Capítulo 61
Una semana después de la reunión con los Dioses y el accidente de Fiero y Agatha, mi padre convocó una reunión con los únicos miembros de La Élite en los que confiaba.
Así que Dorian y yo volvimos a la antigua biblioteca, donde nos acomodamos en los sofás de piel y sillas que habíamos encontrado desperdigadas por la sala.
Fue idea de Greta Pellegrini, la dueña de la escuela, hacer la reunión aquí.
Nadie vigilaría quién entraba y salía de la escuela.
Hubiese sido más raro y peligroso reunirnos en casa de alguno de los presentes, así que aquí estaríamos tranquilos y decidiríamos qué haríamos con todos los libros que nos rodeaban.
Christie y Fiero entraron. Fiero ya se veía mejor, aunque todavía tenía algunos rasguños que estaban sanando. Cuando llegaron, todos estábamos allí. Me alegraba que estuviera aquí, aunque me asustaba un poco su reacción.
Christie se colocó junto a mi padre, que estaba con mi tío, y Fiero se acercó a Marco, que estaba con Giu. Así es como debería haber sido desde un principio, padres e hijos en cada una de las reuniones, pero esta sería la primera y última.
—Cuando acabe el verano, los Dones desaparecerán. —Dorian siempre iba al grano y que él hablase me dejaba vía libre a estudiar los rostros de todos.
Giu y mi padre ya lo sabían, así que no fue sorpresa para ninguno de los dos, como tampoco pareció serlo para Greta y Christie.
A Christie suponía que la mantenía informada mi padre, pero Greta debió de haber sacado las conclusiones ella sola.
Por algo era la portadora de la Diosa de la Sabiduría, siempre iba un pie por delante de todos los demás.
Quienes sí parecieron impactados fueron Marco y Fiero.
Este último me miró confundido y me apresuré a contar todo lo que había ocurrido.
—La profecía de la que se hablaba trataba sobre Dorian y yo —sabía que ya conocían la profecía, eso lo facilitaba todo—.
Estábamos prácticamente obligados a terminar con los Dones, y hace una semana fue lo que hicimos.
Convocamos una asamblea con ellos en la que llegamos a un acuerdo.
Los Dones desaparecerían al final del verano y con el tiempo nos acabaríamos olvidando de ellos, eso a cambio de que ninguna mujer de La Élite pudiera volver a tener hijos, acabando así por completo con La Élite.
Las palabras tenían un gusto amargo, pero sabía que habíamos hecho lo correcto.
—La Élite estaba condenada a desaparecer de una forma u otra. Si Alessandra y yo no hubiéramos parado esto, estábamos condenados a matarnos entre nosotros.
Silencio. Nadie se atrevía a decir nada, y yo no era capaz de mirar a los ojos a Fiero. No cuando no pudimos salvar a una persona del desastre.
—Habéis hecho lo correcto —fue Greta Pellegrini la que rompió el silencio—. Todos deberían estar agradecidos con vosotros, pero esto no saldrá de aquí.
Cuando me atreví a mirar por fin a Fiero, parecía contrariado, y cuando me miró, lleno de dolor, fue cuando alzó la voz, pero fijando su mirada al suelo.
—La noche del accidente —la voz de Fiero salió entrecortada—, esa noche Agatha me reveló que yo estaba a salvo gracias a ella.
—Su mirada verde volvió a conectar con la mía.
—Estuvimos discutiendo antes de que ocurriera todo.
Su familia pareció ser la cabecilla de todo el plan.
Ella quería ser tú. Manipuló el cuarzo para que explotara, para separarnos —hablaba como si solo me lo estuviese contando a mí, y con esas palabras mi garganta se cerró—.
Querían acabar principalmente con tu familia porque decían que opacaba al resto —su risa estaba llena de dolor—.
Lo siento —escuché mi nombre en un susurro que salió de entre sus labios.
El cuarzo… El cuarzo estaba caliente cuando puse la mano sobre él, pero eso ya no importaba.
Fiero estaba destrozado. Le había manipulado para que creyera que era una persona diferente a la que realmente era.
Fiero podría haber cometido muchos errores, pero lo conocía lo suficiente para saber que nunca estaría con una persona así.
Había engañado a todos, porque Giu también pensó que era su mejor amiga mientras solo la utilizaba para conseguir lo que quería.
Giu, que ahora tenía lágrimas en los ojos mientras cogía de la mano a Fiero.
No sabía qué decir, pero agradecía que Dorian estuviese a mi lado. Tan solo su tacto lograba mantener en pie las ruinas que amenazaban con caer sobre mí.
—Ya no habrá nada de lo que preocuparse —fue mi tío el que rompió esa tensión que pareció llenar toda la sala—.
Ahora de lo único que nos tenemos que ocupar es de ver qué hacemos con todos estos libros.
Todo lo demás se pondrá en su lugar. La Élite dejó de existir en el momento en el que esa chica perdió la vida.
No habrá más eventos ni rivalidades. Pero vosotros —nos miró a Dorian y a mí— deberíais iros de aquí.
No creo que tengan intención de hacer nada más hasta dentro de un tiempo, pero estaréis mucho más tranquilos fuera de La Toscana.
Dorian asintió.
—Es la intención.
Mi tío asintió hacia nosotros y se giró hacia mi padre.
—Tú también deberías irte, Massimo.
—Nos iremos —contestó mi padre refiriéndose a Christie y a él.
Sabía que tenía intención de irse a la casa que teníamos en Dolomitas, lejos de todo esto.
Completamente solos y tranquilos en las montañas, rodeados tan solo de naturaleza.
A papá siempre le había encantado esa casa.
Era donde solíamos pasar las Navidades todos juntos antes de que mis abuelos fallecieran.
Tal vez incluso podríamos volver a retomar esa costumbre y pasar las Navidades rodeados de nieve.
—Quemaré este lugar y lo tapiaré de una vez por todas. —La voz de Greta hizo que las conversaciones que estaban surgiendo alrededor cesaran.
Nadie iba a poner pegas. Este lugar le pertenecía principalmente a ella.
Lo que quisiera hacer con él estaba bien mientras la información que había entre esas pilas de libros no llegase a más personas.
Lo importante era que por fin le habíamos dado punto y final a una era que tenía que acabar.
Y aunque Fiero y Marco se habían sorprendido al principio, lo habían entendido y aceptado de una manera sorprendente.
Todo esto acabaría olvidado. Y con suerte las heridas que cada uno llevaba por dentro desaparecerían solas.
✦
El mes que nos dimos para estar en casa pasó demasiado rápido.
Me estaba empezando a acostumbrar a ver a Fiero con nuestro grupo de amigos.
Incluso Dorian y Fiero parecían haber entablado una relación después de haber estado las primeras semanas ignorándose.
Seguían sin ser amigos, pero al menos se toleraban y podían hablar.
Ambos estaban haciendo grandes esfuerzos por intentar sentirse cómodos el uno junto al otro, pero ya se había acabado ese tiempo.
Fiero se iba a quedar de momento en Florencia con su padre, y Dorian y yo nos íbamos.
Mentiría si dijera que no me daba miedo todo lo que dejaba atrás, pero a la misma vez se sentía tan… liberador. Era como conocer una parte de mí que nunca antes había conocido.
—Espero que me recibas en tu futura casa con los brazos bien abiertos. —Mi prima ya estaba haciendo una mueca de pena claramente fingida.
—Giu, no seas tonta, te podrás quedar el tiempo que quieras.
No tenía ni idea de cuándo decidiríamos asentarnos ni de dónde sería, pero todos estaban invitados a quedarse cuando quisieran.
—Bueno, eso habrá que debatirlo.
—¡Dorian! —Giu y yo le gritamos a la vez, haciendo que se riera.
—Es broma, es broma —dijo levantando los brazos—, sabes que eres más que bienvenida. Pero aún no sabemos ni dónde vamos a vivir, Giulia, ¿te vendrías a vivir un mes al Polo Norte?
Mi prima puso los ojos en blanco y le dio un golpe en el hombro. A veces eran como niños pequeños, pero me encantaba ver lo bien que se llevaban.
—Hija —mi padre me separó de ellos—. Sé que vais a estar viajando, pero como no sé cuándo te volveré a ver, quiero que te quedes el recetario de tu abuela.
Era un pequeño cuaderno abultado. Recogía todas las bebidas medicinales, recetas de sopas y comidas con las que crecí.
En todos ellos había un poco de magia. El Don siempre había estado presente en sus comidas y, a pesar de tener un chef personal, a ella le gustaba cocinar para nosotros siempre que podía.
Lo acepté a sabiendas de que dejarían de ser funcionales, pero era una reliquia familiar a la que no me podía negar.
—Gracias, papá.
Mi padre asintió. Sabía que no le hacía mucha gracia que me fuera tan pronto, pero al menos ya tenía a Christie a su lado.
Incluso Fiero estaba empezando a aceptar la relación de nuestros padres y había accedido a alguna comida familiar.
No era lo usual, pero al menos me iba más tranquila.
Fiero y Marco volvieron a su amistad de siempre.
Giu también volvía a llevarse bastante bien con él, así que sabía que iba a estar bien acompañado, porque la pena que acechaba su mirada cada vez que la desviaba era algo que me atormentaba.
Agatha pudo no ser su destino, podía haber sido una manipuladora, pero que te arrebataran así a la persona que pensabas que querías era cruel y mezquino.
El piloto nos hizo señas de que ya estaba todo listo, así que no nos quedaba otra que abordar.
Le di un abrazo a mi padre, a Giu y a Gabriele, que eran los que habían venido a despedirse de nosotros.
Dorian ya se despidió de sus padres en casa.
Seguían sin saber que era yo con quien se iba.
Se cansaron de indagar y de ir detrás de Dorian.
Nunca les importó lo suficiente para controlar lo que ocurría en su vida, y ahora que La Élite había caído, no les interesaba lo más mínimo lo que hacía Dorian.
—Nos veremos, hermanito —dijo Gabriele cuando llegó el momento de despedirse de Dorian.
Dorian asintió.
—Nos veremos.
Se envolvieron en un corto abrazo y nos metimos en el jet. No pude evitar mirar por la ventana y ver cómo se alejaban poco a poco. Pensaba que no echaría de menos nada de esta vida, pero supongo que me equivocaba.
Esto no era un adiós para siempre, lo sabía, aun así, la sensación agridulce era inevitable.
—Primer destino, Sicilia —dijo Dorian acariciando mi pierna, trayéndome de vuelta a la realidad—. Los volveremos a ver antes de lo que crees.
Asentí esperando que así fuera.