Capítulo 54
Dorian me ayudó a colocar los cubiertos en la mesa de la zona de la barbacoa, que era la que estaba destinada a este tipo de eventos.
Llevábamos años sin utilizarla. Las reuniones recurrentes con los di Petra y los Pellegrini en verano cesaron cuando tenía unos once años.
Así que mientras terminábamos de preparar todo, no podía evitar pensar en esos años en los que Giu, Fiero, Marco y yo habíamos sido tan cercanos.
Estaba contenta a la vez que nerviosa porque todos aceptaron venir, así que las siete sillas estaban esparcidas a lo largo de la mesa. Todo estaba tal y como había pensado, pero aun así seguía buscando algún detalle que se me hubiera pasado. Necesitaba que todo estuviese perfecto.
—Alessandra, no nos hemos dejado nada, puedes estar tranquila —dijo cuando me vio revisar la mesa de nuevo y me dio un suave beso en la coronilla antes de apartarse cuando mi móvil comenzó a sonar.
Giu me llamó para que abriese el portón y su chófer pudiera acceder al camino a casa. Así que colgué para activar la puerta y cogí una gran bocanada de aire.
—Todo va a ir bien —susurró Dorian a mi lado.
Estaba tan seguro y tranquilo que parte de su tranquilidad llegaba hasta mí, haciendo que me lo creyese un poco más.
—Gracias —susurré. No solo por sus palabras, sino por toda su ayuda en la preparación de este momento.
Miré sobre nosotros. La pérgola estaba llena de hojas de los viñedos y de luces que simulaban pequeñas luciérnagas.
La luz era tenue; había unas cuantas velas acompañando los aperitivos y el surtido de botellas que saqué para todos los paladares.
Los aperitivos estaban salpicados por toda la mesa y el sonido de la pequeña cascada que caía a la piscina llenaba el silencio del campo que nos rodeaba. Estaba perfecto.
Volví la mirada hacia Dorian con una sonrisa que no pude evitar. Me alegraba estar aquí con él. No sabía en qué momento había cambiado tanto mi vida, pero definitivamente él me había ayudado a que lo hiciera.
Le di un suave beso en los labios antes de que dos escandalosas personas entrasen con silbidos y aplausos, suponía que por el beso que acababan de ver.
Giu y Marco tal vez no estuviesen hechos el uno para el otro en el sentido romántico, pero sin duda sí como amistad.
Silvia también los acompañaba, pero ella era más tranquila, tan solo se limitó a sonreír y negar con la cabeza ante el comportamiento de ambos.
—Llegáis vosotros y ya se arma un escándalo. —Esa fue la bienvenida de Dorian a los tres.
Que él diese el primer paso me ayudaba a quitarme la presión de encima.
—El escándalo lo armáis vosotros dos —bromeó Marco guiñándonos un ojo.
Dorian se rió.
—Creo que tú me vas a caer bien.
Marco y Dorian apenas se habían cruzado un par de veces, pero nunca habían tenido la oportunidad de pasar demasiado tiempo juntos para conocerse mejor, así que me alegraba que hoy pudiesen hacerlo.
—Iba a decir que somos libres, pero no, ¡eres libre! —Giu comenzó a saltar efusivamente.
A ellas aún les quedaba un mes más de clase, ya que aún estaban en el primer curso, así que los exámenes los tenían más tarde; aun así, habían sacado tiempo para poder venir a pasar la noche con nosotros.
—¡Soy libre! —sonreí contagiada por la efusividad de Giu.
Mi prima siempre lograba transmitir su emoción. Era como un rayo de sol en un día nublado.
La otra pareja del grupo apareció también a tiempo. Cómo me alegraba que ninguno hubiese llegado tarde, y más con el aviso que me dio Dorian sobre Chiara.
—Alessandra, qué barbaridad de jardines —Chiara llegó boquiabierta—. Un día me tendrás que hacer un tour porque, como vaya yo sola, me podría perder.
Me reí.
—Lo haré —afirmé. Pero no sabía si realmente tendría tiempo para ello. Sí tendría la oportunidad de seguir compartiendo tiempo con ella.
Era curioso cómo había estado estos dos años en alguna de mis clases y nunca habíamos llegado a intercambiar ni una palabra, y de repente estaba aquí en mi casa porque yo misma decidí invitarla. La vida sin duda daba muchas vueltas.
Tras los saludos y presentaciones pertinentes, tomamos asiento, porque, a pesar de que todos los que pertenecíamos a La Élite y nos conociéramos, dudaba que hubiesen cruzado poco más de un hola y adiós con Gabriele y Dorian.
Chiara, que era la única que no estaba dentro de ella, era la que mejor conocía a todos.
Supongo que estar fuera también ayudaba a no conocer todos los prejuicios que había entre nosotros y no te limitaba a llevarte con unos u otros.
Dorian fue el primero en servirse un poco de vino.
—¿Alguien quiere?
—Trae para acá —dijo Marco con los brazos estirados una vez que vio que los demás también se estaban sirviendo.
Dorian esbozó una sonrisa. No todo el mundo lograba esa reacción en él.
“Definitivamente me cae bien este chico”.
La voz resonó en mi mente y yo traté de ocultar la sonrisa que amenazaba con salir, pero por otra parte también escuchaba el otro mensaje implícito que no se había atrevido a decir.
Serían buenos amigos, lo serían si tuviéramos el suficiente tiempo para seguir así, tal y como estamos ahora.
Todos estábamos reunidos, contando anécdotas y conociéndonos más.
Aunque a muchos los veía desde pequeña, apenas había tenido contacto con ellos.
Me gustaba escucharlos hablar y sentir que poco a poco descubría facetas de ellos que nunca imaginé.
—Por fin voy a poder dejar el maldito fútbol y podré volver a la esgrima —dijo Marco mientras se estiraba para coger un trozo de queso.
Nunca esperé que a Marco realmente no le gustase el fútbol. Se le daba muy bien. Por lo que sabía, casi cualquier deporte se le daba bien, aunque no esperaba que su favorito fuese la esgrima. Lo veía una persona con demasiada energía para un deporte tan calculado.
—¿Vosotras qué pensáis hacer cuando terminéis? —La pregunta iba dirigida a Giu y Silvia, y cómo me alegraba que no fuese hacia mí porque no era un tema que me apeteciera tratar ahora mismo, a pesar de que la respuesta era clara.
—Seguiré con clases de pintura mientras pueda —contestó Silvia—. Antes de comenzar en la empresa de cruceros de mis padres.
Los Esposito eran los dueños de los cruceros de lujo más caros que existían hasta la fecha. También tenían varias empresas más de comercio, pero ya las habían derivado a terceros, hasta donde tenía entendido.
Todos éramos conscientes de que en algún momento tendríamos que dejar nuestros hobbies a un lado para seguir llevando el negocio familiar. No sabía en otras familias, pero mi padre vivía por y para ello. No vi muchos momentos en su vida en los que estuviese libre.
—Supongo que seguir con el negocio familiar —dijo mi prima encogiendo los hombros.
Se podía notar la poca ilusión que había en su cara al mencionarlo y se me rompía el corazón que pensara que solo tenía esa opción.
Al menos si conseguíamos romper el pacto, tendría un año más para pensar qué quería hacer, pero no me gustaba estar ocultándoselo.
Si no se lo estuviera ocultando, ya podría ir mirando otras alternativas y no le pillaría tan de sorpresa.
“Lo hacemos por su bien, Alessandra.”
“Será la primera en enterarse cuando todo haya terminado”. Le contesté, a lo que solo me dio un pequeño apretón en la mano.
Sabía que estaba de acuerdo conmigo, pero ese apretón tenía la intención de parar el bucle de pensamientos que me querían engullir. Sabía que tenía razón, que por ahora era mejor que no se enterara, pero eso no me hacía sentir menos culpable.
—¿Y vosotros? —preguntó luego Marco dirigiéndose a los que faltábamos por responder. Dorian me animó a hablar primero.
—Supongo que también seguir con el negocio familiar —era la respuesta segura. La única que podía dar hasta ahora.
—¿No seguirás modelando? —preguntó curioso.
—Mientras siga teniendo oportunidades y tiempo para ello, supongo que sí —dije porque, en el hipotético caso de que todo siguiera igual, supongo que lo haría.
Marco asintió.
—Que suerte tenéis —dijo Chiara sin conocer lo que realmente todo eso conllevaba—, a mí me tocará seguir estudiando.
Era hija de un importante político, pero no parecía querer continuar los pasos de su padre.
—Aunque con suerte podré estudiar moda en Milán. —Sabía que esa chica y yo teníamos cosas en común, pero no esperaba que también coincidiéramos en eso.
—¿Por qué has estudiado entonces empresariales? —fue Giu esta vez la que preguntó.
—Mi padre —puso los ojos en blanco— no me iba a dejar estudiar moda si antes no estudiaba empresariales. Tampoco me ha venido mal, si en algún momento decido crear una marca, no tendría que buscarme un asesor.
—Espero que en un futuro, cuando tengas tu marca, me mandes alguna cosa gratis. —Giu le guiñó el ojo a Chiara, haciendo que se riera.
—Aquí no hay nada gratis, solo a cambio de promoción. Así que más te vale que las lleves a las alfombras rojas.
—Trato hecho —contestó mi prima.
El tema se tornó sobre nuestros próximos y no tan próximos futuros.
Gabriele mencionó que estaba terminando de estudiar un máster de psicología y que pretendía abrir una consulta dentro de no tanto tiempo.
También le preguntaron a Dorian, que tan solo contestó que iría a donde le llevase el viento, pero para los demás esa respuesta fue una sorpresa, tan acostumbrados a que nuestras vidas estén tan cuadriculadas y llevadas por nuestras familias o Dones, que ver a alguien que no se doblegaba por ello era sorprendente.
Supongo que eso fue parte de lo que me cautivó de Dorian.
Éramos tan diferentes en ese sentido que su llegada me ayudó a ver más alternativas, otras formas de vivir la vida.
Estuvimos hablando, bebiendo y riendo hasta la una de la mañana.
Me sentí sorprendentemente cómoda, y acabé un poco más borracha de lo que me hubiese gustado, pero no hubo disputas, ni problemas, solo risas y alegría.
Me sentía llena, como rara vez lo había estado antes rodeada de gente.
Mi cuerpo vibra cargado de energía mientras nos despedíamos de los demás y paseaba descalza al interior de casa junto a Dorian.
Pero aun así, cuando me acosté al lado de Dorian tras una tranquila ducha que ayudó a bajar el efecto del alcohol, el tema de nuestro futuro volvió a inquietarme.
—No es momento de preocuparse por ello, Alessandra —dijo Dorian, que había vuelto a hurgar en mi mente.
Negué.
—No creo que pueda dormir así.
—¿Quieres hablar de ello entonces? —Asentí y me levanté de la cama. —¿Adónde vas?
—Ven —contesté abriendo los ventanales que daban a la terraza.
Me enfundé en una bata de seda antes de salir ante la noche.
Fuera hacía el tiempo perfecto para disfrutar del silencio de los prados y los cipreses, tan solo iluminados por las miles de estrellas que brillaban en la oscuridad y que me recordaban al sueño en el que Dorian me sacó a bailar por primera vez, deseando que algo así volviera a suceder.
No había pasado tanto tiempo; aun así, sentía como si hubiera sido hace años.
En la terraza había una pequeña mesa redonda con dos sillas a las que apenas les había dado uso. El rosal que subía hasta mi terraza lo llenaba todo de olor a rosas, mezclado con la humedad que crecía en la madrugada trayendo el olor de los prados.
—Me inquieta qué pasará si no lo logramos —dije tras tomar asiento y escudriñar la oscuridad.
Si los Dioses estaban ahí fuera, no había ni rastro de ellos. Ni en las estrellas ni en el silencio de la oscuridad, pero de algún modo nunca estábamos solos.
—Lo lograremos, Alessandra —contestó como si eso nunca hubiese sido una opción—, mucho menos tras lo que dijo el oráculo.
—¿Pero y si no lo logramos? ¿Qué haríamos? Tú y yo nunca podríamos salir tranquilos. No podríamos estar juntos —verbalicé por fin una de las razones por las que tenía tanto miedo, por la que no podía dormir tranquila desde hace semanas.
Dorian seguía negando, teniendo claro que eso no iba a pasar.
—Y si pasara, podemos marcharnos. Tu padre lo entendería, lo sabes.
—Mi padre también tendría que marcharse.
—No creo que no le pareciese bien eso de marcharse, y más en la posición en que se encuentra él también —probablemente no le importaría, pero no me gustaba que tuviese que tomar esa decisión. —¿Has pensado qué querrías hacer si saliera bien?
—Tampoco sabemos qué pasaría si saliera bien —contesté.
—Imagina la mejor opción posible, ¿qué es lo que harías?
Dudaba que existiera esa opción, pero aun así contesté con lo que llevaba soñando desde que visitamos el Sacro Bosco.
—Primero me gustaría viajar por Italia. Hay muchos sitios que no conozco o que he conocido con otros ojos que ya no me pertenecen. También quiero que me enseñes dónde creciste —confesé—, nunca he visitado los Cotswolds. ¿Tú qué querrías hacer?
—Te encantarán los Cotswolds —pero tras eso se quedó pensativo—.
También me gustaría conocer más lugares de Italia mientras pueda seguir a tu lado, pero me gustaría acomodarme finalmente en Inglaterra.
Encontrar trabajo en una biblioteca o un museo, incluso en una librería, me da igual.
Lo único que espero es que pueda seguir a tu lado. Lo demás no me importa.
Su mirada, oscura como la noche misma, brillaba con una emoción contagiosa.
—Yo también lo espero —susurré recogiendo mis piernas en el asiento.
Aún me asustaba que, al romper el pacto, nuestra relación pudiese cambiar.
Que esta conexión, este sentimiento que crecía con cada segundo, solo fuese a causa de nuestros Dioses.
Pero a la vez me parecía imposible que solo fuese por ello.
Nunca había encontrado a una persona tan atenta y cuidadosa como él.
Siempre parecía saber qué decir, qué hacer para hacerme sentir bien, y eso era imposible que fuese a gracia de los Dioses.
Así que fuese como fuese, esperaba permanecer a su lado.