CAPÍTULO I #2
No faltaba nada de valor: su ropa, cartera, tarjetas e identificación estaban sobre el cuerpo. Sus brazos permanecían junto al torso y las piernas cerradas.
Su vehículo apareció intacto una semana después, a treinta kilómetros del lugar. Las únicas huellas encontradas en su interior pertenecían a la víctima y a su esposo. No había ningún otro indicio.
El cuerpo presentaba tres pequeñas punciones en el cuello que parecían hechas con una aguja. Si el asesino había administrado alguna droga, esta no dejó rastro: el informe forense no encontró sustancias ni alcohol en la sangre.
Para Anthony, aquello reforzaba la posibilidad de un homicida con un trastorno mental, alguien que mataba por impulso, placer o necesidad interna, sin remordimiento alguno.
Un agresor que sometía a sus víctimas con algún tipo de sedante y que, por el patrón observado, podía tratarse de un asesino en serie.
Considerando que Abigail era blanca, Anthony valoraba la posibilidad de que el agresor también lo fuera, ya que, en muchos casos de este tipo, los responsables tienden a actuar dentro de su propio entorno étnico.
La teoría del asesino en serie parecía confirmarse con la marca que Anthony encontró detrás del lóbulo izquierdo de la oreja de Abigail.
—Detrás del lóbulo... —murmuró Anthony—. Un lugar que nadie mira, un secreto entre él y ella. No es un mensaje para la prensa, es una firma para quien se atreva a mirar de cerca.
Estaba escrito con marcador negro indeleble:
El esposo de Abigail aseguró no haber visto nunca esa marca, lo que indicaba que había sido hecha por el asesino. Pero ¿qué significaba? Lo primero que Anthony dedujo fue que el número seis podía representar la cantidad total de víctimas previstas.
Si Abigail era la primera, ¿qué indicaba el otro número? ¿Que ya había una menos? ¿Que era la primera de una serie? Y la cruz o el signo de más ¿qué significa? ¿Que está muerta, que habría más? Entrar en la mente de un asesino de este tipo nunca era sencillo, y Anthony lo sabía bien.
Estaba absorto en sus pensamientos cuando Robert Arlington apareció en la puerta.
Rubio, de treinta y dos años, algo obeso, cabello corto estilo militar.
Ojos azules y rostro bien afeitado. Había servido en la infantería de marina y era médico antes de ingresar al FBI.
Tras destacar en la academia, pasó tres años como agente hasta unirse a la UAC.
—Encontraron otra chica muerta —anunció Robert con el ceño fruncido.
—Ya nos lo esperábamos —respondió Anthony, con una mezcla de tristeza y preocupación.
—¿Cuál de las dos posibles ha sido? —preguntó mientras revisaba el listado de personas desaparecidas que había recibido la tarde anterior.
—Greicy Harris, veintisiete años. La de Carmel —informó Robert.
—La casada, ¿verdad? —dijo Anthony. Observó de nuevo la foto del lóbulo de la oreja izquierda de Abigail con el símbolo numérico, la colocó en la carpeta y tomando su chaqueta del respaldo de la silla se dirigió a la puerta.
—Sí, la casada.
Ambos salieron al estacionamiento y subieron al Nissan Altima del Buró.
—¿Dónde la encontraron? —preguntó Anthony.
—En Shawanga Lodge Road.
—No me digas… —murmuró Anthony—. ¿Hay algún arroyo o laguna cerca?
—Sí. Y estabas en lo cierto ayer: es bastante parecida a Abigail. Y solo han pasado tres meses desde que la encontraron —respondió Robert, con un dejo de tristeza—. Vendrán otras entonces.
—Me temo que sí. A menos que podamos impedirlo, este loco seguirá matando mujeres.
Al llegar a Shawanga Lodge, se desviaron por un camino de tierra que conducía a una laguna.
La serenidad del agua, que reflejaba el sol de la mañana como un espejo plateado, contrastaba de forma macabra con la palidez del cuerpo de Greicy sobre la tierra húmeda.
El silencio del bosque se rompía apenas con el crujir de las ramas bajo las botas de los agentes y el ondeo suave de la cinta amarilla que delimitaba la escena.
Había dos agentes del Buró de Washington, junto a otros dos hombres que los acompañaban —uno de unos cincuenta y cuatro años y otro de veintitantos— y dos patrulleros locales.
Tres vehículos estaban estacionados: un automóvil, la patrulla y una camioneta oxidada.
La zona estaba acordonada para evitar la entrada de curiosos.
—Qué tal, agentes Smith y Wilson —saludó Anthony con cortesía. Luego miró a Robert, quien levantó la mano en forma de pistola, sonriendo y guiñando un ojo, aludiendo al revólver Smith se los dejamos a ustedes. Bueno, chicos, nos vemos —dijo Smith antes de subir al vehículo.
Robert abrió la boca para decir algo… pero Smith sacó la mano por la ventana, le mostró el dedo medio y sonrió mientras se alejaban.
—¿Ya avisaron al forense? —preguntó Anthony.
—Sí, viene en camino —respondió Robert.
—Buenos días —saludó Anthony a los patrulleros y a los dos hombres que habían encontrado el cuerpo—. En un momento hablaré con ustedes. No se marchen, por favor.
—Buenos días —respondieron padre e hijo al unísono, aún con el susto reflejado en el rostro.
—Está bien —añadió el mayor.
Los patrulleros se limitaron a tocar sus sombreros en señal de respeto.
Anthony levantó la cinta amarilla y pasó por debajo. Se acercó al cuerpo de la chica, aún cubierto. Smith y Wilson lo habían tapado para evitar las miradas curiosas. Todavía no había mucha gente alrededor, pero ya empezaban a llegar.