Capítulo 59
No recuerdo con exactitud cómo llegué a casa, pero de alguna forma me desperté en mi cama, en mi habitación, con una suave luz que entraba entre las cortinas y una brisa con olor a rosas me recordó que seguía viva, que habíamos hablado con los Dioses y todo había salido bien.
Me reincorporé, y enseguida los ojos de Dorian, que estaba sentado en el sillón que había en una de las esquinas de mi habitación, se abrieron y se levantó de inmediato.
—Llegamos esta mañana —me apartó el pelo que tenía en la cara—. Un médico vino a verte nada más llegar. Estás bien, solo estarás débil unos días. Tienes que descansar.
Tenía las ojeras más marcadas de lo normal, pero estaba bien. Estaba perfecto. Lo cual me tranquilizó aún más.
—¿Entonces ha salido bien?
Recordaba todo lo que había pasado hasta que me desmayé.
Dorian asintió, pero seguía sin sonreír.
—Debería avisar a tu padre, está muy preocupado. —Antes siquiera de poder decirle que no se fuera, me dio un beso en la frente y salió de mi habitación.
No tuve que esperar demasiado hasta que mi padre entró con la frente llena de arrugas de preocupación.
—Por los Dioses. —No pude evitar hacer una mueca cuando escuché esa palabra.
—Menos mal que has despertado, Alessandra.
—Sus ojos estaban brillantes, un brillo que amenazaba con desbordarse, pero no me di cuenta de que fueron los míos los que lo hicieron primero.
—Está bien, hija. Está todo bien —me envolvió en sus brazos y las lágrimas no paraban de caer sobre sus hombros—.
Dorian me ha contado lo que ha ocurrido, ¿cómo te encuentras?
La imagen de los dos niños volvió a mi mente.
—Papá —mi voz tembló—, iba a tener dos hijos.
Mi padre me miró serio, pero su rostro se ablandó y negó.
—Los Dioses han jugado con tus emociones, Alessandra. Nunca creas lo que te muestren.
—Pero —negué antes de seguir hablando. No solo los había perdido yo, nadie más en La Élite podría tener hijos.
La Élite dejaría de existir. Aunque supongo que era una de las cosas que buscábamos desde un principio, tampoco me parecía justo para los demás no tener elección de dejar seguir creciendo su familia.
Las lágrimas no cesaban, y más al ser consciente de lo que había hecho.
—Has tomado la mejor decisión, hija, y yo te estaré eternamente agradecido por ello, y aunque no lo sepas, estoy seguro de que has liberado a más personas de las que crees.
—Me acarició el pelo como cuando era pequeña, pero había algo en su semblante que no me terminaba de encajar—.
He pedido que te traigan tu sopa favorita.
Tienes que descansar y retomar fuerzas. Has perdido mucha sangre e inhalado gases tóxicos.
No le des muchas vueltas a las cosas, te agotará más.
Asentí. Estaba demasiado débil como para querer discutir y mi padre lo notó, así que se fue para dejarme descansar, pero en la puerta lo escuché hablar con Dorian.
Solo eran susurros indescifrables, aun así, podía intuir que ninguno de los dos parecía muy contento.
Tras unos segundos, la puerta se abrió de nuevo.
Esta vez era solo Dorian con mi plato de sopa en la mano. Mi barriga sonó al llegarme el olor.
—Un poquito de comida para la señorita Leone —colocó el plato con la bandeja sobre mis piernas.
—¿Tú no comes?
—Ya me he servido —me guiñó el ojo, y una parte de mí se relajó al verlo más tranquilo.
—¿Has discutido con mi padre? —me atreví a preguntar.
Dorian me miró confuso.
—No, ¿por qué dices eso?
—En la puerta estabais… —Negué intentando encontrar las palabras. —La conversación parecía tensa.
—Ah— parecía haberle dejado sin palabras, hasta que añadió—. Es solo que está muy preocupado por ti, Aless.
—No quiero que tengáis ningún problema —pero parte de mí me decía que no me estaba contando toda la verdad. Aun así, no insistí.
Poco después de cenar me di una ducha; a pesar de que estaba limpia, no sabía en qué momento Dorian me había duchado y cambiado de ropa, pero no tuvo que ser algo fácil.
Se quedó a dormir conmigo, y lo agradecía. Su compañía era reconfortante. Lo necesitaba a mi lado. Solo él sabía lo que había ocurrido realmente, y al parecer ya había visto en mi mente la visión que había tenido cuando me desmayé. Agradecí no tener que contárselo, no tener que decirlo en voz alta.
—Estuviste media hora desmayada —me dijo por la noche, cuando intentaba que las ganas de dormir llegasen.
—¿Media hora? —me sorprendió—. Yo solo lo sentí como unos segundos.
—Y yo como una eternidad. Nunca había estado tan asustado, Alessandra —lo podía ver en sus ojos enturbiados, en las lágrimas que descendieron por sus pómulos afilados—. Pensé que te había perdido para siempre —su voz tembló, estrujando mi corazón.
—Estoy aquí, Dorian, voy a seguir a tu lado —estaba segura de que lo haría.
Después de todo lo que habíamos vivido, daba igual que dentro de un año cualquier rastro de los Dioses desapareciera.
Sabía que ese sentimiento iba a seguir así.
Un simple vínculo no me podía hacer sentir todo lo que había dentro de mí por él.
—Te quiero, Alessandra Leone.
—Yo también te quiero, Dorian Vinci.
Dejó un suave beso sobre mis labios, se abrazó a mí y no tardamos demasiado en quedarnos dormidos.
✦
A la mañana siguiente me desperté mucho mejor, pero no agradecí seguir teniendo la alarma tan temprano.
—Calla eso, por favor. —Dorian bufó, atrapándome más entre sus brazos.
—Si no me sueltas, no puedo callarlo. —Me soltó con desgana, pero algo llamó mi atención y me incorporé enseguida.
Tenía un número alarmante de llamadas y mensajes de Giu. Cuando leí algunos de ellos, sentí que me iba a desmayar de nuevo.
—¿Qué pasa? —preguntó aún adormilado a mi lado, pero cuando me vio con el móvil en la mano, se espabiló de inmediato.
—¿Lo sabes? —Me sentía de nuevo fuera de mí, la cabeza me daba vueltas y volvía a sentirme débil como si la sangre hubiese abandonado mi cuerpo de nuevo.
—Tu padre me lo contó cuando llegamos y tú dormías —al menos no tuvo la decencia de negarlo.
—¿Por qué no me lo has dicho? —Las lágrimas ya habían salido sin permiso.
No me podía creer que me lo hubiera ocultado.
—Era lo mejor para ti en ese momento. Estabas muy débil, Alessandra. Contártelo te podría haber desestabilizado y hacer que volvieras a desmayarte.
—Fiero está en el hospital. Ha estado en coma. ¿Y decidís ocultármelo? —No sabía si me temblaba la voz por la rabia o el shock de la noticia.
—Alessandra, sabes que yo no tengo la última palabra en esto. Yo accedí a lo que era mejor para ti en ese momento.
Decidí ignorarlo e ir directa a la puerta. Aún me sentía débil, pero tiré de mi cuerpo, obligándome a dar cada paso.
—¿A dónde vas?
No me giré para responderle, bajé las escaleras, atravesé la solitaria entrada y, como era de esperar, mi padre ya estaba en la cocina desayunando.
—Ludovico, déjenos solos, por favor. —Nuestro chef asintió sin decir ni una palabra, pero su mirada preocupada pasó por mí antes de salir por la puerta.
—¿Cómo se te ocurre no avisarme de que Fiero estaba en coma? Papá, ¿estás loco? ¿Qué ha pasado?
Si Ludo no se había ido muy lejos, podría haberse enterado perfectamente por mis gritos, pero mi padre seguía sereno a pesar de la preocupación y las ojeras bajo su mirada café.
—El médico nos recomendó no decirte nada hasta que te encontraras más estable, hija. Fiero ha despertado, está mucho mejor.
—Lo sé. Si no fuese por los mensajes de Giu, no sabría nada.
Mi padre se puso tenso.
—¿Qué más sabes?
—¿Hay algo más? —pregunté temblorosa de nuevo.
Mi padre me obligó a sentarme en una de las sillas del gran comedor. Eso me hizo esperar lo peor.
Soltó un suspiro antes de hablar.
—Fiero y Agatha tuvieron un accidente de coche —un accidente de coche. Me imaginaba lo que esas palabras implicaban, y me llevaron de nuevo al accidente que casi tuvimos—. Fiero ha tenido suerte, pero la chica no.
—¿Qué? —El aire parecía haber salido de mi cuerpo. —¿Ha…? —pero la palabra era incapaz de salir de mis labios.
Mi padre tan solo asintió y un sollozo se escapó de mis labios.
Agatha podría haber sido retorcida. Haber hecho mil cosas mal, pero nadie merecía ese final.
—Quiero ir a ver a Fiero, ahora mismo.
No podía dejar pasar ni un minuto más. Necesitaba verle. Ver cómo estaba realmente
—Primero necesito que te tranquilices, hija.
Fiero ahora mismo está muy afectado por la situación.
Sigue en el hospital con medicación hasta que esté estabilizado —explicó, y yo traté de volver a aprender a respirar—.
Voy a hablar con Christie. Irás solo si Fiero está dispuesto a verte.
Avisaré a tu prima para que vaya contigo —se giró a la entrada del comedor donde estaba Dorian observando—.
Asegúrate de que se tranquilice y tome algo.
Dorian asintió y caminó hacia mí.
—Sigo enfadada contigo —dije en cuanto mi padre se fue.
—Lo sé —contestó sin más.
—¿No te importa?
—Claro que me importa, Alessandra, pero lo entiendo. No te voy a forzar a perdonarme ahora. Si sigues demasiado tiempo enfadada conmigo, tal vez sí que me ponga un poco pesado…
Pero era imposible estar enfadado con él, la risa se me escapó y su sonrisa se ensanchó.
—Eres insoportable —puse los ojos en blanco.
—Oh, qué pena —su tono irónico me hizo querer sonreír más—.
Hace unos días no decías lo mismo. Supongo que me quedo con la Alessandra de hace unos días —volvió a mí con una taza—.
Ahora, tómate el zumo. Tu padre me ha dicho que tiene muchas vitaminas y que ha salido de vuestros frutales personales, así que supongo que te hará sentir mejor.
—Mi zumo favorito —, sin duda mi padre me tenía demasiado mimada.
Le hice caso y le di unos cuantos tragos al zumo. Aún tenía la barriga revuelta, pero el frescor de las frutas me traía de vuelta a la realidad, a casa.
—¿Me acompañarás?
No hacía falta que me dijera nada, su cara lo dijo todo, pero aun así habló.
—Alessandra, no creo que sea buena idea que Fiero me vea en el estado que está, y menos contigo.
—Quédate en la puerta al menos, necesito saber que estás cerca.
—No —la voz de mi padre fue fuerte y clara—. Dorian se irá a su casa y tratará de averiguar algo. Aunque está más que claro quiénes han sido. Los padres de Agatha están furiosos con La Élite. Han perdido la cabeza.
—¿Por qué han llegado a esto? —Dorian negaba mientras sus pensamientos parecían estar muy lejos de él—. La profecía ya no importa, y sabían que Agatha no tenía nada que ver con la profecía. No lo entiendo.
—Es un juego de poder. Todo esto lo ha sido desde un principio. Si desobedeces sus reglas, habrá consecuencias. Querían dejarlo muy claro, y finalmente lo han hecho. Han conseguido lo que querían. —Mi padre estaba tenso. No me podía imaginar lo duro que tenía que ser para los padres de Agatha.
Pero no tenía sentido. Habíamos aguantado siglos en paz, o al menos lo más en paz posible, ¿por qué atacarse los unos a los otros? Solo era una forma de acabar con La Élite ellos mismos. ¿Era eso lo que buscaban? ¿Destruirla desde dentro hasta que solo quedaran unos pocos?
“Tal vez esto también entraba dentro del plan de los Dioses”. La voz de Dorian irrumpió mis pensamientos. Aún podía entrar y salir de ellos, pero no por mucho tiempo.
Podría tener sentido, causar caos hasta querer acabar con él.
Supongo que, de alguna forma, hasta que no cumpliéramos nuestra misión, íbamos a estar protegidos por los Dioses, y de una forma u otra habrían conseguido lo que querían.
Pero los Dioses ya no estaban de nuestro lado, ya no había nadie que nos protegiera más que nosotros mismos.
Y eso me inquietaba. No dudaba de que, cuando todo esto se calmase, Dorian y yo desapareceríamos lo antes posible.
No quería saber nada de La Élite, ni de lo que pasaría con ella después de esto.
—Christie me ha dado el visto bueno. Tu prima viene en camino, así que no tardes en prepararte —mi padre me trajo de nuevo a la realidad.
Iba a levantarme para prepararme ya, pero Dorian me obligó a volver a mi sitio.
—Primero el zumo y la tostada.
—Pero mi padre ha…
Él negó.
—Primero necesitas comer, Alessandra.
Y no me quedó otra que hacerle caso. No tenía energía para discutir.
✦
Cuando Giu llegó, tenía los ojos hinchados y su paso dejó de verse rápido y seguro a verse estrepitoso y endeble.
—Gracias a los Dioses que hayas aparecido. —Vino corriendo a darme un abrazo, estaba temblando—. Tu padre me ha contado que has estado enferma, pero, por los Dioses, Alessandra, da señales de vida.
—Lo siento —susurré.
La excusa de mi padre solo valdría durante unos días, porque pensaba contarle a Giu todo lo que había pasado. Ya no habría excusas, ni mentiras. Necesitaba contárselo, necesitaba no sentirme culpable por ocultarlo. Y si me quería odiar, viviría con ello aunque me destrozase por dentro.
Me soltó secándose de nuevo las lágrimas.
—No lo hagas de nuevo.
—No lo haré —prometí y ella asintió.
Saludó a Dorian, que la envolvió en un corto abrazo antes de dirigirse de nuevo hacia mí.
—Siento no poder ir contigo, Alessandra. —Ahora que me había tranquilizado y procesado más la situación, lo entendía—. Llámame luego, ¿vale? —Asentí—. Mañana nos vemos, cariño.
Dejó un suave beso sobre mi frente antes de irse. Nosotros tampoco estuvimos demasiado tiempo en casa. Tan solo cogí mis cosas y mi padre arrancó el coche camino al hospital.
Durante todo el trayecto, mi cabeza no paraba de rondar una duda: ¿sospecharía Giu de lo que había ocurrido realmente?
No sabía cuánto conocía. Nunca habíamos hablado de ello.
Mi tío no parecía querer involucrarla mucho en los temas de La Élite, y ella no parecía querer adentrarse demasiado en ello.
No juzgaba a ninguno de los dos. Mantenerse al margen siempre iba a ser la mejor opción.
Pero a partir de ahora era importante que fuese consciente de lo que ocurría a su alrededor, estuviese o no mi tío de acuerdo con ello.