Capítulo 44 #2
Dorian no tardó en aparecer en el portón en cuanto le avisé.
—Hola —dijo con una sonrisa cerrada y se echó a un lado para dejarme pasar.
La entrada no era tan colorida como la de casa. El césped estaba salpicado, dándole un poco de color. Aun así, la ausencia de las flores era demasiado obvia.
Me llevó a través de la casa donde solo se escuchaban nuestros pasos entre los altos techos y las frías paredes.
No era la falta de personas lo que hacía ver la casa vacía.
La distribución y la falta de decoración daban una sensación de abandono, y teniendo en cuenta lo poco que sabía sobre sus padres, no me sorprendía la falta de alma en esta casa.
—Mi hermano está en su habitación en la planta de arriba —explicó cuando pasamos frente a las escaleras—, pero mi cuarto no está en este edificio.
Lo miré extrañada, hasta que a través de los ventanales que había en el salón atisbé otro edificio más pequeño de una sola planta.
—Esta es mi pequeña casa —dijo abriendo la puerta de lo que parecía que en un principio solo iba a ser un trastero.
—¿Por qué no vives en la casa? —pregunté, pero enseguida me arrepentí de ello.
Dorian había parecido tenso todo el camino hasta su cuarto. No fue hasta que puso un pie en él que sus hombros se relajaron.
—Desde que pasó lo de mi hermano me han intentado mantener lo más lejos de él. Me mandaron al internado y, mientras estaba allí, prepararon este sitio para que pudiese quedarme aquí cuando venía de vacaciones.
Me sorprendía el poco corazón que podían tener sus padres, pero al menos él parecía mucho más cómodo aquí.
Tenía todo lo necesario. Una cama grande, un escritorio, un puff donde al lado tenía una guitarra. Una televisión y lo que parecía una Play, una ventana lo suficientemente grande para que entrase la luz necesaria, un mini frigorífico y lo que suponía que era el baño en la puerta que estaba cerrada.
—Ponte cómoda —dijo mientras cogía sus libros y se sentaba en su cama—.
Si estás más cómoda en el escritorio, te puedes quedar ahí, pero también te puedes poner aquí —dijo refiriéndose a su cama, pero eso ya lo había descartado porque me parecía demasiado intrusismo. Ya me sentía demasiado fuera de lugar.
—Me quedo en el escritorio. —Me senté y saqué mis libros.
Por la ventana que tenía al frente se veía el jardín trasero, donde sí abundaba la naturaleza.
—¿Te parece bien que hagamos un repaso de lo que hemos encontrado hasta ahora? —preguntó y yo asentí. Necesitaba hablar con él para sentirme menos extraña en esta situación.
El tiempo que estuve saliendo con Fiero nunca tuve costumbre de ir mucho a su casa. Él pasaba mucho tiempo fuera, así que la mayoría de las veces que quedábamos era en mi casa.
Dorian comenzó a contarme varias cosas que iba apuntando en mi libreta.
Muchas de ellas me ayudaban a entender mejor ciertas cosas que había encontrado en los libros y me ayudaron a unir algunos puntos que se habían quedado abiertos.
Yo le fui contando también todo lo que podía interesarle, y comenzamos a sacar nuestras propias conclusiones, aunque seguíamos sin tener nada demasiado claro.
—Creo que estamos en un punto de inflexión —dijo Dorian finalmente—. Por lo que estoy entendiendo, nuestros Dioses no están muy contentos con nosotros y por eso estamos notando más problemas con los Dones. Si quitamos la profecía de la ecuación.
Pero eso no era nada nuevo. Era una de las muchas teorías que había dicho La Élite antes de dar con la profecía.
—Llevamos demasiado tiempo venerándolos mal.
A pesar de que seguíamos haciendo celebraciones a sus nombres, no era suficiente. Teniendo en cuenta todo lo que había leído sobre ritos y ceremonias, nos estábamos quedando cortos. Había demasiadas cosas que implementar, pero tenía la sensación de que ya daba igual lo que hiciéramos.
—Ya no hay marcha atrás —Dorian dijo lo que estaba pensando—. De una forma u otra, los Dones se perderán
Una parte de mí no se lo podía creer, quería luchar para que eso no pasara, pero la realidad es que me sentía más preparada para ello de lo que me gustaría admitir.
Acordamos que seguiríamos leyendo hasta encontrar algo.
Dorian había puesto música de fondo, y en el silencio de la habitación solo se escuchaba el pasar de las hojas y la suave melodía.
Parábamos de vez en cuando para ver si habíamos encontrado algo que nos interesara, pero a pesar de haber tanta información, muy poco nos servía para lo que estábamos realmente buscando.
La noche se nos echó encima y el poco ruido que había fue interrumpido por unos rítmicos golpes en la puerta. Dorian se incorporó rápidamente para abrir, haciendo que su pelo se alborotara más, si era posible.
—Hola —saludó el hermano de Dorian desde el umbral. Sus anchos hombros y la incipiente barba me recordaron a Fiero durante un segundo—. Chiara y yo hemos pedido pizza para todos. Venid al salón si queréis.
Dorian se giró para mirarme, buscando el asentimiento que le regalé antes de volverse hacia su hermano, cuya mirada cálida era muy diferente a la dura mirada de Fiero.
—Ahora vamos —le dijo antes de volver a cerrar la puerta y volverse hacia mí—. Chiara y mi hermano se están conociendo —aclaró sin necesidad de tener que hacerle ninguna pregunta—. No te importa que ella esté aquí, ¿no?
Negué. Nunca había llegado a conocer a la chica, y por lo que me había contado Dorian, lo que había entre ellos acabó bien. Si él no sintió nada por ella, no tenía por qué preocuparme. Además, que ahora estaba con su hermano por más extraño que fuera eso.
Dorian parecía estar viendo lo que pensaba porque me miraba divertido.
—Alessandra, yo solo tengo ojos para una persona, así que si su intención fuese seguir cerca de mí, sería una pérdida de tiempo para ella —intenté que el calor que me infundió su mirada y sus palabras no se notara—.
Pero he visto las intenciones de esa chica y son sinceras, así que no hay que preocuparse de nada.
El salón parecía tan amplio que Gabriele y Chiara parecían dos hormigas ante la inmensidad de los muros altos.
El ambiente acogedor que había en la habitación de Dorian se había convertido en uno frío que no invitaba a pasar el tiempo ahí, exceptuando a la morena que se levantó emocionada nada más verme llegar.
—¡Alessandra! —exclamó Chiara antes de levantarse para venir a darme un beso en la mejilla—. Cómo me alegro de que estés aquí, así no tenía que cenar yo sola con estos dos.
—Si lo sé, no te invito —murmuró por lo bajo Gabriele haciéndola reír.
Ahora, en un ambiente más tranquilo, me daba cuenta de la diferencia de edad de ambos.
Creo que se llevaban unos cuatro años, pero por la personalidad de cada uno, aparentaba incluso más.
Gabriele se veía un chico muy serio ante la efusividad que dejaba ver Chiara.
En eso me recordaba bastante a mi prima Giu.
—Estás tú que iba a cenar yo solo con vosotros dos —hizo el amago de una arcada y no pude evitar sonreír por su ocurrencia.
En la mesa había dos pizzas que ocupaban casi más de la mitad de la mesa y diferentes tipos de vinos acompañados de cuatro copas. La gran televisión estaba encendida, pero el sonido llegaba como un murmullo.
—Si te apetece beber otra cosa, la traemos —sugirió Gabriele, pero negué instintivamente. Me daba igual beber vino y tampoco quería molestar pidiendo otra cosa.
Dorian se sentó entre Chiara y yo, ya que Gabriele se quedó en la otra esquina, y no tardó en alargar el brazo para coger una botella de vino.
—Creo que este es el que más te puede gustar. —Dorian echó un poco en mi vaso antes de echarse él.