Capítulo 46 #2
Sabía a lo que se refería, y que hubiera encontrado información sobre ello no sabía si me aliviaba o me preocupaba más aún.
—Inténtalo de nuevo, busca algo en mí que lo puedas relacionar con la naturaleza.
Cerré los ojos de nuevo. Si fallaba, al menos no iba a ser mirándole a los ojos.
Y busqué esa conexión entre él y la naturaleza.
Por lo general, Dorian olía a narcisos, pero hoy se entremezclaban con las rosas y un tono cálido, casi picante, que siempre parecía encontrarse ahí escondido.
Me centré en un solo olor, los narcisos, y traté de imaginarlo como un camino.
“Cómo puede estar tan guapa hasta así de concentrada, ojalá besarle de nuevo“
Su mirada estaba en mis labios cuando abrí los ojos. Podía notar cómo mis mejillas se teñían de rojo.
—Algo me dice que lo has conseguido —se rio y yo me enfadé.
Me molestaba tener la guardia tan baja alrededor de él, hasta tal punto que se me reflejaba todo en la cara.
—¿Crees que serías capaz de hablarme como yo lo hago en tu mente?
—Ahora no —dudaba que fuese capaz de concentrarme de nuevo. Ya había sido suficiente para mí hoy.
Él asintió y no volvió a sacar el tema.
Insistí en ayudarle a recoger la mesa y acabamos hablando sobre la cena de anoche y lo sorprendentemente cómoda que había estado con Chiara y Gabriele.
Cuando terminamos, volvimos a su cuarto.
Sabía que no tardaría mucho en irme; ya eran casi las diez de la mañana y tenía un montón de cosas que hacer de clase, pero no me apetecía nada volver a casa. Estar con Dorian se sentía siempre como estar en el lugar correcto. Cada vez se me hacía más difícil despedirme de él.
—Creo que deberíamos zanjar ya el tema de los Dones —dije cuando tomé asiento en su cama, aunque realmente no sabía si nosotros podíamos hacer gran cosa.
Dorian asintió.
—Aun así, no creo que la elección nos pertenezca a nosotros. —Le miré extrañada, pero antes de preguntar él me dio la respuesta. —Primero lee esto —dijo pasándome uno de los libros que se quedó.
Dorian siempre fue mi destino. Éramos las dos personas de quienes hablaba la profecía.
Parecía que el destino jugaba con nosotros a sus anchas porque, hiciésemos lo que hiciésemos, íbamos a acabar coincidiendo.
Lo importante ahora era cómo acababa nuestra historia. Porque me negaba a renunciar a Dorian.
—He pensado que lo mejor sería preguntarles a los Dioses —dijo cuando dejé de leer, pero seguía tan aturdida que no calaron sus palabras en mí—.
Ninguno de nuestros antepasados lo hizo, o al menos no tenemos conocimiento sobre ello.
Tal vez los Dioses nos pueden guiar, nos pueden decir qué quieren y evitar un destino trágico como el de nuestros antepasados.
—¿Lo ves posible? —Pero en cuanto la pregunta salió de mis labios, un sentimiento de aceptación recorrió mi cuerpo. Eellary parecía de acuerdo con la teoría de Dorian.
Dorian asintió.
—Pero no sabemos si todos responderán a nuestra llamada ni lo que nos pedirán. Los Dioses son un poco volátiles, así que, según he leído, hay un oráculo en Bormazo. Creo que nos podría ayudar.
—¿Un oráculo? —pregunté desorientada, a lo que Dorian asintió—. ¿Cómo los de la antigua Grecia?
—Sí —contestó—, he intentado hablar con Rayden. Ellos no nos van a querer ayudar en esto porque los puede meter en un compromiso con los otros Dioses, así que tenemos que actuar nosotros por nuestro lado.
No me hacía nada de gracia lo que me estaba diciendo Dorian. Era más trabajo y más tiempo perdido, pero si no había otra opción, habría que hacerlo.
—Vale —dije tras dejar escapar un suspiro—, pero me queda casi un mes de clase. Déjame que termine y, cuando lo haya acabado, nos pondremos con ello.
Dorian asintió.
—Ten cuidado, Aless. —Mi corazón se aceleró. Era la primera vez que me llamaba Aless. —De nada sirve lo que estamos haciendo si en este mes te pasa algo. —Podía notar la preocupación en sus afilados ojos negros.
Y antes de despedirme de él le prometí que tendría cuidado. Terminaríamos con todo esto pronto. Ambos lo necesitábamos.
Sabía que Rodrigo había avisado a mi padre que ya estaba de camino a casa porque me estaba esperando en el salón. En cuanto entré, levantó la vista de los papeles que tenía entre sus manos para mirarme con una ceja alzada y una pequeña sonrisa que calmó un poco los nervios de que me regañara.
—¿Todo bien en la casa de los Vinci? —preguntó cuando me acerqué, pero mi intención era escabullirme por las escaleras lo antes posible.
Asentí.
—Ese chico y tú…
—Papá —corté antes de poder escuchar lo que iba a decir.
Ni yo sabía qué había ahora mismo entre nosotros, solo que nos lo íbamos a tomar despacio, así que hasta que no estuviera oficializado, no pensaba mencionárselo a mi padre.
—Solo quería saber cómo de en serio vais, hija. Y a pesar de lo poco que me guste su familia, el chico puede venir a casa cuando quiera. Mientras te haga feliz, es bienvenido.
No sé qué esperaba, pero no esas palabras saliendo de la boca de mi padre.
—Gracias, pero… aún no estamos juntos —dije con un hilo de voz. Los nervios ya estaban comenzando a hacer efecto.
Mi padre sonrió.
—¿Aún? —preguntó, volviendo a levantar la ceja.
Mierda, no me había dado cuenta de que había dicho eso.
—Aunque no estéis juntos, aún —dijo recalcándolo—, sigue siendo bienvenido en casa —asentí—. Y, por cierto, hija, Christie va a venir a cenar. Me gustaría que cenáramos los tres juntos. Es importante para mí que estés cómoda y te acostumbres a ella.
—Sin problema —contesté, aunque lo que menos apetecía era cenar con ella.
Su presencia se aferraba a mí, recordándome el fantasma de mi relación con Fiero. Pero mi padre también merecía ser feliz. No iba a ser yo quien dificultara las cosas más de lo que ya eran.
Me escabullí finalmente a mi cuarto aun pensando en ello.
No tenía noticias de Fiero, no era algo que me preocupase, pero sí que me extrañaba que estuviera tan tranquila con el tema.
Habían sido casi cuatro años de relación; supongo que alejarme de él era lo que necesitaba para estar tranquila.
Llevaba bastante tiempo sintiéndome mal en esa relación.
Como si algo no encajara. Sabía que tenía que salir de ahí, pero nunca fui capaz, nunca sabía cómo llegar hasta ese punto, y fue la aparición de Dorian lo que me salvó de quedarme atrapada en esa vida.
Lo sentía por Fiero, de verdad lo hacía, pero tampoco lo merecía tras lo que pasó a principios de año. Me traicionó y usó su Don para seguir conmigo. Fui tan solo una muñeca que manejar.
Sabía que tenía tareas de clase que terminar. Aun así, decidí tomarme un descanso hasta la hora de comer. Mi cabeza aún estaba en todo lo ocurrido en casa de Dorian como para ser capaz de concentrarme en ellas.
Me tumbé una vez que me cambié de ropa y cogí el portátil para ver una serie hasta que un mensaje interrumpió mi descanso.
Espero que hayas estado cómoda en mi casa. Me alegro mucho de haber pasado el finde contigo, espero volver a verte pronto, Alessandra
El mensaje de Dorian hizo que se me formara una sonrisa.
Había estado más que cómoda. A su lado, tenía una sensación de pertenencia que nunca antes había sentido.
La Élite siempre había sido mi lugar, mi familia; aun así, no me llenaba.
Nunca sentía esa felicidad y plenitud que sentía cuando estaba con Dorian.
Mis miedos estaban cambiando, porque ahora lo que más me aterraba era un futuro sin él.
También me preocupaba mi padre, pero creo que él había encontrado su sitio mucho antes de que yo existiera.
Se lo arrebataron por culpa de las normas a las que nos aferramos para que todo fuese bien, y la realidad es que era una tontería seguirlas.
Si Dorian y yo lográsemos parar esto, nadie más tendría que sufrir como mi padre.
Nadie más tendría que pasar por lo que pasaron nuestros antepasados.
Me asustaba acabar como ellos. No quería morir, deseaba ser libre, pero si mi muerte permitía a las generaciones futuras que lo fuesen, tal vez valdría la pena.
Tal vez Giulia se sentiría más libre, mi padre no tendría que ocultar su relación con Christie, e incluso Fiero y Agatha podrían estar juntos sin que La Élite se interpusiera, aunque no me hiciese gracia su relación.
Tal vez lo que nació como un Don se convirtió en una pesadilla. Una maldición que te impide la felicidad. Tal vez nuestros antepasados se equivocaron buscando riqueza, y se les olvidó mirar por lo que les hacía sentir vivos.