Entre Rosas y Sueños Capítulo 47
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Capítulo 47

La tranquilidad que buscaba por la tarde para terminar las tareas de clase se convirtió en tensión cuando a mediodía mi padre me informó de que mi madre vendría a recoger algunas de sus cosas.

Era obvio que venía en busca de algo. Ya sea para ver si nos estábamos hundiendo en la miseria porque ella se había ido o por cualquier otra retorcida cosa que se le hubiese ocurrido.

Me centré todo lo que pude en mis tareas hasta que una amarga sensación me invadió.

No necesitaba escucharla para saber que estaba aquí, era como si el olor de las adelfas hubiera encontrado su camino hacia mí.

Los tacones repiqueteando sobre el suelo me confirmaron que mi intuición no había fallado, traté de ignorar la incomodidad que estaba creciendo en mi cuerpo con cada paso que daba en casa.

Si no salía de la seguridad de mi habitación, no ocurriría nada.

Papá también iba a estar bien. Solo teníamos que seguir con lo nuestro y no interferir en lo que sea que estuviese buscando.

Los minutos transcurrieron más lentos de lo que podía imaginar, pero la media hora que logró pasar fue silenciosa.

Los pasos desafiantes se acallaron y no parecía escuchar nada más que el silencio de los prados y el cantar de los pájaros.

Conseguí calmarme. Mi mente estaba completamente devota a las preguntas sin respuesta que tenía que rellenar.

Hasta que el silencio pareció alterarse.

Me alejé del escritorio con un suspiro. Ni una hora había tardado en volver a perturbar la calma de la casa.

Me quedé sentada, pensando y debatiendo, salir o seguir escondida en mi tranquilidad.

Papá no debería tardar mucho en echarla de casa, pero no era justo que siguiese enfrentándose a ella él solo.

Si quería cambiar, tenía que empezar a actuar como había querido desde hace mucho.

Así que me armé de valor y abrí la puerta.

Los gritos seguían sonando distantes, pero conforme más me acercaba a las escaleras, más se intensificaban. Solo se le escuchaba a ella. No me sorprendía.

Llevaba unos tacones altos y su pelo tan liso como un mar en calma. Su exterior y su interior contrastaban tanto que no podías imaginar que fuese la misma persona.

—Mira quien se digna a bajar —atacó como si hubiese estado esperando a que apareciera.

Por un momento me quedé en el sitio, no hablé, ni me moví más cerca, tan solo me petrifiqué.

Me miró de arriba a abajo con disgusto pero antes de que volviese a hablar algo hizo click por fin en mi cabeza.

—Esta ya no es tu casa. No tienes permiso para venir a molestar —le recordé con el tono más brusco que pude.

Los dos se quedaron sorprendidos por mis palabras, pero la sorpresa tardó en desaparecer del rostro de mi madre, que se curvó en una cruel sonrisa.

—Esta casa es más mía que tuya, hijita, así que yo de ti tendría cuidado con lo que dices.

—Era —corregí—, ya no lo es. Así que termina de recoger tus cosas y no vuelvas más. Ya no eres bienvenida aquí.

—Maldita niña malcriada —masculló—. Cállate y deja hablar a los adultos.

Acepté sus palabras ignorando el mal trago que fueron. Siempre haciéndome de menos. Siempre logrando hacerme sentir pequeña, pero no iba a dejar que consiguiera lo que quería. Que me acobardara y saliera huyendo como siempre hacía. Esta vez no, ya no. Las cosas estaban empezando a cambiar.

—¿Malcriada? Me pregunto qué mujer ha sido la que me ha criado buscando que fuese a su imagen y semejanza.

—Mi madre siempre había querido que fuese como ella, pero pasando por métodos más crueles, pensando que así alcanzaría la perfección que todo el mundo parecía querer ver en mí.

Como si así fuesen a alabarla a ella también.

—Tal vez si hubiese interrumpido más esas charlas de adultos como estoy haciendo ahora, tú hubieras desaparecido de esta casa mucho antes.

—Alessandra —mi padre, que había estado tan solo mirando y escuchando, por fin dijo algo, pero solo buscaba que me mantuviera apartada de la conversación. Siempre manteniéndome al margen.

Mi madre me miró triunfante. Pensando que la intervención de mi padre era un sobreaviso para que no la molestara.

—Díselo, Massimo, dile lo equivocada que está —fruncí el ceño sin entender a qué se refería.

Mi padre comenzó a andar, y mi madre fue tras él. Supongo que pensaba que irían a algún sitio más privado para hablar, pero mi padre abrió la puerta de entrada, pillándola por sorpresa.

—Alessandra tiene razón. Ya no eres bienvenida aquí, Emilia —sostuvo la puerta abierta—. Creo que es hora de irte —dijo con un tono lo más neutral posible, pero podía notar la rabia que quería salir al exterior.

Mi madre se quedó plantada al lado de la puerta abierta. Los colores empezaron a subirle por el cuello hasta teñir de rojo su cara. Estaba enfadada y no iba a tardar en hacérnoslo saber, pero mi padre fue más rápido.

—Ahora —rugió, logrando que me estremeciera.

Nunca lo había visto así. Nunca había usado ese tono delante de mí. Mi padre no era un hombre que necesitara enfadarse para sonar autoritario.

Mi madre se quedó estática mirándole, aún llena de rabia, pero para mi sorpresa salió y mi padre cerró la puerta sin cuidado. Se dio media vuelta y suspiró pasándose la mano por la cara.

—Alessandra, hija, siento que tuvieras que ver esto —dijo abriendo por fin los ojos. Llenos de culpa y pena.

Negué, indicando que no pasaba nada, pero las palabras no traspasaban mi boca. No supe si hice bien bajando o si en realidad había empeorado la cosa, pero mi madre ya no estaba en casa, y ya no debería volver más. Me aferre a eso.

Papá no tardó demasiado en desaparecer, intentando huir de la escena.

Yo me quedé más tiempo de lo que imaginaba frente a la puerta, tratando de recomponerme.

Sabía dónde estaba mi padre, y quería ir a hablar con él para pedirle perdón por si no había hecho lo correcto, así que como siempre puse rumbo a su despacho. Su habitación amurallada.

Toqué.

No hubo respuesta.

Pero yo sabía que estaba ahí, así que abrí la puerta y no me equivocaba. Frente a él, sobre su escritorio, había un vaso de whisky y una botella a la que ya le faltaba un palmo.

No esperé a que dijera nada, cogí el vaso y lo tiré a la basura. No me extrañaba que hubiese estado bebiendo antes de que mi madre llegase, a pesar de que no lo noté en su momento. El cristal se deshizo en añicos.

—¿Qué cojones haces? —no me gritó, pero la brusquedad en su voz me sorprendió.

Se hundió en su silla al instante.

——Lo siento —dijo en tono lastimero. Nunca había visto a mi padre de esta forma—. A veces creo que el fantasma de la relación de tu madre me va a perseguir toda la vida, que nunca voy a lograr salir de ahí.

Sonaba tan sincero, tan dolido. Era la primera vez que sentía que mi padre me hablaba desde su corazón, desde la realidad que siempre me había ocultado.

—Esa no es la solución, papá, deberías saberlo ya.

Además, Christie vendrá en unas horas, ¿de verdad crees que le va a hacer gracia que te encuentre borracho?

—Él negó, parecía verdaderamente avergonzado.

—Si quieres cambiar, primero tienes que cambiar esos viejos hábitos.

Esos son los que no te permiten avanzar —dije repitiendo las palabras de la psicóloga.

—Cómo me alegro de que te hayas dado cuenta a tiempo y hayas escogido tu felicidad, hija —suspiró, y casi de forma automática se levantó.

Sabía que se refería a mi relación con Fiero.

No iba a cometer el mismo error que él, y sabía que eso calmaba parte de la herida que tenía en su interior.

Que podía traerle algo de paz saber que no seguiré su misma historia.

—Tú también tienes derecho a volver a empezar. Aún no es demasiado tarde.

Mi padre asintió, pero cambió de tema. Le incomodaba hablar sobre él mismo tanto como a mí me pasaba.

—Voy a darme una ducha para estar listo —dijo acercándose a mí—. Gracias, hija.

Me despeinó el pelo, como cuando era pequeña, antes de salir por la puerta.

No me quedó otra que volver a mi cuarto para terminar las tareas de clase. Aún quedaban dos horas para que Christie viniera, así que tenía tiempo para dejarlas listas, ducharme y prepararme. Aunque solo quería enrollarme en mis sábanas y descansar.

Esta mañana había sido maravillosa. Sentí que estaba viviendo en un cuento, pero supongo que toda historia tiene su drama. Una parte que aún tenía que aprender a sobrellevar.

✦

Después de una tortuosa tarde. La llegada de Christie anunció que por fin se estaba terminando el día.

Aún me resultaba intrusivo ver a Christie sola, sin Fiero y sin su exmarido.

Como una pieza de un puzle que no encajaba, pero luego veía cómo a mi padre se le iluminaban los ojos y florecía su sonrisa, y mi mente trataba con todas sus fuerzas olvidar el pasado.

Este era mi presente, y puede que mi futuro.

Y no veía en él más tristeza ni miedo. Solo sosiego.

Christie siempre me había parecido una mujer muy agradable, muy diferente a como era mi madre.

Aunque una parte de mí temía que se convirtiera en una nueva versión de ella, su naturalidad, su aspecto tranquilo, la forma en la que miraba a mi padre…

Todo eso me reafirmaba que no ocurriría.

Ya la conocía. Me había visto crecer, me había cuidado muchas veces y sabía cómo era la relación con su hijo.

Aunque ahora las cosas hayan podido cambiar entre ellos, Christie es una buena madre.

—Hoy ha sido un día difícil, Fiero parecía haberse escapado de casa —contestó a algo que había dicho mi padre y enseguida me puse alerta.

—¿Está bien? —la pregunta salió de mí sin ni siquiera pensarla.

El solo pensar que le podía pasar algo malo y que nadie se enterara me había causado una presión en el pecho muy reconocible.

Christie asintió.

—Sí, no te preocupes, solo está siendo… una época difícil para él.

—Había formulado la frase intentando hacerme el menor daño posible, pero sabía que gran parte de esto era mi culpa.

Eso iba a quedarse dentro de mí para siempre.

—Al menos ya he recuperado el contacto con él —añadió para sumar algo bueno a la conversación, pero su tono era amargo.

Sabía que la situación había escalado hasta ese punto. Mi padre me informó que Fiero estaba al tanto de la relación que había entre ellos. Culpando a mi padre de que todo esto haya sucedido y odiando a su madre por haberlo permitido.

—¿Crees que debería hablar con él? —le pregunté a Christie, dejé de mirar el plato de comida para fijarme bien en su rostro.

—Tal vez estaría bien que le deis un buen cierre a vuestra relación.

Por lo que tengo entendido, la última vez que hablasteis no fue muy bien.

Ya ha pasado tiempo. Podréis abordarlo más relajados.

No sé cómo de abierto a hablar estará mi hijo ahora, pero creo que es una conversación que os puede venir bien a ambos.

Asentí, aún sopesando sus palabras.

—Gracias —dije finalmente.

Tal vez me ayudase a dejar ir un poco la culpa que guardaba en mi interior.

Fiero no lo había hecho bien, pero yo tampoco lo hice.

Alargué algo inevitable hasta hacerlo doloroso, la situación hubiese dolido igual, pero tal vez el resultado no hubiese sido tan malo.

Tal vez si lo hubiese hecho en su momento, Fiero no hubiese usado su Don en mí; tal vez no nos habríamos hecho tanto daño el uno al otro.

La cena siguió tranquila. No se volvió a mencionar a Fiero en ningún momento. Lo cual agradecí por dentro. Yo no interrumpí demasiado en la conversación, pero sí que estaba atenta.

La imagen y la sensación que sentía al verlos hablar con tanta calma me hicieron olvidar la prisa que tenía para acabar el día. Hasta que una llamada me sacó de la burbuja en la que estaba sumergida y me disculpé para alejarme y atenderla.

La cara de Dorian apareció en primer plano en mi móvil y enseguida mi pulso se aceleró, con mis mejillas amenazando con arder. Cada vez que lo veía me sorprendía lo atractivo que era.

—Se me olvidó avisarte —dije con rapidez—. Hoy tenemos una cena especial en casa.

Al escuchar eso, sus labios se estiraron hacia abajo en una fingida mueca de tristeza.

—¿Tan rápido te olvidas de mí que ni me has avisado?

Bufé ante su dramatismo.

—Eres idiota.

Su mueca pasó a ser una de sorpresa.

—¿Me acabas de insultar, Alessandra? —¿Desde cuándo dices esas palabras tan feas? —Mi sonrisa se ensanchó, no lo podía tomar en serio.

—Tal vez tiene que ver con la mala compañía que tengo últimamente —bromeé.

—Mala compañía, ¿eh? Yo creo que estás demasiado cómoda con esa mala compañía —dijo levantando las cejas un segundo y su sonrisa se extendió hacia la derecha, haciendo que saliese ese pequeño hoyuelo que solo aparecía cuando sonreía de esa forma.

Puse los ojos en blanco.

—No te sientas tan importante —aunque lo era más de lo que querría admitir—. La próxima vez te aviso. —No era que quisiera dejar de hablar con él, pero no quería parecer que me había aprovechado para escabullirme.

—Disfruta la cena, y espero que sea verdad eso de que me avisarás —se burló antes de colgarme.

Para mi suerte, la cena no se alargó mucho más. El día se había sentido como si hubiese vivido tres vidas diferentes, y yo lo único que quería en ese momento era que las sábanas de seda me arroparan hasta la mañana siguiente.