Capítulo 51
Dorian al final se quedó a dormir en casa, ya que a la mañana siguiente decidimos que pondríamos rumbo a Bomarzo en busca del oráculo.
No queríamos dejarlo más tiempo porque sabía que si esperaba a pasar los exámenes, todo se complicaría más, así que lo decidimos de un momento a otro y tuve suerte de que nuestro piloto estuviera libre para llevarnos.
No me arriesgué a contarle a mi padre lo que haríamos y más teniendo en cuenta la advertencia que nos dio sobre que no nos viesen juntos, y aunque en un pueblo tan pequeño sería extraño que nos reconocieran, tampoco era imposible.
Así que aprovechamos que a media mañana tuvo que marcharse y estaría todo el día fuera para salir desde el helipuerto de casa.
—Definitivamente, hay niveles de riqueza —dijo Dorian mirando por la ventanilla del helicóptero.
—Es la opción más rápida. Tardaremos una hora menos.
—Teniéndola habrá que aprovecharla —se encogió de hombros.
Sabía que no le gustaban estos despliegues de lujo, pero por dentro estaba emocionado. Lo podía ver en la sonrisa que trataba de disimular cada vez que su mirada se desviaba a la ventanilla.
—¿En qué hubieses trabajado si no estuvieras en esta posición? —pregunté, captando de nuevo su atención.
Era algo de lo que nunca habíamos hablado y verlo así de emocionado me hizo preguntarme qué era eso que le gustaría tanto como para pasar su vida dedicado a ello.
Parecía pensarlo bien.
—Guitarrista, aunque sigue siendo algo en lo que necesitas mucha suerte y ser muy bueno, si no… tal vez bibliotecario.
—¿Bibliotecario? —intenté no reír. Me esperaba tantas cosas… pero nunca esa respuesta.
Guitarrista, me lo podía esperar. Después de la visita a su casa y ver la guitarra eléctrica y todos los vinilos que tenía en su habitación, lo podía entender, además, le pegaba.
Tal vez era muy superficial, pero su estilo de ropa siempre tan oscura, su peinado desordenado y su aura encajaban bien con la de un artista.
—Es un trabajo tranquilo, solitario y silencioso. Los libros me han acompañado durante toda mi vida. No me disgustaría trabajar rodeado de ellos —dijo encogiéndose de hombros, pero yo aún era incapaz de imaginarlo en ese puesto. —¿Y tú?
—Sigo sin verme lejos de las flores y las plantas —no podía imaginar mi vida sin ellas—, así que supongo que en una floristería o trabajando para preservar la flora.
—¿Y si no tuvieses esa afinidad con las plantas?
Me costaba imaginarme en esa situación. La naturaleza siempre había sido parte de mí, pero eso podría cambiar pronto.
—Me gusta hacer diseños de ropa —admití por primera vez sin vergüenza.
No era algo de lo que solía hablar porque no me sentía lo suficientemente buena, pero como me dijo mi psicóloga, no hace falta hacer todo perfecto para poder disfrutar de algo.
—Diseñadora de ropa —dijo pensando en la palabra—, me tendrás que enseñar algunos de tus diseños entonces.
—Bueno eso habrá que verlo.
—¿Por qué?
—Depende de cómo te portes en el viaje.
Dorian se rio.
—No es la primera vez que viajamos juntos.
—Pero es la primera vez que vamos bajo amenaza de mi padre. Si nos pillan, da suerte si nos volvemos a ver de nuevo.
El semblante de Dorian cambió por completo.
—¿Tu padre llegaría hasta ese extremo?
—Prefiero no descubrirlo.
—No se enterará —contestó finalmente.
✦
En menos de una hora ya estábamos en el pequeño pueblo.
Habíamos llegado justo en la comida, pero para no llamar demasiado la atención decidimos coger algo para llevar mientras paseábamos.
No pensaba quitarme la gorra y las gafas de sol que había traído.
Aun así, por la ropa que llevaba, pocas personas me mirarían dos veces.
—Cariño, no necesitas vestir elegante para que alguien se quede mirándote.
“Cariño”, la palabra hizo que me parase en seco. Creo que me podría acostumbrar a ello; quería acostumbrarme a ello.
—¿Te ha molestado? —me miraba confuso, asustado, como si decir esa palabra pudiese hacer que me alejara.
Negué, con las mariposas aún revoloteando a mi alrededor. Esa sensación comenzó a rodearme desde que nuestros labios conectaron. Las emociones que me hacía sentir Dorian dejaron de ser solamente físicas y me envolvían en una burbuja.
Desde ayer sentía que estaba en una nube de la que no quería bajar jamás. Era la sensación que me llenaba cada vez que estaba a su lado. Un sueño hecho realidad.
Se acercó a darme un suave y fugaz beso en mitad de la calle vacía.
No era una zona muy turística y los pocos habitantes estaban congregados en las zonas centrales del pueblo disfrutando de una buena comida.
Dorian fue a por una focaccia para cada uno y nos sentamos en un parque que había en la entrada del pueblo, alejados de la calle principal.
Era muy diferente a lo que estaba acostumbrada, pero estaba tan cómoda que no se me hacía extraño.
Creo que nunca me podría cansar de la compañía de Dorian; estuvimos hablando hasta que la hora de la comida terminó y pudimos visitar el pueblo casi vacío.
Solo nos cruzábamos con unos pocos turistas, así que paseamos por la pequeña ciudad hasta la hora de ir al Parco dei Mostri.
Caminamos por el casco antiguo de origen medieval, calles de piedra y con una clara forma defensiva.
No había viajado tanto por pequeñas ciudades y pueblos antiguos.
Por lo general, siempre acababa moviéndome por grandes ciudades como Nueva York, París y Milán, así que esto era todo un descubrimiento para mí, y no me esperaba disfrutarlo tanto.
Pocas personas iban y venían, pero frente a nosotros apareció una pareja que iba con su hija.
La pequeña estaba en el centro de la mano de su padre y de su madre; eran jóvenes y la niña parecía no tener más de cinco años.
Reía y hablaba con sus padres, que la miraban con cariño.
Siempre quise ser madre. Desde bien pequeña sabía que quería tener una familia cuando creciera, pero cuando la relación con mi madre comenzó a complicarse, dejé de estar segura, hasta que abandoné la idea hace unos años.
Nunca me pude imaginar ese futuro con Fiero, nunca.
Como si mi cuerpo conociera mi destino mucho antes que yo.
Pero ahora, aquí con Dorian, con esos ojos llenos de admiración y cariño con los que me miraba, tal vez sí pudiera volver a imaginarme con una familia.
Si conseguíamos eliminar los Dones, tal vez vería seguro tener un hijo.
Lejos de lo que siempre había pensado que era mi vida, en un ambiente mucho más seguro y sano.
Seguimos paseando hasta que llegamos a un mirador, desde donde podíamos observar lo elevado que estaba el pueblo con el valle bajo nuestros pies.
Según me había contado Dorian, esta elevación rocosa se había formado gracias a la lava de los volcanes cercanos hace miles de años, y sin duda conocer la historia del lugar te hacía valorarlo más.
No era consciente de las maravillas que teníamos tan cerca ni de toda la historia que realmente nos rodeaba.
Estaba tan habituada a mi vida en la ciudad del Renacimiento que olvidaba toda la historia que había allá donde pisábamos.
—Allí es donde nos dirigimos.
Señaló un conjunto de naturaleza que se arremolinaba en un lugar. Era muy diferente a los prados de La Toscana, a los cipreses y los campos de amapolas. Aquí todo era más salvaje y desordenado.
Me apoyé en el hombro de Dorian.
—Se ve…
—¿Antiguo? —sugirió él, y asentí.
—Tiene un aura diferente a todo lo demás que haya visto.
—Yo también me he dado cuenta. Definitivamente, allí tiene que haber algo mágico.
—Espero que sí —suspiré, no sabía si por tensión de lo que nos podríamos encontrar o alivio por haber llegado siquiera hasta aquí casi sin problemas.
✦
Cerca de las seis pusimos rumbo al Parco dei Mostri, y los nervios ya comenzaron a crepitar en mi interior. Dorian notó mi nerviosismo y empezó a trazar círculos con el pulgar sobre mi mano.
—Va a ir todo bien —susurró antes de dejarme un suave beso en la coronilla que logró hacer que me enfocase en esa sensación de cariño y seguridad que él irradiaba.
De alguna forma siempre conseguía parecer tranquilo. Aunque sabía que en su interior también estaba inquieto. Lo que ocurriera ahora podía hacer las cosas mucho más fáciles o complicarlas aún más.
Cuando llegamos, el parque ya estaba cerrado.
Exactamente como esperábamos, ya que llamé antes de salir esta mañana pidiendo que lo cerrasen para nosotros.
Otra de las ventajas que tenía el dinero es que podías comprar todo.
Incluso el silencio. Pero esto acabaría pronto y me trataba de convencer a mí misma de que, cuando todo terminase, no me iba a hacer más falta.
Tal vez podría tener una vida tranquila.
No habría más eventos ostentosos llenos de falsedad y envidias.
No habría más flashes cegadores, ni más fingir que me gustaba cómo la gente gritaba mi nombre ni cómo invadían mi espacio.
Nada de entrevistas incómodas y malintencionadas.
Pensar en que dejaría todo eso atrás me daba las fuerzas para seguir.
Pensar en que podríamos ser libres de querer a quien quisiéramos era lo que me hacía luchar por esto.
Tal vez al principio todo esto era necesario; la gente moría por culpa de la peste, había invasiones y hambruna.
Este pacto con los Dioses los hizo intocables, pero a día de hoy era absurdo.
Así que realmente, esperaba que hubiese buenas noticias.
Si no las había, Dorian y yo siempre podríamos escapar, pero me veía incapaz de hacerlo.
¿Qué sería de mi padre? Jamás podría mostrar su relación con Christie.
Tal vez podía conseguir que ellos también se fueran, pero Giu nunca sería libre de querer a quien ella quisiera porque se vería forzada a seguir el legado de Eellary.
Fiero, si realmente Agatha y él iban en serio, acabarían teniendo problemas con La Élite.
Esperaba con todas mis fuerzas que todo saliese bien, porque tal vez más personas de las que imaginaban tenían problemas por culpa del pacto, aun así, preferían dejarse llevar por el lujo y el dinero que por su propia felicidad, sin saber que aquello los acabaría haciendo miserables si no lo eran ya por dentro.
El Sacro Bosco, como también se le conocía, nos daba una bienvenida cargada de una energía intensa y antigua.
Las fechas en las que fue creado este parque eran cercanas a cuando se hizo el pacto con los Dioses, en el año 1500.
Nada más acercarnos, dos grandes esfinges griegas nos vigilaban con una descripción que rezaba: “Tú que entras aquí, aparta tu mente y dime si tantas maravillas han sido hechas por encanto o por arte”.
La inscripción estaba tallada en una roca en forma de pergamino, la misma roca en donde estaban talladas las esfinges y todo lo que nos rodeaba.
El camino era tierra y musgo. A cada lado nos vigilaban las grotescas estatuas: dragones, sirenas, los conocidos como los Dioses romanos, no tan antiguos como los Dioses a los que rezábamos.
Ambos observábamos todo boquiabiertos. El silencio que solo llenaba nuestros pasos era igual de inquietante y maravilloso que las estatuas que nos rodeaban.
Ninguno de los dos nos atrevimos a decir ni una palabra, como si al hacerlo pudiésemos despertar a esa energía antigua que nos acompañaba, como si las estatuas fuesen a moverse con el mínimo ruido de nuestras voces.
Compartimos unas cuantas palabras a través de nuestros pensamientos, maravillados por lo que nos rodeaba.
Había magia en el bosque, magia antigua y palpable.
No teníamos prisa, ya que cuando entramos aún quedaban dos horas para el atardecer.
Así que lo visitamos todo con una tranquilidad que sentía que no había tenido en años.
Ahora todo era demasiado rápido y cambiante.
Sin embargo, existían lugares como estos que lograban hacer que volvieras a ralentizar el paso, que los disfrutaras tomándote tu tiempo.
Absorbiendo detalles y creando recuerdos que valía la pena mantener vivos.
No sé en qué momento acabamos frente a una gigantesca cabeza monstruosa cuyas fauces mantenía abiertas, creando una puerta.
—Es aquí —susurró Dorian por primera vez en voz alta—. La boca del infierno.
En el arco de la entrada, cincelado sobre la piedra, las palabras “todo pensamiento vuela” parecían querer brillar mientras las observaba.
Miré más allá, hacia el cielo, donde el sol quería ocultarse entre los árboles para desaparecer definitivamente por el día de hoy.
—Es la hora. —No era una pregunta, pero Dorian asintió de acuerdo.
Parecía que el bosque nos había dirigido hasta nuestro destino a la hora correcta.
El interior de la boca estaba oscuro a pesar de estar a unos peldaños de distancia de ella, lo que no hacía más fácil querer subirlos y descubrir lo que nos deparaba ahí dentro.
Cogí una bocanada de aire.
—Todo va a salir bien —afirmó, haciendo que me volviese a girar hacia él y depositó un suave beso en mis labios.
Sabía que esta no era la parte peligrosa, que esto solo nos iba a ayudar a confirmar si era seguro hablar con los Dioses, si debíamos hacerlo o no.
Pero aun así, cada vez que miraba el interior de esas fauces que nos esperaban, no podía evitar pensar que llegar hasta los Dioses no iba a ser la única dificultad del camino.
Dorian volvió a tomar mi mano.
—¿Preparada?
—No —contesté sin ocultar el temor que me daba.
La oscuridad en lugares que no conocía me inquietaba. Nunca me había dado miedo, pero desde lo que ocurrió a principio de año, ya no me sentía tan segura en ella, así que entrar ahí era todo un reto. Además, había algo, un presentimiento que no me dejaba tranquila.
“Voy a estar a tu lado en todo momento”. Su voz sonó como una melodía reconfortante en mi mente. Y me animé a dar el primer paso hacia el interior de la oscuridad.