Capítulo 60
El hospital siempre me había parecido un lugar hostil y violento a pesar de su carácter benévolo. Esos pasillos blancos, esa luz fría… Me daban náuseas.
Sobre todo el día de hoy.
Enfrentarme a un Fiero postrado en una camilla no era algo que pensaba que tuviera que asimilar nunca.
Independientemente de lo ocurrido este año, seguía siendo una persona que estaba grabada en mi corazón.
Siempre lo estaría. Los años de amistad y cariño entre los dos no se borraban tan fácilmente.
Así que encontrarlo con la mirada ida, con su rostro moreno drenado de color y lleno de arañazos y moretones, no fue sencillo.
Pero recordé las palabras de Dorian. Era fuerte, más fuerte de lo que pensaba. Así que podía enfrentarme a esto. Aun así, cuando lo llamé, mi voz sonó débil y temblorosa. Mi prima me animó a adentrarme más en la sala y colocarme a su lado.
—Hola —intenté sonreírle.
—Alessandra, has venido. —Su voz sonaba áspera, dolorida, pero parecía sorprendido de que realmente estuviera allí.
Solo pude asentir, intentando que las lágrimas no se desbordaran.
—No sabía que era invisible —Giu bromeó. Sin duda, ella ocultaba el dolor mejor que yo.
—Giulia. —Fiero pareció querer hacer un intento de sonrisa que rápidamente se convirtió en una mueca.
No me podía imaginar el dolor que sentía. Tanto por dentro como por fuera.
—No podía no venir, ¿lo sabes, no? —Tal vez no debí haber hecho esto, pero agarré una de sus manos—. Seguimos siendo familia.
Fijó su vista en nuestras manos y asintió antes de volver a mirar al frente.
—Sí, supongo que sí. —Pero su mirada seguía perdida muy lejos de nosotras.
—No te puedes librar de nosotras tan fácilmente —añadió Giu colocando su mano sobre la nuestra.
Fiero nos miró a las dos con los ojos vidriosos, y eso fue lo último que me hizo falta para romperme.
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No sabía cuánto tiempo estuvimos los tres juntos, pero la médica nos tuvo que echar y nos dijo que, posiblemente, si todo iba bien a lo largo del día, Fiero volvería a casa al final de la tarde.
A pesar de la horrible situación, fue como volver a nuestra infancia.
Solo Giu, Fiero y yo, compartiendo tiempo, hablando y bromeando como siempre.
Esto parecía haberlo cambiado todo y nada a la vez.
Porque si Fiero seguía abierto a hablar con nosotras, todo volvería a la normalidad, como siempre había sido y como esperaba que siempre fuese.
Pero, por otro lado, Dorian y yo nos iríamos dentro de no tanto tiempo.
Todo seguía siendo nuevo, todo seguía cambiando y no me iba a echar atrás por ello, pero en parte me sentía mal yéndome en este momento.
Así que, sintiéndome nostálgica y con ganas de dejar todo lo más zanjado posible, le pedí a mi prima que se quedara a dormir en casa.
Oferta que obviamente no pensó en declinar.
Creo que ninguna de las dos quería estar sola el día de hoy.
—Cuánto tiempo sin hacer esto —dijo tirándose en mi cama cuando volvió de su casa. Primero decidió ir para comer y hablar con sus padres e informarles de la situación con Fiero. Todos parecían muy conmocionados con lo ocurrido.
Habían pasado perfectamente más de dos años desde que Giu se quedó a dormir por última vez. Con la situación que había en casa con mis padres, no me sentía cómoda dejando que Giu o cualquier persona se quedara en casa, pero esa situación ya se había terminado.
Mi prima, mi hermana pequeña, porque eso era lo que había sentido siempre que era. Tal vez no éramos hijas del mismo padre ni de la misma madre, pero no importaba. Sabía que mi vínculo era igual de fuerte, si no más, que el que tenía mi padre con mi tío. Y eso era innegable.
Así que pasamos la tarde hablando como siempre, recordando viejos momentos, sincerándonos sobre cómo nos sentíamos, sobre cómo esperábamos que fuese nuestro vínculo con Fiero si es que él nos aceptaba de nuevo en su vida.
Estos momentos eran confusos. Daba miedo lo rápido que podía cambiar todo de un momento a otro, y en estos momentos daba igual el dinero que tuvieses.
El dinero no te podía salvar de un accidente si era tu destino.
Aunque en este caso no lo era porque fue algo orquestado. No me cabía duda.
—Giu —la llamé antes de decidir ir a dormir.
—¿Si?
—Hay algo más de lo que te quiero hablar —mi prima se giró para mirarme—. Es sobre lo que estuve haciendo realmente la otra noche cuando ocurrió todo.
Mi prima me miró con el ceño fruncido.
—Alessandra dejate de secretismos y desembucha. No es el momento de seguir ocultando cosas.
Suspiré, le había dado muchas vueltas a cómo decírselo, pero siempre me pasaba lo mismo. Nunca encontraba las palabras correctas, así que comencé desde el principio.
—¿Recuerdas el accidente que casi tuvimos mis padres y yo a principios de año? —Mi prima asintió—. Fue causado por los mismos miembros de La Élite.
La boca de mi prima se abrió de inmediato. De ella solo salió un “¿qué?” casi inaudible, y sus ojos se expandieron cuando conectó ambas cosas.
—No —susurró.
Mientras Giu estuvo en su casa, tuve tiempo para hablar con Dorian.
Y tal y como imaginábamos, fue La Élite la que ocasionó el accidente.
Había tenido que usar su Don, a pesar de odiarlo, para asegurarse de ello.
Era la opción más rápida. Su madre nunca se iba a molestar en contarle la verdad.
No le podía juzgar por ello, porque sabía cómo era tener una madre como la suya, y habría hecho exactamente lo mismo.
Comencé a explicarle a Giu todo lo que sabía.
Todo lo que tenía que ver con la profecía, el pequeño grupo que se había parecido crear dentro de La Élite para lograr echarnos de ella e ir en contra de cualquiera que no respetara las normas y, sobre todo, la función que teníamos Dorian y yo en todo esto. Le conté la verdad, toda ella.
Tal vez me tendría que haber esperado. Eran demasiadas cosas en muy poco tiempo, cosas muy difíciles de procesar.
—Entonces, ¿dejarán de existir los Dones? —asentí. —Y no podrás tener hijos —negué aún con un nudo en la garganta. Las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos—, pero era uno de tus sueños de pequeña. Siempre habías querido tener hijos.
Me alegraba que al menos no estuviese llorando por lo de los Dones. Que no le importara tanto.
—Dejó de ser un sueño hace mucho, Giu —cuando me di cuenta de lo mucho que te podía dañar una madre.
—¿Crees que se darán cuenta? ¿Que volverán a ir a por ti?
—Espero que cuando se den cuenta, yo ya esté lejos de aquí —contesté—.
Me iré pronto. Dorian y yo lo tenemos todo planeado.
Espero que esto también sirva para que puedas encontrar tu lugar.
Para que no tengas que vivir bajo las reglas de La Élite.
Serás libre de elegir. ¿Hablaste con tu padre del negocio familiar?
Mi prima asintió.
—¿Tu padre lo sabía?
Asentí.
—Por eso decidió hablar con tu padre sobre bajar el ritmo del negocio.
Mi prima hizo una mueca.
—Me da pena, pero no era el futuro que quería.
Se quedó mirando un punto fijo. Aún tenía mucho que procesar y probablemente muchas preguntas que yo no sabía si iba a ser capaz de contestar.
Aun así, me quedé hablando con ella, intentando resolver todas las que pudiera.
De muchas acababan saliendo conjeturas, ideas de lo que podía pasar.
Pero después de que se acabaran esas preguntas, mi prima comenzó a soñar.
A ponerle las primeras pinceladas a lo que quería que fuese su futuro.