencia.
Revisó las pantallas y tras observar las calles desiertas salió, cruzó y se detuvo frente a una cerca, se agachó y con la mano ejerció presión en la parte de abajo de la misma, se abrió una pequeña puerta y entró por el pasadizo donde había salido antes.
Caminó por el pasillo con gran destreza, llegó al cuarto diminuto se detuvo frente al espejo y se contempló por largo rato «Esta fue más fácil que la primera, bueno aquella era más joven» —evocó el recuerdo de aquel día en su memoria… .