Entre Rosas y Sueños Capítulo 46
77%

Capítulo 46

No sabía qué hora era, pero cuando desperté estaba envuelta entre las sábanas y los brazos de Dorian.

El corazón se me aceleró. ¿Cuándo pasó esto?

La respiración de Dorian era tranquila. Me imaginaba que seguía durmiendo, así que no me atreví a moverme para no molestarlo. Además, no estaba tan mal entre sus brazos. Incluso dormido, parecían rodearme con delicadeza.

—¿Alessandra? —Su voz sonaba ronca, pero dijo mi nombre con tanta suavidad que sentía que volvía a florecer en ese mismo instante.

—¿Mmm? —fue lo único que fui capaz de decir antes de levantar la cabeza y ser consciente de lo cerca que estábamos.

Instantáneamente, apareció una sonrisa entre sus labios. Y una oscura mirada parecía admirarme.

—Buenos días —dijo con una sonrisa.

—Buenos días —contesté, embelesada por su rostro.

Su pelo estaba revuelto y su cara parecía aún más afilada de lo normal. Se notaba el sueño en su expresión y no pude evitar sonreír de vuelta. Dorian siempre me había parecido atractivo, pero así, recién despertado, me parecía un dios salido de las estrellas.

—¿Llevas mucho tiempo despierta? —preguntó, dejando una corta distancia entre nosotros, y en parte lo agradecía porque sentía que no podía respirar de la tensión que sentía por su cercanía.

Negué.

—Me he despertado poco antes que tú.

—¿Y has dormido bien?

—Si.

—¿Segura? —asentí confusa esta vez—. Te despertaste en mitad de la noche por una pesadilla —explicó—, bueno, más bien te tuve que despertar yo.

No recordaba ninguna pesadilla, pero eso no me importaba.

—¿Te desperté?

Negó, haciendo que su pelo se moviera de un lado a otro.

—Aún estaba despierto.

—¿Sabes? —preguntó Dorian, llamando mi atención tras unos segundos de silencio—. Ha sido la noche que mejor he dormido en… probablemente años.

Y esas palabras hicieron aflorar una sonrisa en mí.

No sé cómo pasó, pero perdimos un buen rato tirados en la cama hablando. No había prisa. Con Dorian todo era tranquilo, conseguía atraparme y hacer que me olvidara del tiempo. Hasta que decidimos que era hora de levantarnos.

No sabía qué tenía en mente Dorian, ya que me dijo que esperase en su habitación, pero no me dio más detalles.

Así que aproveché para darme una ducha rápida y peinarme mientras hacía tiempo.

Echaba de menos mi agua de rosas. Era parte de mi ritual de cada mañana, pero como no esperaba quedarme a dormir, no lo traje en el bolso.

Cuando volvió, estaba más que lista.

—Acompáñeme, señorita Leone —dijo desde la puerta y yo le seguí de forma dubitativa.

El sol brillaba en el exterior, y el calor de la primavera ya empezaba a notarse.

Giramos hasta estar detrás de su cuarto, y nos encontramos con una pequeña mesa con un mantel de cuadros rojos y blancos.

Sobre ella había dos platos rebosantes de tortitas, diferentes botes de mermelada, bebidas, chocolate y varias frutas.

La boca se me hacía agua con el olor de las tortitas y la fruta, pero me quedé pasmada mirando cada detalle que había sobre la mesa.

—¿Lo has hecho tú? —pregunté, aún sin tomar asiento.

Dorian asintió y apartó una silla para que me sentara.

—No sabía qué es exactamente lo que te gusta echarle a las tortitas, así que he traído un poco de todo —explicó—. También he traído café, zumo de naranja, frutos rojos y leche —señaló las diferentes bebidas que había en la mesa.

Me sentí abrumada por la emoción que me invadió. Se había molestado en hacer todo esto para mí sin tener que decirle nada, como tantas veces que tuve que rogar a Fiero que hiciese algo bonito por mí que no fuese comprarme algo simplemente caro.

No sabía cuánto tiempo llevaba sin comer tortitas.

Mi madre me las prohibió a los doce años, así que hoy era la primera vez en tanto tiempo que iba a probarlas de nuevo, y aunque una parte de mí se sentía culpable por ello, mi madre ya no estaba para regañarme y prohibirme nada.

Ella ya no era parte de mi vida. Solo tocaba hacer que las heridas que me dejó fuesen desapareciendo poco a poco.

—Gracias —fue lo único que mi mente pudo articular, aunque estaba más que agradecida.

Me decanté por echarme un poco de café de primeras. Aún necesitaba despejarme un poco.

—En el internado en Inglaterra todos los domingos nos hacían tortitas para desayunar.

La mayoría de los niños se iban a casa de sus padres los fines de semana, así que yo era de los pocos que se quedaban y podía disfrutar de ellas.

—Dorian se echó chocolate y unas pocas rodajas de plátano por encima; yo lo imité, pero elegí las fresas que parecían estar en su punto.

——¿No se quedaban más personas que conocieras?

No tenía ni idea de cómo fue su vida en el internado, pero me imaginaba que quedarte solo en un sitio así no tenía que ser muy agradable.

——Era un internado de niños ricos. Sus padres les enviaban helicópteros para que volvieran a casa —puso los ojos en blanco.

—Pero sí que me hice amigo de un chico que estaba en la misma situación que yo, así que, por suerte, nunca llegué a estar solo —contó—.

Aunque las cosas no terminaron muy bien con él —pareció ver la duda en mi mirada, pues añadió—, tuve algo más que una amistad con él, pero no funcionó.

Mi boca se entreabrió. Nunca me había mencionado que también había tenido algo con chicos, pero supongo que no era algo tan importante. Eso no iba a cambiar mi forma de verle. Pocas cosas serían capaces de ello.

Me gustaba cuando se sentía en la libertad de hablar de su pasado y poder conocerle más; supongo que a mí siempre me ha parecido complicado hablar sobre mí misma y me parecía un acto íntimo que se abriese así ante mí.

—¿Había muchas personas de fuera?

Dorian asintió.

—A pesar de que la mayoría eran británicos, había muchas personas de todas partes de Europa.

Le pedí que me hablara más sobre su vida en el internado.

Y a pesar de que no era una vida idílica, el lugar sí que lo parecía.

Me contó que estaba en mitad de la campiña inglesa, rodeado de campos y animales, y a media hora de la ciudad más cercana, a la que hacían excursiones de vez en cuando.

Cerca también había un pequeño bosque que visitaban, normalmente, en primavera.

—Yo tuve mucha ayuda psicológica mientras estuve allí —explicó—. Si no hubiese sido por ello, no sé qué habría sido de mí.

El internado había sido lo más cercano que había tenido a un hogar, y aun así había sido un lugar complicado.

Con el dinero se movía mucha droga y alcohol entre los estudiantes.

Había muchos aires de grandeza que los hacían rivalizar unos con otros, por lo que no me extrañaba que Dorian tuviera tan mala percepción sobre el poder y el dinero.

Aunque, viendo todo lo que estaba ocurriendo en La Élite, comenzaba a comprenderlo.

Cada vez que hablaba con Dorian, una nueva versión de la vida se abría ante mis ojos. Había vivido frente a un telón que me impedía llevar la vista más allá. Y el telón iba cayendo cada vez más rápido.

La pequeña brisa que me removió el pelo me hizo recordar que estábamos en la realidad.

—Me han hecho mucha ilusión las tortitas —dije mientras partía el último trozo en dos—, llevo años sin comerlas.

Él también lograba crear la atmósfera y la confianza para poder hablar de esas cosas que me habían hecho daño en el pasado y que me seguían afectando a día de hoy.

Por un momento me miró confuso, pero solo duró unos segundos antes de asentir. No sé cuánto conocerá de mí gracias a los sueños, pero sospechaba que más de lo que podía imaginar.

—Pues espero que te estén gustando, porque las he hecho con mis propias manos.

—¿Las haces tú? —No sabía por qué me sorprendía tanto; era verdad que yo nunca intenté hacer algo en la cocina. No me había hecho falta, pero por alguna razón me resultaba extraño que alguien de La Élite lo hiciera.

Dorian asintió.

—Me gusta hacerlas yo —se encogió de hombros—. Además, solo a mí me salen lo más parecidas a las que tomaba en Inglaterra.

Saber que él las había hecho hizo que supieran mejor aún.

Sentí una sensación rara en mi mente, y cuando me percaté de qué era, le lancé a Dorian un trozo de fresa.

—Te has metido en mi mente.

No me molestaba realmente, y además ahora notaba cuando entraba y salía de ella, pero sí que me perturbaba la facilidad con la que podía hacerlo.

Él cogió al vuelo el trozo de fresa y se lo echó en la boca. Cuando se comió la fresa, me sonrió de una forma que mi cuerpo amenazó con temblar.

—Me quería asegurar de que te estaban gustando de verdad y no estabas fingiendo.

Yo nunca había sido una persona con mucho tacto, aunque aprendí a callar antes de decir algo que tal vez no debía, así que me pareció absurda la idea de Dorian. Me limité a negar y puse los ojos en blanco.

De repente, Dorian se quedó demasiado callado.

—¿En qué piensas?

—Descúbrelo tú.

Fruncí el ceño. Él ya sabía que no podía.

—Inténtalo.

Suspiré. Si le decía que no podía hacerlo, me iba a insistir en que lo intentara, así que simplemente le hice caso para demostrarle que, efectivamente, no iba a poder hacerlo.

Cerré los ojos para ver si eso me ayudaba a concentrarme. Porque mirar a sus atentos ojos negros solo lograba ponerme más nerviosa. Notaba su presencia tangible frente a mí, pero no sabía qué seguir o en qué centrarme exactamente para lograr entrar en su mente.

—¿Qué es lo que hace que consigas conectar con las flores? —preguntó Dorian.

Abrí los ojos sintiéndome estúpida por tan solo intentarlo.

—Eso es diferente, la naturaleza es casi parte de mí. No hay nada que forzar, es algo natural.

No pareció convencerle mi respuesta.

—Seguro que hay algo.

—Tú puedes hacer esto porque es tu Don. Al igual que entras en mis sueños, puedes entrar en mi mente.

—Sí y no —contestó, lo que me dejó algo confusa—. Siento las intenciones de los demás e incluso puedo leerles la mente. Hasta ahí llega mi Don.

—Entonces, ¿por qué…? —no terminé la frase, pero no hacía falta que la terminase.

—Creo que lo sabes tanto como yo, Alessandra, pero quiero que lo leas por ti misma.