Capítulo 58
Estaba temblando, y no porque hiciera frío esa noche. De hecho, el calor llegó antes de lo esperado este mes, así que la noche era inusualmente calurosa. Era lo que nos esperaba ahí arriba lo que me mantenía inquieta.
El taxista nos dejó a los pies del Vesubio a las nueve y media de la noche.
Tan solo tardaríamos unos treinta minutos en subir y tendríamos que esperar hasta la medianoche, pero no nos atrevíamos a subir en mitad de la noche.
Hoy la luz de la luna no nos ayudaría, así que la oscuridad iba a ser plena.
Dorian no soltaba mi mano desde que nos metimos en el taxi.
Nápoles ha sido nuestro primer destino de los muchos que habíamos estado planeando este último mes.
Así que intentaba agarrarme a ese pensamiento, a las calles de Nápoles que ya se estaban atestando de turistas, a lo tranquilos que hemos podido pasear, tan solo con unas gafas y una gorra.
Nadie nos esperaba aquí, así que nadie se molestaba en echarnos más de una mirada, y si lo habían hecho, ya no importaba.
Nuestra libertad ocurriría en unas pocas horas, fuese lo que fuese la libertad cuando se trataba de los Dioses.
—Mira. —Dorian levantó la vista hacia el cielo. Las primeras estrellas ya querían hacerse ver—. Vamos a poder disfrutar de una noche llena de estrellas.
Le sonreí. Sabía que buscaba distraerme, yo también lo esperaba, pero con cada paso que dábamos hacia la cima, el ambiente pesaba más, el aire era más denso y una sensación de inquietud me recorría la columna.
Nos estaban observando, nos esperaban. Lo podía notar, y sabía que Dorian también lo hacía.
Lo percibió incluso antes que yo, cuando el agarre de sus manos se había vuelto más fuerte y decidido, como si de esa forma no me pudiera perder.
Él siempre había tenido más sensibilidad para todo lo que tenía que ver con los Dioses, así que debía confiar en su palabra.
Confiar en ese sentimiento que portaba, de un ser inmortal e indestructible, a pesar de que nosotros solo éramos cascarones de un poder que ni siquiera nos pertenecía.
Pero él estaba seguro: íbamos a volver vivos, íbamos a volver sanos. Era todo lo que importaba.
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La subida fue sencilla. No hacía viento, el camino estaba bien cuidado, era ancho y señalizado.
Las tantas excursiones que se hacían al día nos habían facilitado parte del trabajo, pero no me quería imaginar lo que fue subir hasta aquí siglos atrás.
Así que, quitando unos tramos en los que tuvimos que parar a descansar por el calor y la pegajosa humedad, llegamos al cono del volcán antes de lo que esperábamos.
—¿Eso ha sido todo? —preguntó Dorian, pero su voz sonaba entrecortada por el esfuerzo y no tardó en abrir una de las botellas para beberla casi de un trago.
Lo que quería salir de mí como una risa, salió casi como un bufido del cansancio, que hizo que ambos nos riésemos más.
En cuanto recuperamos el aliento, Dorian comenzó a colocar nuestra pequeña zona de picnic. Vinimos con tiempo, ya no solo para hacer la subida, sino para pasar más tiempo juntos, pero ahora que veía lo cerca que estábamos del cráter, no sabía si me arrepentía de haber tomado esta decisión.
—Al menos tenemos un buen rato para descansar —dijo acomodándose en la manta que se me ocurrió traer.
Asentí, pero era incapaz de apartar la mirada de las vistas.
Bajo nosotros se extendía todo el golfo de Nápoles.
Brillante y lleno de vida. En el mar se reflejaba la luz de la ciudad y todos los pueblos colindantes.
Era una de las vistas más impresionantes que había contemplado en mi vida.
Había tantas historias bajo nosotros, tanto ruido y energía, y en cambio a nuestro alrededor solo había silencio y una oscuridad casi palpitante.
La ciudad que teníamos hoy frente a nosotros era muy diferente a la que vi hace unos meses en una visión. Llena de gritos, fuego y muerte. La realidad de la que querían huir nuestros antepasados, muy lejana a la que vivíamos nosotros.
Sobre nuestras cabezas las estrellas brillaban como nunca antes lo habían hecho. Observadoras distantes, lo que ocurriese esta noche solo quedaría entre ellas y nosotros.
—Independientemente de lo que pase esta noche, hoy sería uno de esos días que recordaría con cariño —confesé.
Desde esta mañana que me desperté enredada entre las sábanas y Dorian, a esta noche con sus caricias tranquilizadoras y estas vistas inolvidables.
Siempre conseguía que un momento se convirtiera en algo especial.
Aunque no hubiese palabras entre nosotros, la mayoría de las veces no las necesitábamos.
Sabíamos lo que necesitaba el otro tan solo con una mirada.
Y sus caricias sobre mi brazo mientras observábamos el espectáculo que nos rodeaba era lo único que necesitaba en este momento.
—¿Sabes? —Dorian rompió el silencio—. Me achacas demasiado el haberte sacado del ambiente tóxico en el que vivías, cuando tú has hecho lo mismo por mí. Además, lo podrías haber logrado sola. Tienes un carácter de acero, Alessandra. Eres más fuerte de lo que imaginas.
Me aferré más a él, tratando que sus palabras calaran hondo en mí. Fuese verdad o no, era bonito que pensara así de mí.
—Si todo sale bien, en unos meses estaremos lejos de todo esto —recordé—. Recorreremos toda Italia.
Ese era nuestro plan. Desaparecer de Florencia y visitar todas las ciudades y pueblos que queríamos hasta que decidiéramos que era hora de asentarnos en algún sitio.
—¿Qué es lo que más ganas tienes de visitar? —preguntó, mientras hacía círculos en mi mano.
Había muchos lugares que quería ver, muchos que ya había visitado pero no había conocido con la perspectiva que tenía ahora, pero había un lugar en concreto que echaba de menos.
—El Lago di Como —contesté finalmente.
Seguimos hablando de cómo recorreríamos Italia de sur a norte mientras la noche cada vez se hacía más y más densa. Los ojos me empezaron a pesar hacía un rato, pero Dorian me despertó antes de que fuera demasiado tarde.
—Alessandra —susurró con delicadeza—. Solo quedan cinco minutos, aguanta.
Y no me soltó la mano hasta que del volcán comenzó a salir una pequeña columna de humo que se elevaba hasta el cielo. No tardé en incorporarme y despegarme del cuerpo de Dorian, que se había tensado al segundo.
—Sería de muy mal gusto que al volcán le dé por erupcionar en este momento —fue lo único que pudo salir de mi cabeza mientras aún salía del estupor del sueño que estuvo a punto de ganarme.
Se rio.
—Creo que es la forma con la que han decidido hacernos ver que es el momento.
—Ha llegado la hora entonces —cogí una sonora bocanada de aire antes de levantarme con la ayuda de la mano de Dorian.
Dorian me cogió de las manos y clavó sus ojos en los míos.
—Va a salir bien —volvió a recordarme—. Hemos ensayado esto muchas veces, Alessandra. Tenemos mucha más información que antes, sabemos cómo funciona. Estamos preparados —me recordó.
Asentí mirándolo a los ojos, esperando que esa valentía que había en los suyos también llegase a los míos. De alguna forma, su mirada sí logró quitarme algo del miedo que había aparecido al despertar.
Miré al cielo y luego de nuevo a la brillante oscuridad de su mirada.
—Te quiero —susurré.
No me quería ir de este mundo sin haber pronunciado esas palabras, porque cada vez que le miraba, mi pecho se llenaba de amor y felicidad. Porque me hacía sentir entendida y menos sola en un mundo que me miraba, pero que nunca me entendía.
—Yo también lo hago —su voz no era un susurro. Era fuerte y clara antes de darme un beso que me reafirmó que todo iba a ir bien mientras estuviese a su lado.
Antiguamente creían que el monte Vesubio era lo más cercano que se podía llegar al reino de los Dioses, por eso a día de hoy estábamos aquí. Y ya no había vuelta atrás.
—Antiguos Dioses, cuyos nombres siguen vivos en nuestros corazones. Soy Dorian Vinci, portador del Don de Rayden. Dios de los sentidos, la mente y los sueños. Hoy estoy aquí para pedir una asamblea junto a mi pareja.
La daga pareció brillar antes de hacerse un corte en la palma
—Antiguos Dioses, soy Alessandra Leone, portadora del Don de Eellary. Diosa de las estaciones, el amor y la belleza. Hoy estoy aquí para pedir una asamblea junto a mi pareja.
La daga se hundió en la piel de mi mano. Esperaba que por última vez.
Tomé su mano y, en cuanto nuestras manos se entrelazaron, me desorienté. Sentía la mirada de cientos de ojos sobre mí; ejercían una presión abismal, pero no tardaron en desaparecer. Como todo lo demás.
Todo era blanco. O al menos lo fue durante unos segundos en los que mis ojos no eran capaces de adaptarse a la luz cegadora.
Cuando conseguí volver a mí, estaba en el suelo con Dorian a mi lado, pero no había tierra. El suelo era blanco, liso; me reflejaba en él, al igual que Dorian, y las doce figuras brillantes que había a nuestro alrededor.
Cuando conseguí levantar la vista y adaptarme de nuevo a la luz, no me podía creer lo que estaba viendo. ¿Habíamos muerto? ¿Era esto el cielo? Porque no encontraba otra explicación a lo que estaban viendo mis ojos.
Doce seres brillantes estaban sentados en unos tronos gigantes. Todo era enorme y brillante, como si estuviera bañado por las mismas estrellas que se vislumbraban por los ventanales que había detrás de cada trono.
La estructura se asemejaba al Panteón de Agripa, con una gran cúpula abierta que dejaba ver el universo que nos rodeaba, pero lo importante aquí eran los doce seres que nos acechaban desde sus asientos.
«Levantáos». La voz resonó y Dorian y yo obedecimos al instante.
No era la voz de Eellary; de hecho, me atrevería a decir que Eellary estaba a uno de mis costados. Había una energía que me tiraba hacia allí, pero me daba miedo moverme. Como si cualquier movimiento pudiese acabar con mi vida o la de Dorian, esperaría a que nos cedieran la palabra.
«Hablad» fue la misma voz, pero no sabía exactamente de dónde venía.