Entre Rosas y Sueños Capítulo 49
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Capítulo 49

El mensaje de Fiero avisando de que en una hora llegaría a mi casa no me pilló tan de imprevisto.

Conocía a Fiero demasiado bien para saber que iba a acabar accediendo, y aunque los nervios empezaban a florecer, estaba contenta de que por fin todo estuviese cogiendo un buen rumbo, o al menos esperaba que lo hiciera.

Y tal y como dijo, una hora más tarde me avisaron de que Fiero había llegado.

—Me alegro de que hayas decidido venir —dije, intentando romper la incomodidad que había entre los dos, pero no funcionó.

Comenzamos caminando hacia el jardín de las rosas, aunque mi idea era ir más allá hasta el pequeño campo de lavanda. No sabía si lo hacía más por mí o por él, pero necesitaba que la tranquilidad aflorara entre los dos.

No quería más discusiones.

—Mira, Alessandra, no tengo mucho tiempo, así que espero que sea rápido.

Asentí mientras seguíamos acercándonos a mi destino.

—Sé que ha habido errores entre los dos, pero no me gusta cómo acabó todo. —No me miraba. Aun así, sabía que estaba escuchando atentamente—. Hemos sido personas muy importantes el uno para el otro. Solo me gustaría que esta hostilidad desaparezca entre los dos.

Pareció asentir.

—A mí tampoco me gusta cómo ha acabado todo —se sinceró llenándome de esperanza.

—Pero me has hecho mucho daño, Alessandra. —No me podía creer que aún se estuviese haciendo la víctima.

—Nos hemos dañado mutuamente —sentencié.

Por suerte asintió, aunque con la mandíbula apretada, reacio a salir de su papel. Esto no estaba siendo agradable para ninguno de los dos, pero pronto llegaríamos al pequeño campo de flores moradas que llenaban el cielo con su olor calmante.

—La cagué, y me siento tan mal por ello —su voz se rompió—, por dejarme llevar por el pánico de perderte.

Tan solo quiero volver a empezar, sin sentirme culpable de lo que hice —su sinceridad, el dolor que había en cada palabra me pilló desprevenida—.

Llevo toda mi vida sintiendo que a la mínima te perdería y, cuando me di cuenta de lo mal que estaba la relación, entré en pánico.

Por eso no puedo estar cerca de ti. Me recuerdas todo lo que hice mal, todo lo que perdí —añadió.

—Entonces, ¿no sirve de nada esta conversación? —No esperaba reparar nuestra relación, era imposible, pero sí que pudiéramos tener una relación cordial de momento.

Negó y mi corazón, que parecía haberse reparado un poco cuando Fiero aceptó hablar conmigo, se volvió a agrietar.

—Primero me tengo que perdonar a mí mismo, Aless. —Las lágrimas comenzaron a arremolinarse en mis ojos, pero no iba a derramar ninguna. No delante de él—. Dejarme llevar por la rabia hubiera sido más fácil, pero no tendría sentido hacerlo.

Asentí porque comprendía esa rabia. Fue durante un corto periodo de tiempo, pero también la sentí, y también quise decir y hacer cosas de las que no me sentiría orgullosa ahora mismo.

—Acepto tu perdón y espero que tú también aceptes el mío —dijo—, pero no podemos ser amigos. No hasta que consiga dejar todo esto atrás.

—Lo entiendo. —Mi intención tampoco era volver a ser amigos como si nada hubiese pasado porque yo tampoco podía dejarlo pasar tan fácil. Las grietas que había en mi corazón no se iban a reparar con un perdón—. Gracias por aceptar tener esta conversación.

Fiero negó.

—Eres demasiado buena para este mundo, Alessandra.

Y no sé si fue gracias a la lavanda o a la predisposición de Fiero, pero me sentí en paz. En una paz que nunca había conseguido encontrar a pesar del dolor que aún había en el interior de mi pecho.

Esa paz me animó a aventurarme de nuevo al jardín de rosas.

La oscuridad que crecía en la rosa blanca parecía haberse estancado; aun así, unas grandes manchas negras la cubrían.

Seguía sin saber qué hacer con ella. Me estaba escuchando a mí misma tal y como Eellary sugirió, pero eso no impidió que la oscuridad cesara de crecer en ella.

Me senté en el banco que había enfrente y llamé a Dorian.

Normalmente, cuando estaba en el jardín, prefería estar sola. Sobre todo cuando visitaba la rosa, pero quería escuchar su voz.

Lo necesitaba.

—¿Qué tal ha ido? —preguntó en cuanto descolgó. Parecía ansioso, y no me extrañaba, ya que si estuviera en su situación, me encontraría igual que él.

—Mejor de lo que esperaba —contesté antes de comenzar a contarle cómo había quedado todo entre los dos.

—Entonces, ¿no ha usado su Don en ti?

—No parece. —No era algo que yo pudiese saber si lo hacía o no, pero normalmente, al menos la vez que lo hizo, había lagunas en mi memoria que esta vez no encontraba.

El suspiro de Dorian se filtró a través de la línea

—Me alegro de que se haya zanjado por fin. Y sobre todo de que estés bien. —El alivio en su voz me rodeó como un susurro reconfortante.

Seguimos hablando un rato más hasta que mi padre vino en mi búsqueda y tuve que colgar a Dorian. Pero no me sentí tan desanimada al colgarle, sabiendo que esta semana lo volvería a ver.

—Había visto a Fiero marcharse, pero como no te vi volver a casa, me estaba preocupando —mi padre se sentó a mi lado.

—Perdón papá, me puse a hablar con Dorian y olvidé avisarte.

Mi padre negó quitándole importancia.

—¿Ha ido todo bien?

—La situación sigue siendo complicada, pero al menos ya está todo hablado. A partir de ahora, el trabajo de cada uno es interno.

Mi padre asintió, comprendiendo a lo que me refería.

—Christie se va a alegrar mucho de esto.

—Dale las gracias por animarme a hacerlo.

—Lo haré —afirmó—. Pero ahora tú y yo tenemos que hablar de algo más serio.

—¿Más? —Estaba cansada de tantas charlas hoy.

Mi padre se rio al ver la mueca que hice.

—Venga, vamos dentro —dijo echándole un vistazo disimulado a la rosa antes de levantarse.

No me quedó otra que seguirle hasta su despacho. No tenía ni idea de qué era lo que teníamos que hablar, pero esperaba que fuese algo bueno. Hoy solo quería buenas noticias.

La luz de la tarde entraba por los ventanales que estaban a espaldas del gran escritorio. La chimenea llevaba casi un mes sin encenderse, ya no era necesario, pero aun así de vez en cuando el olor a ceniza quería abrirse paso entre el olor a café y a patchouli.

Me puse cómoda en el mullido sillón de cuero.

—Hay buenas noticias —quise soltar un suspiro ante sus palabras—.

Al parecer, La Élite, al ver que tú y Fiero ya no estáis juntos, se ha calmado, pero eso no quiere decir que tengamos que bajar la guardia.

Siguen recelosos con nosotros porque tú y Fiero hayáis estado juntos y no hayamos tenido en cuenta las advertencias que había sobre emparejar a dos personas con Dones.

A pesar de que ellos mismos aceptaron —masculló esto último—.

Ahora se están dando cuenta de que Fiero y Agatha están pasando demasiado tiempo juntos; su atención se ha vuelto hacia ellos, pero su objetivo siempre hemos sido nosotros, Alessandra.

Bueno, eran buenas noticias a medias, pero era mejor que nada.

—Evita que te vean con Dorian, independientemente de la relación que tengáis —añadió y yo asentí, cansada de este teatro.

—La tendremos, papá —traté de tranquilizarle.

—Sé la verdad de la profecía, y los Pellegrini también lo saben.

—La tranquilidad que había en mi cuerpo se desvaneció por completo.

Podría haber empezado por ahí—. No van a decir nada ni a interponerse, pero tampoco saben mucho de tu relación con Dorian —asentí tratando de calmar la inquietud que azotaba mi cuerpo.

—Entonces… —Me daba miedo preguntarlo, me daba miedo la respuesta, pero si conocía realmente la profecía, si sabía lo que podía pasar si estaba con Dorian, necesitaba saber si estaba de acuerdo. —¿Te da igual que los Dones desaparezcan?

Mi padre asintió.

—En esta familia tenemos dinero para dar de comer a las próximas generaciones.

Si tuviese que cerrar fábricas, no me importaría.

Este Don nos ha dado más quebraderos de cabeza que alegrías.

El dinero no lo es todo, hija, lo importante es que tú seas feliz, y si lo eres con él, no me importa que todo lo que tengamos desaparezca —aún no creía las palabras que salían de la boca de mi padre—.

Pero eso no pasará, nada se desvanece de la noche a la mañana —eso quería pensar yo también, pero no estaba tan segura—.

He estado pensando mucho estos días qué pasaría si los Dones desaparecieran, creo que nos haría un bien mayor.

No sé si es que me estoy haciendo viejo y el tema de los negocios ya me está cansando, pero tampoco quiero que tú vivieras con el peso con el que he tenido que cargar yo.

Que tú vivas tan poco como yo porque tu vida es por y para los negocios.

Vive, Alessandra, sé feliz, y con suerte, si todo esto se acaba, yo empezaré a vivir ahora.

Una lágrima se hizo paso hasta mis labios. Cálida y salada. No sabía cuándo comenzaron a caer, pero caían una tras otra sin previo aviso. Mi padre me rodeó con sus brazos.

—Todo saldrá bien, hija.

Quería creer en lo que decía mi padre. Que sería así y podríamos ser felices, ¿pero y si salía mal? ¿Y si mi padre perdiera a su única hija? Ya había sufrido demasiado, no quería más sufrimiento para él.

Estaba claro que no conocía esa parte de la historia, pero esa no era la historia completa. Aún había esperanza, y me agarraría a ella. Por mi padre, por Giu, por Dorian, y sobre todo por el futuro que tal vez podría construir junto a él.