Capítulo 50
La semana transcurrió desesperadamente lenta.
Las pocas horas de clase me ayudaron para socializar.
Coincidí más con Chiara, Giu, Marco y Silvia.
Justo cuando apenas me quedaba un mes de clase, estaba consiguiendo encontrar un grupo de personas con las que me sentía cómoda.
Al menos durante el mes que quedaba las seguiría viendo, hasta que Dorian y yo decidiéramos hablar con los Dioses.
Aún no sabía cuándo sería, pero hoy por fin le vería, y ese era uno de los temas que teníamos que discutir y que estábamos deseando zanjar.
Así que no se alargaría demasiado la espera.
La puerta de mi salita sonó, acelerando mi corazón al saber quién entraría.
—El señorito Vinci ha venido a visitarla.
Asentí, intentando que no se dejase ver lo desesperada que estaba por verle.
—Házle pasar.
Lo veía casi cada noche en sueños, pero en este último mes me di cuenta de que eran demasiado cortos y siempre me faltaba tiempo con él.
Siempre quería más, necesitaba más tiempo a su lado.
Y desde la semana anterior en su casa sentía que lo necesitaba más que nunca.
No sabía qué había pasado tras el beso, pero todo se había vuelto más intenso.
Mi vida parecía haber cambiado de rumbo.
Mi mente estaba más despejada; sentía que había una razón por la que tener ilusión cada día. Algo que llevaba años sin sentir.
Esa ilusión entró por la puerta con el semblante serio y una confianza que le hacía parecer el dueño de la casa, pero en cuanto cerró la puerta tras él, una sonrisa brillante apareció en su rostro.
—No me hagas pasar tanto tiempo sin verte. La próxima vez creo que no lo aguantaré —dijo en tono dramático y se acercó a mí para darme un corto beso en los labios, que fue suficiente para hacerme temblar.
No sabía que el amor podía ser tan intenso, que te podía hacer adicto a alguien.
—Siento decirte que este último mes de clases es el peor, así que no va a ser fácil sacar tiempo.
Hizo un puchero. Aunque su cara estaba muy cerca de mí, parecía negarse a soltar mi cintura, que estaba retenida por su mano, manteniéndome pegada a él.
Intentaba volver a respirar como una persona normal, pero la cantidad de emociones que afloraban cada vez que lo tenía tan cerca me abrumaba, y pareció darse cuenta porque aflojó el agarre dejando un poco de espacio entre los dos.
—Me da igual estar sin hacer absolutamente nada mientras tú estudias si eso significa estar contigo, Alessandra.
La idea no me disgustaba, porque tampoco concebía estar tanto tiempo sin él, aunque eso pudiese hacer que no me concentrara.
—¿Te distraigo? —preguntó leyendo mi mente—. Me pregunto por qué será.
Le empujé mientras una sonrisa alargaba mis labios.
—Pues te iba a decir que sí, pero ahora tal vez me lo piense más.
Se rio haciendo que miles de mariposas revolotearan por todo mi cuerpo. Su risa se convirtió en una de mis melodías favoritas desde el primer momento en el que la escuché.
—Sabes que ni siquiera ibas a hacerlo por pensarlo.
Alargué una mano al cojín que tenía más cerca y se lo lancé a la cara, que cogió al instante porque ya leyó las intenciones en mi mente. Lo cual me parecía trampa.
—¿Así que con esas vamos?
Y sin previo aviso se lanzó encima de mí, tirándome al sofá y haciéndome cosquillas.
—¡Dorian, eso es trampa! —dije mientras reía y daba patadas y puñetazos al aire.
Hacía mucho tiempo que no me reía así, que no me sentía así de feliz y contenta por una tontería como esta.
Era como volver a ser una niña. Cómo disfrutar una infancia que nunca llegué a tener.
Pero la burbuja de risas explotó en cuanto la puerta volvió a sonar y, sin previo aviso, mi padre entró.
Dorian no tardó en apartarse de mí, pero a mí me costó más reincorporarme porque aún estaba afectada por el ataque de risa del que intentaba recuperar aire.
Me podía imaginar lo roja y despeinada que estaría.
—¡Nadie te ha dado permiso para entrar! —dije un poco más alto de lo que me hubiese gustado mientras en mi cara había una enorme sonrisa que era incapaz de esconder.
Mi padre nos miraba con una ceja levantada y Dorian se incorporó de inmediato.
—Señor Leone —dijo alargando el brazo para darle la mano.
—Dorian —saludó mi padre con un asentimiento de cabeza, aceptando su mano. La sonrisa se fue desvaneciendo poco a poco—. Solo quería acercarme a saludar al nuevo integrante de la familia —dijo tan tranquilo, haciendo que mis mofletes ardieran más aún, y los dos se rieron.
—¿Es que habéis decidido hacer los dos un complot contra mí hoy?
—No —contestó Dorian—, pero sería divertido.
Mi padre se rio, pero pronto su sonrisa se apagó para mirarnos a los dos. No me gustaba cuando cambiaba su semblante tan drásticamente.
—Bromas a un lado. Ya sabéis la posición en la que os encontráis, así que no quiero noticias con vuestros nombres en ellas. Evitad que os vean juntos. Y Dorian —no me gustaba el camino por donde estaba tirando la conversación—, espero no tener que darte ningún aviso.
Dorian asintió solemne.
—Sin problema, señor Leone.
—Ya te dije que me podías llamar Massimo —le miré perpleja. Mi padre no era una persona que cogiese confianza tan rápido con alguien como para que lo tuteara tan pronto.
—Massimo —corrigió Dorian con un asentimiento.
Se despidió de nosotros y me volví de nuevo hacia Dorian.
—Bueno, no ha ido tan mal —dijo como si nada—. Tu padre se hace el duro, pero en realidad me adora.
Me reí, pero aún estaba sorprendida por la forma en la que mi padre parecía estar aceptando todo muy rápido. Supongo que tampoco estaba en posición de no aceptarlo, ambos estábamos haciendo esfuerzos muy grandes el uno por el otro. Aceptarlo era lo mínimo que podíamos hacer.
✦
Las horas pasaron demasiado rápido entre los brazos de Dorian mientras hablábamos y veíamos series, tan rápido que la luz del sol ya amenazaba con desaparecer.
—¿Me enseñas tu jardín? —preguntó Dorian de repente.
—¿El jardín? —él asintió—. Vale, pero nos va a llevar tiempo. —Estaba muy cómoda en sus brazos mientras veíamos una serie, pero cuando miré por la ventana, las flores parecían saludarnos con la suave brisa, invitándonos a salir.
—Enséñame tu parte favorita, ya tendremos tiempo de pasear por las demás zonas.
No lo dijo explícitamente, pero sabía lo que quería. Quería ver la rosa, y no me importaba llevarlo ante ella.
Así que paseamos entre pérgolas llenas de parras, arcos, estatuas y flores de todo tipo antes de adentrarnos en el jardín de la rosa.
Dorian me preguntaba cosas sobre mi Don, de cómo todo esto se conservaba tan perfecto con el mínimo cuidado.
Lo tenía tan normalizado que no era consciente de lo difícil que tendría que ser mantener unos jardines de esta magnitud y con tantos tipos de plantas que requerían cuidados diferentes.
Pero una vez plantabas las semillas inyectando un poco del poder, las plantas crecían fuertes y protegidas de cualquier tipo de contratiempo.
Cuando pasamos por la arcada donde se entrelazaban rosas rojas y blancas, nuestro paso disminuyó.
—Vaya —murmuró mirando hacia arriba.
Las flores y las hojas se dejaban caer queriendo formar una cortina, pero siempre lo manteníamos corto para que no molestara al pasar.
—Entiendo por qué se habla tanto de tu jardín —aún parecía absorto por todo lo que le rodeaba, y eso hizo que mi sonrisa se ensanchara.
Bajó la mirada de nuevo a mí.
—¿Dónde está tu rosa?
Me armé de valor y le cogí de la mano para guiarle entre los rosales. Aún me costaba dar los primeros pasos, a pesar de que siempre ansiaba su contacto y ese cosquilleo de emoción que me recorría cada vez que sus manos me rozaban. Muy diferente a lo que sentí por Fiero.
—Es esta —dije cuando nos paramos enfrente de ella, aunque era más que reconocible por sus manchas.
Dorian se acercó con cuidado, como si fuese un animalito al que no quería asustar.
—¿Cuándo me dijiste que comenzó a pasar esto?
—A finales del año pasado, ¿tal vez? —Intenté hacer memoria, pero no estaba segura.
—¿Crees que pudo pasar antes?
—Puede ser. Recuerdo haberlo notado a finales de año, pero puede ser que todo comenzase antes.
—Tengo una teoría… —comenzó a decir, pero se quedó callado, y se giró para mirarme con sus avispados ojos oscuros—.
Yo te vi por primera vez a finales de verano —esa afirmación me hizo fruncir el ceño, porque si lo hubiese visto antes, me acordaría de él—; fue en el aeropuerto.
Hicimos contacto visual durante un segundo, pero creo que desde ese momento la profecía de alguna manera se activó.
Comencé a soñar contigo, bueno, a adentrarme en tus sueños —corrigió— y creo que ahí comenzó a cambiar todo.
Me senté en el banco que había detrás de mí.
La idea no era del todo descabellada, y teniendo en cuenta lo que había ocurrido este año, ya no descartaba ninguna posibilidad.
Si fuese la misma Alessandra de hace un año, probablemente ahora mismo odiaría a Dorian por todo lo que había causado su llegada en mi vida.
Por suerte, no lo era y entendía que tarde o temprano esto hubiese sucedido.
Una parte de mí creía que no existía ninguna realidad en la que Dorian y yo no nos hubiésemos cruzado.
Lo importante ahora era ver cómo acababa nuestra historia.
Ante mi silencio, Dorian se puso a observar de nuevo la rosa, pero se quedó tan quieto que parecía una estatua. Cuando los segundos pasaban sin ningún tipo de reacción por su parte, me levanté preocupada.
—¿Dorian?
No reaccionó. Su mirada estaba ida, perdida en recuerdos lejanos. No era la primera vez que pasaba y ya lograba distinguirlo sin que el miedo me invadiera. Me había pasado suficientes veces para reconocer lo que estaba ocurriendo.
No pasó ni un minuto cuando Dorian volvió en sí.
—¿Qué has visto?
Dorian estaba negando, pero no llegaba a comprender su semblante.
—Hemos sido estúpidos, hemos tenido la solución siempre —le miré con el ceño fruncido—.
Entre los dos deberíamos conseguir que la rosa se recupere.
En nuestra sangre fluyen nuestros Dones, por eso pudimos entrar en la cripta de mi antepasado cuando tu sangre y la mía se mezclaron.
Por eso los pactos se alimentan con sangre, eso los hace mágicos.
—Pero en ninguno de los libros lo menciona —intentaba encontrar algún tipo de información que mencionara aunque fuese de pasada eso, pero no lo encontraba. Aun así, tenía demasiado sentido, y si se lo había mostrado su Dios, significa que era fiable.
—Quedan cientos de libros en la biblioteca. Es posible que ni siquiera nos acercáramos a él.
—¿Por qué decide ayudarte ahora en esto?
Tenía muchas dudas, pero esa era una que se repetía en mi mente desde que descubrí que me podía comunicar con Eellary: ¿por qué decidió ayudarme en ciertas ocasiones y en otras parecía que ni siquiera me escuchaba?
—No lo sé —parecía igual de perdido que yo—, me imagino que esto tiene que ser importante en nuestra historia.
¿Recuerdas la rosa que encontramos en la biblioteca?
—La veía cada día en mi mesita de noche, era imposible olvidarme de ella—.
Fue mi antepasado el que se lo regaló a tu antepasada. Tiene que estar relacionado con eso.
Esa parte de la historia la entendía, pero había tantas incógnitas.
Tantas cosas que se nos escapaban de las manos.
Tantas historias de generaciones anteriores que nunca llegaríamos a conocer y comprender.
Siempre habría algo de nuestra historia que desconociéramos, pero tal vez era mejor así.
Crearemos nuestra propia historia sin importar lo que hubiese ocurrido antes.
—¿Quieres que lo hagamos ahora? —pregunté, intentando volver a centrarme en el presente.
—¿Tú quieres? —preguntó de vuelta.
Observé la rosa, el jardín que nos rodeaba, el sol que estaba a punto de desaparecer llenándolo todo de destellos dorados, y finalmente lo miré a él. Era la mejor compañía que podía tener, la mejor persona que me podría haber puesto el destino a mi lado. Así que asentí.
Primero se aventuró Dorian, se pinchó el dedo con una de las espinas y dejó caer una gota de su sangre sobre la rosa, le imité. Era la primera vez que me pinchaba con una espina a pesar de haber pasado tanto tiempo entre ellas.
“Eellary, escúchanos, siéntenos, estamos aquí para que la vida brote de nuevo.”
Esas palabras fueron arrojadas a mi mente, esperando que hicieran algún tipo de diferencia. Y durante un minuto nada ocurrió. Iba a perder la esperanza como tantas veces había hecho, pero Dorian agarró mi mano, infundiendo el valor que se derramaba de mi interior.
Cuando iba a apartar la vista, ante mis propios ojos las manchas oscuras comenzaron a expandirse cada vez más y más. No estaba entendiendo lo que estaba ocurriendo, pero un destello me obligó a cerrar los ojos, y cuando los volví a abrir, la rosa estaba más vibrante que nunca.
Y roja.
—¿Estoy soñando? —pregunté aún sin creer lo que estaba viendo.
Dorian me miraba con una emoción semejante a la que debían de mostrar mis ojos.
Negó con una sonrisa.
—Esto no es un sueño, Alessandra.
Quería creerlo, de verdad que quería creerlo. Pero realmente había sido tan… ¿fácil?
—No todo tiene que ser a base de sufrimiento —dijo Dorian, que había vuelto a adentrarse en mi mente.
—Es solo que…
—No te lo crees —terminó por mí y asentí—. Es normal, llevas meses esperando a que esto ocurriera.
—Y ha sido tan… sencillo —negué de nuevo aún sin creerlo y de pronto recordé aquella vez que le rogué a Eellary ayuda—. No me lo puedo creer —me reí de lo estúpida que había sido.
Dorian me miraba extraño.
—Mi Diosa me dio la respuesta. Me guio hasta ti y no lo entendí.
—Llevan guiándonos el uno hacia el otro desde que nos cruzamos por primera vez. No me extrañaría que fuesen ellos los que modificaran la realidad a su gusto para hacernos coincidir en la campaña de Dolce Vanna.
—Me gustaría pensar que eso fue coincidencia —admití—. Que todo no está destinado y hay cosas que simplemente han ido ocurriendo por azar.
Dorian asintió.
—Lo importante es que, de una forma u otra, hemos llegado a este momento, y no he podido tener más suerte de que la realidad se haya desenvuelto de una forma que me permite estar a tu lado.
Mi primera reacción fue una lágrima que bajaba por mi mejilla dejando un cosquilleo tras ella. No estaba triste, pero el cúmulo de emociones que guardaba en mi interior se llenó de felicidad y amor.
Dorian avanzó un paso para limpiar la lágrima de mi mejilla. Me miraba con una sonrisa llena de ternura, y sus ojos oscuros brillaban como la noche estrellada. Sabía que era ahí donde pertenecía, a sus brazos, a su ser. Nunca había llegado a sentirme tan plena hasta este momento.