Capítulo 56
Una mezcla de ilusión y tristeza me invadió nada más despertar.
Lo primero, no sé en qué momento del día volvería a ver a Dorian, ya que en el sueño me dejó más que claro que por la mañana no podríamos vernos y a mediodía tenía la comida con mi padre y mis tíos para celebrar mi cumpleaños.
Era más tradición que otra cosa. Llevaba mucho sin tener ilusión por mi cumpleaños, por eso este día siempre me embriagaba una melancolía que nunca debió existir, pero, por otra parte, este año sería diferente.
La principal causa de que mi cumpleaños dejase de hacerme ilusión era mi madre, y ella ya no estaba en mi vida.
A pesar de que no sabía cuándo vería a Dorian, estaba segura de que tenía algo preparado.
Me costó mucho no buscar en sus pensamientos, pero no necesitaba meterme en ellos para notar el cambio de actitud y el secretismo que llevaba desde que descubrió cuándo era mi cumpleaños.
Se le daba muy mal ser discreto en estas situaciones, pero eso lo hacía más divertido, sobre todo ver cómo se ponía nervioso cuando le preguntaba al respecto.
Con lo bien que mentía para unas cosas y con esto era nulo, era imposible no darse cuenta de que tramaba algo cuando giraba la cara intentando disimular su expresión.
Pero mínimo sabía que hasta después de comer no le vería.
En el mes que estuve estudiando para los exámenes con Dorian acompañándome, comencé a tener una rutina mucho más tranquila, ya no sentía la necesidad de despertarme a las seis de la mañana, ni de entrenar tanto cada día.
Lo que no podía dejar a un lado eran los estiramientos diarios y el paseo a caballo siempre que tenía oportunidad.
Fue lo primero que hice esa mañana. Me vestí con ropa de montar, me recogí el pelo en una trenza suelta y fui directa a los establos, donde mi ya no tan pequeñín me dio los buenos días.
Le peiné un poco, era algo que le encantaba y que a mí me daba mucha paz, y lo preparé para salir a dar un paseo.
Era una de las mejores sensaciones que había tenido en la vida.
Las pocas veces que sentía libertad era paseando sobre su lomo.
Nunca me di cuenta de lo mucho que añoraba esa sensación en mi día a día hasta que comencé a ver la verdad de mi vida.
Hasta que las cosas comenzaron a cambiar, y me permití pensar en una vida fuera de la que me habían creado.
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Al volver a casa para darme una ducha y desayunar, un atisbo de algo dulce llegó a mí. No le di mucha importancia hasta que, al entrar a la cocina, me encontré a mi padre con un delantal lleno de harina y sus gafas leyendo lo que me imaginaba que era la receta que estaba haciendo.
—Feliz cumpleaños, hija —dijo dejando lo que sea que tuviese en la mano para venir hacia mí—, espero que no te importe que te manche.
Y sin previo aviso me envolvió en sus brazos.
En mi familia no éramos muy afectuosos, así que me sorprendió, pero lo acepté con todo el cariño con el que me lo había dado. Lleno de la calidez que siempre había faltado en esta casa.
—Gracias, papá —dije aún turbada por lo que estaba viendo. —¿Qué se supone que estás haciendo? —pregunté sin poder evitar la risa que amenazó en el momento que vi a mi padre lleno de harina.
—Me parecía más especial hacerte yo el desayuno, así que le pedí a Ludovico que me pasara una receta, pero es más complicado de lo que pensaba.
Volví a reírme, esta vez por sus palabras.
Nunca esperé ver a mi padre, el respetado Massimo Leone, superado por una receta de cocina.
Aunque cuando le dije de ayudarle, la verdad era que yo tampoco iba a ser un gran cambio, porque nunca había hecho algo en la cocina.
Nada que no fuera un café o un yogur con fruta, lo cual no era de mucha ayuda para una torta tenerina, la cual sonaba deliciosamente bien.
Cocinar con mi padre se convirtió en uno de los mejores momentos que pude compartir con él.
No estábamos muy seguros de si había salido algo decente, pero sin duda el proceso fue más que divertido.
Así que casi una hora más tarde por fin pudimos probar lo que hicimos.
Olía bien; una tarta de chocolate nunca podría oler mal, aunque la forma no era la mejor.
Cuando partí el trozo que me iba a comer, parecía tener la cremosidad que debía.
Mi padre me miraba expectante mientras lo probaba.
—Está… sorprendentemente buena.
La verdad es que la receta no era demasiado difícil, pero para nuestro nulo conocimiento de cocina, veía posible que saliera mal.
Mi padre probó un trozo.
—Al final no vamos a ser tan malos cocineros.
—Bueno…
La cocina estaba hecha un desastre. Quitamos algunas cosas del medio, pero había harina por todos lados, chocolate, y la mantequilla había salpicado todo el microondas. Rara vez vi a Ludo manchar algo y nosotros sí, por poco no quemamos la cocina.
—Por algo se empieza —se rio antes de quitarse
Razón no le faltaba, pero dudaba que esto fuese lo nuestro.
Cuando volví a mi cuarto, estaba todo lleno de regalos de mi padre. Siempre hacía lo mismo, pero siempre me sorprendía; por alguna razón esperaba que algún año fuese el último, y seguramente este año lo fuese, porque las cosas cambiarían y no sabía hasta qué punto lo iban a hacer.
Dorian ya me felicitó anoche mientras estábamos en un sueño, aun así, volvió a llamarme para felicitarme.
Christie también me puso un mensaje, pero Fiero no parecía que fuese a hacerlo.
Tenía la esperanza de que lo hiciera, después de la última conversación que tuvimos, pero no pasaba nada.
O eso quería hacerme creer. Llevaba toda la vida recibiendo sus felicitaciones, y era incapaz de no notar su ausencia, aunque fuese por esta tontería.
✦
Las horas pasaron rápido y, antes de darme cuenta, ya estábamos en el coche de camino al restaurante donde me reuniría con mis tíos y Giu.
Mi prima se lanzó a mí envolviéndome en un abrazo como ya se había acostumbrado a hacer; mis tíos tan solo me felicitaron y me dieron dos besos.
Mi padre había reservado en mi restaurante favorito del centro de Florencia.
Tenía tres estrellas Michelin y los platos estaban llenos de colores vibrantes y olores sorprendentes.
Pero lo mejor eran los postres, que era mi momento favorito.
Mi prima y yo siempre pedíamos uno diferente para compartir ambos.
Es algo que se había hecho ya tradición en mi cumpleaños.
—Creo que me gusta más el tuyo —dijo Giu.
—A mí también me gusta más el mío —dije acercando el plato hacia mí de nuevo. Sabía qué significaba cuando mi prima decía eso y no pensaba dárselo.
Mi prima refunfuñó e hizo una mueca molesta, haciendo que mis tíos y mi padre se rieran.
—Hay cosas que no cambian —dijo mi tío Paolo.
Y un pequeño estrujón en el pecho me recordó todo lo que estaba por cambiar, todo lo que había cambiado ya.
En la mesa faltaban dos personas, mi madre y Fiero, y aunque no les echaba especialmente de menos, al menos no a mamá, sí que hacía crecer el miedo a que cada vez menos personas estuvieran en esta mesa, a que este año realmente fuese el último.
Absorbí este momento todo lo que pude. Las risas, las incipientes arrugas del paso del tiempo en mis tíos y mi padre, las sonrisas de cada uno de ellos, todas las cosas en las que nos parecíamos Giu y yo.
Si había algo que tenían las mujeres de la familia Leone, eran esos grandes ojos achocolatados con los que me miraba mi prima.
Expresivos e inocentes, al menos así percibía los de ella.
Llenos de amor y felicidad. Giu siempre fue un girasol para mí; cuando me perdí, ella era la que trataba de guiarme de nuevo a la luz.
Así que realmente esperaba que la decisión que había tomado fuese realmente la adecuada, que ella también pudiese encontrar la felicidad en un mundo sin Dones ni lujos. En el mundo real.
Cuando volví a casa, no me hizo falta abrir la puerta de mi habitación para saber que no la iba a encontrar como la había dejado antes de salir.
Había un olor suave, delicado, que envolvía el aire como un susurro.
Y cuando abrí la puerta, el aroma a peonías se intensificó y llenó la habitación con su cautivadora elegancia y admiración.
Me precipité a la cama donde las flores rojas vestían la habitación. Un vestido rojo se encontraba camuflado entre ellas. Si mi padre ya me había dado sus regalos, mis tíos y Giu también, este regalo solo podía ser de una persona.
Una pequeña caja de bombones acompañaba el vestido con una nota encima.
Nos vemos a la caída del día. Que no se te haga muy larga la espera.
-D.
La caída del día… Aún faltaban tres horas para que se hiciera de noche, y ya sentía que no podía esperar más.
No tenía ni idea de lo que me tenía preparado.
No había ubicación, y por el vestido sentía que era demasiado para una simple cena.
Tampoco esperaba que Dorian me llevase a cenar.
Me decepcionaría un poco si fuera eso, pero conociéndolo, era bastante improbable.
Así que solo podía esperar a que la hora llegase.
✦
Rodrigo me dejó frente a un viejo castillo justo cuando los últimos rayos de luz se estaban extinguiendo en el horizonte.
Aún me quedaban unos metros que recorrer por el pequeño camino que guiaba hasta la puerta.
No era tan grande como me pensaba que era a lo lejos, y si no fuera por la tenue luz cálida que llegaba desde el interior, pensaría que estaba completamente abandonado.