CAPÍTULO I #3
Levantó con cuidado la sábana. Greicy se veía igual que en la foto que su esposo había entregado el día anterior.
Era hermosa, un poco mayor que Abigail, pero tan parecida como para que cualquiera pensara que eran hermanas.
Estaba desnuda. Sus manos y pies habían estado atados y en su cuello se apreciaban los mismos signos de estrangulación que en Abigail.
Anthony tomó su bolígrafo y levantó con cautela el lóbulo de la oreja izquierda. Allí estaba lo que temía: la nueva marca, escrita con marcador negro:
Volteó hacia Robert, que revisaba la escena en busca de evidencias, y le hizo un gesto afirmativo.
Robert dibujó con las manos la forma de una fracción.
Anthony asintió mientras pensaba: «Esta vez hay un dos, o sea, la segunda víctima, y se mantiene el signo de más; seguirá matando, de eso no hay duda».
A simple vista, Greicy debía haber muerto hacía pocas horas. Y, como la anterior, había sido asesinada en otro lugar. Sus pertenencias estaban junto a ella. Ahora era evidente: había un asesino en serie que mataba mujeres casadas.
Robert se acercó justo cuando el vehículo del forense y otra patrulla llegaban.
—Llegó el forense —comentó—. Marqué tres colillas, pero dudo que sean del asesino. Algunas pisadas que vienen y van, y unas marcas de neumáticos. Nada más interesante.
Anthony y Robert se acercaron a los hombres que habían encontrado el cuerpo. El forense los saludó al pasar.
Anthony, señalando el cadáver con un leve movimiento de cabeza, dijo al forense:
—Es todo tuyo.
Luego se volvió hacia los dos hombres.
—¿Cómo se sienten?
—Bien… asombrados. Nunca habíamos visto algo así por aquí —respondió el más joven.
—Necesito hablar con cada uno por separado —indicó Anthony.
El joven se apartó unos pasos. Anthony comenzó con el mayor.
—¿Nombre?
—Frank Davis.
—¿Dirección?
—27–17 Water St., Wurtsboro. A unos cinco minutos de aquí.
—¿Quién lo acompaña?
—Mi hijo, Frank Jr.
—¿Qué hacen por aquí? Este sitio está retirado del camino.
—Pescando. Todos los viernes temprano venimos a esta laguna.
—¿Cómo descubrieron el cuerpo?
—Al acercarnos vimos un bulto en la orilla. Nos detuvimos donde está la camioneta. Caminamos y vimos que era una mujer. Llamamos al 911 enseguida.
Mientras hablaba con él, Anthony vio que el forense retiraba la sábana del cuerpo. Se disculpó con el testigo y se acercó.
Robert lo interceptó.
—¿Qué pasa? ¿Qué viste?
—El cuerpo está en la misma posición que el de la otra chica, pero sus pertenencias no están encima, sino al lado, extendidas. Si lo ves de lejos, parece un número dos romano —olió la ropa de la chica y dijo—: esto huele a detergente.
»Mira estas huellas de neumáticos: llegan hasta allá y regresan en retroceso.
O son de un curioso que no reportó el cadáver, o del asesino; apostaría por lo segundo.
A lo mejor sacó a la víctima del vehículo del maletero o de la parte trasera de una camioneta.
Que tomen fotos; quizá podamos determinar el tipo de vehículo.
Otra cosa: ¿cuánto crees que pesa la chica?
—No sé… unos cincuenta kilos —especuló Robert.
—Eso pensé. El asesino la cargó desde allí hasta acá, unos tres metros.
No la arrastró. La levantó en peso. Y estas huellas…
son de botas. Mira: cuando trajo el cuerpo, la huella es más profunda y completa, por el peso.
Cuando regresó, es más ligera y la parte frontal casi no marca.
Eso pasa cuando la bota es más grande que el pie. Interesante, ¿no?
—Sí. Interesante saber cómo se te ocurrió —sonrió Robert.
—El peso hace que el pie avance dentro de la bota en bajada. Sin peso, en subida, el pie se ajusta al talón. La bota es una talla más grande que su pie.
—Cierto —dijo Robert, observando las huellas.
Anthony colocó su zapato junto a la marca.
—Yo calzo cuarenta y dos. Esta bota debe ser cuarenta y tres o cuarenta y cuatro.
—Lo anotarán en el informe cuando analicen las fotos —respondió Robert.
—Bien. Y que tomen fotos de los curiosos.
—Ok —dijo Robert, mirando alrededor—. ¿Cómo hace Bill para estar en todas las escenas? ¿No será el asesino? Solo digo… —Bill Ohara, reportero local, observaba desde lejos.
—No lo creo. Pero sí sé que tiene un informante muy bueno.
Anthony regresó con el testigo.
—¿Había visto a esta chica antes?
—No. No la conocemos. No creo que sea de por aquí.
—¿Vio a alguien más por los alrededores cuando llegaron?
—No. Los viernes a esta hora siempre está solo.
—¿Algún desconocido merodeando hace poco?
—No que recuerde.
—¿Usted fuma?
—No. Lo dejé hace años. Pero mi hijo sí. Nadie aprende por cabeza ajena…
Anthony lo miró fijamente.
—¿Quién mató a la chica? ¿Usted o su hijo?
—¡No! Nosotros no fuimos. Ni la conocíamos —respondió, sorprendido.
Anthony le entregó una tarjeta.
—Si recuerda algo, llámeme. Y deje su número con los agentes.
Luego habló con el hijo. Las respuestas coincidían. Nada indicaba que tuvieran relación con el crimen.
—¿Usted fuma? —preguntó Anthony al joven.
—Sí.
—¿Qué marca?
—Marlboro.
—¿Fumó hoy aquí?
—Sí… cuando estoy nervioso fumo más. Lo siento.
—No es grave. Pero debería dejarlo. Le hará daño.
—Lo sé. Gracias.
Tras el levantamiento del cadáver, todos comenzaron a retirarse. Anthony miró a Robert.
—Vamos a ver al esposo de Greicy. Hay que darle la noticia y ver que nos dice su reacción….