CAPÍTULO I
Anthony García Johnson, de treinta y un años, acumulaba ya ocho años en el FBI, aunque para él habían pasado con sorprendente rapidez. Desde que ingresó a la academia a los veintitrés, recién graduado en psicología y comenzando criminología, su vida había sido un torbellino.
Su carrera dio un giro decisivo cuando, hace siete años, fue asignado a la Unidad de Análisis de Conducta (UAC) gracias al sonado caso del asesino del reloj, en el cual participó por recomendación de su profesor y mentor, el agente especial Arthur Truman.
Su desempeño lo llevó a obtener una especialidad en Estudios de la Conducta Criminal y a ser ascendido a agente especial supervisor.
Hijo de padre venezolano y madre norteamericana, su apellido solía hacer que muchos lo imaginaran como un típico latino, pero su apariencia desmentía cualquier estereotipo: de tez blanca, de un metro ochenta y cinco, figura atlética, cabello castaño oscuro y ojos color café.
Practicaba artes marciales y era cinturón negro en aikido.
Quienes escuchaban su nombre esperaban a alguien distinto y siempre se sorprendían al encontrarse con un hombre alto, de rasgos definidos y presencia imponente.
A pesar de su relativa juventud dentro del FBI, su destreza, capacidad de observación y lo que muchos llamaban su sexto sentido, lo habían llevado a convertirse en el tercero al mando de la UAC.
Era uno de los primeros agentes convocados cuando surgía un homicidio complicado, como había ocurrido en varias oportunidades en los últimos siete años.
Tal como ocurrió con el asesinato de Abigail Miller, tres meses atrás, un caso que lo mantenía obsesionado.
Día tras día revisaba fotografías, testimonios y evidencias, en busca de cualquier detalle que lo guiara hacia el asesino.
Y esa mañana, sin saberlo aún, estaba por enfrentarse a un nuevo crimen.
Como de costumbre, Anthony llegó a la central a las siete de la mañana, aunque era viernes, inicio del fin de semana.
Absorto en sus pensamientos, volvió a equivocarse de lado al buscar el interruptor de la luz.
Llevaba tres meses en esa oficina, después de la inundación del ala derecha en el Buró, pero aún conservaba la costumbre de su antigua oficina, donde el interruptor estaba a la derecha.
Ahora, tras un cambio inexplicable de puerta, debía abrirla por completo o rodearla para encender la luz.
Había solicitado que corrigieran ese detalle, pero aún no lo habían hecho.
Anthony no colgó su chaqueta en el perchero como de costumbre; la colocó en el respaldar de su silla. Algo en el aire —llámalo intuición, experiencia o sexto sentido— le decía que ese día no sería como los demás.
Se sentó y miró el escritorio de su compañero Robert, a su izquierda: un caos habitual de carpetas que ocupaban casi todo el espacio.
Robert, como siempre, aún no había llegado.
Anthony encendió su computadora y observó su propio escritorio ordenado de forma impecable.
Tomó el expediente que tenía encima y volvió a revisar las fotografías de Abigail Miller.
Abigail era una hermosa joven de veintiún años de piel blanca. Tenía el cabello largo de color castaño oscuro y los ojos color café. Estaba casada, pero sin hijos.
Trabajaba como asistente administrativa en la Universidad Estatal de Nueva York en New Paltz.
Su cuerpo había sido encontrado tres meses atrás en Philipstown, cerca de Cold Spring. Había estado desaparecida por veintidós horas cuando unos deportistas la hallaron en la orilla de Dales Pond, cerca de Lane Gate Road, alrededor de las seis de la mañana.
La zona del hallazgo estaba a una hora cuarenta y cinco minutos de la oficina del FBI en Broadway, y a cuarenta y siete minutos de su casa en New Paltz. La última señal del teléfono de la víctima se registró en las inmediaciones de la calle John, una zona de baja vigilancia.
—Ya han pasado casi tres meses y no tenemos nada —dijo Anthony en voz baja—. No dejó rastros y, lo más probable, volverá a matar.
Las fotos mostraban a la joven boca arriba. Tenía marcas en muñecas y tobillos que sugerían que había estado amarrada durante un largo tiempo, quizá incluso al momento de su muerte.
También presentaba marcas en la frente, en los brazos —un poco debajo de los codos— y en las piernas —por encima de las rodillas y antes de los muslos—, como si hubiese sido inmovilizada con correas.
Un hematoma en la mandíbula indicaba un golpe fuerte, con la probable intención de reducirla. El forense había determinado que murió por asfixia mecánica: alguien le colocó un objeto alrededor del cuello y apretó hasta matarla.
La hora de la muerte fue estimada entre siete y ocho horas antes del hallazgo. Eso situaba el momento del homicidio alrededor de las once o doce de la noche del día anterior, unas quince o dieciséis horas después de que su esposo, Tom Miller, la viera por última vez.
También era evidente que el lugar donde apareció el cuerpo no era la escena del crimen.
La joven había sido asesinada en otro sitio.
Eso implicaba que el responsable la secuestró, la mantuvo retenida durante varias horas y después la estranguló.
No parecía tratarse de un indigente ni de alguien sin recursos: debía tener un espacio propio o arrendado donde pudiera actuar sin interrupciones.
Entre las evidencias también había varias fotografías tomadas a los curiosos que se acercaron durante la recolección de pruebas.
Tom Miller, de veintiséis años, blanco, de contextura media, cabello castaño oscuro y ojos café, medía un metro sesenta y seis.
Era técnico superior mecánico, había trabajado dos años en talleres Ford.
Denunció la desaparición de su esposa el jueves a las diez y media de la mañana.
La había visto por última vez a las siete cuarenta y cinco, cuando ambos salieron rumbo a sus trabajos.
Arthur Hopkins, jefe de Abigail, notó su ausencia temprano. Ella siempre era puntual, así que le resultó extraño no verla. Intentó llamarla varias veces, pero solo obtuvo la contestadora. Le preguntó a Rita, la secretaria, si la había visto o si a Frederick le tocaba trabajar ese día.
—No la he visto, y Frederick sí trabaja hoy —respondió ella—. Pero ya le he dicho, no hay nada romántico entre ellos, además, ella está casada y quiere mucho a su esposo.
—Está bien, solo estoy preocupado —alegó Arthur Hopkins.
A las ocho y media decidió comunicarse con Tom, quien le comentó que había salido antes de las ocho, como de costumbre. Lleno de angustia, Tom llamó al teléfono de su esposa sin obtener respuesta y contactó a varios conocidos, pero nadie la había visto.
Inquieto, habló con los mecánicos de su taller.
Ernesto, uno de los más antiguos y amigo cercano, se ofreció a acompañarlo.
Tom dejó a Jorge a cargo y ambos salieron a buscarla.
Pasaron primero por la casa, pero el vehículo de Abigail no estaba.
El interior seguía tal como lo habían dejado esa mañana, lo que sugería que ella no había regresado.
Recorrieron las calles cercanas y luego se dirigieron a la comisaría.
Tras narrar lo sucedido, el oficial de turno explicó que, según el protocolo, deberían esperar veinticuatro horas para considerar a alguien como desaparecido.
Tom insistió en que su esposa jamás pasaba tanto tiempo sin avisar dónde estaba.
El oficial, aunque mantuvo el protocolo, tomó la denuncia y la registró de inmediato.
Como ocurre en la mayoría de los casos, el cónyuge sobreviviente se convirtió en el primer sospechoso.
Anthony y Robert iniciaron la revisión en el taller de los Miller.
Era un galpón pequeño con dos portones. Al fondo, del lado derecho, había un escritorio que funcionaba como oficina improvisada, junto a estantes con herramientas ordenadas.
Del lado izquierdo, había cuatro gatos mecánicos y dos hidráulicos.
Cuatro vehículos estaban en reparación y varias herramientas dispersas cerca de ellos. En ese momento trabajaban allí cinco personas: cuatro mecánicos y Tom, dueño del taller.
Tras entrevistar a los empleados, Tom sugirió continuar la conversación en su casa, que estaba a tres minutos en auto.
La vivienda era modesta: sala, cocina, comedor y dos habitaciones. En la sala había dos sofás, un televisor de pantalla plana y una mesa de centro con revistas de mecánica, otras de maternidad, además de dos libros: uno sobre paternidad y otro de mecánica diésel.
En la pared de entrada colgaba un retrato de boda, acompañado por tres adornos de loros verdes y amarillos dispuesto en descenso. En la pared opuesta, un cuadro grande mostraba un lago con cisnes y abundante vegetació n .
Sentados en la sala, entrevistaron a Tom.
Su coartada parecía sólida. Los señores Kingston, vecinos de los Miller, lo habían visto salir con su esposa aquella mañana: ella se marchó en su vehículo y él a pie, rumbo al taller, a unos diez minutos de distancia.
Llegó a las siete cincuenta y cinco, ya lo esperaban Ernesto y Jorge.
A las nueve y media salió con Ernesto a buscar a Abigail. Pasaron por la casa, recorrieron el trayecto hacia su trabajo y los alrededores. A las diez y veinte se dirigieron a la comisaría. Los mecánicos confirmaron cada detalle. Los Kingston y Arthur Hopkins también respaldaron su versión.
En cuanto a Frederick, es un joven que trabaja en la zona sur de la universidad, en el edificio Central.
Tiene síndrome de Asperger, un trastorno del espectro autista.
Abigail era la única que lo trataba con paciencia, no lo juzgaba y era clara al hablar con él.
Por eso, Frederick la veía como su "ancla" en el trabajo.
Era muy inteligente y estaba bastante triste por la ausencia de Abigail.
El cuerpo de Abigail no presentaba signos de agresión sexual, lo que descartaba ese tipo de móvil. Tampoco había indicios de violencia excesiva, por lo que no parecía tratarse de un crimen pasional.