Entre Rosas y Sueños Capítulo 52
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Capítulo 52

(D)

Alessandra estuvo aferrada a mi mano hasta que nos pusimos uno en cada lado de la pequeña mesa de piedra que había en el interior de la Boca del Infierno.

Era más oscuro de lo que me imaginaba y eso que aún había luz en el exterior, una luz que, si no nos dábamos prisa, se extinguiría rápido, teniendo que salir a la penumbra del bosque.

—¿Recuerdas lo que te expliqué? —pregunté sacando la daga plateada de uno de mis bolsillos, aunque ya sabía la respuesta.

Su silueta asintió con su suave cabello meciéndose.

—Un pequeño corte, y dejar que la sangre caiga sobre la mesa.

—Exacto.

Intenté no pensarlo mucho antes de hacerlo.

No era muy fan de los cortes y mucho menos en las palmas de la mano, lo cual los hacía muy incómodos.

Además, había algo en la oscuridad. Reconocía una energía que parecía ansiosa, como si estuviera deseando engullirnos.

No quería decirle nada a Alessandra; notaba su creciente nerviosismo, la forma en la que había dudado al entrar.

Cuanto antes lo hagamos, antes saldríamos. Ya no había vuelta atrás.

La daga hizo un rápido pero fino corte en mi piel del que enseguida comenzó a brotar sangre. Escocía y me hacía querer llevar la herida hacia mi boca, pero dejé caer la sangre sobre la mesa y, en cuanto la primera gota cayó, le pasé la daga a Alessandra.

Mi vista se había adaptado mejor a la oscuridad y podía verla observando la daga, pero tampoco se lo pensó demasiado.

La primera gota de sangre alcanzó la mesa, y durante unos largos segundos nada pasaba.

Alessandra y yo nos miramos confusos hasta que miles de voces parecían llegar de todos y de ningún lado a la vez.

Su mirada volvió a conectar conmigo y sus ojos me miraban demasiado grandes y expresivos.

Podía reconocer el miedo en ellos. Estábamos escuchando lo mismo.

No tardó demasiado en llevarse las manos a las orejas. Segundos después la imité. Sabía que no iba a hacer ningún cambio; las voces no estaban ahí fuera en la oscuridad aunque lo pareciese. Estaban dentro de nosotros, y era insoportable.

Era incapaz de distinguir alguna de esas voces. Tan solo palabras sueltas llegaban hasta mi entendimiento. Palabras angustiosas, llenas de miedo, de pérdida, de odio. Palabras que salían de lo más recóndito del ser, que querías ocultar, que nunca podrías decir en voz alta.

No había ningún ancla, no había donde agarrarme.

Sentía que me iba a volver loco de nuevo.

Era como cuando perdí el control, cuando Rayden tomó mi mente y solo podía escuchar su voz, pero esta vez estaba amplificada.

Había docenas, incluso cientos de voces que llegaban de todos lados.

Era imposible encontrar algo a lo que agarrarme.

Imposible. Mi vista ya había perdido el foco, perdida entre el caos de mi mente y la oscuridad que se ceñía sobre mí.

Lo iba a volver a hacer, iba a volver a hacer algo horrible y no iba a ser capaz de pararlo.

No debí haber arrastrado a Alessandra conmigo a esto.

Debí haberme alejado en cuanto pude. Yo solo traía malas noticias, solo arruinaba todo lo que tocaba.

Nadie podría amarme porque todo lo que tocaba lo destrozaba.

Estaba destinado a una vida solitaria, una vida triste.

Mis padres tenían razón, nunca debí haber nacido.

«Dorian, vuelve». Ese susurro se repetía por encima de las demás voces. Un hombre, si es que se le podía considerar así, que se aferraba a los entresijos de mi mente repitiendo una y otra vez las mismas palabras.

La vorágine de pensamientos me arrastraba, pero no fue ese hombre el que captó mi atención.

Una voz demasiado angelical para ser de este mundo de tortura rompió con los constantes gritos que llenaban mi cabeza. Una voz que me hacía pensar que podía haber algo más fuera del sufrimiento.

—¡Dorian!

¿Por qué esa voz decía mi nombre tan asustada y temblorosa? Esa voz no debía escucharse así. Me dolía el pecho al oírla así.

Sentí cosquillas. Había algo duro bajo mi cuerpo y algo caliente que envolvía mi mano derecha, que volvía a estar aferrada sobre la daga. Las voces seguían a mi alrededor, más lejanas. Mucho más lejanas cuando encontré a esa diosa de ojos café con lágrimas deslizándose sobre sus mejillas.

No, esto no debía ser así.

—Vuelve a mí —susurró—. Soy Alessandra, Dorian. Estoy aquí. —Su voz seguía temblorosa.

No sé cómo acabé recostado sobre la mesa con la daga en mi mano. Pero todo se veía demasiado lejano, demasiado borroso.

—Céntrate en mí —dijo, llamando de nuevo mi atención—. Tenemos que estar centrados si queremos que esto salga bien.

De repente, volví al lugar donde estábamos.

El Sacro Bosco, la Boca del infierno.

—Alessandra —mi voz sonó rasposa, me dolía la garganta. ¿Es que acaso había estado gritando?

Estábamos aquí para hablar con el oráculo. Había sido mi idea.

Intentaba aferrarme a todo lo que recordaba mientras las voces seguían arremolinándose alrededor de mi cabeza. Gritaban, lloraban, estaban furiosas, pero mis ojos no se apartaban de Alessandra.

—Combátelas —dijo.

Nunca la había visto tan fuera de sí. Ni la primera vez que nos vimos cuando ocurrió aquello con el cuarzo, ni la vez que ambos nos desmayamos en Venecia… ¿Acaso había sido eso también trabajo de los Dioses?

Fuese como fuese, estábamos aquí. Habíamos venido a por información y no nos iríamos sin ella.

—Estoy aquí. —Aún me costaba forzar la voz para que no saliera como un susurro, pero necesitaba que sus ojos dejaran de reflejar ese miedo. Que viera que estaba bien.

Cogí sus manos desde el otro borde de la mesa, y de repente todo se acalló. En un silencio casi inquietante.