Epílogo
(D)
Dos meses pasaron desde que emprendimos nuestro viaje.
Ya habíamos recorrido casi toda Italia. Estábamos comenzando a recorrer el norte y decidimos pasar el inicio del otoño en una de las antiguas propiedades de la familia de Alessandra en el Lago di Como.
Llevábamos ya dos días aquí. Dos días de lluvia, en los que intentamos habituarnos a la laberíntica casa que era demasiado grande para nosotros dos.
—Nuestra futura casa tiene que ser pequeña. Esto es demasiado —dijo mientras nos dirigíamos a una gran puerta que había al final del pasillo.
—Alessandra, cariño, por más dinero que tengas, no te dejaría hacer una casa de estas dimensiones.
Saqué la llave y la introduje en la gigantesca puerta de madera.
Habíamos tenido que dar la vuelta cuando la encontramos porque no teníamos la llave y nos intrigaba saber qué había tras ella.
Alessandra me dijo que había una biblioteca enorme, pero aún no la habíamos encontrado.
El primer día tampoco tuvimos demasiado tiempo para investigar la casa.
—No nos hace falta una casa tan grande. Prefiero que tenga un gran jardín y ya —añadí empujando la puerta—, si queremos tener animales, es…
Ambos nos quedamos boquiabiertos.
Las escaleras de piedra bajaban a un pequeño muelle privado sobre las aguas del lago. El verde y el azul colisionaban en el horizonte.
—Era obvio —dije cuando salí del asombro.
—No entiendo por qué mi padre no me trajo más a este sitio cuando era pequeña.
Habría sido un sitio perfecto donde pasar los veranos. Sin tanto calor y con un lago gigantesco donde poder refrescarse en los días más calurosos.
Alessandra me agarró de la mano y me llevó escaleras abajo. Seguía lloviendo, solo que en bastante menor medida a pesar de los grandes nublos que había sobre nuestra cabeza.
Alessandra no tardó en descalzarse y meter un pie en el agua.
Me sorprendía lo que había cambiado en tan poco tiempo.
La Alessandra que conocí a principios de año nunca pensaría en meterse en el lago en este momento.
Esperaba que se girara arrepintiéndose de inmediato.
Era octubre, hacía frío, así que imaginaba que el agua estuviera más fría aún, pero el agua no se movía, invitándonos a adentrarnos en ella.
—Ven, vamos dentro —dijo sorprendiendome
—¿Segura?
Asintió.
—Pues ya vas tarde. —Me quité la camiseta y los pantalones y me tiré. Alessandra no tuvo tiempo de reaccionar siquiera. Para mi sorpresa, el agua no estaba nada fría. —¡Eres demasiado lenta, Aless! —grité desde el agua.
Pero no se lo pensó demasiado, se quedó en ropa interior y se tiró al agua sin pensarlo dos veces.
—Bueno, no te lo has pensado tanto como esperaba.
Me tiró agua en la cara, pero antes de poder hacerlo de nuevo, la agarré del brazo, pegándola a mi cuerpo. Ella no tardó en envolverme con sus piernas.
Le aparté un mechón castaño que estaba pegado en su mejilla antes de envolver sus labios con los míos. Un beso lento, pero no tan inocente como quería hacer ver.
—Te amo, Alessandra —dije cuando alejé mi rostro del suyo—.
Estos últimos meses han sido sin duda los más felices de mi vida —observé su rostro.
Estudiando con detalle cada parte de su ser.
Grabando en mi retina su mirada cálida y llena de cariño—.
Has traído de nuevo la luz a mi vida, así que espero que sigamos así mucho tiempo más.
—El resto de nuestros días, si me lo permites —contestó con sus manos sobre mis mejillas. Estudiando mi mirada tanto como yo estudiaba la suya.
—¿Quieres…? —Me quedé callado y se me escapó una carcajada dirigida hacia el cielo.
No me podía creer que estuviera nervioso.
Cuando miré a Alessandra de nuevo, vi lo confusa que estaba—.
Es estúpido, pero nunca lo hemos oficializado —una sonrisa brotó de sus labios al entenderlo—.
Alessandra Leone, ¿querría usted, personificación de la primavera y la belleza, ser mi novia?
Su risa llenó el lago de color. Iluminándolo como si los nublos grises hubiesen desaparecido del cielo.
—Señorito Dorian Vinci, personificación de los sueños y los narcisos —la sonrisa seguía vibrante en su rostro— sí, claro que sí quiero.
Nuestros labios se unieron esta vez con más intensidad. Con más frenesí.
Ya no había nada ni nadie que nos pudiera separar. Solo estábamos ella y yo. Solo éramos ella y yo, y con eso era más que suficiente. Porque nuestro amor solo hacía crecer con cada día que pasábamos juntos, independientemente de los Dones y los Dioses que ya nos habían abandonado por completo.
✦
Ya había pasado casi un año desde que Alessandra y yo nos habíamos embarcado en nuestra aventura.
Visitamos Italia de sur a norte, lugares de Alemania, Francia y Suiza, hasta que finalmente le mostré donde crecí.
Aquel internado que me recibió con los brazos abiertos, al igual que recibieron a Alessandra.
Le mostré todos los pueblos colindantes, pequeñas joyas ocultas donde se respiraba una tranquilidad que nunca pudimos tener Alessandra y yo mientras estábamos en La Toscana.
Sabía que los Cotswolds le encantarían, y no tardó en decidirse por quedarse aquí a vivir.
Así que apenas llevábamos dos meses en nuestro pequeño hogar.
En una casa antigua pero reformada, de tejado de paja y paredes de piedra que nos resguardarían bien del frío en invierno.
No era demasiado grande. Había habitaciones de sobra para nuestros invitados y espacio suficiente para nuestras mascotas y nuestro pequeño huerto.
Era todo lo que soñé tener en algún momento, en esa época en la que me permitía soñar.
Ella me había devuelto esas ganas, y no podía estar más agradecido de ello.
—Ícaro —el pequeño setter inglés que apenas llevaba con nosotros unas semanas me despertó a lametones. Me incorporé y me puse a jugar con él.
—¿Ya te ha despertado? —La voz de Alessandra a mi lado seguía sonando adormilada.
—¿Te he despertado, cariño? —dije volviéndome hacia ella y dejando a Ícaro recorrer libremente la cama.
—También me ha despertado Ícaro —contestó girándose hacia mí con una sonrisa.
Aún tenía los ojos pegados y el largo pelo revuelto, pero era imposible no admirar su belleza. Cada día que pasaba me sorprendía admirándola más. Casi no habíamos parado desde que nos mudamos y ella seguía viéndose radiante a pesar de los largos días que pasaba trabajando en el huerto.
Habíamos dejado a los chefs, los sirvientes y todo tipo de comodidades a las que estábamos acostumbrados de lado.
Así que cada día que pasaba aprendíamos algo nuevo.
Yo me di cuenta de que realmente disfrutaba de la cocina, a diferencia de Aless, que no parecía que se le diera muy bien.
Ella seguía disfrutando del exterior, de las plantas, las verduras y frutas que cuidaba cada día.
—Tal vez, si algún día me aburro, podría abrir una floristería —dijo mientras paseábamos entre el pequeño huerto y me explicaba cuándo sería la época para comenzar a recolectar cada hortaliza y fruta.
Los Dones se habían desvanecido mucho antes de que Alessandra y yo decidiéramos asentarnos por fin.
Aun así, cada vez que miraba el jardín, cada vez que la veía trabajar con las plantas, incluso cada vez que me despertaba y veía esa rosa roja que nació junto a ella, me quedaba claro que aún quedaba algo de magia en su ser.
No sabía por qué era así, ni siquiera si ella era consciente de ello, pero lo sentía en ella, en esa conexión que tenía con la naturaleza.
Era algo innegable, como si las plantas despertaran bajo sus manos; todo en ella era magia.
No me podía estar más contento de poder compartir mi vida con Alessandra.
De que todo siguiese exactamente igual entre nosotros.
Seguiríamos viajando. Alessandra se enamoró de descubrir y explorar nuevos lugares.
Y mientras estuviera con ella, yo seguiría acompañándola, explorando y conociéndola más a fondo.
Mientras eso fuera así, esperaba que esta vida se convirtiera en eterna.
Aunque tenía la sensación de que, más pronto que tarde, dejaríamos de estar tan solos.