Entre Rosas y Sueños Capítulo 56 #2
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Capítulo 56 #2

El portón de madera estaba medio abierto.

Me quedé un momento dubitativa frente a él, pero finalmente lo empujé, y ante mí se extendió un pasillo en semioscuridad.

No sabía bien a dónde dirigirme, aunque una parte de mí parecía conocer ya este lugar.

En la entrada había un gran espejo que me recordó el espectacular vestido que me había regalado Dorian.

El corset era de escote corazón con tela de encaje que se asemejaba a las ramas enzarzadas, como si se ciñesen a mi cuerpo para no soltarme.

Solo el corset era de un burdeos oscuro, la tela caída de chiffon era de diferentes tonos rojizos.

Me recordaba a una flor marchita, pero no esas flores que mirabas con pena, sino de las que esperabas conservar maravillada por los colores que había creado la naturaleza.

Por lo bonito que caían sus pétalos, como si de una obra de arte se tratara.

Me había hecho un semirecogido para dejar a la vista la espalda abierta.

Era uno de los vestidos más bonitos que había llevado nunca y quería que se apreciara bien toda su belleza.

Seguí hacia delante, guiándome por mi intuición.

Ninguna de las habitaciones que había a los lados estaba abierta, así que continué hasta que una luz comenzó a hacerse más intensa, y el crepitar de lo que imaginaba que era una chimenea llenaba el silencio.

Me sentía como una princesa adentrándose en un castillo abandonado, solo que, por suerte, en este castillo yo me encontré con mi príncipe que me esperaba en el patio, en una pequeña mesa a la luz de las velas.

Instantáneamente, la vista se me emborronó. No sabía qué esperar, pero sin duda esto era mejor de lo que mi mente podía imaginar.

La pequeña mesa redonda estaba envuelta en grandes telas blancas que caían en cascada, rodeadas de pequeñas velas que iluminaban la noche. En cada esquina del pequeño patio había velas que titilaban bajo la suave brisa del exterior. Y Dorian…

Dorian llevaba una camisa negra de rayas finas semiabierta, que le daba la imagen de un príncipe cuyo lugar nunca fue el trono.

Unos pantalones negros algo más anchos que los de etiqueta, siempre dándole su toque informal a su estilo.

Y para rematar, esa sonrisa de lado que me cautivó desde el primer momento en el que lo vi y de la que era incapaz de apartar la vista.

Chasqueó la lengua en cuanto estuvo frente a mí, llamando mi atención.

—Esperaba que lo primero que saliese de mi boca fuese lo increíble que vas, Alessandra, no que no quería que lloraras.

—Bueno, lo has hecho —las lágrimas me emborronaban la vista, y mi sonrisa estaba a medio camino.

Su sonrisa se ensanchó antes de darme un suave beso en los labios. Cuando se separó un poco, sus ojos me miraban con una calidez que podía opacar las velas.

—Feliz cumpleaños, Alessandra —susurró en mi oído antes de guiarnos hasta la mesa—. ¿Entonces te he sorprendido? —preguntó haciéndome reír.

—¿No es obvio? —contesté.

—No es fácil sorprender a la gran Alessandra Leone.

—Supongo que hay pocas personas que sepan hacerlo.

Me guiñó un ojo.

—Pues espero que esta noche te sorprenda.

—¿Más? —pregunté y él asintió.

Una parte de lo que estaba viviendo me hacía recordar a un sueño. Dorian siempre conseguía hacerme sentir así. Pero me recordaba al sueño donde estuvimos bailando, deslizándonos sobre el aire, y esa sensación incrementó cuando una suave melodía comenzó a sonar a nuestro alrededor.

Miré hacia los lados, sorprendida.

—¿Has traído una orquesta? —aunque no había ninguna a la vista.

Dorian negó y rió.

—Quería que esta noche fuese lo más íntima posible. Solo estamos tú y yo, y el chef que pronto nos traerá la comida.

Sonreí.

—Es perfecto así —dije con total sinceridad.

Era todo lo que quería. Más de lo que me podía haber imaginado.

La luz de las estrellas brillaba sobre nuestras cabezas, y el calor de las velas llegaba desde cada rincón.

Nos vieron hablar, reír, decir tonterías mientras los platos llegaban y se iban cada pocos minutos.

Todo parecía estar tan trabajado y cuidado…

Era como si Dorian conociese todos mis deseos y hubiese sabido fundirlos para hacer la noche más especial de mi vida.

Incluso la música no era música cualquiera: Alicia Keys, Ariana Grande, Lana del Rey, entre otras muchas canciones que me llenaban el alma.

Me sorprendía hasta qué nivel llegaba su conocimiento sobre mí.

—¿Cómo? —las palabras salieron de mí cuando comenzó una de mis canciones favoritas. Una canción que me recordaba demasiado a él.

—Rodrigo me ha ayudado —fue sincero, él siempre lo era conmigo. —Me dijo que esta era una de tus canciones favoritas ahora mismo.

—Desde que la descubrí —admití— hace unos tres años.

Prácticamente desde que salió. Alicia Keys era una de mis cantantes favoritas, pero “Only You” hizo clic en mí en el momento en el que la escuché.

Probablemente desde entonces ya sabía que Fiero no era para mí.

Cada vez que escuchaba esa canción no veía a Fiero en ella, pero desde que conocí a Dorian, la cosa cambió, y solo podía imaginarlo a él.

—Entonces esa canción sonará en nuestra boda. —Esas palabras me sorprendieron y horrorizaron a la misma vez, no porque no quisiera casarme con él, pero… —¿Demasiado pronto para pensar en ello?

Asentí.

—He evitado una boda que se hubiese celebrado el año que viene. No puedo pensar tan pronto en otra. La palabra en sí me produce escalofríos.

Todo lo que tenía que ver con ella había sido toda una pesadilla que no me apetecía recordar tan pronto.

—Nada de bodas entonces —desechó el tema tan pronto como lo mencionó. Y se levantó, tendiendo su mano hacia mí. —¿Me concedería la señorita Leone un baile?

Me reí tomándole de la mano. No era la primera vez que bailábamos juntos, pero a la misma vez sí que lo era.

No habíamos tenido la oportunidad de compartir un baile en ninguno de los eventos en los que coincidimos, y por más que nuestros sueños fuesen tan realistas, nunca eran tan vívidos e intensos.

Aunque la barrera de lo real y lo ficticio con Dorian siempre se veía diluida por un halo ilusorio.

Al igual que ahora cuando colocaba su mano con cuidado sobre mi cadera mientras “Only You” de Alicia Keys seguía sonando.

No sabía que brillaba más de entre todo lo que nos rodeaba, pero sin duda los ojos de Dorian. Ese reflejo oscuro y brillante que siempre había en su mirada era mi favorito.

—¿Sabes? —dijo llamando mi atención—. Este es un castillo de mis antepasados, el Castillo de Vincigliata. Quiero pensar que no es la primera vez que alguien de mi línea sanguínea estuvo con un antepasado tuyo. Tengo la sensación de que no soy el primero.

—Yo también la tengo. —Por alguna razón susurramos, como si fuésemos a despertar a las estrellas que nos miraban, como si nuestros antepasados pudieran oírnos. —Pero espero que seamos los últimos.

—Lo seremos —afirmó, con esa convicción que no fallaba en su voz.

Cuando sus labios se posaron sobre los míos, esa chispa que siempre había entre los dos volvió a despertar, como si sus labios fueran el encantamiento que me faltaba.

Un encantamiento que nos envolvía como si solo nosotros dos existiéramos en este mundo.

No había nadie más, no importaba nada más.

Y tal vez era egoísta, porque la principal razón por la que acepté romper el pacto era por nosotros.

No lo supe en el primer momento, pero sí que lo sentí.

Dorian había llegado a mi vida para quedarse; éramos la liberación el uno del otro.

Y daba igual cuántas vidas necesitara, pero iba a luchar por él, por nosotros, hasta conseguirlo.

Pero les pedía a los Dioses que, por favor, fuese en esta vida.

No quería nada más, no lo necesitaba. Solo él y yo.