Entre Rosas y Sueños Capítulo 45
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Capítulo 45

(D)

Cuando sus lágrimas cesaron, sentí que podía volver a respirar. Había sido doloroso ver sus ojos llorosos. Ver cómo las lágrimas bajaban por su cara y yo no podía hacer nada.

—Siento que nunca seré suficiente para ti —tenía que estar de coña—. Te aburrirás de mí.

No me podía creer sus palabras. Siempre había dicho que no existía la perfección, que era imposible.

Pero si había algo, alguien, que pudiese ser perfecta, esa sin duda sería Alessandra.

Era fuerte y bondadosa, y por mucho que haya querido esconderse tras una máscara, tenía un corazón que no le cabía en el pecho.

Ella era mucho para mí, no al revés. Pero sería egoísta, porque desde que la conocí no pude imaginar una vida sin ella y no me iba a rendir por ello.

Sería mejor persona, arreglaría lo que tuviera que arreglar para poder estar con ella.

—No digas estupideces, Alessandra. —Cogí su mano y la guié sobre mi corazón, que se aceleró en cuanto su palma se apoyó sobre él.

—Si conocieses un mínimo de lo que siento por ti, de lo que me invade cada vez que te veo, no pensarías nada de eso.

Olvídate de mi pasado, de las personas con las que haya podido estar o tener algo.

Tú eres mi presente, y espero que mi futuro —sus labios se entreabrieron y no pude evitar que mi mirada se desviase—.

Estoy controlándome. Estoy yendo despacio, dándote espacio porque no quiero asustarte.

Quiero esperarte hasta que estés preparada.

Y te esperaré lo que haga falta, Alessandra.

Su mirada café brillaba con fuerza y su cabeza estaba ladeada mientras me observaba atenta. El silencio se hizo palpable, hasta que sus siguientes palabras lo llenaron todo.

—Deja de controlarte —pidió.

Sus palabras sonaron como una súplica proveniente del interior de su cuerpo, como si realmente lo necesitara, como si lo anhelara.

Y eso era todo lo que necesitaba escuchar para tirar de ella hacia mí y besarla como llevaba meses deseando hacer, porque cada minuto a su lado sin poder besarla, sin poder tocarla, había sido una tortura.

Sus labios sobre los míos eran liberadores y, aunque había empezado despacio, saboreándola y conociendo sus suaves labios, pronto perdí el control, sobre todo cuando sus manos se aferraron a mi nuca, haciéndome sentir la urgencia que también había en su interior.

Podía sentir cómo el mundo se destruía y se volvía a crear tan solo con el roce de sus labios. Todo desaparecía de mi alrededor, los muebles, la cama, el aire… Solo existía Alessandra en este mundo. No hacía falta nada más.

Era como un encantamiento, cada segundo que pasaba quería más y más de ella.

No sé cómo acabé tumbándola sobre la cama, y Alessandra se separó de mí para coger aire.

Aproveché esos segundos para memorizar este momento, sus mejillas sonrojadas, sus labios hinchados y su mirada brillante.

Tal vez debería parar. Debería parar o, de lo contrario, moriría entre sus labios.

Con ella siempre iba a querer más, era adictiva, así que tenía que parar ahora que podía, pero al parecer ella tenía otros planes, porque volvió a enredar su brazo en mi nuca, tirando de mí de nuevo hacia sus labios.

No pude evitar que se me escapara un pequeño gruñido, y dejé que mi cuerpo cayera sobre el de ella, ocasionando que emitiera un suave gemido que vibró contra mis labios.

Si no parábamos ahora, me iba a volver loco.

—Alessandra —susurré sin alejarme de sus labios. Era dolorosa la forma en la que mi cuerpo la deseaba. —Tengo que parar.

—¿Por qué? —su voz sonó como un quejido.

—Si no paro ahora y tú no me frenas, no voy a parar. Y quiero, necesito, que cuando eso pase, tú estés segura y seamos algo más que amigos.

—¿No somos ya algo más que amigos? —no esperaba escuchar esas palabras proviniendo de ella. Palabras que casi me hicieron volver a su boca, pero puse distancia.

—Tal vez lo seamos, pero no de la forma que yo quiero.

Quería que Alessandra estuviera cien por cien segura de lo que quería.

Me dijo que necesitaba tiempo, y hasta que no me dijese que estaba lista, le iba a dar espacio.

Había estado cuatro años en una relación.

Se había sentido perdida y traicionada, había pasado la mayor parte de su vida acatando órdenes.

Necesitaba ser libre, conocerse. Y no iba a ser yo quien fuese a quitarle esa libertad.

✦

Cuando la cosa se calmó entre los dos, Alessandra decidió quedarse a dormir para no molestar a su chófer.

No sé en qué momento se habían hecho las once y media de la noche.

Las horas habían pasado en un instante, pero me alegraba que hubiese decidido quedarse a dormir porque no estaba preparado para despedirme de ella aún.

Junto a ella la vida se sentía más brillante, más colorida y menos cruel.

Le bajé una toalla de una de las habitaciones de invitados, y mientras Alessandra se duchaba, yo seguía buscando una solución, una forma que pudiera dejar a Alessandra fuera de esa profecía.

Ambos sabíamos de quiénes hablaba esa profecía, pero ninguno se había atrevido a decirlo en voz alta.

Supongo que esperábamos encontrar una prueba más clara o algo que lo refutara.

Cuando salió del baño, despegué la vista del libro. El pijama le estaba largo, pero ceñido a sus caderas y su pecho.

—La próxima vez será mejor que me traiga un pijama —dijo, haciendo que una sonrisa se extendiera en mi rostro.

Iba a contestarle, hasta que pensé que era mejor censurar mis palabras. Paso a paso, me recordé, y me limité a entrar al baño después de dejarle un beso en la coronilla al pasar por su lado.

Me limité a que el agua fría apagara el fuego que aún había en mi interior.

Me tomé mi tiempo antes de salir. Sabía que me iba a arrepentir de no haberme duchado con agua más caliente como de costumbre, pero necesitaba volver a la realidad.

Ya no me iba a controlar tanto como antes, sería yo mismo con ella y esperaba que eso no la agobiara y se alejara de mí.

Aunque me seguiría tomando las cosas con cuidado y paciencia en algunos sentidos.

Cuando salí de la ducha, me di cuenta de que no me había traído una camiseta, así que me sequé y me vestí con la única parte del pijama que cogí. Al abrir la puerta, Alessandra desvió la mirada hacia mí, que bajó a mi pecho, al punto que había sobre mi corazón.

—He olvidado la camiseta —dije, cogiéndola de la silla—. ¿Has encontrado algo?

—No mucho —dijo, volviendo la atención a mi cara. Sus labios estaban ligeramente curvados, lo que ocasionó que los míos le imitaran.

—Cuéntame lo que tienes —pedí sentándome cerca de ella.

Cuanto antes termináramos con esto, más tranquilos estaríamos ambos.

—Justo he encontrado algo que podía ser interesante, léelo si quieres mientras termino de apuntar unas cosas. —Me pasó el libro antes de coger de nuevo el boli.

El texto hablaba de cómo se podía fragmentar o unir la relación entre varios portadores según que Don se encontrara en la sangre del portador.

Había más cosas que nos influían de lo que creíamos, no solo nos dieron los Dones, que nos daban esa riqueza y paz que tanto ansiaban nuestros antepasados, sino que también estábamos vinculados a sus antiguas relaciones y rivalidades.

Tal vez lo que estábamos viviendo era un ciclo constante, y la única forma de acabar con él era hacer desaparecer los Dones.

—Si no hay otra opción, lo haremos —dijo en cuanto le terminé de contar lo que leí y mi teoría. Y la convicción que vi en sus ojos me sorprendió—. Aunque aún nos queda mucho por conocer, deberíamos seguir investigando.

Asentí de acuerdo con ella y seguimos leyendo por si dábamos con algo más importante. Alessandra por fin había accedido a sentarse en mi cama, donde estaría mucho más a gusto, y aproveché su cercanía para dejar caricias sobre su brazo mientras seguíamos leyendo.

—Mira esto, Alessandra —estaba tan concentrado que ni me había dado cuenta de que se había quedado dormida hasta que la desperté sin querer—. ¿Te he despertado?

Negó, cuando claramente apenas era capaz de mantener los ojos abiertos.

—Vamos a descansar —dije. —Mañana te lo contaré —aparté los libros para poder dormir.

—No, no, cuéntamelo. —Parecía luchar por despertarse, pero sus palabras apenas eran entendibles.

—Puede esperar hasta mañana —le arropé con las sábanas antes de que se volviera a mover.

—Dorian —sabía que lo intentó decir con tono de advertencia para que le hiciese caso, pero solo consiguió que en mi rostro se formara una sonrisa.

—Hora de dormir —fue lo último que dije antes de apagar la luz.

No tardó en quedarse dormida de nuevo. Su rostro se había suavizado y su constante ceño fruncido ya no estaba.

Me acerqué para dejarle un suave beso en la frente y me giré con cuidado, dejándole su espacio, aunque lo que más quería era quedarme abrazado a ella toda la noche.

Pero en mi mente aún vagaba hacia lo que había leído antes, incapaz de dejarlo de lado.

Reydan y Eellary eran pareja. Alessandra y yo estábamos destinados a estar juntos.

Era algo que imaginaba, pero confirmarlo lo cambiaba todo.

Porque ya no era una simple teoría, era la verdad.

Y no sé si eso me aterraba o me alegraba.

Que estuviésemos destinados a estar juntos solo significaba dos cosas: que la profecía hablaba de nosotros dos, y que había muchas posibilidades de que nuestra historia no acabase bien.

Esa teoría se hizo más fuerte en el momento que vimos la rosa eterna de la antepasada de Alessandra.

Quien se la regaló y la protegió para que no se marchitara fue uno de mis antepasados.

Por lo que he podido entender de los libros, a pesar del amor que tenían el uno por el otro, decidieron tomar caminos diferentes y por eso nuestro linaje siguió adelante.

No fueron ellos los que acabaron con sus vidas.

Eso ocurrió más cerca de nuestra época. Y la única razón por la cual Alessandra y yo estábamos aquí a día de hoy era porque ambos en ese momento tenían un hermano o hermana.

Gracias a eso el linaje siguió adelante, y al parecer en nuestras familias era frecuente que tuviésemos hermanos a pesar de ser algo poco común.

Decidí que ya era momento de dormir hasta que un ruido me sobresaltó.

—Alessandra —susurré, no quería asustarla—. Alessandra —dije una vez más, pero no surgió efecto.

Parecía estar teniendo una pesadilla porque el ruido provenía de ella. Eran gritos ahogados.

Probé zarandeándola un poquito con suavidad y se despertó sobresaltada. Su respiración estaba agitada, y sus ojos muy abiertos, intentando reconocer dónde se encontraba.

—Solo era una pesadilla, tranquila. Estoy contigo.

Cuando se giró a mí, y consiguió identificarme, suspiró

—Perdón —susurró pegándose más a mi cuerpo. Buscando un refugio.

Sin pensarlo dos veces, mis brazos la rodearon, y comencé a hacer círculos en su espalda, esperando a que se tranquilizara.

—¿Sueles tener pesadillas? —pregunté en voz baja.

Quería mantenerla despierta un poco más antes de que volviese a quedarse dormida aun con el recuerdo de la pesadilla.

Pero antes de que respondiera, pasaron por mi mente todas en las que sin querer me colé.

Llevaba solo unos pocos meses adentrándome en sus sueños, y aun así presencié más pesadillas de lo que debería ser normal.

—Más o menos —respondió con la voz ahogada por mi camiseta.

—Pensaba que soñabas solo conmigo —bromeé para cambiar de tema.

—Ojalá hubiera soñado contigo. —Sabía que no era muy consciente de lo que decía, su voz sonaba aún adormilada, pero aun así mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Te gusta soñar conmigo?

—Me gusta tenerte en mis sueños. Me gusta estar contigo —mi corazón se encogió.

—A mí también me gusta estar contigo, Alessandra —susurré acariciándole el pelo.

Cualquier cosa que incluía acercarme a ella lo hacía de la forma más cuidadosa posible, esperando que se apartara, pero esa reacción no llegaba.

Sentía que hoy habíamos hecho grandes progresos en todos los sentidos, creando en mí una esperanza que nunca imaginé que volvería a tener.

Alessandra no tardó demasiado en volver a dormirse, así que me dediqué a acariciarle el pelo hasta que finalmente el sueño acabó ganando.